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La vida es sagrada, dependiendo de cuál vida

Escrito por Roberto Solarte Rodríguez
Seguridad en Caquetá

Roberto SolarteUn médico acabó con la vida de sus tres asaltantes. La compleja situación quedó en manos de la justicia, pero el debate público invita a pensar si hay personas que merecen morir por sus acciones.

Roberto Solarte Rodríguez*

Posiciones irreconciliables

Las personas de muy diversas opiniones políticas y religiosas suelen estar de acuerdo en que la vida humana es un valor primordial. Sin embargo, ya en la práctica, las diversas formas de comprender los contenidos del valor primordial de la vida humana resultan muchas veces irreconciliables.

Estas posiciones irreconciliables se expresan, como en este caso, en el debate sobre el derecho a la legítima defensa.

La integridad de la propia vida se considera más valiosa que el principio de no matar

Por un lado, podría decirse que al asesinar a un atacante en defensa propia se viola la santidad de la vida, pues el castigo que se infringe es enorme, irreparable y, muchas veces, desproporcionado. Por el otro lado, se sostendría que quien se defiende con violencia extrema está tratando de preservar su integridad corporal.

De hecho, la ley colombiana reconoce que hay ausencia de responsabilidad penal cuando se ejerce el derecho a la defensa propia “contra injusta agresión actual o inminente, siempre que la defensa sea proporcionada a la agresión” (Código penal, artículo 32, numeral 6).

Esto resulta paradójico, pues en el último caso la integridad de la propia vida se considera más valiosa que el principio de no matar de manera intencional.

Dignidad y razón individual

Quienes presentan la santidad de la vida como un concepto moral indiscutible también suelen acudir al argumento de que la vida humana posee dignidad y que esta es inviolable. Pero, así como sucede con el valor de la vida y con la legítima defensa, lo que parece una verdad moral obvia es en realidad algo engañosamente complejo.

No solo las tradiciones religiosas consideran que toda vida humana posee dignidad inviolable; también los Estados de derecho han asumido la dignidad inherente a la vida humana como un principio fundante, heredando la tradición liberal y la Ilustración.

Sin embargo, dentro de su proceder por acuerdos, los Estados de derecho pueden poner condiciones que limiten esa vida, como ocurre con los casos del aborto, la eutanasia o la pena de muerte; así, se podría argumentar que terminar con una vida humana puede ser algo racional y preferible para el bienestar de personas o de la colectividad.

pacto social

Foto: Flickr
Tenemos que pensar en un nuevo pacto social y replantear los valores que nos constituyen para defender todas las vidas.

Ahora bien, los casos en los que acabar con una vida se considera racional dependen de la comprensión misma de la razón: en la actualidad, esta suele asociarse con fines pragmáticos e individuales, que se resumen en potenciar la propia vida y lo que ella necesite. El problema es que las necesidades individuales también se entienden de una forma determinada, que tiene sus consecuencias.

Durante los últimos dos siglos, el mercado ha sido el gran dador de sentido, así que los bienes que ofrece se han convertido en el contenido de las necesidades. Lo que Marx llamaba el capital acabó siendo el valor supremo por el cual algunos acaban condenados a muerte. En últimas, unos determinados bienes valen más que la vida de los agresores.

Puede leer: Justicia por mano propia: ¿cómo entenderla y cómo erradicarla?

Violencia preventiva

Otro punto para considerar es que esos agresores pueden ser reales o potenciales. Por ejemplo, el mundo occidental lleva ya casi veinte años empeñado en la “guerra contra el terrorismo”, que busca impedir a cualquier costo posibles acciones violentas: esto significa aplicar una acción violenta preventiva que sea “legítima” al eliminar una potencial violencia que sería mayor.

Colombia tiene su propia versión de esta guerra, que no es sino violencia anticipada contra los potenciales victimarios. Es la “lógica” con que se han pretendido justificar los mal llamados “falsos positivos” y la “limpieza social”: ser una persona joven y vivir en sectores marginales es un estigma que solo se resuelve con el exterminio que suprime al potencial victimario: “mejor cadáver que asesino”.

Unos determinados bienes valen más que la vida de los agresores.

El mismo razonamiento se aplica al asesinato de líderes sociales: lo que de forma callada acepta la mayoría de nuestra sociedad es que es mejor eliminar por completo a esta gente que soportar el trauma de devolver la inmensa cantidad de tierra que ha quedado en manos de “tenedores de buena fe”.

La vida es sagrada, arma en mano

Foto: Colombia Ágil
Cuando hablamos de que la vida es sagrada ¿de cuáles vidas estamos hablando?

La propiedad —no importa cómo se haya obtenido— es más importante que unas vidas marginales, que son aniquilables. Parece que nuestra sociedad se ha acostumbrado a aceptar que hay personas que merecen morir por ser quienes son, más aún si se trata de prevenir la violencia imperdonable que iban a llevar a cabo, que podría haber sido asesinar, secuestrar, expropiar tierras o robar.

A quién se puede matar

Un último aspecto que se puede pensar es la preferencia o elección de a quién se puede matar. Lo tradicional es que se dé prioridad a la vida de quien se considera inocente sobre quien se considera culpable. Así, aunque en Colombia no haya pena de muerte, ante situaciones de altísima inseguridad muchas personas creen que algo similar y privado es preferible, aunque signifique tomar la justicia por mano propia.

Ni esta práctica ni este juicio son extraños, sino algo que hunden sus raíces en los cimientos mismos de nuestra humanidad. Asesinar —privar de la vida— a una persona que se considera culpable ha sido una práctica sistemática desde el origen mismo de las culturas. Estas, con todo lo bueno y valioso que nos ofrecen, no dejan de ser máquinas sacrificiales. Y las masas siempre están dispuestas a dejarse contagiar de la sed de sangre.

Resolver el problema del crimen, que hunde sus raíces en la antigua codicia, implica transformar nuestra sociedad para que pueda garantizar los derechos y libertades de todas las personas. Eso no se logra si las políticas públicas solo buscan beneficiar a una minoría opulenta. Seguramente la prevención del crimen implica también cambios en la educación, que no puede reducirse a medir las competencias para el mercado.

Lea en Razón Pública: Los retos de la nueva Política de Convivencia y Seguridad Ciudadana

Es posible aprender que la vida es con y para las otras personas, y que es la condición de todos los bienes, valores y creencias. Nuestra humanidad se construye y afirma con las otras personas, y el asesinato de otra persona contradice esa humanidad. Precisamente, tenemos la experiencia de haber sido amados y formados por personas cuya acción con nosotros ha sido pura donación gratuita. Esa es la memoria que necesitamos rescatar para salir de esta lógica del sacrificio.

Por ahora tenemos que esperar que opere la justicia. Y que las personas afectadas de manera directa por esta tragedia puedan encontrar una senda para el perdón.

*Profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Javeriana.

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