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La probabilidad de lo inesperado

Escrito por Paula Villadiego
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Pérdida y alivio: una reflexión sobre la muerte causada por la COVID-19

Paula Villadiego*

El dolor del otro

Uno suele vivir en una burbuja hasta que la realidad la pincha. Cuando comenzó la cuarentena nunca se me ocurrió que uno de mis familiares iba a morir por la COVID-19, pero lo impensable sucedió: mi hermana mayor llamó el día 23 de julio por la noche y me avisó que mi tío había muerto, que por favor me comunicara con mi papá porque estaba muy mal.

En medio de la pandemia esto es lo último que uno espera o quiere vivir: me quedé helada. Además, los funerales son en sí mismos agotadores, y en estos tiempos lo son el doble, no solo por la impotencia de no poder acompañar a nuestros seres queridos, sino porque tampoco puede llevarse a cabo el rito que le permite a uno decir adiós.

En cuanto acabé de hablar con mi hermana llamé a mi papá, pero no contestó. Le escribí a mi hermano preguntándole si sabía algo de él, pero solo me dijo que estaba mal, que esta situación era muy triste. Yo aún estaba desconcertada: mi papá no respondía el celular y yo no sabía qué hacer, ni a quién preguntarle al respecto.

Cuando finalmente respondió el teléfono solo pudo decir «hola»; en seguida su voz se quebró. Solo he oído llorar a mi papá tres veces: cuando me gradué de la universidad, cuando mi abuela materna murió y en ese momento.

Mi papá lloraba por partida doble: la muerte de su hermano mayor y la impotencia de no poder comprar un tiquete para ver a su mamá y sus hermanos, de no poder estar en familia, pues actualmente él vive en Neiva y ellos en Montería.

Su llanto me quebró, ni siquiera pude decirle «hola, Pa’». Yo también sentí impotencia por no poder abrazarlo ni consolarlo, por no poder mirarlo a los ojos para hacerle saber que lo entendía, que yo sabía lo que se sentía perder a alguien que uno ama. Esos segundos en silencio, mientras llorábamos, fueron un espacio para sentir el dolor del otro.

Despedida en silencio

El nombre de mi tío era Carmelo Villadiego Pacheco, tenía 69 años, dos hijos, una esposa y varios nietos. Todo comenzó los primeros días de julio cuando le dio una gripa que se fue complicando poco a poco al punto de tener que ir a urgencias, a pesar de la poca confianza que sentía en ese momento, ya que la capacidad hospitalaria estaba llegando a su límite.

Según el relato de mi papá, a mi tío lo diagnosticaron con neumonía, lo cual llevó a los médicos a tomarle la prueba, pues lo convertía en un paciente de alto riesgo. La prueba salió positiva.

Una vez se conoció este resultado, le hicieron la prueba a su esposa y al hijo que vivía con él y afortunadamente salieron negativas. Mi tío empeoró con los días al punto de llegar a la UCI y ser intubado. En ese momento todos los pensamientos conducían a lo mismo; por más calma y esperanza que se quisiera tener, de ahí difícilmente se regresa y menos a su edad.

Mi tío no resistió y el 22 de julio falleció por un paro cardiorrespiratorio en la tarde en Montería, Córdoba, de donde era y donde vivió toda su vida. Sus exequias se llevaron de forma rápida, sólo pudieron estar presentes su esposa y uno de sus dos hijos.

El dolor es algo que uno no puede pesar en una balanza para saber a quién le duele más esta ausencia, pero de algo estoy segura: mi abuela, quien parece un roble a sus 95 años, es la persona que más ha sufrido con todo esto. No poder verlo por última vez, no poder tocar sus cenizas o al menos entrar a una capilla y orar por su alma ha sido devastador. Lleva su dolor en silencio y acepta sin peros lo que ella llama los designios de Dios.

Foto: Pixnio - El dolor es algo que uno no puede pesar en una balanza para saber a quién le duele más esta ausencia.

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Esperanza

Esta no es la primera vez que el virus toca a mi familia. A finales de marzo una de mis primas fue positiva para COVID-19 y estuvo varios días en uno de los hospitales de campaña que montó el gobierno español para tratar la emergencia sanitaria. Durante dos semanas permaneció en este lugar, el cual le brindó un espacio para dormir, comida y atención médica.

No se sabe exactamente dónde y cómo se contagió, pudo ser cuando fue al cajero, cuando tuvo contacto con alguno de sus vecinos o cuando trabajaba. Ella apenas tiene 37 años, pero aquí en Colombia todos temíamos que su situación se complicara, pues cuando era pequeña tuvo varias cirugías debido a una neumonía que la dejó sin la mitad del pulmón derecho.

Nuestra impotencia era muy grande, puesto que ella vivía sola al otro lado del mundo, no había vuelos, no los hay aún, y dependíamos de que ella llamara o del internet que muchas veces es un fiasco debido a la saturación de la banda ancha.

Mi mamá la llamaba religiosamente todos los días y cuando ella no respondía, se descomponía porque no sabía cómo seguía “su muñeca”, como le dice cariñosamente a pesar de su edad. A los quince días de salir de aquel hospital de campaña le volvieron a tomar la prueba: positivo nuevamente.

Le pidieron que hiciera cuarentena en su casa, pues ya no la podían recibir allí debido al aumento de casos —para ese momento España estaba llegando al pico de contagios—, así que la enviaron a su apartamento para que hiciera cuarentena estricta y en quince días enviaban un médico para ver cómo seguía. Pasado ese tiempo fue el médico, le tomaron la prueba y afortunadamente los resultados fueron negativos.

Foto: Pixabay - La “nueva realidad” solo incluye tapabocas de tela con diseño, uno que otro traje antifluidos y mucho antibacterial.

Mi tío, su esposa, mis primos, mis tíos, mi mamá, yo, todos nos sentimos aliviados, pues no hubo un solo día de esos en que no pensáramos lo peor, o en que no fuéramos un paso más allá de nuestra realidad preguntándonos qué íbamos a hacer si…

La situación en España ahora es totalmente diferente, mientras ellos salen a disfrutar el verano, nosotros seguimos encerrados, atentos a las nuevas excepciones de esta cuarentena que parece de mentiras.

Los días que he tenido que salir a hacer mercado o alguna diligencia me han convencido de que esta ‘nueva realidad’ solo incluye tapabocas de tela con diseño, uno que otro traje antifluido y mucho antibacterial; hay mucha gente en la calle, pero a estas alturas es inevitable.

Los recibos y el mercado no dan espera, la gente debe salir a trabajar o a rebuscarse lo del diario. Mi pregunta durante todos estos meses ha sido: ¿qué es más importante: la plata o la salud?

Creo que la respuesta está matizada por las oportunidades económicas y sociales que tiene cada persona; no podemos olvidar que estar dentro de nuestras casas es un privilegio. Incluso se podría reformular la pregunta para que la situación no sea blanca o negra, pero dada mi experiencia solo la he visto así.

Yo solo espero que las precauciones que tomo nos salven a mi mamá y a mí del contagio, especialmente a ella que es una mujer de 57 años con enfermedades de base y cuyo riesgo es mayor. La verdad no quisiera tener que volver a perder a un ser querido en medio de la pandemia y por culpa del virus.

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