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La violencia que seremos

Escrito por Juan Carlos Garzón
Carlos Garzon violencia seremos RazonPublica

Carlos Garzon violencia seremos RazonPublica

juan carlos garzon razonpublicaMirada panorámica y profunda al paisaje cambiante de la violencia en Colombia: velocidad de adaptación, redes de crimen profundamente enraizadas en la sociedad, incentivos perversos pero efectivos.  Las fallas del Estado están alimentando la violencia futura. 

 Juan Carlos Garzón*

Epidemia de homicidios

Evocado por la obra magistral de Héctor Abad Faciolince, así comienza uno de los últimos poemas que escribió Jorge Luís Borges: “Ya somos el olvido que seremos”. Pues bien, también podemos afirmar que en Colombia ya somos la violencia que seremos.

¿Podrá Colombia bajar algún día su tasa de homicidios a menos de 20 por cada cien mil habitantes? — Dicen que en el 2012 estuvimos cerca, pero tengo mis dudas —.

¿Logrará Cali disminuir el número de muertes violentas para dejar de ser el caso extremo entre las grandes ciudades del país?

¿Podrá Medellín bajar su tasa de manera sostenida y no seguir sujeta al vaivén de las disputas entre organizaciones criminales?

¿Alcanzará Bogotá la meta de una tasa de homicidios de un dígito?

Durante los últimos años el descenso de los homicidios se ha vuelto menos intenso y en algunas regiones incluso se ha revertido.

De acuerdo con el presidente Juan Manuel Santos, 2012 terminó con la tasa de homicidios más baja de las últimas tres décadas.

Pero a pesar de algunos avances, Colombia sigue siendo uno de los países con más altos niveles de violencia en América Latina, apenas superado por los del Triángulo Norte de Centroamérica  — Honduras, El Salvador y Guatemala — y por Venezuela.

Si bien los homicidios bajaron a la mitad durante la última década, Colombia aun supera en más de dos veces el umbral fijado por la Organización Mundial de la Salud para declarar una epidemia.

¿Será posible contener la violencia producida por la competencia entre facciones criminales por toda clase de economías ilegales?

Durante los últimos años el descenso de los homicidios se ha vuelto menos intenso y en algunas regiones incluso se ha revertido.

Bajo esta circunstancia es importante no sólo tener conciencia de dónde venimos, sino también reflexionar sobre lo que vendrá: la violencia que seremos.

Adaptación y renovación

Álvaro Camacho sostenía que la violencia es como un demiurgo: una esencia capaz de producir su propia realidad y aparecer bajo distintos ropajes. A pesar de que en el caso colombiano pueden identificarse rasgos que sugieren continuidad, también se encuentran otros que apuntan hacia nuevas realidades. ¿Cuáles son las continuidades y las rupturas en nuestra violencia?  La dificultad de responder a esta pregunta radica, como decía  el propio Camacho, en identificar los elementos novedosos sin dejar de reconocer la persistencia de sus causas, es decir, sus razones más profundas.

Estamos ante una violencia descompuesta, producto de desmovilizaciones fallidas, de “guerras” ganadas a medias y de expresiones de la criminalidad que han logrado adaptarse y persistir:

Si bien el paramilitarismo perdió legitimidad en medio de la desmovilización, supo reciclarse en organizaciones o "bandas" que conservan el control sobre economías ilegales, bandas que necesitan de la violencia y de la corrupción para poder funcionar.
De otro lado, los golpes dados por las autoridades al narcotráfico, con la captura y extradición de los principales capos y jefes de las denominadas bandas criminales (bacrim) han traído consigo la fragmentación de las organizaciones y las disputa por lo liderazgos.

Mientras tanto el crimen organizado — del cual se habla bien poco—  se ha adaptado a las circunstancias, instalándose en las principales ciudades, participando de manera más intensa en la minería ilegal, invirtiendo en economías legales e ilegales, aprovechando los altos niveles de informalidad y sacando provecho de los vacíos del Estado en el nivel local.

Más que desarticular las organizaciones criminales, las acciones de las autoridades han contribuido a desordenar y a reorganizar el mundo criminal.  En este sentido, las organizaciones criminales no han desaparecido, sino que se han transformando exitosamente: la velocidad de adaptación y de renovación de las facciones criminales ha sido mayor que la capacidad del el Estado para responder a sus desafíos.
La rutina parece repetirse: tras la captura del líder de la facción criminal, se produce una disputa interna que termina con el predominio de una de las partes o la fragmentación de la organización.  La historia efectivamente tiende a repetirse.

Carlos Garzon violencia desarticular
Más que desarticular las organizaciones
criminales, las acciones de las autoridades
han contribuido a desordenar y a
reorganizar el mundo criminal.
Foto: Cambio.com.co
 

Cachorros y segundones

La violencia que tenemos es una violencia de segundones, que ven aparecer su cuarto de hora en el mundo criminal y están dispuestos a rebelarse para asumir el control de una organización en un determinado territorio.

Como señala Rodolfo Escobedo, estas facciones se renuevan mediante los cachorros — jóvenes que comienzan a ocupar los espacios que antes ocupaban los adultos — y que permiten a las organizaciones su permanencia en el tiempo. En la mayoría de los casos, esos "cachorros" provienen de la misma familia y comienzan a participar en la organización criminal desde pequeños, ejecutando trabajos menores. Ante la detención o la muerte del líder, son ellos quienes naturalmente asumen las posiciones de mando.

Bandas locales —  que fueron subordinadas o que prestaron sus servicios a organizaciones mayores — ahora buscan su independencia. No hay que olvidar que tanto el narcotráfico como el paramilitarismo  —  si es que esta distinción sigue teniendo algún sentido —  subcontrataron  y reclutaron todo tipo de bandas para ampliar su poder en el plano local.

La expansión territorial, especialmente en el ámbito urbano, supuso establecer acuerdos o someter a bandas criminales con capacidad de imponer el control en barrios, localidades y comunas. Tras la desorganización de los principales carteles y organizaciones mafiosas, las relaciones de subordinación se rompieron, abriendo espacios y oportunidades para estas facciones locales.

Tal como demuestran los estudios recientes de la Fundación Ideas para la Paz, en Bogotá y en Cali la existencia de patrones de concentración del homicidio guarda relación con las conexiones entre el narcotráfico – y los esmeralderos en el caso de Bogotá – y el espectro delincuencial y criminal.

Carlos Garzon violencia local
Bandas locales  que fueron subordinadas
o que prestaron sus servicios a
organizaciones mayores ahora buscan
su independencia.  
Foto: Policía Nacional
 

Como nubes de zancudos

¿Cuántos son? Cientos de pequeños grupos esparcidos a lo largo del país, dotados de las armas y el conocimiento técnico suficiente para desafiar a las autoridades y disparar los niveles de violencia en zonas específicas de las grandes ciudades, como también en las zonas rurales donde exista competencia por el control territorial y por los recursos.

Parte de sus integrantes fueron formados en la guerra; otros provienen de los ejércitos privados y grupos de sicarios al servicio de narcotraficantes. En este sentido, el conflicto armado y el problema de las drogas ilegales han tenido un efecto de contagio, proveyendo a organizaciones menores de capital humano, de armas y de recursos que les permiten avanzar en sus propósitos criminales.

Estas organizaciones cuentan con suficiente armamento de largo alcance y actúan en un número suficiente de municipios como para poner de veras en aprietos a las autoridades. Sus fuentes de financiamiento son sobre todo la extorsión, los robos y el tráfico de drogas en pequeña escala.

Son entidades esencialmente depredadoras — con fuertes vínculos en el nivel local — que ocasionalmente se involucran en actividades de narcotráfico y de provisión de servicios. Individualmente consideradas, podrían representar una amenaza localizada y “menor” para el Estado central, pero colectivamente, constituyen el  principal desafío a la seguridad en Colombia.

Destinos y escenarios

Desde una perspectiva comparada, Colombia se encuentra en medio de dos destinos posibles:

La  dispersión en organizaciones  locales que participan en economías ilegales de distinto tipo, cuya capacidad de generar violencia está bajo control de las autoridades (como puede ser el caso de Estados Unidos);

O la existencia de múltiples facciones que exacerban la violencia local en micro-territorios, cuyas disputas y acciones criminales afectan la vida cotidiana de los ciudadanos (como sucede con las maras o pandillas en los países del Triángulo Norte de Centroamérica).

Estamos ante una violencia descompuesta, producto de desmovilizaciones fallidas, de “guerras” ganadas a medias y de expresiones de la criminalidad que han logrado adaptarse y persistir.

 

Los hechos recientes constituyen una advertencia de la forma que podría asumir la violencia en Colombia: nuevos rostros, nuevas víctimas y nuevas formas de ejercerla.

No conviene pintar una imagen apocalíptica de lo que viene, pero la sensatez obliga a imaginar los escenarios posibles — los futuribles — y a cómo alcanzar el destino que nos proponemos:

Para que el proceso de paz con las FARC sea posible y exitoso es necesario que el Estado colombiano dé ya una respuesta a la situación de inseguridad, conteniendo los distintos factores que exacerban  la violencia y el crimen.

Si no lo hace, la inercia de los múltiples factores que propician la violencia acabará por derrotarlo o por revertir las oportunidades que abriría un acuerdo con esta guerrilla.
Bajo las condiciones actuales, tal como se vio en Centroamérica, durante el "post-conflicto podría disminuir la violencia “política”"mientras las otras violencias se disparan.

No debe perderse de vista que la violencia responde a múltiples incentivos y sirve a una diversidad de actores: en Colombia, la violencia es claramente instrumental, con actores que la movilizan y le sacan provecho.

Por tanto, si bien tienden a perseguir objetivos y beneficios económicos, también tienen una dimensión política, al definir las relaciones de poder. Es decir, el uso de la violencia no sólo involucra a actores claramente identificados como criminales e ilegales: también se benefician de ella sectores legales.

Desde esta perspectiva, es preciso entender la violencia también como un sistema de relaciones, cuya cara más visible son las bandas y las facciones criminales, pero cuyo trasfondo compromete a funcionarios públicos corruptos, así como a políticos y a agentes económicos que se benefician de la ilegalidad. Tal como lo afirma la Declaración de Ginebra — analizando la violencia de Guatemala —  la violencia al responder a múltiples incentivos, no se acaba si no es desactivado el conjunto de factores que la explica; en este sentido la violencia se transforma y, en el mejor escenario, se reduce.

Redes subyacentes

Entender la violencia que seremos  no sólo supone descubrir los "organigramas" de grupos y bandas que la producen, sino captar las dimensiones de las redes subyacentes a cada una de estas organizaciones, que constituyen las bases sociales de las cuales dependen su protección y su  impunidad. De no ser así, ¿cómo podría explicarse que la Oficina de Envigado lleve dos décadas operando – cinco gobiernos – sin haber sido desarticulada?

 Bacrim: Parte de sus integrantes fueron formados en la guerra; otros provienen de los ejércitos privados y grupos de sicarios al servicio de narcotraficantes.

Digámoslo con claridad: en Colombia, el crimen organizado ha sido golpeado en la superficie, pero las redes institucionales, económicas y sociales sobre las cuales se asienta han pasado desapercibidas, de agache.

En resumen, la violencia que seremos lleva inscritos en su ADN la debilidad institucional, la transformación criminal, la herencia del narcotráfico y la fallida guerra contra las drogas, la corrupción persistente, la incapacidad del Estado y de la sociedad para ofrecer oportunidades y protección a los jóvenes, así como la existencia de prósperas y renovadas economía ilegales.

Estos son temas fundamentales que van más allá de la respuesta policial o militar y que requieren una reflexión seria sobre la manera como el Estado se configura y reconfigura en Colombia. Al final, la pregunta de fondo es en realidad: ¿cuál será el Estado que seremos?

 

* Politólogo de la Universidad Javeriana, investigador del Centro Woodrow Wilson y el Centro de Estudios Latinoamericanos de Georgetown University,  consultor del PNUD y de la OEA, autor del libro Mafia & Co: las redes criminales en México, Brasil y Colombia.

 

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