La tregua, derrota anticipada de Israel | Razón Pública
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La tregua, derrota anticipada de Israel

Escrito por Mauricio Jaramillo-Jassir

La tregua pactada entre Hamás e Israel es un alivio necesario, urgente y que debió suceder hace varias semanas. Aun así, no deja de ser una buena noticia. Más allá de los motivos para el optimismo, el acuerdo deja ganadores y perdedores y muestra hasta qué punto al gobierno de Benjamín Netanyahu se le están embolatando los objetivos que juró conseguir en los bombardeos desproporcionales y sin antecedentes sobre la Franja de Gaza. La victoria en el corto plazo para Hamás, no solo significa oxigeno para seguir combatiendo y resistiendo, sino que abre la posibilidad para que ocupe un lugar político, meta que el grupo ha buscado y que parece estar consiguiendo paulatinamente.

Hamás o Movimiento de la Resistencia Islámica es mucho más que una organización terrorista, una etiqueta que, aunque le facilite la tarea a Israel y a Occidente de reducirla a la “maldad” y desconocer que se trata de la consecuencia de más de siete décadas de humillaciones, agresiones e incontables masacres que ningún otro pueblo o nación haya sufrido (no hay registro de una ocupación tal larga). Nació a finales de los 80 con la primera intifada (levantamiento, aunque la traducción literal sea “sacudida”) y desde entonces, no ha dejado de dar signos de pragmatismo y reacomodación para ser tenido en cuenta como un actor que representa a un segmento cada vez más amplio de palestinos. Obvio, es más fácil la fórmula convertida en divisa de los tibios de que “Palestina no es Hamás”, pero haciendo la tarea básica de desarmar el injustificable simplismo, se debe recordar que, hoy por hoy, no solo ha hecho eco de una parte de los intereses de los palestinos, sino que dispone de un poder político que ignorar no conduce a nada, la lección ha debido quedar clara. En 2006 Hamás secuestró al soldado israelí Gilat Shalid cuando prestaba su servicio militar y desde entonces, pidió un intercambio con prisioneros palestinos. Aquello ocurrió en 2011 tras una intensa presión sobre las autoridades israelíes para conseguir su liberación y no repetir la historia de varios rehenes que han muerto por intento de rescate de Tsahal (Fuerza de Defensa Israelí). La tregua alcanzada la semana anterior con intermediación de Qatar recuerda dos puntos fundamentales conseguidos por el Movimiento de Resistencia Islámica. Primero, a pesar del despliegue militar sin limitaciones de ningún tipo (desprecio total por el Derecho Internacional Humanitario), Tel Aviv fue incapaz de rescatar un solo rehén por la fuerza, a pesar de actuar en un espacio tan denso y reducido, con una superioridad militar que nunca ha estado en tela de juicio. Y segundo, Netanyahu y su ministro de defensa Yoav Gallant no han dejado de insistir en que acabarán con Hamás tras esta operación. Dicho objetivo es tan anhelado por muchos israelíes que justificaría semejantes vejámenes cometidos en Gaza (y cada vez más extensibles a Cisjordania y Jerusalén Oriental, capital palestina). Ahora, tras más de un mes de implacable ofensiva, Israel no ha conseguido despertar solidaridad mundial, pues la simpatía que inicialmente se expresó por los atentados horrendos cometidos por Hamás se ha venido diluyendo y tal como ha sucedido en la historia, Israel ha pasado de ser víctima a victimario implacable, arrogante sin reparo en despreciar la vida. Ni siquiera Estados Unidos en Afganistán o Irak hizo prueba de semejantes niveles de inhumanidad. Esta dirigencia israelí pasará a la historia como la más despiadada sobrepasando incluso las violaciones a los derechos humanos de los dictadores del Cono Sur o del Medio Oriente. La tregua demuestra que Tel Aviv aun cometiendo un genocidio, está lejos de acabar con el Movimiento de la Resistencia Islámica. No hay un solo dirigente de peso de Hamás tras las rejas o neutralizado. Mohammed Deif y Yahya Sinwar, cerebros de los atentados, siguen acumulando afectos y admiraciones a lo largo y ancho de los Territorios Ocupados y del mundo árabe y musulmán.

La situación empieza a asemejarse con la “Guerra de los 33 días” contra Hezbollah en la que atacó implacablemente el sur del Líbano y acabó con buena parte de su infraestructura civil e incurrió en varias masacres (revisar la del 29 de julio de 2006 en Qana de particular crueldad y efectos humanitarios catastróficos). Todo con la excusa de poner fin, de una vez por todas, al movimiento chií libanés. Tras semanas de ofensiva, Israel no pudo rescatar dos soldados retenidos (asesinados) y salió con la sensación de una guerra innecesaria y perdida.

La tregua confirma la erosión del liderazgo de EEUU y de la Unión Europea, en esta última donde el giro a la derecha -en algunos casos rozando el extremo- está acabando con toda noción de humanismo con la que se fundó en 1957 el Tratado de Roma. No podrán explicarle a la historia haberse opuesto en pleno silgo XXI a un alto al fuego, mientras regímenes que han considerado como anacrónicos, atrasados, dictatoriales y bárbaros dieron ejemplo sobre cómo hacer presión para llegar a una tregua que hoy la humanidad agradece, aunque no sin amargura, pues se han perdido más de 14 mil vidas de inocentes y lo que es peor: un porcentaje considerable de niños. Europa, Estados Unidos e Israel acabaron con una generación de gazatíes, jamás podrán relegitimar su poder para hablar sobre derechos humanos.

La tregua ha desnudado las contradicciones insalvables de Israel para justificar la guerra, la necesidad de empezar a contemplar a Hamás como un actor relevante con el cual se deberá negociar el futuro Estado de Palestina y la decadencia cada vez más irreversible de Occidente.

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