La maldición de la elocuencia: por qué Petro no logra establecer acuerdos
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La maldición de la elocuencia: por qué Petro no logra establecer acuerdos

Escrito por Juan Fernando Mejia

La carrera de Gustavo Petro se hizo a base de discursos y apelaciones al pueblo. Pero esto le ha salido caro como presidente.

Juan Fernando Mejía Mosquera*

Perdidos en la traducción

El presidente Petro ha sido afortunado como orador de plaza pública y como usuario de las redes sociales, pero esa fortuna se ha vuelto en su contra en lo que va de su gobierno.

Aunque es un orador excelente y un lector ávido, a Petro se le escapan las potencialidades de la comunicación contemporánea. Es más: nadie ha logrado convencerlo de que estas tareas deben ser delegarse a personas muy bien calificadas.

Petro insiste en rodearse de sus partidarios y de mantener a sus incondicionales en su círculo más cercano, mientras aumenta su dificultad para construir consensos en la negociación a puerta cerrada.

En un discurso reciente, ante el monumento de Puerto Resistencia, expresó su decepción con la figura del Acuerdo Nacional. La búsqueda del consenso político sería reemplazada por el ejercicio del poder popular. El discurso culminó con la problemática—por decir lo menos—propuesta de una Asamblea Constituyente.

Desde ese momento, la discusión nacional, una vez más, es una mezcla de críticas, control de daños e intentos de interpretación. En ese panorama, la mera idea de un Acuerdo Nacional languidece, a la vez que los discursos proliferan y la comunicación y la búsqueda de consensos se hacen cada vez más difíciles.

Intentos de caudillismo

La situación en la que el presidente declaró su decepción con el Acuerdo Nacional resulta sintomática, y su análisis permite señalar varios problemas.

En un país como el nuestro, con una conectividad relativamente baja, no se puede afirmar sin más que la congregación en un espacio común sea reemplazada de forma simple por la comunicación en el ámbito virtual. Tampoco hay que olvidar cómo se distribuye la conectividad entre la población en un país con nuestra desigualdad. Estar presente, prescindiendo de las mediaciones tiene un valor afectivo para muchos ciudadanos.

En ese contexto de enunciación y tecnología, la comunicación, condición para toda búsqueda de consensos, se hace vulnerable y la posibilidad de desarrollar incluso la mejor preparada de las estrategias puede dar lugar a tergiversaciones, malentendidos y pasos en falso.

Foto: Facebook: Presidencia de la República - El léxico de la juntanza tiene una gran fuerza. Por ejemplo, para la Minga indígena la cercanía de un gobernante es realmente significativa pues esta relación ha sido inexistente en gobiernos anteriores.

Las expresiones discursivas y afectivas en ocasiones de reunión y presencia compartida tienen la fuerza de los vínculos más fundamentales. El léxico de la juntanza se refiere tanto a la cercanía como a las actividades: la olla compartida, el trabajo en solidaridad, la fiesta y la deliberación.

Para la Minga indígena, por ejemplo, la presencia y la cercanía de un gobernante significa muchas cosas, máxime cuando la historia de su relación con los gobiernos ha sido en la mayoría de los casos de ausencia y de encuentros siempre postergados. En el modelo de conversación que la Minga y formas de comunidad similares han buscado por décadas, la figura del orador en la plaza pública sólo tiene una fracción de su potencia política.

En la historia de la política colombiana, se ha dicho varias veces que la era de los grandes oradores está en el pasado y que difícilmente regresará. Aún si contásemos con virtuosos exponentes del discurso público, espacios como el congreso resultan hoy prácticamente refractarios a esos talentos. Se habla en el vacío, se habla en medio del ruido, se habla para las cámaras oficiales o individuales.

En tal situación, un orador notable es una rareza y su excepcionalidad resulta favorable. El presidente Petro ha sido siempre un orador potente en tales escenarios y su presencia congrega, conmueve e interesa a simpatizantes y adversarios. Su capacidad de comunicar en esos espacios explica en buena medida por qué hoy es presidente.

Sin embargo, esa habilidad que lo ha llevado lejos también lo ha puesto en problemas en varias ocasiones. Su capacidad para la elocuencia lo ha llevado a romper los protocolos del senado, a encarar públicos y espacios con discursos que no han estado a la altura de la situación ni del espacio.

De otra parte, el éxito del presidente en las redes sociales también tiene una suerte mixta, pues le garantiza la capacidad casi permanente de poner temas en la agenda, llamar la atención sobre los temas que le interesan y, al mismo tiempo, cometer errores y ligerezas en tiempo real ante una audiencia enorme de aliados y de enemigos que registran, reproducen y post producen todas sus publicaciones.

En este ámbito, independientemente de la presencia, las emociones y los afectos se manifiestan y se potencian de otras formas. En la peculiar soledad de la pantalla, los afectos se diseminan, pero nunca operan una catarsis.

Dando papaya en la plaza y en las redes

La doble cara de la elocuencia en los espacios presenciales y la caudalosa escritura digital del presidente provee, a sus aliados y a sus oponentes por igual, de fragmentos citables de discursos.

Los copartidarios y los opositores pueden recomponer y diseminar, versiones de los puntos que escojan viralizar según la ocasión. La comunicación de las ideas y las propuestas del gobierno está, en estas condiciones, dejada al azar, toda vez que todos los funcionarios encargados de velar por su comprensión se encuentran siempre a la saga de la creatividad del presidente.

Los discursos del presidente, sus fragmentos y sus gestos, sus trinos/posts son recibidos por otros espacios/dispositivos discursivos en redes y medios tradicionales: los espacios de opinión que se debaten entre la interpretación, la apología y la manipulación que ejercen otras voces con otros tipos de elocuencia.

Aquí los micrófonos ofrecen la oportunidad de una conexión afectiva muy distinta a la de los cuerpos presentes. Micrófonos de la radio y de las redes, de las plataformas digitales, los discursos del presidente desatan una proliferación hermenéutica sin precedentes en la política colombiana. El orador deviene oráculo.

En ese contexto de enunciación y tecnología, la comunicación, condición para toda búsqueda de consensos, se hace vulnerable y la posibilidad de desarrollar incluso la mejor preparada de las estrategias puede dar lugar a tergiversaciones, malentendidos y pasos en falso.

Una comunicación abierta a la improvisación, como la que el presidente se ha empecinado en adelantar, se pone en mayor riesgo cuando no se desarrolla una estrategia o un plan. En ese escenario, el discurso dedicado a las retractaciones, las explicaciones y el control de daños se toman más tiempo, esfuerzos y recursos de los necesarios.

A merced de los intérpretes

Cuando el presidente le contó a quienes se congregaron en Puerto Resistencia que la idea del Gran Acuerdo Nacional había llegado al final, relató el fracaso de la gestión de sus primeros colaboradores y la saña de la oposición.

Habían terminado por convencerlo de que, para cumplir con el mandato popular del cambio, debía acudir a la organización del poder popular al que le correspondería, a su vez, presionar la conformación de una asamblea constituyente que diera lugar a las anheladas reformas sociales que ha tratado de impulsar en estos dos años.

En el calor de la elocuencia de la plaza pública el presidente dejó, una vez más, una propuesta llena, desde una interpretación generosa, de contradicciones, paradojas y desatinos que muy pronto tuvo que salir a corregir y matizar. El orador elocuente queda así atrapado en un círculo de interpretación que no se resuelve.

El presidente construye la imagen de un pueblo que se moviliza y lo acompaña, que lo rodea de amor y solidaridad, identifica ese pueblo, todavía, con las multitudes del Estallido Social y construye sus nebulosos planes contando con él.

Al mismo tiempo, caracteriza a La Oligarquía de forma hostil y caricaturesca: se trata del diametral opuesto del pueblo y detenta un poder frío y ajeno, allí no hay posibilidad alguna de afecto, el presidente quiere alejarse de sus espacios y cuidarse de las maquinaciones de la oposición.

Aunque es un orador excelente y un lector ávido, a Petro se le escapan las potencialidades de la comunicación contemporánea. Es más: nadie ha logrado convencerlo de que estas tareas deben ser delegarse a personas muy bien calificadas.

A su búsqueda de consensos con el centro y con la oposición le llegó su fin, pues quienes no le agredieron asaltaron su buena fe. De alguna forma, los observadores intentamos componer con estos elementos, fragmentarios, inconexos, recogidos de alocuciones diversas, una versión de lo que el presidente busca comunicar por medio de innumerables mensajes, casi siempre sin éxito.

En tensión con los discursos y las gestiones del presidente, los distintos estamentos de la nación tercian en las discusiones con todo un arsenal de recursos comunicacionales a los que las costuras no se les notan menos.

La construcción de consensos no encuentra su lugar, el cálculo y la estrategia son los únicos recursos, la voluntad de la oposición de no hacer concesiones se estrella con la obstinación de un presidente que se arropa temporalmente en su identidad de revolucionario, mientras llega la siguiente oportunidad de salir una vez más a repetir una invitación a construir acuerdos que cada vez tiene menos poder.

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1 Comentario

juan abril 4, 2024 - 2:31 am

Jugando un poco al optimismo he pensado que esos discursos prolíficos, densos, siempre con referencias históricas ,que estamos escuchando desde la presidencia, de una u otra manera enriquecen, sofistican algo las discusiones políticas de los colombianos, para adláteres u contrarios, habrá que estar a la altura de cualquier discusión, saber de los lleras, de bateman, de josé Vasconcelos, de la huella ambiental …

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