La política del amor de Petro en tiempos de cólera
Foto: Presidencia: Andrea Puentes

La política del amor de Petro en tiempos de cólera

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A la hora de competir por las elecciones la retórica y la poética del amor son solo para los seguidores y la retórica y la poética de la cólera para los opositores del pueblo, del pueblo de Petro.

En su momento, ilusión generó la llegada de Petro y su sector político a la Presidencia. El autodenominado Gobierno del Cambio prometió una revolución por las vías legales, en el marco del juego democrático. Con el anuncio de un cambio radical en la forma de hacer política y en lograr las transformaciones que necesita el país, la promesa sobre la actuación del nuevo gobierno llegó a un punto alto de expectativa para la ciudadanía.

Sin embargo, el Gobierno con su desempeño ha mostrado que no todo es novedoso. Hay acciones −independientemente del signo político− que son propias del ejercicio de gobierno y otras que dan particularidad a este gobierno, o sea, como diríamos en ciencia política, permiten ver el talante del régimen, de la manera de ejercer el poder dentro del sistema político democrático colombiano.

Retórica y Poética

Algo propio de todo gobierno es crear un lenguaje político que permita cohesionar las fuerzas necesarias para hacerse con el poder y tomar decisiones que deben ser implementadas. Para construir el lenguaje con su narrativa política, los gobernantes conjugan retórica y poética. La primera se refiere a las palabras que se dicen en público con la intención de convencer con la argumentación, justifican las posiciones propias y a la vez descalifican las de otros. La segunda busca conmover al público, apela a las “razones del corazón”, invoca pasiones y produce sentimientos. Tanto retórica como poética van dirigidas a un público del que se esperan adhesiones y respaldos.

Durante la campaña para la Presidencia, y en su primer año de gobierno, la retórica presidencial puso el acento en las desigualdades del país, en las injusticias que es necesario acabar para lograr un país justo, donde quepan todos y todas.  Un país que necesita con urgencia la paz para superar el desangre nacional que todavía pervive por el accionar de grupos armados de distinto tipo. Para lograr esos cambios, la poética estuvo centrada en los sentimientos del perdón, la reconciliación o, de manera más amplia, en ejercer la política del amor para superar el odio y la polarización del país.

En sintonía con ello, el presidente puso como condición realizar un gran acuerdo nacional para hacer las reformas que necesita el país. Pactar con los opositores políticos los aspectos básicos, en los cuales todos estarían de acuerdo, para lograr el cambio, unos acuerdos más allá de intereses particulares para que prevalezcan los intereses del pueblo. Con esa idea, fueron incorporándose a la administración del Pacto Histórico diversos actores políticos diferentes a los del sector que respalda al presidente.

Nueva retórica

Pero la dinámica política valorada por el presidente fue mostrándole que el acuerdo nacional no pasaba de ser un deseo más que un hecho. La participación en el Gobierno de esas diversas fuerzas políticas no fue sinónimo de acatamiento irrestricto a los planes del gobierno dentro del gabinete ministerial ni tampoco significó contar con mayorías en el Congreso. Esta situación condujo a un replanteamiento de la acción del Gobierno bajo el amparo de la retórica de un “golpe blando” y, ahora, un “bloqueo institucional” entendido como un “complot” para no aprobar las reformas y obstaculizar así la acción gubernamental. 

Esta retórica justifica la necesidad del Gobierno de cambiar de gabinete ministerial para ahora sí contar con personas leales y con profesionales comprometidos con incrementar las ejecutorias del Gobierno. A la vez, tal retórica pone el arsenal discursivo contra el Congreso por ser el artífice del bloqueo institucional, o sea, porque allí son hundidas o no aprobadas las reformas que impulsa el Gobierno. 

Al presidente le sobran adjetivos negativos para calificar al Congreso o a congresistas cuando él no sale ganador, cuando sus reformas no son las aprobadas. En ese sentido, la poética del amor brilla por su ausencia en las palabras del presidente para los opositores que bloquean su gobierno o que salen a las calles a protestar contra él, son descalificados con términos como nazi. Después de denunciar por años la práctica de estigmatizar al opositor, el presidente encabeza el ejercicio de etiquetar a sus contradictores. 

De esta forma, “nazi” dejó de ser una palabra para remitir a un hecho histórico lamentable, para convertirse en un insulto constantemente utilizado por el jefe del Ejecutivo, tanto que parece muletilla. La cólera ante la imposibilidad de hacer la revolución por la vía legal ha llevado a estigmatizar y etiquetar a los opositores. Una práctica que justamente ha reprochado duramente el presidente cuando el estigma y la etiqueta han sido usados contra él y sus seguidores. Estigmatizar y etiquetar cancela al opositor, lo deja silenciado y, según se ha documentado en el país, conduce al odio y finalmente al asesinato, a la polarización. 

Ese riesgo parece importarle poco al presidente, como si hubiese olvidado que el año pasado un grupo de sus seguidores intentó entrar a la fuerza a la sesión de la Corte Suprema de Justicia para obligar a los togados a elegir fiscal de la Nación. Una acción condenada por el presidente, pero en la cual tuvo su grado de responsabilidad por la forma de cuestionar el actuar de la Corte con la demora en la elección. Tal amnesia apareció nuevamente esta semana en su discurso en la plaza de Bolívar; ante el público congregado para defender las reformas sociales, arremetió contra sus opositores con los descalificativos preferidos.

Al no contar con mayorías estables, seguras a favor, en el Congreso corresponde ganarse uno a uno los votos de los congresistas, lo cual genera mayor incertidumbre sobre los resultados de las negociaciones, es decir, sobre la viabilidad de lograr aprobar las reformas propuestas. El escenario de las negociaciones en el Congreso se ha hecho para el Ejecutivo más difícil en la medida en que el mismo presidente vitupera, con pocos matices, a los congresistas cuando no acogen sus iniciativas. 

Foto: X: Presidencia Colombia

Democracia y Dictadura

En democracia, teóricamente, para que un gobierno logre resultados importantes es necesario que converjan simultáneamente tres aspectos: ganar las elecciones del Ejecutivo, contar con el apoyo significativo de un sector de la sociedad y lograr mayorías en el Legislativo. Petro logró ganar las elecciones presidenciales, cuenta todavía con un apoyo social significativo, pero no tiene mayorías estables en el Congreso. 

Y si bien ha logrado aprobación de proyectos en el Congreso de la República, no todo lo propuesto por el Gobierno ha sido aceptado por el órgano legislativo nacional, como suele pasar en una democracia con separación de poderes. Sin embargo, la dinámica política propia del ejercicio de gobierno es presentada por el presidente como anomalía cuando no obtiene los resultados pretendidos. 

Cuando el Congreso aprueba las reformas del Ejecutivo este es considerado por el presidente como un Congreso en sintonía con el pueblo, con el pueblo del presidente, pero si el Congreso no aprueba o rechaza las iniciativas del Ejecutivo, ese es un Congreso vendido, un Congreso que debe ser castigado por el pueblo, el pueblo de Petro. Posiblemente esta percepción de “anomalía” provenga del espíritu revolucionario del cual el presidente no para de jactarse, tanto que en su momento afirmó que él era un presidente revolucionario, pero estaba solo.

A diferencia de los reformistas, al revolucionario lo guía el deseo de “todo o nada”, cambiar es cambiar todo de raíz. Cambiar completamente a Colombia, pero un cambio de ese tipo, como lo sueña el revolucionario, solo puede hacerlo ganando la revolución e imponiendo seguramente una dictadura, con lo cual la dinámica de la negociación se reduce considerablemente. Pero no puede hacer la revolución en esos términos si está en el marco de una democracia como la que tenemos, con división de poderes, pesos y contrapesos, allí lo que puede, si es que lo logra, es hacer reformas que eventualmente puedan ser revolucionarias. 

En la dictadura difícilmente la divergencia tiene lugar, en una democracia ese es uno de sus signos de vitalidad. En democracia la negociación es constante, las posibilidades de lograr mucho, poco o nada pasan por esa capacidad de negociar, que no es lo mismo que convencer por el poder racional de un argumento. Este gobierno, con su retórica y poética del cambio revolucionario, no deja de negociar; los ministros del Interior nombrados por Petro han tenido esa labor: negociar con ese Congreso que debe ser cambiado por el pueblo. 

Como en todo gobierno, esa negociación se hace en unas condiciones que cada parte puja para que le sean favorables. La convocatoria realizada por el Ejecutivo para que el pueblo salga a la calle a respaldarlo es, por una parte, un mecanismo de presión contra los opositores, y por otra parte, una manera de hacer política electoral, de mantener vigente una agenda política. Por eso, el ministro del Interior afirmó que con el hundimiento de la reforma laboral les dieron “papaya”, o sea les dieron una oportunidad para hacer política. 

Con el llamado “bloqueo institucional” convocan a la movilización, presentan una consulta popular y marcan la agenda de discusión nacional. La manifestación popular no logra la presión deseada en el Congreso, es, por el contrario, contraproducente. Ante la presión el Congreso demuestra independencia, pero ese ya no es el objetivo del Gobierno, como también lo reconoce Benedetti. Ahora se trata de cambiar el Congreso, y eso, por las vías democráticas, se logra en las elecciones del próximo año. Y a la hora de competir por las elecciones la retórica y la poética del amor son solo para los seguidores y la retórica y la poética de la cólera para los opositores del pueblo, del pueblo de Petro. 

Le recomendamos: Benedetti: buscar gobernabilidad y afrontar el fracaso

Acerca del autor

Adrian Restrepo
arestrepo@razonpublica.org | + posts

*Profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, miembro de los grupos de investigación Hegemonía, Guerras y Conflictos (A) del Instituto de Estudios Políticos y RERDSA (A1) del INER.

1 comentarios

Adrian Restrepo

Escrito por:

Adrian Restrepo

*Profesor del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, miembro de los grupos de investigación Hegemonía, Guerras y Conflictos (A) del Instituto de Estudios Políticos y RERDSA (A1) del INER.

Comentarios de “La política del amor de Petro en tiempos de cólera”

  1. El columnista denota un claro sesgo cognitivo que le impide ver con suficiente claridad la realidad del país, como si la política del amor se redujera simplemente a dejar hacer a la oposición lo que les de la gana con los intereses de las bases populares.

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