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La política electoral: lejos de la renovación

Escrito por Carmenza Saldías
La política electoral en el 2022

Mientras que Chile avanza en la renovación política, Colombia sigue atrapada en la política caudillista

Carmenza Saldías*

El caso chilenoFESCOL 

La posesión del Presidente Gabriel Boric en Chile contrasta con las elecciones colombianas. Y aunque ambos contextos tienen particularidades y las comparaciones son odiosas, las diferencias entre los dos países son evidentes.

La edad de Boric muestra que las generaciones mayores permitieron la emergencia de nuevos liderazgos sin satanizarlos. Además, las nuevas generaciones fueron responsables, pacientes, persistentes, lo cual les permitió seducir a la mayor parte del electorado en tan solo una década. Es innegable que la clase política chilena se está renovando y está impulsando proyectos programáticos serios que cuentan con el apoyo de distintos sectores de la sociedad.

Aún gobiernan señores mayores que no promueven nuevos liderazgos ni creen en la importancia de incluir jóvenes y mujeres en sus equipos.

Es importante resaltar la solidez del equipo de Boric, compuesto por profesionales íntegros que fueron activistas estudiantiles, líderes gremiales y parlamentarios. Aunque han tenido crisis y existen diferencias importantes entre los miembros, el equipo ha logrado mantenerse unido y hacer del relevo generacional una experiencia poco traumática.

La forma en la cual se conformó el gabinete permite avizorar que el gobierno chileno abogará por una sociedad incluyente, sostenible, cuidadora, equitativa y justa. Es especialmente valioso que el presidente reconozca el progreso logrado por los gobiernos anteriores y procure construir sobre lo construido.

El caso colombiano

Colombia está lejos de vivir un momento de renovación parecido pese a que el país lo merece, lo espera y, sobre todo, lo necesite.

En primer lugar, en Colombia prima la gerontocracia. Y no solo es cuestión de edad, sino de mentalidades anacrónicas. Aún gobiernan señores mayores que no promueven nuevos liderazgos ni creen en la importancia de incluir jóvenes y mujeres en sus equipos. El relevo generacional aún se ve muy lejano en nuestro país.

En segundo lugar, los equipos suelen armarse y desarmarse rápidamente. Prueba de ello es que los partidos, las alianzas y las coaliciones rara vez superan la inmediatez de las elecciones y casi nunca van más allá del protagonismo mediático. A sus integrantes les sobra ego y les falta astucia, compromiso, rigor y liderazgo.

En tercer lugar, reina el “adanismo”, lo cual significa que todos los gobernantes niegan los logros de sus predecesores y creen que son los primeros, los únicos y los mejores. Esto impide desarrollar procesos de mediano y largo plazo.

Aquí parece imposible que prospere un acuerdo social verdaderamente incluyente, pues en el establecimiento nadie lo propone ni lo lidera. La claridad programática está ausente y prima la confusión sobre las competencias y ámbitos de intervención de los distintos niveles del gobierno. Justamente por eso, los alcaldes quieren tener facultades propias de los presidentes y no hay equipos sino coaliciones coyunturales que carecen de visión de mediano y largo plazo.

Para resolver los asuntos que afectan el interés general, es necesario contar con personas confiables que vayan más allá de la vanidad personal y sepan dialogar y tejer socidad. Lamentablemente, en el país sobran los líderes desubicados e improvisados y faltal los líderes virtuosos, serenos y convocantes.

Los hombres que tienen visibilidad en la esfera pública tienen comités de aplausos en vez de equipos sólidos y confiables, lo cual facilita que sus ideas sean alabadas y aprobadas así sean inviables, indeseables o descabelladas.

Del bipartidismo a la “polarización”

Durante muchos años, en las elecciones colombianas solo hubo dos opciones: votar por el partido conservador o por el liberal, lo cual era prácticamente lo mismo. Esto ocurría porque, para acabar una guerra por el control del país, los líderes de ambos partidos decidieron compartir el gobierno, pero el fracaso de la fórmula reforzó el clientelismo y la corrupción y dejó vulnerable el sistema económico y social ante el narcotráfico. Tristemente, hasta el día de hoy ninguno de los partidos reconoce su responsabilidad.

Aunque el Frente Nacional tenía fecha de vencimiento (1974), quedó registrado en la institucionalidad colombiana y, por eso, su ADN sigue estando presente en las Cortes, Consejos y otras entidades. Lo cierto es que ni siquiera la Constitución de 1991 permitió superarlo. La creación de organizaciones y partidos alternativos y la reorganización de las fuerzas tradicionales no han sido suficientes para darle fin a esta tendencia. Prueba de ello es que el presidente del Partido Conservador lleva más de 50 años en el ejercicio político y su  yerno es el actual Contralor General, militante del Partido Liberal y avalado por el presidente de esa agrupación.

En ese entonces lo más inusual que ocurría era la existencia de  disidencias                            –especialmente del Partido Liberal– que se autodenominaban de izquierda. Estos grupos eran perseguidos, lo cual dificultó que hubiese avances progresistas durante varias décadas.

La existencia de un partido de derecha e izquierda es sinómino de democracia, no de polarización.

A diferencia de lo que ocurrió durante mucho tiempo, en estas elecciones una coalición de izquierda tiene posibilidades reales de ganar la presidencia. El Pacto Histórico tiene opciones porque ha logrado capitalizar el descontento y el deseo de cambio presente en gran parte de la ciudadanía.

En contraste, el centro político –que parece estar entre los partidos tradicionales– ha construido una narrativa sobre la “polarización” que daña la cultura política por las siguientes razones:

  • Critica la aparición y consolidación de un partido de izquierda acusándolo de “polarizar” al electorado. Esta es una postura típica de la derecha que interpreta el surgimiento de otras fuerzas políticas como una “ofensa”;
  • Si con “polarizar” se refieren a reducir el debate a dos partidos u opciones políticas, estarían desconociento el pilar de la teoría de partidos según la cual la existencia de más partidos no necesariamente descalifica ni amenaza los dos tradicionales. La existencia de un partido de derecha e izquierda es sinómino de democracia, no de polarización;
  • Afirmar que “los extremos son iguales” es un error analítico, pues la asimetría entre la extrema derecha y la izquierda democrática y reformista es evidente.
  • Si se equipara izquierda y derecha porque Petro fue guerrillero hace más de 35 años, habría que preguntarse cuál es la capacidad de perdón y olvido del centro y la sociedad colombiana. ¿Acaso seguirán estigmatizándolo por siempre?;
  • Criticar y estigmatizar la aparición de partidos de izquierda acerca el centro a la derecha y al bipartidismo tradicional, pues ambos grupos han usado esas estrategias para desprestigiar a la izquierda.
La política electoral en el 2022
Foto: Twitter: Pacto Histórico - En esta ocasión ha entrado en el juego político un nuevo partido con vocación de izquierda definida, que ha venido emergiendo como resultado de un proceso orgánico de años.

¿Por qué no avanza Colombia?

En Chile, la política avanza. Hace 50 años, un socialista ganó la presidencia, pero fue derribado por un golpe militar impulsado por un dictador que, posteriormente, fue juzgado democráticamente. Una coalición de centro izquierda alternó con la derecha durante varios años y ahora el socialismo regresa al poder.

En contraste, Colombia parece seguir en la época del oscurantismo, pues confunde demandas sociales y los derechos humanos con extremismo. Así mismo, descalifica y estigmatiza grupos y líderes sociales.

Lo cierto es que aunque muchos indicadores han mejorado, el Estado sigue ausente en gran parte del territorio colombiano. La justicia, la seguridad y la paz están en crisis, las reformas políticas no prosperan, las finanzas públicas son inciertas, le economía crece, pero los recursos no se distribuyen de forma justa y los riesgos ambientales se agravan día tras día. Todo esto pese a que, en las últimas décadas, se reformó la Constitución, se hicieron 50 reformas a la nueva Constitución, se expidieron centenares de leyes, se eliminaron viejas entidades y se crearon nuevas, pero el futuro sigue sin llegar.

Todo esto pone en evidencia que las instituciones son sumamente precarias, lo cual explica que que los ciudadanos desconfíen de ellas, especialmente de los partidos políticos tradicionales y sus representantes.

Es importante señalar que en las últimas décadas ha habido intentos válidos y exitosos de organizaciones políticas distintas del bipartidismo, pero las reacciones del establecimiento han sido desdemedidas. Los miembros de la UP fueron perseguidos y asesinados, los esfuerzos de Antanas Mockus fueron triviliazados y manipulados. Finalmente, nunca logró que reconocieran la validez de sus firmas para proseguir con la organización política. Mientras tanto, algunos partidos aparecen con firmas y votos de la nada y a otros se les esfuman los votos, como ocurrió en el caso del Pacto Histórico.

Cuando el bipartidismo se diluyó en el Frente Nacional y se borraron sus diferencias o especificidades programáticas, los discuroa de los partidos se vaciaron de conenido y perdieron la capacidad de motivar, animar, interpelar y convocar a las mayorías.

La ausencia de partidos relevantes con programas claros y diferenciados a nivel nacional y territorial con capacidad de movilizar a la ciudadanía dificulta establecer objetivos de mediano y largo plazo que vayan más allá de las promesas momentáneas.

El ejercicio político ha caído en los personalismos. Hay partidos nombrados en honor a sus líderes y la política partidista ha sido sustittuida por un nuevo caudillismo que permite que cada uno tenga su propia clientela y espacio politico.

Y así la ciudadanía ha quedado en manos de candidatos que se dicen líderes, pero no son más que caudillos populares. Siendo realistas, la mayoría de la baraja tiene poca o ninguna trayectoria para aspirar a las que llaman “altas dignidades”.

A modo de conclusión

En definitiva, el relevo generacional y los avances significativos en el proceso político aún parecen lejanos en Colombia. Sin embargo, no es posible desconocer que, por primera vez en la historia, una fuerza política de izquierda tiene posibilidades reales de llegar al poder.

Aunque el Pacto Histórico no es tan diverso ni tan sólido como el movimiento encabezado por Boric, sí representaría un cambio importante en el juego político colombiano porque propone ideas novedosas e incluye voces y actores que han sido ignorados durante décadas.

A diferencia de otras coaliciones presentes en el debate, alentadas por las presiones y afanes de la coyuntura y el “miedo enfermizo” a perder el control del poder y el Estado, el Pacto Histórico es más orgánico y organizado. Además, a juzgar por las encuestas y los resultados de las legislativas, parece contar con más respaldo ciudadano que las demás coaliciones.

Independientemente de que Gustavo Petro gane o no, es difícil que la situación mejore mientras persista el bipartidismo expreso, vergonzante y anacrónico; se  confundan caudillos populistas con líderes públicos y se promuevan acciones por fuera de las organizaciones responsables y rigurosas que garanticen la continuidad de los grandes propósitos programáticos.

Para lograr un verdadero cambio es necesario conformar nuevos partidos y organizaciones políticas rigurosas que persigan objetivos claros de mediano y largo plazo. Tal vez mirar al sur sea útil para avanzar en esa dirección.

*Este texto forma parte de la Alianza Poder y Territorio establecida entre la Friedrich Ebert Stiftung en Colombia (Fescol), el concejal Diego Cancino y un grupo de académicos conformado por Carmenza Saldías, Andrés Hernández, Mario Noriega, Alex Araque, José Salazar y Angélica Camargo. Esta alianza busca discutir asuntos territoriales en el contexto de las elecciones a la presencia de 2022.

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