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“La vida era la pantalla»

Escrito por Ana María Trujillo
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“La vida era la pantalla”. 
François Truffaut, o el amor al cine.

Ana María Trujillo

Hace 79 años nacía François Truffaut, personaje emblemático de la historia del cine francés, crítico virulento y visionario que, al pasar a la realización consagra a la Nueva Ola francesa en el festival de Cannes de 1959 con 400 golpes certeros y eficaces que revolucionan la manera de hacer cine en Francia y en el mundo.

La-vida-era-la-pantallaFotografía del rodaje de la escena final de Los 400 golpes,
ópera prima de Truffaut que consagró a la Nueva Ola francesa en el Festival de Cannes de 1959.

La historia de su vida es tan apasionante como su obra puesto que su obra emana de la vida misma. El caso Truffaut es uno de los ejemplos más impactantes de la forma en la que la pasión por el cine se impone y desborda el marco de unas condiciones de vida preponderantemente restrictivas. Hijo ilegítimo de padre desconocido y de una madre distante, para la cual siempre se sintió una carga, François Truffaut nace clandestinamente el 6 de febrero de 1932 y es inmediatamente encargado a una madre comunitaria con quien pasa sus primeros tres años de vida. Su abuela materna, notando el progresivo deterioro físico del niño lo lleva al seno de una familia apasionada por la cultura donde la literatura, el cine, el teatro y las noticias de actualidad son temas de sobremesa. A la muerte de su abuela, Truffaut va a vivir con su madre Janine de Monferrand y su esposo, Roland Truffaut, con quienes siempre mantendrá una relación fría y distante.

Desde muy joven conoce el desarraigo. Sufre de una indisposición de base para adaptarse y funcionar en las instituciones (familiar, escolar, laboral) pero su inteligencia es innegable. Los informes de sus profesores lo constatan al señalar que “conoce todo, menos la disciplina”. Para Truffaut el cine y la literatura son en principio la posibilidad de evasión de una vida que no conoce mayores placeres. Desde la ocupación alemana, las salas de cine parisinas son un refugio y no sólo en sentido figurado. Su espíritu abierto y su mente inquieta se satisfacen a razón de tres películas por día y tres libros por semana. Truffaut cambia el salón de clase por las salas de cine y sus maestros por los novelistas franceses (entre sus favoritos, Balzac y Proust), faltando a clase para escabullirse en las salas oscuras o para leer los tres tomos de Los Tres Mosqueteros de Alexandre Dumas sin interrupciones. Esta insaciabilidad le hace asiduo visitante de los cineclubes parisinos y la Cinemateca Francesa dirigida por Henri Langlois, donde comienza a hacerse su reputación de joven cinéfilo. Truffaut crea su propio cineclub con su amigo inseparable, Robert Lachenay, e incluso roba una máquina de escribir de las oficinas de su padre para financiarlo. Esta anécdota, inmortalizada en su primera película, es también el motivo de su primer paso por el centro de observación de menores delincuentes. Años después Truffaut pasará otro tiempo en la prisión militar acusado por deserción.

Sin duda, uno de los grandes giros en la vida de Truffaut será su encuentro con André Bazin, el intelectual católico de izquierda, cabeza de los Cahiers du cinéma, que no sólo le abre las puertas al mundo del periodismo cultural sino incluso las de su propia casa, convirtiéndose –en palabras de Truffaut- en su  padre espiritual. Truffaut se abre camino con su pluma polémica, con su manera tan visceral y contundente de ver el cine, de escribir sobre él y de defender sus ideas. Sus comentarios son elogio grandilocuente o crítica feroz e implacable. Semana a semana Truffaut despliega sus años de cinefilia a los lectores de Arts y los Cahiers du Cinéma con un estilo franco, directo, violento e incluso sectario que lo convierte en el crítico vedette de la Francia de los años cincuenta. Su partido: la renovación, un cine más íntimo y personal, posición que denuncia la célebre y establecida tradición cinematográfica de la qualité française que ante sus ojos no es más que un movimiento estéril, consumido por el dinero y la falta de originalidad. 

Truffaut no actúa solo. A su lado, llenando los mismos cineclubes y escribiendo en los mismos diarios, están Claude Chabrol, Jacques Rivette, Eric Rohmer y Jean-Luc Godard. Truffaut, sin embargo, asume el liderazgo con su estilo fuerte, con su juventud y su insolencia, la claridad de sus juicios y la coherencia de su crítica que eleva a Howard Hawks y a Alfred Hitchcock al rango de maestros cinematográficos en una época en la cual Francia se mostraba bastante reticente hacia la producción americana. De la misma manera, a contracorriente, Truffaut elogia la obra de Jean Renoir, Sacha Guitry, Jean Cocteau, Alexandre Astruc y Roger Vadim por encima de los entonces populares Henri- Georges Clouzot, Claude Autant- Lara, Jean Delannoy y René Clément.

Su paso a la realización probó que no se necesita una formación técnica ni grandes presupuestos para hacer buen cine. Los 400 golpes, ópera prima de Truffaut, conquistó el festival de Cannes de 1959, llevándose el premio a la puesta en escena y marcando el nacimiento de un director, de un actor (Jean Pierre Léaud protagoniza la película a los catorce años y se convierte en una suerte de alter ego del director) y de un movimiento. Truffaut también cederá a Godard el guión de su primera película, Sin aliento (À bout de souffle), y seguirá defendiendo desde su ejercicio crítico el trabajo de la nueva generación de realizadores: Alain Resnais, Agnès Varda, Jacques Demy, Marcel Ophuls y sus compañeros de Cahiers que como él se lanzan al ruedo de la creación.

Esta Nueva Ola no comparte credos estéticos ni temáticos pero sí se reúne alrededor de una apuesta común: acercar el cine a la vida. Dejar a un lado los personajes acartonados y caricaturescos, los guiones-receta, salir de los estudios a la calle. Todo esto fundado sobre un concepto fundamental: la política del autor.  El cine es la obra de arte de quien lo concibe y lo realiza, es una mirada personal que se posa sobre el mundo. Truffaut con sus historias sencillas, cotidianas, Godard y Resnais con su compromiso político, Rohmer con sus reflexiones morales, todos estos cineastas son la expresión de un fenómeno mucho más amplio que exige la renovación y el cambio en una Europa devastada por la guerra.  En 1957 Truffaut escribía:

“La película del mañana me parece todavía más personal que una novela, individual y autobiográfica como una confesión o como un diario íntimo. Los jóvenes cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán lo que les ha pasado: la historia de su primer amor o del más reciente, su conciencia frente a la política, un relato de viaje, una enfermedad, su servicio militar, su matrimonio, sus últimas vacaciones, y esto forzosamente gustará porque es verdadero y es nuevo. La película del mañana se parecerá a quien la realiza y el número de espectadores será proporcional al número de amigos que posee el cineasta. La película del mañana será un acto de amor.” (Arts, 15 de mayo de 1957)

Hoy, 6 de febrero de 2011 podemos afirmar la lucidez y la fuerza de las ideas de François Truffaut, el enfant terrible salvado por el cine. Un homenaje al hombre para quien la vida era la pantalla y que a través de la pantalla nos regala siempre un poco de vida. Un hombre que nos enseña a amar el cine.

 

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