La vida y la muerte sin hijos | Columna del día | Tatiana Andia
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La vida y la muerte sin hijos

Escrito por Tatiana Andia

Una de las frases que más he dicho en este tiempo cancerígeno es que me alivia no tener hijos. No sé bien de dónde salió esa idea punzante que tengo desde el primer momento de mi diagnóstico y hasta este momento nunca me lo había preguntado. Cada vez que lo digo la gente asiente en comunión con lo que digo. Un consenso que solo se logra ante una verdad de a puño.

En una de las más poderosas visiones que me han acechado en estos meses, soy de nuevo una adolescente que corre por los pasillos de algún centro comercial enrevesado. En la visión tengo la certeza de que esa adolescente es la misma que corre ahora por los pasillos llenos de luz que me conducen hacia la muerte.

Aunque no parezca, ambas cosas parecen estar conectadas. La liviandad de adolescente en este tránsito es la manifestación más clara de que nunca construí uno de los vínculos más difíciles de romper. El más biológico de todos. La extensión literal de mi cuerpo en el de otra persona.

También lo siento en el cuerpo a ratos. Como una fuerza enorme que nunca explotó todo su poder creativo. Una energía contenida que por su fuerza infinita me prendió por dentro, a través de cientos de bombillos tumorales. 

Viendo a mis amigas y amigos más íntimos durante estos meses con sus extensiones biológicas de todas las edades, no puedo sino preguntarme de qué me perdí y si valió la pena.

Siento a las hijas e hijos de mis amigos verme como un espectro y pienso en la comodidad de saberse seguros en los brazos de sus madres y padres cuando yo ya no esté.  

Cuando me muera seré un recuerdo tranquilo, en el mejor de los casos, de aquella amiga entrañable que ocupa algún lugar en el corazón de su madre o padre y que evoca un pedazo de su vida.

A ratos me gustaría saber las personas en que se convertirán esas niñas y niños entre 1 y 23 años que constituyen las constelaciones de sobrinas y sobrinos adoptivos que tengo regados por el mundo. Imagino a esas personas ya adultas, mi mirada completamente ausente de ellas. Cuanta libertad la mía y cuánto desapego el de ellas y ellos. Cuánto alivio.

Luego pienso en mis sobrinas y sobrinos biológicos. Las hijas de mis hermanos, Luisa, Gabriela, Sara y Juana y los hijos de mi hermana, Eikiu y Leonardo. Ya tengo, además, una sobrina nieta, Leonor. A ellas y ellos me los imagino claramente en el futuro, brillantes. En la vida de ellas y ellos espero ser un recuerdo alegre, como el de mi madre. Uno de esos recuerdos que le provocan a uno ganas de vivir y que hacen que hasta la muerte parezca divertida.

Finalmente pienso en mis estudiantes. Todos esos hijos que tuve por un ratito, algunos que todavía consiento y apretujo con frecuencia. Ellas y ellos también brillantes, felices es sus trabajos o posgrados.

Todas esas generaciones de vidas cruzadas son una misión cumplida de sus madres y padres y yo, la eterna adolescente, habré contribuido un poquito a que así sea. Qué alivio!

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1 Comentario

Andrés Calle Noreña abril 15, 2024 - 10:59 pm

Muchas gracias por esta carta tan directa y clara, para los que no tenemos hijos, para los que fuimos profesores y estudiantes. Para los que todavía tenemos salud y estamos en turno. Toda la solidaridad, la admiración y el cariño de un desconocido. Qué bueno sería saludarla personalmente. Andrés C

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