La presunta reducción de la pobreza (o el déficit ético de la tecnocracia) - Razón Pública
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La presunta reducción de la pobreza (o el déficit ético de la tecnocracia)

Escrito por Freddy Cante
fredy cante

fredy canteEl debate sobre cómo medir la pobreza sirve para dar una mirada penetrante sobre qué en realidad es la pobreza y, más aún, sobre la pobreza moral de los tecnócratas que se ocupan de medirla en Colombia.

Freddy Cante*

Atajo hacia la prosperidad democrática

Tecnócratas esclarecidos acaban de concebir una línea divisoria entre pobres y no pobres, un rasero tan caprichoso y arbitrario como las fórmulas populares de “salud, dinero y amor”, y “casa, carro y beca”, o como las loterías salariales que premian a los “genios” con doctorado y castigan a los “brutos” sin títulos.

Corremos el riesgo de empobrecernos aún más si nos marginamos de la discusión y renunciamos a la libertad para hacer nuestras propias comparaciones interpersonales: ¡Angelino se atrevió!

Fukuyama pretendió que la humanidad estaba asistiendo al fin de la historia y declaró que las ideologías habían muerto. El parlador José Obdulio Gaviria materializó el hábito de pensar con el deseo del presidente Uribe, y quiso decretar que en Colombia no había conflicto armado sino una “amenaza terrorista” contra la democracia, y que en lugar de desplazamiento forzado había una masa de emigrantes voluntarios.

Otros maestros de la publicidad y diseñadores de “soluciones” efectistas han apelado a conceptos inverosímiles, como los de

  • Post-conflicto (como si ya hubiesen sido solucionados todos los conflictos sociales, económicos, políticos y aún emocionales de la sociedad);
  • Reparación a las víctimas (como si la reparación factible en los artefactos mecánicos pudiera llevarse a cabo en sociedades que viven el conflicto y sufren daños irreparables… que aún demandan la verdad y castigo ejemplar para victimarios).

Hoy se comenta una muy buena noticia: ¡En Colombia, la pobreza ha disminuido notablemente… se redujo en un 12,2 por ciento entre el 2002 y el 2010! ¡3.402.871 personas salieron de la pobreza! [1] La buena nueva se expone en los dos últimos artículos de Jorge Iván González, en Razón Pública.

No obstante este hallazgo puede ser catalogado como un falso positivo (¡de aquellos que abundaron bajo Uribe!): el avance hacia la prosperidad resulta de una métrica novedosa y controvertible, como diré a continuación.

El estrecho índice de pobreza multidimensional

El nuevo índice de pobreza multidimensional (IPM) es un avance decididamente tímido en relación con las nociones de bienestar y libertad que implican, entre otros, los enfoques de estados sociales [2], bienes primarios [3], capacidades [4], y recomendaciones de la Comisión Sarkozy.

En el artículo de González “El nuevo índice de pobreza” aparecen la explicación general de la metodología y algunos de los valores computados del IPM. Sus autores apenas buscaron estimar si las familias lograban un acceso minimalista a:

  • educación (medida como bajo logro educativo y analfabetismo);
  • niñez y juventud (medida por inasistencia escolar, rezago escolar, no acceso a los servicios de cuidado de primera infancia, y trabajo infantil);
  • trabajo (desempleo de larga duración, y tasa de informalidad);
  • salud (no aseguramiento y no acceso a servicio de salud cuando hay necesidad);
  • vivienda y servicios públicos (no acceso a fuente de agua mejorada, eliminación de excretas, pisos inadecuados, paredes inadecuadas, y hacinamiento crítico).

Se supuso que un hogar clasifica como pobre si presenta al menos 5 carencias, entre las 15 variables anteriores. Sin embargo se admite que haría falta incluir otras variables y a que a menudo los datos no existen para un año o una región determinadas.

Esta excusa es inadmisible para justificar un índice insuficiente, como el actual IPM. Seguramente unos ojos aguzados y una fina sensibilidad frente a los problemas sociales permitirían ampliar el rango de las variables hacia límites inferiores (algo dignos) y límites superiores (muy dignos y deseables), y, además, añadir otras vitales variables como:

  • salud mental (una visa sin vicios, sin emociones demasiado negativas, etc.);
  • salud corporal (sin desnutrición, sin enfermedades pulmonares y digestivas, etc.);
  • adecuada ocupación y uso del suelo rural y urbano (sin riesgos evitables por inclemencias climáticas como las temporadas de intensas lluvias; sin riesgos a causa de la locomotora minera; sin ganadería extensiva);
  • ambiente político (sin asesinatos de líderes cívicos o sindicalistas, con libertades civiles y políticas, oportunidades de participación…);
  • ambiente laboral (salario digno, ocupaciones dignas, menores riesgos laborales…);
  • ambiente familiar (oportunidades de empleo digno para las mujeres, no violencia intrafamiliar).

Pero además habría que tener en cuenta que en condiciones de conflicto armado, narcotráfico, mafias y corrupción, se reducen ostensiblemente el acceso y la calidad de los bienes colectivos y privados: hay inestabilidad en los derechos de propiedad, hay problemas de acceso a la justicia, está en riesgo la vida misma.

A esto se suman los estragos de la política pro ricos como la regla fiscal para poner en cintura gastos en salud y educación. ¡Claro, con semejante ampliación cualitativa y cuantitativa, posiblemente se dispararía el número de pobres en Colombia a mucho más que un tolerable 30 por ciento global y un preocupante 53 por ciento para el campo!

Menos pobres, pero más liliputienses

Los expertos del DNP presumen saber más de pobreza que los mismos pobres. Según ellos, si una persona tiene un ingreso aproximado de 78.000 pesos al mes (esto equivale a 2.600 pesos o a 1,40 dólares diarios) es indigente.

Pero si su ingreso se eleva a 190.000 pesos mensuales (que son 6.333 pesos o 3,40 dólares diarios), entonces tal persona estaría por encima de la línea de pobreza. Para que alguien salga de la pobreza se requiere el supuesto adicional de que la persona tenga una familia de 4 miembros (¡para completar, se presume que no hay infantes, ni ancianos, ni cesantes!) pues todos trabajan, entonces todos ganan la cuantiosa suma de 760.000 pesos.

Infortunadamente las inteligencias superiores de tales expertos no incluyeron importantes supuestos adicionales como que:

  • En tal familia prototipo han de existir amor o al menos cumplimiento de los deberes (¿qué ocurre si alguien se bebe parte del ingreso?) y consenso (¿qué pasa si tienen preferencias disímiles o distintas prioridades?);
  • Los 4 trabajadores de la familia tipo no deben incurrir en gastos de transporte ni de almuerzo (si cada uno viaja en Transmilenio, y cada cual consume gaseosa y pan francés y dos tinticos, despilfarrarían 500.000 pesos en 25 días laborales).

Por esta vía llegaríamos a concluir que los miembros de la familia-tipo podrían vivir encima de la línea de pobreza con la sola condición de ser pigmeos, pues 4 de ellos tal vez podrían gastar en vivienda, transporte, servicios, comida, etc., lo que demanda una persona de tamaño normal…¡cero hambre, cero hacinamiento!

Sospecho que, con sabia razón, los tecnócratas han omitido el tema de las libertades (la voz, la libre expresión, etc.) pues los liliputienses son inaudibles e imperceptibles para los opulentos gigantes.

Experimento y comparaciones

Hace unas semanas el presidente Santos clamó para que le aceptaran la renuncia al “bolillo” Gómez por haber golpeado a una mujer. Hoy los tecnócratas dan una burda bofetada a nuestra inteligencia y dignidad.

Dado que parecen carecer de empatía, de sentimientos morales y de principios éticos como el de ponerse en el lugar del otro, deberían experimentar si pueden vivir, al menos por un mes, con la suma que según ellos se necesita para salir de pobre. ¡La percepción subjetiva y la aún lúcida imaginación moral del ex sindicalista Angelino Garzón desbaratan en 5 minutos el truculento modelo de los tecnócratas!

Los pobres no son extraterrestres: la pobreza es un asunto de interacción e interdependencia sociales.

Para no sucumbir a la dictadura de los expertos, cada persona debería realizar sus propias comparaciones. Comparar permite contrastar: la fealdad se hace más atroz comparada con la belleza; la pobreza se torna más cruda comparada con la riqueza. Comparar ayuda a detectar injusticias y a valorar las transferencias de ingreso y de riqueza: en las sociedades dominadas por la competencia no todos podemos ganar el primer lugar: para que unos ganen otros deben perder, y los empobrecidos acaban transfiriendo ingreso o riqueza a los más opulentos.

Hoy deberíamos proceder a un ejercicio de comparación interpersonal de oportunidades salariales:

  • tomar el irrisorio salario mínimo (535.600 pesos mensuales) y sumarle las extenuantes jornadas y los tratos humillantes que debe soportar cualquier obrero raso;
  • contrastarlo después con los pocos millones que puede ganar un “pobre” profesor universitario (con el precioso consuelo del buen ambiente interpersonal que brinda la atmósfera académica);
  • compararlo con las decenas o centenas de millones de pesos que significan los honorarios de consultores prestigiosos (¡a los cuales se agregan una corta jornada laboral, las cenas y cocteles, y el prestigio social!);
  • finalmente, compararlo con los millones de dólares que puede ganar uno de los súper ricos de Colombia, un Luis Carlos Sarmiento (¡y sumarle la inaudita intensidad de su voz y de su voto político!).

Pobreza relativa, frustración y pugna distributiva

Lauchlin Currie mostró que era factible acabar la pobreza absoluta (entendida como la carencia de satisfactores físicos en relación con necesidades biológicas), pero quedaría pendiente el colosal problema de la pobreza relativa (el efecto privación y los deseos sociales traducidos en moda, estatus, ostentación, reconocimiento, honores, etc.)[5].

Fred Hirsch explicó el concepto de “bienes posicionales” o “riqueza oligárquica”, para referirse a los bienes (obras de arte, viviendas en sectores exclusivos) o servicios (educación y sexo de las más altas calidades), cargos (ministerios, embajadas, consultorías, etc.) que sólo están disponibles para unos pocos privilegiados y, por tanto acarrean problemas de pobreza para el resto de la sociedad en términos de frustración y de congestión social [6].

Michal Kalecki mostró que la pobreza está relacionada con la pugna de clases en torno a la distribución del ingreso: una lucha entre asalariados (quienes gastan lo que ganan) y capitalistas (quienes ganan lo que gastan) [7].

Por último, en la perspectiva de Sen habría que ir más allá de la pobreza y examinar la distribución de las libertades reales [8] ¡aun suponiendo que la gente pueda tener mejores niveles de consumo y de la llamada prosperidad (u opulencia), pueden padecer una crónica falta de libertad o tener unas nimias libertades cosméticas! [9].

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asociado de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario. Investigador del Centro de Estudios Políticos e Internacionales de la misma universidad.  

Para ver las notas de pie de página, pose el mouse sobre el número.

 

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