La reforma política que se tramita en medio de viejas mañas - Razón Pública
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La reforma política que se tramita en medio de viejas mañas

Escrito por Felipe Jiménez
Plenaria del Senado

Felipe JimenezPrometieron una reforma contra la corrupción política, pero vista de cerca la dichosa reforma es una colcha de retazos.

Felipe Jiménez Ángel*

Sin tribunal electoral

La reforma política que se discute en el Congreso no tiene norte ni ha sido objeto de consenso. Tampoco es integral.

Y si la plenaria del Senado no la aprueba en segundo debate esta semana, la famosa reforma sencillamente se va a hundir.

Peor todavía: el proyecto se ha convertido en una colcha de retazos, en una especie de árbol de navidad para que cada uno cuelgue o quite los adornos que quiera.

Lo primero que le quitaron, con ayuda del Partido Conservador, fue la idea de un tribunal completamente distinto del actual Consejo Nacional Electoral (CNE). La mayoría de los senadores no desean un órgano independiente, con capacidad de sancionar y con músculo financiero. En cambio, sí están de acuerdo en otorgarle más autonomía y más recursos al CNE para garantizar la impunidad electoral que hoy se cobija bajo esa entidad.

Los congresistas hundieron el tribunal porque no quieren que los investiguen.

Un senador del Partido de la U llegó a decir durante el debate: “¿quién quiere estar en manos de un tribunal electoral?… ¡Nadie! No queremos estar en manos de los jueces”. Parece un chiste, pero no lo es: los congresistas hundieron el tribunal porque no quieren que los investiguen, los juzguen, ni mucho menos que los sancionen.

Tampoco existe consenso sobre la modificación del CNE, algo que para la mayoría de los expertos es urgente, pero que para el Congreso parece ser innecesario. En todo caso resulta inaceptable que la máxima autoridad electoral esté integrada por políticos y sea elegida por políticos: los conflictos de intereses son evidentes. Reformar el CNE no es un capricho, es una obligación.

Sin listas cerradas

Álvaro Uribe Vélez
Álvaro Uribe Vélez
Foto: Senado

Pasemos ahora a lo que muchos creen que es el centro de la reforma: eliminar el voto preferente y adoptar el sistema de listas cerradas para cada partido.

La reforma política está a punto de naufragar porque no se tienen las mayorías para aprobar este cambio. En el Congreso hay distintas posiciones al respecto:

Para algunos senadores con arraigo regional, la lista cerrada constituye una amenaza; ellos tienen sus voticos “amarrados” y para nada les conviene “endosárselos” a las personas que encabecen la lista.

Entre los que les gusta la propuesta no hay todavía un acuerdo para evitar la “dictadura del bolígrafo”, es decir que el director o directorio nacional del partido haga la lista como les dé la gana.

Como mecanismo para ordenar las listas, el Centro Democrático ha propuesto las elecciones primarias, obligatorias y donde solo puedan votar los militantes del partido. Pero otros creen que cada partido debe escoger el mecanismo “democrático” que crea conveniente para establecer el orden de la lista: encuestas, elecciones primarias, convenciones, etc.

Cada vez que el tema se discute en el Congreso, salen a la luz visiones encontradas y la imposibilidad de llegar a algún consenso parece inminente. Pero tengamos algo claro: si se hunde la lista cerrada se hunde la reforma política.

Puede leer: La reforma política: ¿Será que tendremos un congreso más representativo?

Unidos por el presupuesto

Otra propuesta incluida en el proyecto inicial es devolverle al Congreso su iniciativa de gasto.

No es un secreto —se le llama “mermelada”—, que algunos congresistas le aprueban leyes al gobierno a cambio de inversiones en sus regiones, y que este clientelismo extorsivo es fuente de corrupción e ineficiencias en la asignación de los bienes públicos.

Para evitar esta práctica nociva y para que el Congreso tenga la autonomía que merece, el Centro Democrático propuso que los congresistas puedan decidir el destino de la quinta parte de los recursos de inversión del presupuesto nacional. De aprobarse esta iniciativa, los congresistas tendrían a su disposición alrededor de 10 billones de pesos cada año.

Hay dos temas que se hundieron pero siguen vivos: el transfuguismo y la creación de partidos con firmas y no con votos.

A diferencia de lo que pasa con la lista cerrada y con el tribunal electoral, en este tema sí hay consenso: a los congresistas no les interesa ser notarios que aprueban el presupuesto que les envía el gobierno; ellos quieren decidir en qué gastarse la plata del Estado.

Esta no es una propuesta descabellada. De hecho, en varios países funciona bien. Sin embargo, para que funcione bien tendrían que cumplirse varias condiciones que en Colombia estamos lejos de cumplir:

  • Alta calificación técnica de los congresistas,
  • Bajos niveles de corrupción,
  • Criterios y herramientas para asegurar la eficacia, eficiencia y equidad en el gasto público, y
  • Metodologías e instrumentos para la fiscalización adecuada de esos gastos.

Si se aprueba esta iniciativa, pero no se corrigen estos problemas, sencilla —y descaradamente—estaríamos legalizando la famosa “mermelada”. Una cosa es Paloma Valencia o Antanas Mockus decidiendo en qué gastarse los recursos públicos, otra distinta son los “Ñoños” feriando el dinero público entre sus amistades.

Puede leer: ¿Deberíamos tener elecciones locales y legislativas al mismo tiempo?

Mujeres en veremos

Ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez.
Ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez.
Foto: Ministerio del Interior

En materia de paridad de género, el Congreso se sigue resistiendo a los cambios necesarios e inmediatos.

Por ejemplo, han propuesto que esperemos hasta el 2023 para que las listas estén conformadas de forma paritaria e intercalada entre hombres y mujeres.

No han entendido que no se les está pidiendo un favor, se les está exigiendo un derecho: igualdad en la política.

Dos “guardados” que nos tienen

Pero además, en este tipo de reformas lo más peligroso no es lo que se aprueba sino lo que se niega.

Me explico: cuando una propuesta no tiene mayorías se acostumbra a dejarla como constancia —si es una buena idea—. Pero si la idea no es tan buena, entonces se la niega oficialmente en el primer debate para poder resucitarla en el debate final y a altas horas de la noche. Los congresistas son expertos en estas cosas.

Pues bien. En el caso de la reforma política hay dos temas que se hundieron pero siguen vivos: el transfuguismo y la creación de partidos con firmas y no con votos. Estos no se cayeron por falta de apoyo: la intención es revivirlos más adelante.

Cada vez que se presenta un proyecto de reforma política surge la idea de aprobar el transfuguismo. Y como no tenemos un sistema de partidos serio, los personalismos siempre buscarán arrimarse al árbol que les dé más frutos.

En este caso hay además la novedad de que el 25 por ciento de las personas que integran una bancada en el Congreso puedan crear su propio partido. Esta propuesta descarada quiere arreglarles la vida a unos pocos políticos que se sienten en el lugar equivocado, pero la idea de partidos políticos armados con cinco, seis o siete firmas de congresistas es aterradora.

La reforma está en cuidados intensivos. Esta semana sale a flote o se hunde, no hay puntos intermedios.

Pero si la reforma sobrevive a esta semana, será urgente retomar de verdad la discusión sobre el tribunal electoral, las listas cerradas, la autonomía presupuestal del Congreso, las listas “cremallera”, el trasfuguismo y la creación de nuevos partidos.

Estos asuntos no dan espera. Y es un peligro dejarlos solamente en manos de los congresistas.

*Profesor de Ciencia Política de la Universidad Javeriana y coordinador del Área de Asuntos Públicos y Transparencia de Misión de Observación Electoral (MOE). Estos planteamientos no representan la postura de la MOE.

 

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