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La locura de Trump: una distracción peligrosa

Escrito por Andrea Arango

Presidente de los Estado Unidos, Donald Trump.

Andrea ArangoDespués de sus declaraciones acerca de los sucesos de Charlottesville los medios se han dedicado a dudar de la salud mental del presidente y con esto han desviado la atención del problema principal: el racismo de los blancos frente a la diversidad en Estados Unidos.

Andrea Arango Gutiérrez*

Lo que dejaron las protestas

Después de las controversiales reacciones del presidente Donald Trump a la violencia desatada en las protestas de Charlottesville de hace dos semanas, comenzó a resurgir en los medios de comunicación la pregunta por la salud mental del mandatario.

La estrategia mediática de apelar a la enfermedad del presidente o de enfocarse en lo poco presidencial de sus declaraciones y decisiones es miope y contraproducente. Por un lado, desconoce que detrás de las declaraciones del presidente hay una racionalidad; por el otro, se concentra en la forma y deja a un lado los asuntos de fondo. Esto permite descuidar las cuestiones importantes y relegarlas al plano de una realidad al margen de la cobertura de los medios. Adicionalmente, deja en un segundo plano la necesidad de dar un debate serio acerca de la manera adecuada de conmemorar la historia de Estados Unidos.

En medio del debate entre quienes afirman la necesidad de borrar el pasado esclavista y quienes defienden la contextualización de la Guerra de Secesión (1861-1865), la ciudad de Charlottesville, Virginia, decidió retirar de un parque público la estatua del general Robert E. Lee, un héroe de la Confederación. Esta decisión popular de borrar el pasado no ha sido ratificada aún por un juez, de modo que la estatua sigue en pie.

Los defensores de la contextualización y del legado histórico del Sur, junto con activistas pro-blancos y de ultraderecha –defensores del nacionalismo blanco, de la supremacía de la raza blanca, neo-nazis y miembros del Ku Klux Klan–, ejercieron sus derechos a la libertad de expresión, de asamblea y de portar armas en público, y llevaron a cabo una manifestación el pasado 12 de agosto. Esta combinación de libertades resultó explosiva en el actual contexto de polarización.

En la noche previa a la protesta hubo una marcha de antorchas en el campus de la Universidad de Virginia, lo cual recordó las tácticas del Ku Klux Klan en contra de la lucha de los negros por obtener sus derechos civiles. Este hecho exacerbó los ánimos y agudizó la polarización. La contra-protesta de los defensores de la diversidad de identidades confrontó a la marcha de quienes buscaban la unión de la derecha y, posteriormente sucedió el trágico acto de terrorismo doméstico donde un simpatizante Nazi atropelló a la contra-protesta y dejó una persona muerta y diecinueve heridos.

El problema de fondo

Organización de extrema derecha, Ku Klux Klan
Organización de extrema derecha, Ku Klux Klan
Foto:  Wikimedia Commons

En el fondo de las confrontaciones hay dos ideas contrarias sobre lo que debe ser la nación estadounidense.

En la derecha están quienes defienden que el americano por excelencia tiene raíces europeas, es blanco, habla inglés y es protestante. En el lado izquierdo se encuentran quienes afirman que Estados Unidos es un país de inmigrantes no sólo provenientes de Europa, sino de todo el mundo. Estos últimos también consideran que ser americano no consiste en pertenecer a una etnia, puesto que en la tierra de las oportunidades y las libertades hay espacio para que muchas culturas convivan, produzcan y se mezclan entre sí y creen una identidad alrededor de ideales liberales como el libre mercado y el respeto a la diferencia.

Hay dos ideas contrarias sobre lo que debe ser la nación estadounidense quienes defienden que el americano tiene raíces europeas y quienes afirman que Estados Unidos es un país de inmigrantes

Desde 1960 los cambios demográficos, producto de fenómenos migratorios, han permitido un gran aumento de las razas no-blancas en relación con la raza blanca, que ahora es minoría entre la diversidad de razas y culturas que hay en Estados Unidos.

De hecho, el Partido Republicano, quien tiene en el corazón de su base electoral a la derecha que defiende una Norteamérica blanca, había aprendido a lidiar con esa desventaja demográfica con candidatos presidenciales siempre muy cuidadosos en el uso del discurso racial. Se creía que el triunfo de Barack Obama era el culmen de la consolidación de una nación diversa, el fin de la supremacía blanca y de la política del racismo en los Estados Unidos. No obstante, la presidencia de Donald Trump ha sido una clara reacción de los blancos frente a la cara cambiante de Estados Unidos.

El peligro de la distracción

Manifestación en Charlottesville en contra de actos racistas.
Manifestación en Charlottesville en contra de actos racistas. 
Foto: Wikimedia Commons

Las declaraciones de Donald Trump fueron controversiales porque se leyeron como una aprobación implícita de las acciones de la extrema derecha. El presidente condenó de forma general y ambigua el uso de la violencia e inicialmente no fue enfático en rechazar las acciones de la ultra derecha, sino que condenó a las dos partes haciendo énfasis en la violencia de lo que llamó la ‘ultra izquierda’, un concepto que no había sido usado antes para referirse a los defensores de la diversidad.

Adicionalmente, Trump afirmó que de lado y lado había “muy buenas personas” y que pensaba que no todos los manifestantes de la derecha eran neo-nazis ni supremacistas blancos, sino que también había defensores de la contextualización histórica y del legado de los monumentos de la Confederación.

Agudos analistas políticos como John Dickerson y Jeffrey Goldberg no hallan explicación racional a las declaraciones de Trump dentro de la lógica del costo-beneficio. Durante décadas el movimiento de la supremacía blanca no había recibido un favor político por parte de ningún presidente, y no esperaban recibirlo ahora a cambio del apoyo electoral a los candidatos republicanos.

Aunque es cierto que la base electoral del Partido Republicano está en parte compuesta por movimientos racistas, ningún presidente republicano en la historia reciente les había hecho un guiño político de este tipo. Ronald Reagan, así como Bush padre e hijo condenaron  explícitamente y de manera enfática a los movimientos neo-nazis y de supremacía racial. Teniendo en cuenta esto, los medios de comunicación no encuentran explicación racional para las declaraciones de Trump y han optado por preguntarse por la salud mental del mandatario.

Pero lo cierto es que detrás de las declaraciones de Trump sí hay racionalidad y coherencia. Tal vez no se trata de una racionalidad que balancee costos y beneficios, pero sí de una que tiene un claro proyecto populista y nacionalista impulsado por el exjefe de estrategia política de Trump, Steve Bannon, quien pagó el costo político de las declaraciones del presidente al ser despedido el pasado 19 de agosto.

La presidencia de Donald Trump ha sido una clara reacción de los blancos frente a la cara cambiante de Estados Unidos.

Al insistir en la irracionalidad de las declaraciones de Trump, los medios de comunicación se vuelven a equivocar como lo hicieron durante las elecciones al cubrir la figura de un candidato no convencional. Demuestran que no aprendieron nada de dichas elecciones. Como ocurrió durante la campaña presidencial, los medios están pasando por alto el motor de las acciones e inacciones de Donald Trump.

En ese entonces el asunto económico de la deslocalización de empleos parecía secundario para los medios en comparación con un candidato del mundo del espectáculo, pero en realidad fue fundamental para explicar el triunfo electoral de Trump. Ahora la reacción nacionalista frente al cambio demográfico es tratada como algo secundario en comparación con la existencia de un presidente enfermo o políticamente incorrecto.

El peligro de calificar de loco a un presidente que no condena enfáticamente a la ultraderecha es ignorar el problema cultural que hay en el fondo. Según la visión liberal imperante en los medios de comunicación norteamericanos parece simplemente que todo aquel que sea racista, defienda el antisemitismo, una idea de nación blanca o esté orgulloso de su pasado en el sur estadounidense está loco.

Tomarse en serio el desafío que Donald Trump y el movimiento del nacionalismo blanco representan para los ideales liberales de tolerancia frente a la diversidad implica afrontar los límites de las ideas que se suponían racionales y universales. El actual contexto de polarización en Estados Unidos invita a defender las ideas liberales con herramientas políticas y no lógicas.

La defensa de la tolerancia a la diversidad es un proyecto ideológico deseable para la mayoría norteamericana, que es multirracial. Existen ejemplos históricos que sirven para apoyar el proyecto liberal de esta mayoría diversa, y que resultan más efectivos que la estrategia mediática actual, que consiste en eludir los desafíos al liberalismo como si fuesen un sinsentido.

Además de ser más efectivo políticamente enfrentar el desafío de la ultraderecha que descalificarlo, también sería bueno hacerlo en el actual contexto norteamericano porque permite que se den dos debates pendientes:

  • El primero con respecto a la historia de Estados Unidos y su Guerra de Secesión, la manera de comprenderla y la necesidad de ser críticos con respecto a ella y algunos de sus protagonistas, como Thomas Jefferson y George Washington, quienes fueron poseedores de esclavos.
  • El segundo acerca de los límites de las libertades de expresión y asociación (Primera Enmienda) y de los peligros de juntar esas libertades con la libertad de poseer y portar armas (Segunda Enmienda).

* Politóloga de la Universidad de Antioquia, magíster en Ciencia Política de San Diego State University en California (SDSU), profesora de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Eafit. andrearango09-15@hotmail.com

 

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