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La nueva tragedia griega

Escrito por César Ferrari
El Primer Ministro Griego Alexis Tspiras y el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

El Primer Ministro Griego Alexis Tspiras y el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Cesar FerrariEl gobierno de Grecia se debate entre las obligaciones e imposiciones de Europa y su mandato electoral inequívoco en contra de los ajustes. Se acerca la hora cero, pero salir de la Eurozona no le conviene a Grecia -ni le conviene a Europa-. ¿Qué sigue entonces?

César Ferrari*

¿Grexit?

Una vez más se anuncia que Grecia está al borde de abandonar la Zona Euro y por tanto la Comunidad Europea, porque no podrá pagar sus obligaciones el próximo 30 de junio, y en particular los 1.500 millones de euros que le adeuda al Fondo Monetario Internacional.  

Para evitar este evento, los líderes griegos y europeos han venido negociando intensamente. Los griegos tratan de convencer a los europeos de otorgarles más ayuda financiera, y estos  insisten en que la ayuda se dará si Grecia sigue aplicando el ajuste que se le impuso desde 2010. 

El ajuste implica recortar las pensiones y aumentar el impuesto al valor agregado para pagar la deuda. A Grecia se les pide un superávit fiscal de 1 por ciento del PIB para este año y unos 3.000 millones de euros en recortes adicionales -una meta imposible de cumplir, según casi todos los economistas independientes-. 

Aceptar más exigencias europeas sería desconocer el mandato de los electores y, en últimas, la propia democracia. 

Por su parte el gobierno griego se niega a llevar al extremo el ajuste que inició al despedir  15 mil empleados públicos, reducir otros gastos, aumentar los impuestos, disminuir en 25 por ciento el salario mínimo, y vender empresas y activos públicos. 

En enero de 2015 la mayoría de los griegos votó en contra del ajuste y dio el gobierno al partido Syriza, abanderado del anti-ajuste. Por eso, aceptar más exigencias europeas sería desconocer el mandato de los electores y, en últimas, la propia democracia. 


El exprimer ministro griego Georgios Papandreu.
Foto: Wikimedia Commons

Recesión, ajuste, ayuda y resultados 

La actual situación de Grecia es la peor secuela de la Gran Recesión 2008-2009, que causo una caída notoria en los ingresos de ese país al derrumbar su principal actividad económica, el turismo. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en 2009 esta industria representaba el 6,6 por ciento del PIB y el 7,3 por ciento del empleo en Grecia, mientras que en 2012 el sector aportó apenas el 5 por ciento del PIB y atrajo 15,5 millones de turistas, mientras que en 2013 se esperaban 17 millones.

La contracción inicial de la economía griega se tradujo en menores ventas, producción, empleos, salarios y utilidades. En consecuencia cayó la recaudación tributaria y – dado el aumento del gasto público para evitar una recesión mayor- el déficit fiscal alcanzó un nivel muy alto. Según la OCDE, en 2007 este déficit equivalía al 6,7 por ciento del PIB; en 2010, al comenzar el ajuste, representaba el 11,1 por ciento; y en 2014, a causa del ajuste, se redujo al 3,5 por ciento del PIB. 

Pero ni ajuste ni ayuda se tradujeron en crecimiento. Entre 2008 y 2013 el PIB griego decreció 28,6 por ciento y el ingreso per cápita en 15,7 por ciento. En consecuencia aumentó la deuda pública de manera abrumadora: en 2007, antes de la crisis, equivalía al 112,8 por ciento del PIB; en 2010, al inicio del ajuste, a 128,3 por ciento; y en 2014, a 174,2 por ciento del PIB. 

Con semejante desempeño el desempleo llegó a niveles insostenibles: de 8,4 por ciento en 2008 pasó a 12,8 en 2010 y a 26,6 por ciento en 2014. Y entre la población juvenil pasó de 22,1 a 32,9  y finalmente a 58,3 por ciento en los mismos años. 

Crisis económica y crisis política

Perder ingresos, beneficios y calidad de vida no satisface a nadie. Por lo tanto esta situación genera protestas y conflictos sociales. Además, si los malos resultados se atribuyen al ajuste y no se ven mejoras, aumentan la insatisfacción, el desasosiego y la incertidumbre que se traduce en menos gasto privado como medida de precaución, que a su vez agrava la recesión y el conflicto. Por eso las crisis económicas y sociales desembocan en crisis políticas. 

En Grecia la crisis económica propició la caída del gobierno de izquierda democrática de Georgios Papandreu en noviembre de 2011. Las elecciones de abril de 2012 hicieron evidente la crisis de gobernabilidad y ninguno de los cuatro candidatos más votados pudo formar gobierno. 

En estas elecciones los opositores al ajuste superaron a quienes lo apoyaban, y en las elecciones generales de enero de 2015 venció Syriza. Aunque proclamó su intención de seguir siendo parte de la Eurozona, el nuevo gobierno exigió una refinanciación de la deuda a plazos muy largos para atenuar la dureza del ajuste.


Protestas en la Plaza Syntagma en Atenas, por las medidas de austeridad económica del gobierno griego. 
Foto: Wikimedia Commons

¿Solución sin ajuste?

El problema del ajuste consiste en producir una caída en la demanda y -si el ingreso mundial no se recupera o la productividad de los griegos no se alinea con la de alemanes o franceses (según la OCDE en 2009 la productividad laboral griega era el 64 por ciento de la alemana) – no hay forma de recuperar su nivel de ingreso. Antes bien, el ajuste desencadena  una espiral perversa de menores ingresos, demanda, producción y, nuevamente, menos ingresos. 

Lo que la economía griega necesita es aumentar su productividad y su producción.

En este contexto, ajustes y ayudas financieras para pagar deudas son insuficientes. Lo que la economía griega necesita es aumentar su productividad y su producción. Para esto precisa de recursos que permitan aumentar la cantidad y calidad de su stock de capital físico y humano: desarrollar infraestructura, educación e instituciones que destraben la competencia, la competitividad y el crecimiento.

Otra “solución” podría ser que Grecia salga de la Eurozona. Seguramente esta decisión tendría características similares a la que adoptó Argentina en 2001 cuando abandonó su convertibilidad cambiaria y su tasa de cambio fija.

En ese caso, Grecia haría un default sobre gran parte de la deuda pública y, en particular, llevaría a cabo una devaluación grande de su nueva moneda (si la productividad es la mitad de la alemana, la tasa de cambio que necesitaría sería el doble de la actual, es decir una devaluación de 300 por ciento). 

Con esto se elevarían los precios domésticos y se reduciría el salario real. De este modo, y a diferencia de la solución del ajuste que reduce los ingresos nominales para hacerlos compatibles con la tasa de cambio existente definida por los mayores socios comerciales (Alemania y Francia), la salida produciría otra tasa de cambio, otros precios de bienes y servicios y la reducción del ingreso real hasta hacerlo compatible con su nivel de productividad. 

Con una mayor competitividad cambiaria, la producción de bienes exportables e importables podría recuperarse rápidamente, en particular el turismo. Con ello se podrían lograr tasas elevadas de crecimiento, como en la Argentina posterior a la crisis. 

Pero Grecia no es Argentina: su aparato productivo es mucho menor, menos diversificado y muy centrado en el turismo. Además, en este caso la recuperación no solo depende de su competitividad y productividad sino también de la recuperación de los ingresos de los europeos, sus principales visitantes.  

No obstante, la “solución” de salida estaría aparentemente descartada por voluntad de los propios griegos (tanto dirigentes como población general), que han reiterado su interés en seguir perteneciendo a la comunidad de las naciones más importantes del mundo desarrollado. 

Dilema para Alemania

Si los deudores no pagan sus deudas masivamente, son los acreedores quienes enfrentan más dificultades, y en el caso de Grecia estos serían principalmente los bancos alemanes. Si los griegos se volvieran ilíquidos o quebraran, las empresas alemanas entrarían en crisis, Alemania tendría una recesión grave y prolongada, y el gobierno alemán tendría que salvar sus bancos. 

Por eso las opciones para el liderazgo alemán son, por un lado, ayudar a los griegos y  salvar a los bancos alemanes, lo cual provocaría la ira de sus electores por ayudar a “irresponsables”. Por otro lado, pueden abandonar a Grecia, forzar su salida de la Eurozona y ayudar a sus bancos directamente con un costo mayor, pues se asumiría la totalidad del salvamento, lo cual provocaría una ira similar por ayudar a “inescrupulosos”. 

Si Grecia sale de la Eurozona el costo es total; si Grecia se queda el costo es parcial.  

La cuestión es clara: si Grecia sale de la Eurozona el costo es total; si Grecia se queda el costo es parcial.  

Aquí es donde confluyen intereses y racionalidades: los griegos no querrían salir de la Eurozona y al liderazgo alemán tampoco le conviene esta solución. Mejor dicho, no les queda más remedio que ayudar a Grecia y reducir las exigencias del ajuste. 

Nueva política monetaria europea

Es este contexto los europeos por fin decidieron reaccionar monetariamente, igual que los estadounidenses. En enero de 2015 el Banco Central Europeo (BCE), con anuencia del gobierno alemán (que se había opuesto hasta entonces), anunció que a partir de marzo de este año y hasta septiembre de 2016 ejecutaría un programa de flexibilización cuantitativa por 60 mil millones de euros mensuales y añadiría a la compra de bonos privados los bonos emitidos por los gobiernos de la Eurozona, las agencias y las instituciones europeas. 

Al mismo tiempo informó que seguiría con su tasa de interés de 0,05 por ciento (su nivel más bajo en toda la historia), con una tasa para préstamos a un día de 0,30 por ciento y con una de remuneración de los depósitos de los bancos comerciales de -0,20 por ciento.

¿Decidieron apenas y a  tiempo? ¿Quién sabe? La historia es impredecible y muchas veces los irracionales marcan el rumbo. Pronto sabremos el desenlace de esta nueva tragedia griega.

 

* Ph.D., profesor de la Universidad Javeriana.

 

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