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La tragedia ambiental en Casanare

Escrito por Enrique Galán

Una mirada autorizada desde el cambio climático, otra desde el firmamento llanero, otra a ras de la tierra seca y otra sobre las autoridades ambientales nos permiten apreciar la magnitud y las causas del desastre. Hay que saber para poder preservar.

Enrique Galán Roa*

Cuatro  miradas

Los medios de comunicación suelen mencionar al departamento del Casanare cuando hay malas noticias. En esta ocasión, las horribles imágenes de la fauna local muerta sobre la tierra cuarteada o moribunda en medio de los medanales, han sido difundidas ampliamente y han dado pie a una ola de recriminaciones por la crisis ambiental de la región.

En medio de tantas lecturas y sobre este desastre, propongo cuatro miradas que se podrían tener si descendemos desde una gran altura hasta el suelo de esta llanura inundable de la gran cuenca binacional del Orinoco.

1. La gran imagen

Una primera imagen se observa desde lo más alto: la esquina norte de nuestra América del Sur aún se ve cubierta de vegetación, por las selvas del Amazonas y las sabanas de la Orinoquia; pero sobre ellas la nubosidad y las corrientes del vapor de agua escasean en la época seca que llamamos verano.

En esta escala es necesario tener en cuenta el fenómeno del cambio climático. Aún hoy existen grupos de poder que tratan de convencernos de que el cambio climático es  un  cuento inventado por unos fanáticos ecologistas. A los grandes conglomerados industriales les interesa mostrar las bondades del crecimiento económico mundial, y ocultar los efectos adversos del modelo de desarrollo sobre la macroecología planetaria.

Pero ha sido tanta la acumulación de pruebas científicas que ya no hay duda sobre la existencia del cambio climático. Como se sabe, este es causado por la acumulación de los gases de efecto invernadero (uno de los cuales es el gas carbónico -CO2- que genera el uso de combustibles fósiles como la gasolina, el diesel y el petróleo) gases que elevan la temperatura del planeta Tierra. Los expertos vaticinan que cada año serán mayores los extremos y los efectos negativos de las temporadas invernales y de las épocas secas.

Una parte del problema de la muerte de la fauna y el ganado en las sabanas casanareñas se debe al cambio climático, por la prolongación del intenso verano, la poca lluvia y las altas temperaturas.

Por supuesto, Casanare no escapa a esta variación de los ciclos normales del clima y por eso, según el experto Max Henríquez, las lluvias de marzo, que suelen ser precipitaciones alrededor de 80 milímetros, en este año apenas fueron de 40.

Esto significa que una parte del problema de la muerte de la fauna y el ganado en las sabanas casanareñas se debe al cambio climático, por la prolongación del intenso verano, la poca lluvia y las altas temperaturas.


Zonas inundables en Casanare.
Foto: Juana Camacho

2. Mirada sobre la sabana

El paracaídas sigue descendiendo y ya podemos ver más nítidamente el paisaje de Casanare, un departamento con más de 4,4 millones de hectáreas, surcado por decenas de ríos grandes, medianos y pequeños.

En él está localizada gran parte de las sabanas inundables de la Orinoquia colombiana. Los humedales ocupan el 16 por ciento de la superficie total, con 2.060 esteros, morichales y lagunas que almacenan más de 2 millones de metros cúbicos de agua, según estudios del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC).

Este paisaje, en consecuencia, es un gigantesco humedal que se seca tres o cuatro meses del año (hay diciembres en que solo cae un milímetro de lluvia) y no es -como lo ven muchos recién llegados- una tierra fértil que se inunda por el invierno y que debe ser desecada con retroexcavadoras para instalar monocultivos.

Desde esta vista de la sabana, podemos detener por un momento la mirada sobre las cuencas de los ríos Ariporo y Guachiría, ambos nacidos en el mismo cerro de Zamaricote, estrella hídrica estratégica que desde 1998 tiene la categoría de Reserva Natural Protectora y Área de Manejo Especial, pero que todos los años es incendiada por acción del hombre o por fenómenos naturales.

Los dos ríos fluyen hacia la sabana inundable en los territorios de Paz de Ariporo y de Trinidad, en un trayecto por la zona media de las cuencas entre Villavicencio y Paz de Ariporo.

Pero a la altura del denominado “piedemonte” la intervención humana es evidente: enormes pastizales de brachiaria, cultivos de arroz y palma aceitera, recientes siembras de especies forestales comerciales como el pino pellita y el eucalipto caribe, así como de piña y de caucho.

Lo que ya casi no se ve es el bosque primario que antaño cumplía la función de regular el balance hídrico, permitiendo la recarga de los acuíferos y dejando fluir despacio el agua retenida hacia la llanura.

3. Visión a ras de suelo

Ahora llegamos al puro suelo casanareño para ver algo de lo que ahora acontece. En estas zonas de lagunas, esteros y morichales se disparó la actividad petrolera. Un estudio efectuado en diciembre de 2009 por la Alcaldía de Paz de Ariporo muestra que en el territorio de este municipio se habían otorgado 21 bloques exploratorios a 14 empresas operadoras.

En la zona de sabana inundable operaban con licencia ambiental Pacific Rubiales, Hupecol, Perenco, Petrominerales, Lewis Energy (Solana), Winchester y Hocol. Y con proceso de licencia ambiental para otras áreas estaban: Cepcolsa, Hocol, Columbus Energy, Winchester, Golden Oil, Ramshorm, Omega, Ecopetrol y Petroandina.

El total de área en exploración en septiembre de 2009 en Paz de Ariporo era de 1.231.254 hectáreas, que equivale al total del municipio, uno de los más grandes de Colombia.

A la altura del denominado “piedemonte” la intervención humana es evidente: enormes pastizales de brachiaria, cultivos de arroz y palma aceitera, recientes siembras de especies forestales comerciales como el pino pellita y el eucalipto caribe, así como de piña y de caucho.

La etapa de la exploración para detectar dónde hay yacimientos requiere aplicar la sísmica, que se hace instalando explosivos bajo tierra, en líneas que pueden tener hasta 200 kilómetros de largo. Precisamente esta actividad está en el centro del debate, con dos bandos en controversia: los que dicen que la sísmica no hace daño y los que dicen que  acaba con los acuíferos.

Pero lo cierto es que la actividad petrolera no se pude adelantar sin agua: para la extracción del crudo se requieren volúmenes considerables de agua para inyectar en los pozos, y cada plataforma exploratoria puede tener hasta cinco pozos y un área total de 8 a 9 hectáreas.

Dentro de los bloques adonde llegó la industria petrolera está la zona de los esteros y morichales, que está escasamente poblada por familias criollas de llaneros, que viven dispersas con sus ganados manejados en sistemas extensivos y que complementan su sostenimiento con la “marisca” o caza selectiva de fauna, la pesca y los conucos para el pancoger.

Es en estas fincas donde se puede observar el manejo sostenible de la ganadería que comparte el territorio con las especies de fauna silvestre. Ya existen en la zona cuatro reservas naturales de la sociedad civil articuladas a la red nacional Resnatur, que han demostrado que es posible mantener corredores ecológicos que permitan preservar la fauna local.

Pero a estas zonas están llegando finqueros que son llamados “los nuevos llaneros”, a comprar y “adecuar” tierras, drenando y desecando los humedales para sembrar pastos introducidos o para sembrar palma aceitera, aplicando paquetes tecnológicos diseñados por Corpoica para un ecosistema distinto: la zona de altillanura, en la margen derecha del río Meta.

Además, estos nuevos propietarios usualmente no respetan el Plan de Ordenamiento Territorial de Paz de Ariporo, que obliga a conservar una ronda de 100 metros alrededor de los cuerpos de agua.


Rivera del río Ariporo en Casanare.
Foto: Alcaldía de Paz de Ariporo – Casanare

4. Los responsables que no se dejan ver

Cuando miramos de cerca el desastre ecológico de Casanare podemos localizar varios actores institucionales directamente implicados, tales como la Corporación Autónoma Regional de la Orinoquia (Corporinoquia), que es la autoridad ambiental regional, así como a los alcaldes, que son autoridad ambiental municipal y como tales “mandan” en este tema.

Dentro de este grupo de instituciones también está la Gobernación de Casanare, pero esta solo tiene un funcionario encargado de temas ambientales en su Secretaría de Agricultura y Medio Ambiente.

Como parte del Sistema Regional Ambiental (SIRA) la Corporinoquia, la gobernación y las alcaldías deben cumplir una tarea clave que es conformar el Sistema Departamental de Áreas Protegidas, pero el desastre de estos días indica que este Sistema está en pañales.

Para completar la debilidad del SIRA, de todos las acciones en defensa del medio ambiente y creación de entidades ambientales, que se inició en 1998 con apoyo del asesinado director de Corporinoquia, Carlos Vargas, y que articulaba a 25 ONG en la denominada Red Vital, hoy apenas sobreviven dos o tres entidades sin ánimo de lucro.

Vale la pena recordar que a raíz de una crisis anterior en el año 2000 y ante el sacrifico ilegal de mas de 10.000 chigüiros, se instauró una acción popular en cuya etapa final el Consejo de Estado determinó que el Ministerio de Ambiente y Corporinoquia se obligaban a adelantar un plan de repoblamiento de la especie.  

Las masacres de chigüiros han sido comunes en la cultura llanera, y hasta hace poco tiempo muchos ganaderos solían matar a los grandes roedores, a bala o a garrote, para evitar que compitieran con el ganado por el agua y los pastos.

Pero gracias a este fallo se crearon asociaciones de zoocriadores de chigüiros en Paz de Ariporo, Trinidad, San Luis y otros municipios. Sin embargo, la tramitología y la burocracia dieron al traste con esta iniciativa de gestión sostenible de la especie.

Tampoco debemos perder de vista que dentro del sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia, de las 56 áreas que son parques nacionales, ninguna cubre zonas de la llanura inundable, a pesar de que esta es un mosaico complejo de ecosistemas, único e irrepetible.

A estas zonas están llegando finqueros que son llamados “los nuevos llaneros”, a comprar y “adecuar” tierras, drenando y desecando los humedales para sembrar pastos introducidos o para sembrar palma aceitera.

A comienzos de 2009 el entonces ministro de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, Juan Lozano, anunció a los cuatro vientos la creación de un nuevo parque nacional de 25.000 hectáreas precisamente en la zona de Morichales, donde hoy se registra la tragedia ambiental. Han pasado 5 años y tampoco se hizo el parque nacional en Paz de Ariporo.

Conocer para proteger

La sabana inundable no ha sido bien investigada y no existe ninguna entidad especializada en conocer el funcionamiento de estos territorios, para recomendar cómo se deben conservar y utilizar.

En el Programa para Áreas Protegidas 2009 – 2012 de su oficina para América del Sur, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) plantea como primera necesidad la generación de conocimiento para tomar mejores decisiones, y propone promover la investigación en ciencias naturales, económicas y sociales sobre el manejo de áreas protegidas, mediante convenios con instituciones académicas.

Las miradas que se han planteado anteriormente implican que ante una situación tan compleja, se necesitan soluciones igualmente complejas. Craso error estaríamos cometiendo si, al calor de la indignación que produce el desastre ambiental, corremos a buscar remedios simplistas o a quién crucificar.

Los actuales niveles de conflictividad y desconfianza entre empresas, actores públicos, sociedad civil y pobladores locales deben convertirse en una verdadera gestión ambiental participativa, que a su vez implique un cambio del modelo de desarrollo. Igualmente, necesitamos fortalecer el Sistema Ambiental Regional de manera que cada entidad y cada actor asuma cabalmente sus competencias y sus responsabilidades en este tema.

 

Médico veterinario zootecnista, especialista en Desarrollo Rural, con 20 años de trabajo en promover la gestión ambiental en Casanare, cofundador de la Fundación Mata de Monte, fue presidente de la junta directiva de Ecofondo, es director de la Corporación Casadepaz.

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