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La Minga del Suroccidente es política

Escrito por Virginie Laurent
Virginie-Laurent

La Minga tiene futuro como proyecto político: frente a la “silla vacía” de Iván Duque, volverán a llenarse plazas y carreteras.

Virginie Laurent*

Un acto político

Recorre las carreteras del país, desde el Cauca hasta su llegada a Bogotá el pasado 18 de octubre. La Minga del Suroccidente va dejando huellas en la sociedad colombiana; también, posiciones contrastadas:

  • Para quienes le dan vida, es expresión de supervivencia y clamor por seguir existiendo; quienes la respaldan la ven como reflejo de dignidad y soplo de esperanza.
  • Hay otros que la rechazan y estigmatizan, por la posible expansión de la pandemia y los costos económicos derivados, o por su supuesta cercanía con grupos armados. Para la ministra de Interior, la minga estaría instrumentalizada: no sería reivindicativa, sino política.

De hecho, desde adentro, la Minga se ha reivindicado como política; allí radica parte de su razón de ser y una de sus mayores repercusiones: logra afirmarse como participante ineludible en la política nacional.

El hecho de haber allegado a la capital le da, sin duda, aún más fuerza: además de ganar protagonismo y simpatías, transfiere las preocupaciones de las regiones hacia el centro; contribuye a nutrir propuestas fundadas en necesidades compartidas y lazos de solidaridad.

La Minga reclama espacios de participación más allá de un reconocimiento mínimo.

Minga unida, Minga plural

Como suele repetirse cada vez que irrumpe en el debate público, minga es una palabra quechua: un esfuerzo compartido por el bien(estar) común. Generalmente, las mingas siguen el ritmo de las vivencias comunitarias indígenas, entre labores para atender los cultivos o limpiar caminos y merecidos descansos alrededor de grandes ollas de comida.

Fuera de ello, en Colombia, la Minga —ya con mayúscula— ha cumplido otra función en las últimas décadas: es el medio con el que unos pueblos indígenas manifiestan su firmeza frente “al poder invasor” —rebatido en sus cantos—, así como su voluntad de aportar a la construcción de un mejor país. En este sentido, la Minga es “una” y une.

A su vez, la Minga se concibe en plural: los pueblos indígenas del suroccidente de Colombia y sus organizaciones las han convocado regularmente, según el modelo de ciudadanía que inauguró la Constitución de 1991.

Los indígenas en la Constitución

En adelante, con el reto del multiculturalismo, el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural de Colombia debe llevarse a acciones concretas:

  • Se consigna explícitamente el derecho constitucional de los pueblos indígenas a una autonomía relativa, desde dimensiones territoriales y políticas; la ejercen mediante sus resguardos y cabildos.
  • Paralelamente, se califica como responsabilidad estatal velar por el respeto de dichos principios: “[e]l Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana” (artículo 7); “[e]l Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados” (artículo 13).
  • Con ello, se pone oficialmente fin —apenas en 1996— a llamar a los pueblos indígenas “salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada”, tal como estipuló la Ley 89 de 1890, que definía cómo gobernarlos.

Pronto se cumplirán treinta años para ese giro en la forma de pensar(se) de la nación; aún hoy, hay denuncias recurrentes de que la Constitución no se ha llevado a la práctica. Entre otros escenarios, se ha revelado desde varios episodios de protesta:

La Minga de octubre de 2020 es heredera de movilizaciones anteriores.

Por otra parte, la Minga es plural, porque quienes participan representan preocupaciones que van más allá de los indígenas. Desde la conformación de sus organizaciones regionales y nacionales, los pueblos indígenas han unido fuerzas con quienes enfrentan las mismas dificultades. Hoy, la Minga se ofrece como oportunidad para diálogos “donde convergen pueblos indígenas, afros, campesinos y organizaciones sociales y populares del suroccidente colombiano”.

Desde esta perspectiva, en 2020 —al igual que en abril de 2019— la Minga respaldó el paro nacional. Con ello, los mingueros ratifican expresamente el carácter político de su acción ante la comunidad nacional e internacional.

Foto: Alcaldía de Bogotá Minga indígena llegando a Bogotá.

Disputas políticas desde la horizontalidad

La Minga incita, adicionalmente, a abordar las disputas políticas desde su carácter plural. En contraste con lo que dijo el Comisionado de Paz, el debate político no solo vale en el Congreso. Esta pluralidad se refleja en la movilización social y en las “autoridades ancestrales”, quienes se enfrentan a un Estado que, en la persona de su primer mandatario, falta a sus obligaciones constitucionales.

Vale recordar la motivación de la Minga 2020 para viajar a Bogotá: la negativa reiterada del Gobierno de atender invitaciones que autoridades indígenas del Cauca le habían hecho desde agosto de 2018.

Al lado de otras organizaciones sociales y populares de Cauca, Valle y Caldas, los indígenas piden que el Gobierno oiga sus inquietudes: según denuncian hay proyectos de ley “lesivos para la población colombiana” y amenazas persistentes en sus territorios.

Exigen “la derogatoria de las leyes del despojo y el cumplimiento inmediato de los diversos acuerdos ya pactados con las organizaciones sociales, indígenas y campesinas del suroccidente colombiano”.

Las peticiones de la Minga se han mantenido desde los años noventa y se enfocan en requerir que se cumplan los principios de la Constitución de 1991. Bajo el gobierno de Duque, la Minga ha exhortado a la protección de la vida y a los compromisos por la paz. Los asesinatos de líderes sociales en los últimos dos años son alarmantes y siguen en aumento.

Al mismo tiempo se denuncia el deterioro de las condiciones ambientales, políticas, económicas, sociales y culturales de la “casa común” —o “madre tierra”— a causa de “la guerra que afecta directamente a los territorios rurales y urbanos”, pero también por la “destrucción generada por el desarrollo e implantación de las políticas que operativizan el modelo neoliberal extractivista minero-energético”.

Para contrarrestar dichas agresiones, se produjo la Minga Nacional del 2020. Para expresarse “en contra del presidente de la República de Colombia Iván Duque Márquez, por el incumplimiento a las garantías de protección en la defensa de la vida, la paz, el territorio y la democracia”.

Por otra parte, la Minga basa en su calidad de autoridad propia su moción de debate público y juicio político a Iván Duque. Esta también ha sido una posición defendida desde hace décadas en las luchas indígenas: exigir relaciones desde la horizontalidad, “de gobierno a gobierno”, frente a los delegados estatales.

Por cierto, el movimiento indígena conoce las reglas formales de la democracia representativa para el acceso a cargos de índole (sub)nacional; ha intervenido desde el ejercicio del voto. Desde finales de los ochenta y —sobre todo— desde principios de los noventa, ha participado en las contiendas electorales; no se ha quedado en las circunscripciones especiales, sino que ha aspirado a alcaldías, gobernaciones, asambleas departamentales y concejos municipales.

Pero esto no significa que abandonen sus prácticas políticas comunitarias, fundadas en asambleas amplias para ejercer la democracia directa. La movilización social responde a la negación del presidente a considerar los problemas que atañen a los pueblos indígenas y, con ellos, a gran parte de la ciudadanía.

Foto: Facebook Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric) La Minga marchó pacíficamente y dejó la silla vacía de Duque que no quiso reunirse con ellos.

De la propuesta a la protesta

Igual que ocurre hoy, en el 2008 la Minga intentó dialogar con el entonces presidente Uribe; en ese año la Minga vino hasta Bogotá porque no había logrado una conversación suficientemente amplia con el primer mandatario.

Y así seguimos hasta que en 2019 el presidente Duque se rehusó a encontrarse con la Minga. En esta oportunidad, el mandatario viajó hasta el municipio caucano de Caldono, pero no accedió a reunirse con los mingueros que lo esperaban a unos metros de distancia.

Y esta vez, como todos hemos visto, mandó al comisionado de Paz para el Cauca, mientras los mingueros estaban cerca del Palacio de Nariño.

El presidente insiste en la validez de la propuesta, en vez de la protesta; paradójicamente, sigue hermético frente a la Minga. Mientras tanto, esta aún va para largo como proyecto político. Es fácil apostar que, frente a la “silla vacía” de Iván Duque, volverán a llenarse plazas y carreteras.

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