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La Policía Nacional bajo presión

Escrito por Juan Carlos Ruiz
Juan-Carlos-Ruiz-Vasquez

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La Policía goza hoy de una opinión favorable y de un nivel de confianza relativamente alto.  No siempre fue así: la relación con la sociedad ha sido muy accidentada y en algunas regiones la brecha sigue abierta. 

Juan Carlos Ruiz *

Buena imagen

De manera consistente desde 1994, la confianza de los colombianos en la Policía Nacional ha sido relativamente alta, según las encuestas del Barómetro Iberoamericano que ha medido desde entonces estos fenómenos.

 Policia Nacional

Fuente:  Confianza en las Instituciones– CIMA – Barómetro Iberoamericano

En comparación con la mayoría de las latinoamericanas, la Policía Nacional de Colombia goza de un nada despreciable 45 por ciento de confianza. No pasa lo mismo con la imagen de la institución en Honduras, México, República Dominicana, Guatemala, Paraguay, Venezuela, Bolivia, Perú, El Salvador, Uruguay, Argentina, Costa Rica  o Panamá, donde menos del 40 por ciento del público le tiene confianza.

De otra parte, la opinión favorable de los colombianos es estable,  como puede apreciarse en la gráfica siguiente, tomada de la encuesta Gallup bimestral desde febrero de 2000 hasta junio de 2013.

 
Policia Nacional

Fuente: Gallup Poll bimestral. Junio de 2013.

 

Desdén  y manipulación

Esa buena imagen actual contrasta con el desdén y aprehensión que los colombianos sintieron por la Policía desde su fundación en 1891:

· La institución era despreciada por las élites bogotanas por su procedencia social; los liberales radicales la veían como un aparato de represión, y los artesanos — a la sazón el conglomerado de trabajadores más significativo — la veían con distancia, porque limitaba sus momentos de esparcimiento en las chicherías.  Esa aversión llevó a que — apenas dos años después de creada — la Policía fuera destruida parcialmente por una asonada de capitalinos. 

· Su politización bajo la hegemonía conservadora — y durante los gobiernos liberales entre 1930 y 1946 — la hizo blanco de las críticas y el desprecio de los ciudadanos. 

· Esta aprehensión se convirtió en auténtico odio durante La Violencia, con la aparición de la Policía chulavita — ultraconservadora y con permiso para matar — que aniquilaba sistemáticamente a los campesinos liberales. 

· La dictadura de Rojas Pinilla militarizó a la Policía y la convirtió en la cuarta fuerza armada, dándole un nuevo respiro por fuera de la confrontación partidista. 

· El Frente Nacional le dio un primer impulso al nacionalizar la Policía, para que dejara de ser un títere de los partidos, de las autoridades locales y  de los gobiernos de turno. 

· Finalmente, la Constitución de 1991 la otorgó mayor autonomía y la desligó lentamente de su inveterada dependencia de los militares: desde 1891 hasta 1965, los Directores de la Policía habían sido militares, en su mayoría.  

Escándalos y corrupción

Las encuestas de hogares del Dane en los 80 mostraban que tan solo un 25 por ciento de los colombianos apreciaba a la Policía. Según otra encuesta de la época — elaborada por jóvenes profesores estadounidenses — ser agente de policía era una de las profesiones menos apreciadas por los colombianos.

Los militares siempre vieron a los policías con distancia por ser una fuerza menor, mal formada y sin el estatus de las fuerzas armadas. Este panorama pareció cambiar desde mediados de los 90, cuando una mejor imagen comenzó a dibujarse en las encuestas.

Resulta ahora casi paradójico que miembros de la institución hayan protagonizado grandes escándalos y hayan sido señalados de corrupción, de brutalidad policiaca o de degradación moral.  Vale la pena recordar casos juzgados y sentenciados:

· el encarcelamiento de un Director de la Policía Nacional y de un edecán del Presidente, ambos por enriquecimiento ilícito;

· el caso de un jefe de seguridad presidencial, quien purga una pena en Estados Unidos por connivencia con los paramilitares.

Desde la Constitución de 1991, grandes escándalos han sacudido a la institución:

· la violación y el asesinato de una niña en una estación de policía;

· la devolución a sus dueños mafiosos de seis toneladas de coca que habían sido incautadas;

· la interceptación ilegal de jefes paramilitares recluidos en la Ceja, lo que le costó el cargo a 11 generales;

· la malversación de fondos de ayuda de los Estados Unidos para la lucha contra las drogas;

· Algunos capos notorios fueron policías, como Danilo González, Orlando Henao, Wilber Varela, Victor Patiño, Luis Ocampo y Jesús Sarria.

Según el último informe de Transparencia Internacional, los colombianos ven a la policía como una institución corrupta.

Un actor clave

La Policía Nacional se convirtió en un actor fundamental del paisaje institucional por obra del conflicto, la lucha contra las drogas y los problemas de inseguridad. Sus directores más recientes han sido figuras nacionales escogidas en algunas ocasiones como los personajes del año. También han sido astutos jugadores políticos y relacionistas públicos.

Por ejemplo, el director Rozo José Serrano supo aprovechar la debilidad de la administración Samper y su cercanía con el gobierno y el congreso de Estados Unidos para convertir la Policía en una de las instituciones más fuertes y estables: al finalizar su mandato, Samper llamó a la Policía su “oxígeno”.  Los famosos partidos de tenis del general Serrano con figuras de la clase política y del gobierno se convirtieron en un escenario muy comentado para el lobby político de la época.

El general Oscar Naranjo fue considerado por las encuestas del momento como el personaje de mayor credibilidad. Su buen hablar, sus buenas relaciones con Estados Unidos y su olfato político ponderado lo llevaron a ser una figura de primer orden, hasta el punto de ser una suerte de vocero oficial del gobierno: por ejemplo, en las revelaciones a cuenta gotas de la información de los computadores del guerrillero Raúl Reyes.

No es gratuito que tanto Serrano como Naranjo hayan sido considerados por editorialistas y columnistas como posibles candidatos a la Presidencia, la Vicepresidencia, la Alcaldía de Bogotá o el Congreso, algo impensable para un policía hace 50 años. 

Exposición mediática y contacto cotidiano

La Policía colombiana es quizás la institución que goza de una mayor visibilidad. Hoy en día los policías tienen un número de apariciones en los noticieros de televisión muy superior al de otros funcionarios públicos, políticos o legisladores.

En una sola edición de estos medios, miembros de la policía aparecen ayudando, por ejemplo, a una madre a dar a luz en la calle, desmantelando bandas de delincuentes, compareciendo en cortes por delitos, aprehendiendo extorsionistas, controlando motines o dando explicaciones de su actuar, sus estrategias y sus programas.

Esta visibilidad también ha sido posible porque — en contravía de otras opiniones — la Policía ha logrado desvertebrar bandas criminales y ha sido eficiente al resolver casos que sacuden a la sociedad: la Policía ha desmantelado tres temidos carteles de la droga.

En algunos municipios alejados del país, la Policía es prácticamente la única cara del Estado central. En los centros urbanos, el ciudadano se encuentra de manera repetida con policías siempre muy visibles por sus uniformes. Es un contacto cotidiano que no tienen otros funcionarios públicos. 

Se están profesionalizando

La institución se ha profesionalizado de manera significativa gracias a presupuesto nacional que pasó de 0,6 por ciento del PIB en 1990 a casi 2 por ciento en el último año. Esta fuente — más la ayuda internacional como el Plan Colombia — le han procurado recursos suficientes para hacer mejor su trabajo.

Por obra del contexto particular de Colombia, la Policía ha adquirido una verdadera experticia en campos como la lucha contra el secuestro o el tráfico de drogas. Si un policía en Estados Unidos se entrena desmantelando explosivos ficticios, el colombiano lo hace en la realidad de su trabajo cotidiano. Esta experiencia le ha permitido formar a más de 5.000 policías del mundo entero.

Un pequeño cambio en apariencia — incorporar solo a bachilleres desde 1994 — en el largo plazo resultó una revolución silenciosa, que permitió mejorar su proceso de toma de decisiones y su relación con el público.

De los policías chulavitas, bárbaros y casi iletrados, hemos pasado a agentes mejor formados, con más sentido común y más capaces de comunicarse con el público. La formación continua de los policías de base en cursos cortos en universidades y el estudio de carreras por cuenta propia los han profesionalizado. 

Una brecha abierta

Pero esta confianza de los colombianos no es un cheque en blanco. Un porcentaje importante no cree en la Policía. Muy probablemente esta distancia es mayor en ciertas regiones.

El fenómeno creciente de policías que integran bandas de atracadores, apartamenteros y asaltantes de carros en sus tiempos de descanso tiende a minar la credibilidad de la institución: los valores esenciales de una sociedad se ven traicionados cuando el policía hace parte del mundo criminal, convirtiéndose en amenaza y en fuente de inseguridad.

Los excesos y la brutalidad policíaca son reseñados con vehemencia y censura por los medios de comunicación. Encubrir excesos y sembrar pruebas falsas han abierto una brecha entre los colombianos y la Policía que promete ahondarse, si estos casos se vuelven un modus vivendi de la institución.

De todas maneras, algo de responsabilidad también le cabe a la sociedad cuando el ciudadano no respeta al representante de la ley y el respeto de la autoridad no figura en los primeros niveles en su escala de valores.

Mejorar los sueldos

De otra parte, hoy en día un conductor de Transmilenio tiene mejor salario que un patrullero, lo cual refleja las prioridades de los gobiernos y de esta sociedad. Posiblemente un aumento de sueldos no elimine la corrupción, pero indicaría que la legalidad y la autoridad hacen parte de las prioridades del colombiano común.

La última nivelación salarial de policías entre 1993 y 1996 mejoró las condiciones de los uniformados y pudo tener algo que ver también con los cambios positivos de la Policía desde los 90.

Hoy resulta prioritario mejorar las condiciones salariales de los policías. Quizás una reducción del gasto militar — si se llegara a firmar la paz y si la restitución de tierras no se da como un proceso violento — permitiría destinar más recursos para tener mejores policías, mejor remunerados y seguramente más apreciados por los colombianos. 

* Profesor asociado y director de la Maestría en Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario, Ph.D. de la Universidad de Oxford, máster en Administración Pública de la ENA (Francia), máster en administración de empresas de la Universidad Laval (Canadá), máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

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