Paz o guerra: el falso dilema de estas elecciones - Razón Pública

Paz o guerra: el falso dilema de estas elecciones

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La paz es mucho más que un acuerdo entre el gobierno y un grupo guerrillero. Es una forma distinta de convivir y de hacer la política, y por eso ni Santos ni Zuluaga están haciendo la paz verdadera: están polarizándonos alrededor de un falso dilema. 

Hernando Llano Ángel*

Zuluaga y Santos perdieron en primera vuelta

Todo parece indicar que el próximo domingo los colombianos estaremos abocados a un dilema de vida o muerte, a escoger entre la paz y la guerra. Pero si fuera así de simple, nadie en sano juicio dudaría en votar por la paz.

Entonces tenemos que concluir que el asunto es mucho más complejo, ya que el pasado 25 de mayo los dos candidatos punteros, Zuluaga y Santos, apenas alcanzaron a convocar a 7.061.786 votantes, que escasamente representan el 21,41 por ciento del total de colombianos y colombianas habilitados para votar, pues el censo electoral es de 32.975.158 cédulas vigentes.

En términos futbolísticos, tendríamos que reconocer que el 25 de mayo los colombianos   perdimos el juego más trascendental en toda sociedad: el juego del poder, por un marcador escandaloso y preocupante de 6 goles contra 4, pues la abstención fue del 60 por ciento y la participación apenas del 40 por ciento. En un juego del cual depende no sólo cómo vivimos, sino incluso cómo morimos.

Y si miramos al desempeño individual de cada “jugador”, tenemos que Zuluaga apenas representa el 11,40 por ciento  de la ciudadanía y Santos el 10,01 por ciento. Incluso, siguiendo con las cuentas, pues al fin al cabo lo que ellas reflejan es la voluntad de los ciudadanos, llegamos a la paradójica conclusión de que Zuluaga y Santos fueron derrotados, cada uno por separado, si sumamos los votos obtenidos por los otros tres jugadores, en su orden: Martha Lucía Ramírez (1.995.698 votos: 15,52 por ciento); Clara López (1.958.414 votos: 15,23 por ciento) y Enrique Peñalosa (1.065.142 votos: 8,28 por ciento), con un total de 5.019.254 votos que representan el 39,03 por ciento de los votos válidos.

Cerca del 80 por ciento de los colombianos y colombianas no creen en Zuluaga ni Santos, pero será entre ellos dos que tendremos que elegir al presidente de la República.

Por si lo anterior fuera poco, 770.610 (5,99 por ciento) colombianos al votar en blanco expresaron su rechazo a todos los anteriores “jugadores”;  52.994 electores (0,40 por ciento) no marcaron el tarjetón y 311.758 (2,35 por ciento) votos fueron anulados al no expresar dichos electores claramente su voluntad en los tarjetones.

Conclusión: Ni Zuluaga, ni Santos representan la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino solamente a una minoría de 7.061.786 colombianos, que escasamente es el 21,41 por ciento de los habilitados para votar. En otras palabras, cerca del 80 por ciento de los colombianos y colombianas no creen en Zuluaga ni Santos, pero será entre ellos dos que tendremos que elegir al presidente de la República. Semejante apatía, escepticismo, rechazo o repudio de semejantes “ganadores”, significa que la inmensa mayoría de los colombianos no creen en sus propuestas políticas y tampoco en que sean la solución para definir el falso dilema de la guerra o la paz que nos plantean para el próximo domingo.


Los diálogos  de La Habana.
Foto: Delegación de paz de las FARC

Equipos mediocres y jugadores tramposos

Zuluaga y Santos han clasificado a la final por descarte o repechaje, pero no lo merecen, pues la jugaron en medio de escándalos y en un estadio semivacío, ya que sólo asistió el 40 por ciento de los espectadores.

Ahora el 39,03 por ciento de los “hinchas” que respaldaron y creyeron en los otros equipos y sus candidatos, más el 6 por ciento que votaron en blanco, tendrán que decantarse en la final por alguno de los dos candidatos  mediocres y escandalosos, como lo demostraron con sus maniobras oscuras  durante la primera vuelta.

Y para buscar que haya más afluencia de público al partido final, lo están promoviendo como si se tratara de un combate entre la paz y la guerra, la vida o la muerte. Cada candidato está intentado demostrar al público elector este dilema falso y dantesco, como si los ciudadanos fuéramos hinchas de barras bravas que pueden ser manipulados con tanta facilidad.

El falso dilema

El dilema es falso porque lo que está en juego en La Habana no es la paz, sino el fin del conflicto armado, y en tanto no se firme entre el Estado colombiano y las guerrillas de las FARC y posteriormente el ELN, dicha confrontación seguirá aniquilándonos y degradándonos como seres humanos, ciudadanos y colombianos. 

En efecto: la paz es mucho más que el fin del conflicto armado,  es una responsabilidad de todas y todos los ciudadanos y sólo empezará desde el instante en que dejemos de pensar y delegar nuestra voluntad de vida, justicia y reconciliación en manos de supuestos líderes o salvadores, que prometen y hablan de paz pero se preparan para ganar la guerra. Que al mismo tiempo que exhiben acuerdos se regodean por dar muerte a sus adversarios.

La paz política sólo puede nacer desde la ciudadanía y no desde los batallones, las trincheras y los campos minados. 

Con semejante doble juego y falsos protagonistas, jamás podremos vivir en paz, simplemente porque la paz política sólo puede nacer desde la ciudadanía y no desde los batallones, las trincheras y los campos minados. Sólo podemos forjar paz si pensamos y actuamos como ciudadanos, es decir como soberanos generadores de poder político en función de objetivos comunes y en beneficio colectivo,  en lugar de seguir delegando y enajenando nuestra voluntad en falsos políticos que acaban siendo déspotas soberanos, situados incluso por encima de la Constitución y la ley, hasta el extremo de poder decidir sobre la intimidad, la libertad, la dignidad, la vida o la muerte de todos nosotros, en nombre de la paz.  

Mucho menos podremos construir paz si en lugar de la reconciliación nos empeñamos en la confrontación y la eliminación del contrario, deslegitimándolo bajo la etiqueta de narcoterrorista o paramilitarista. Sólo podremos vivir en paz cuando tengamos el valor, la lucidez y la magnanimidad de la reconciliación, que nos permitirá reconocernos como seres humanos  –más allá de las atrocidades causadas por el odio y la venganza— con igual derecho a vivir con dignidad.

Pero si en vez de eso persistimos en dividirnos entre buenos y malos y en hacer de la política una cruzada donde unos pocos –que se consideran y autoproclaman lideres honorables y virtuosos-   predestinados por Dios y la Patria para salvarnos de otros pocos malos y terroristas, contra los cuales obviamente vale todo – la mentira, la tortura, el desarraigo y el asesinato- no podremos avanzar por la senda difícil que conduce a la democracia y seguiremos inmersos en el laberinto de las emboscadas y las trincheras, las tumbas o las fosas comunes donde  llevamos más de cincuenta años extraviados.

Entre 1958 y 2012, 220.000 colombianos perdieron la vida en ese laberinto. Peor aun, apenas el|18,5 por ciento de los muertos eran combatientes y el 81,5 por ciento restante eran civiles[1] Fueron desplazados de sus tierras cerca de seis millones de colombianos y entre 15 mil y 30 mil han sido desaparecidos, según las diversas fuentes  oficiales o particulares consultadas por el Grupo de Memoria Histórica.


En la primera vuelta presidencial la abstención de
los electores fue del 60 %.
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Primero la vida y la reconciliación

Por todo lo anterior, lo que está en juego el próximo domingo son las posibilidades de reconciliarnos y empezar a  con-vivir como colombianos, supuestos imprescindibles para construir una paz democrática, donde no haya lugar para más víctimas y mucho menos victimarios, y sí  para la vida y para los derechos de todos los ciudadanos.

Vale la pena recordar la conclusión de Robert Dahl: “La democracia comienza cuando – después de mucho luchar— los adversarios se convencen de que el intento de eliminar al otro es mucho más oneroso que convivir con él”, y ya llevamos más de 50 años de ignominia en tal intento y se han dilapidado cerca de  260 billones de pesos en plomo desde 1985, según sostiene Alfredo Molano en El Espectador.

Por eso quien se abstenga de asistir a las urnas este 15 de junio estará contribuyendo a que las minorías violentas sigan cavando tumbas. Lo que está en juego es mucho más que un presidente, es la forma como vivirán o morirán las próximas generaciones. Por eso primero la vida y la reconciliación, para conjurar la guerra y comprometernos con la paz, exigiendo al actual y el próximo gobierno su respeto irrestricto del artículo 22 de la Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento” y a las Farc su compromiso impostergable con acciones de confianza, como el desminado de campos, el fin del reclutamiento de menores y el cumplimiento cabal del Derecho Internacional Humanitario, los pasos imprescindibles  hacia el cese del fuego bilateral con verificación internacional. De no hacerlo, seguiremos eligiendo y muriendo en nombre de la paz.


[1] – “De acuerdo con la investigación del GMH, entre 1958 y 2102, murieron 40.787 combatientes. Es así como al compendiar estas cifras, es posible afirmar que el conflicto armado colombiano ha provocado aproximadamente 220.000 muertos. De estas muertes el 81.5 corresponde a civiles y el 18.5 a combatientes: es decir, que aproximadamente 8 de cada 10 muertos han sido civiles, y que, por lo tanto son ellos –personas no combatientes, según el Derecho Internacional Humanitario—los más afectados por la violencia “. (P.32. Informe Colombia: ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad).

 

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, profesor Asociado en la Javeriana de Cali, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca.
Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com. 

Acerca del autor

Hernando Llano

* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, PhD Universidad Complutense de Madrid, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.

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* Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá, PhD Universidad Complutense de Madrid, socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca. Publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com.

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