La soledad en una pastilla | Fundación Razón Pública

La soledad en una pastilla

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A pesar de haber trabajado toda mi vida profesional en temas de salud, sabía muy poco del cáncer que me cayó encima, como un accidente, repentino y devastador. El cáncer de pulmón, he aprendido, no es una condena merecida a fumadores. Es prevalente también en personas con vidas saludables, personas buenas, probas. El mío, en particular, me lo han descrito como un cáncer de “mujeres jóvenes no fumadoras”. ¡Qué alivio! Alivio porque no parece ser culpa mía. No es el resultado de la vida intensa que he llevado, sin pausa, sin cautela. Alivio porque ya tengo qué responderle a quienes, con una buena dosis de superioridad moral, me hacen preguntas capciosas sobre el cigarrillo, probablemente con el único fin, consciente o inconsciente, de sentirse a salvo.

Mi reacción intuitiva y casi visceral, desde un principio, fue resistirme a buscar en Google y en revisiones sistemáticas para tratar de entender, por mis propios medios, lo que sabemos acerca de la “compleja situación de salud por la que atravieso” (como a prácticamente todas las personas les gusta llamar eufemísticamente al simple y lapidario cáncer).

Sorprendentemente resistí el impulso autosuficiente y decidí confiar únicamente en las personas que le han dedicado su vida a la oncología, una profesión que me parece un tanto trágica. Acostumbrada a las controversias científicas, como muy bien las han descrito los estudios sociales de la ciencia, me tranquilizó el consenso rotundo, entre varios oncólogos expertos en pulmón, sobre la alternativa terapéutica preferida para mi mutación. Todas y todos apuntaron hacia una terapia dirigida, un medicamento de segunda generación, disponible hace menos de una década, que mantendrá el cáncer controlado, y hasta mermado, por un tiempo.

Cuando las oncólogas nos dieron la noticia del curso de tratamiento a Andrés Elías, el amor de mi vida, y a mí, nos tranquilizaron varias cosas. Que se tratara de un medicamento, una pastilla como cualquier otra, que se toma en casa, a solas, sin catéteres permanentes y horas dedicadas a contemplar su administración en una fría sala de hospital. Nos tranquilizó también que, aunque incómodos, los efectos adversos descritos parecían menos horrendos que los de la quimioterapia. Ya tengo acné, diarreas y náuseas. Probablemente en un futuro tendré llagas en la boca y/o las uñas infectadas. Pero, no perderé días enteros por malestar general, ni andaré por la vida demacrada, calva, o luciendo algún turbante de esos que identifican a los “luchadores” contra el cáncer.

En general, que fuera una pastilla sonaba bien, o no tan mal. Pero cuando, unos días después y ya iniciado el tratamiento, un amigo oncólogo me explicó con detalle los avances de la investigación sobre el cáncer de pulmón y las promesas de tratamiento que podrían prolongar mi vida por varios años, no sentí alivio alguno. En su lugar, sentí una profunda angustia existencial.

No me puse dichosa por la fortuna de haberme enfermado en la era de la genómica, de la inteligencia artificial, de los billones de dólares invertidos a nivel global para identificar mutaciones genéticas e inhibir el crecimiento de cánceres antes intratables. No me alegré de que hoy el cáncer sea una enfermedad crónica más, como la hipertensión, como la diabetes, como el sida. Todo lo contrario, al salir del consultorio de mi amigo me sentí desolada y con ganas de llorar.

Después de varios días de confusión pude entender mis emociones y escribir esta columna, no sin dificultad y por lo tanto con un poco de retraso. Lo que me angustió fue la sensación de desconexión, de abandono. Lo que me disgustó fue la rapidez con la que el solucionismo tecnológico remplazó la reflexión profunda acerca del sentido de la vida.

Hasta ese día había estado empeñada en transitar el camino incierto, doloroso y significativo hacia lo más humano, que es la muerte. Hasta ese día había estado contemplando a mis seres queridos recordando el hermoso tiempo compartido. Hasta ese día había pensado en las conexiones con los demás, con la naturaleza. Pero, de un tajo, la idea de una pastilla mágica me arrebató el proceso.

Lo que sentí fue una profunda soledad. No la soledad de la enfermedad, sino la soledad del acto individual de medicarse y sobrevivir a toda costa, sin importar las condiciones y las conexiones que hacen posible y deseable la vida misma. Esa soledad propia de una sociedad individualizante y utilitarista que atribuye la enfermedad y la salvación al comportamiento individual. Una sociedad que aliena y adormece.

No reniego de la ciencia ni pretendo negar las puertas que nos abre la tecnología, antes impensables. Pero me resisto a vivir a toda costa y a cualquier precio, sin considerar lo que me une a los míos y a los otros, a los sanos, a los enfermos, al complejo médico-industrial. En últimas, me queda mucho por pensar y por escribir acerca del cáncer que no es una “enfermedad crónica”, sino que es “como la vida misma” (como dice Alejandro Gaviria).

Acerca del autor

3 comentarios

Tatiana Andia

Escrito por:

Tatiana Andia

Profesora de sociología de la Universidad de los Andes.

3 comentarios de “La soledad en una pastilla

  1. Una columna profunda y reflexiva, que nos confronta con el frágil milagro de estar vivo. Mi mejor energía y los mejores deseos en este proceso. Deseo todo vaya bien. Gracias por compartir tan profunda experiencia. Admiración.

  2. No podría estar más de acuerdo, Tatiana. Conectar es una de las necesidades fundamentales de nuestras vidas. Recuerdo con cariño y mucha tristeza a una paciente a quien pudimos cronificar exitosamente su enfermedad durante muchos años con medicamentos avanzados, pero que durante el proceso, por la enfermedad, por su manera de ser y por los avatares de la vida, sufrió una desconexión progresiva de todo y de todos. Cuando finalmente su enfermedad empeoró, me confesó que para ella era un alivio, porque sentía que seguir viviendo en ese estado de desconexión, era peor que la alternativa.

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