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La inquisición científica

Escrito por William Duica
Inquisición científica

William DuicaLa mirada de un filósofo de la ciencia al debate sobre si la ministra Mabel Torres cree o no cree en el método científico -y a los errores en que incurrieron los periodistas-.

William Duica*

La idea de “inquisición científica” puede parecer paradójica. La inquisición fue creada para perseguir y castigar a quienes se apartaran de las creencias establecidas dogmáticamente por la iglesia; la ciencia en cambio floreció para albergar a quienes, suscribiendo ciertos compromisos, quisieran explorar más allá de los límites de lo conocido y ampliar nuestra comprensión del mundo.

Vistas como instituciones, ciencia e inquisición son entonces los extremos opuestos de la forma como podemos sostener nuestras creencias. Sin embargo, la idea de una inquisición científica fue lo que vino a mi mente cuando Mabel Torres, ministra de ciencia, tecnología e innovación, acabó siendo enjuiciada ante un tribunal de periodistas para responder por la pureza de su cientificidad.

¿Por qué el debate?

A diferencia de otros ministros de Duque, llamados a rendir cuentas por sus políticas deficientes o abiertamente ineptas, Mabel Torres, no fue citada al Senado para hacer un balance de su gestión.

El asunto comenzó por unas declaraciones en el programa de televisión “Cuatro caminos”, luego ampliadas en una entrevista en El Espectador. Así se supo de la decisión de la doctora Torres de suministrar una preparación basada en el hongo ganoderma en pacientes con ciertos tipos de cáncer.

“Hicimos –dice la doctora Torres- unos ensayos, de hecho, de elaborar una bebida líquida funcional con ganoderma y otros extractos de frutas del pacífico y esta bebida la tomaron algunos pacientes y tuvimos casos positivos de resolución” —para pacientes con cáncer de cérvix, seno y cerebro—.

Esta inocente declaración dio lugar a críticas que corresponden a dos ámbitos de la filosofía de la ciencia:

  • El ámbito metodológico, que establece condiciones y protocolos para la confirmación de hipótesis; y
  • El ámbito ético, que establece condiciones y protocolos para la prueba de procedimientos y sustancias en animales humanos y no humanos.

¿Se siguieron los protocolos que impone el método científico? ¿Se atendió debidamente a las consideraciones éticas?

Así, entre preguntas y contrapreguntas, comunicados, declaraciones, aclaraciones, cotejos de publicaciones, enmiendas y correcciones, esta polémica terminó dándole otro mérito a la doctora Torres.

Además del mérito de ser la primera ministra del primer ministerio creado para el desarrollo de la ciencia en Colombia, ahora tendrá el de haber sido el pretexto para que por primera vez en este país los medios masivos se ocuparan de un debate filosófico sobre la ciencia.

Esto en el fondo es una buena noticia. Si en Colombia la relación entre la ciencia y los medios de comunicación sigue así, estaremos a muy poco de parecernos —en este aspecto— a la Europa de mediados del siglo XIX. Es cierto que es más de un siglo y medio de atraso, pero peor es nada.

Puede leer: El caso de Mabel Torres: entre el conocimiento científico y el saber ancestral

“No hay evidencia concluyente”

La forma inquisitorial que tomó la polémica desembocó en preguntas que ponen en cuestión la probidad científica de la doctora Torres:

  • ¿Cuenta con evidencia suficiente para afirmar que el ganoderma contrarresta el desarrollo del cáncer?
  • ¿Su investigación ha sido sometida al análisis crítico de la comunidad científica a través de publicaciones especializadas?
  • ¿Es éticamente responsable saltarse los protocolos de prueba en animales y pasar a probar la sustancia en seres humanos?

Estas son preguntas absolutamente apropiadas para el caso y seguramente quien trabaje en ciencia las tendrá en cuenta. Sin embargo, el ánimo de algunos al citar artículos que muestran que no hay evidencia concluyente sobre la relación entre el ganoderma y el tratamiento del cáncer, era sugerir que el “bebedizo” —como lo llamó despectivamente una de las eminencias médicas del país—, crea irresponsablemente falsas esperanzas.

La filosofía de la ciencia distingue entre “no hay evidencia” y “no hay evidencia concluyente”.

No hay evidencia concluyente, es decir, no se puede afirmar con certeza que exista una relación entre la sustancia y la cura; luego, el bebedizo carece de soporte científico.

Inquisición científica

Foto: Pxfuel
Muchos reclaman a Torres no haber seguido el método científico al suministrar la bebida a pacientes con cáncer

Ese fue el “razonamiento” periodístico. Pero la filosofía de la ciencia distingue entre “no hay evidencia” y “no hay evidencia concluyente”. Incluso cuando no hay evidencia se tiene una hipótesis, una conjetura, diría Popper, y es justamente ahí donde empieza la indagación científica.

Por otra parte, tener evidencia que no es concluyente es la condición propia de la investigación de punta y generalmente se interpreta como “está abierta la puerta a seguir investigando” -que es exactamente lo que afirmó la ministra-.

La necesidad de la investigación sobre el ganoderma no se afecta en nada por la ausencia de evidencia concluyente. Así que ahí no está lo interesante de la discusión.

La herejía

Lo interesante está en el relato extracientífico, lo que los viejos filósofos de la ciencia solían llamar el “contexto del descubrimiento” y otros llamarían el contexto sociológico de la investigación.

Las críticas a la ministra se originaron en su propio relato acerca de lo que la llevó a tomar la decisión “crucial” de suministrar la bebida a pacientes con cáncer. Según cuenta, ella pasó por una etapa de “rebeldía” contra la labor científica y, en ese contexto, la decisión se basó en dos consideraciones: una, que los estudios de toxicidad no señalaban contraindicaciones; y la otra, presuntamente heterodoxa, que hay prácticas ancestrales que utilizan el ganoderma con fines terapéuticos.

Esto último es lo que la inquisición científica considera herético, una afrenta a los protocolos de la ciencia. El registro periodístico presentó esto diciendo que la ministra no cree en el método científico.

Lo que habría que decir es que la ministra no cree en lo que los periodistas creen que es el método científico.

Eso permitiría aclarar que el suministro de la bebida no está sustituyendo o pretendiendo ser la “prueba en humanos” del producto en cuestión. Es apenas un procedimiento para crear condiciones iniciales de observación. Se observó que existe una correlación considerable pero no concluyente donde se registran algunos “casos positivos de resolución”.

Es esta observación la que permite formular una hipótesis y abrir una investigación sometida a todos los protocolos científicos. El suministro de la bebida está situado al comienzo de la investigación, no está situado en medio del proceso como una “prueba en humanos”. Y mucho menos al final, como el hallazgo de una “cura del cáncer”.

En este punto es donde algunos exclaman ¡pero eso qué importa, les dio su menjurje a seres humanos y para hacer eso hay que cumplir con protocolos que pueden alargar el proceso a diez o quince años! Quienes objetan con este reclamo creen que para haber dado ese paso se necesitaba evidencia científica que la doctora no tiene.

El punto central para mi es que la doctora Torres basa su decisión en que hay un saber ancestral al respecto. Esa es la evidencia que considera válida para suministrar la bebida a los pacientes como un paso previo al desarrollo de la investigación.

Inquisición científica

Foto: Jardín Botánico de Bogotá
Los saberes ancestrales no son conocimientos inferiores ni compiten conocimiento científico.

Lea en Razón Pública: Una nueva educación para la ciencia

Sesgos y prejuicios

El prejuicio que está operando acá inadvertidamente consiste en pensar que, dado que el saber ancestral no responde a los protocolos del método científico, no es un verdadero saber, no es certero —ni hablar siquiera del mito de la certeza—.

Quienes creen eso, incluso si son científicos, están atrapados en un prejuicio epistémico. Un prejuicio que consiste en creer que sin método científico no hay conocimiento.

Pero la historia de la humanidad es la historia del conocimiento. Y si midiéramos esa historia como correspondiendo a un día, la historia de la ciencia y el método científico se mediría acaso en unos cuantos minutos, si bien maravillosamente creativos.

Las diversas formas ancestrales de conocimiento son saberes ocultos para nosotros, pero no por ello inexistentes. Tampoco son inaccesibles a nuestra comprensión, solo están temporalmente ocultos. No es cierto que tengamos que escoger entre saberes, pues parte de lo que es fascinante del conocimiento es que la unidad común de conmensuración es la humanidad.

Pero para acceder a esos saberes y complementarnos necesitamos dar un primer paso. Necesitamos poner ante nosotros esos sesgos implícitos que nos hacen ver las cosas de una cierta y única manera.

Este puede ser el caso de la inquisición científica que ha venido a juzgar a la doctora Mabel Torres. Un ejemplo de lo que la filósofa Miranda Fricker llama injusticia epistémica. El tipo de injusticia en el que incurren las sociedades cuando no cuentan con los recursos de conocimiento para comprender a alguien.

Quizá la doctora Torres, la ministra de Duque, la bióloga de la Universidad del Valle, la Ph.D. de la Universidad de Guadalajara, la mujer, la mujer negra, la estudiante de provincia, la científica que en su laboratorio trabaja con un bisturí oxidado, quizá esa persona no tenga inconveniente en sentarse en el banquillo a rendir cuentas.

De lo que debemos cuidarnos es de que el banquillo no quede puesto en la intersección de múltiples prejuicios que nos impidan comprender.

*Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia en el Departamento de Filosofía. Investigador en el grupo Relativismo y Racionalidad.

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Jorge Senior enero 28, 2020 - 5:10 am

Increíble que en la Nacional todavía haya un «filósofo de la ciencia» anclado al obsoleto relativismo al mejor estilo de Feyerabend, posmodernistas y decoloniales. Duica es incapaz de distinguir entre un conocimiento empírico y una superstición o diferenciar las implicaciones entre ser una investigadora cualquiera y ser ministra de CTI. Lo peor es que la falta de rigor en temas de salud tiene consecuencias desastrosas: cuesta vidas y sufrimiento.

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Arturo Vinueza enero 28, 2020 - 1:07 pm

Si bien la justicia epistémica es necesaria y un avance relevante en no dejar de lado los tratamientos tradicionales y probar su efectividad, se esperaría de la ministra, PhD, emplee para probar su terapia, ante la debilidad de la evidencia, justamente el método científico. Los casos y las series de casos inician las hipótesis pero el camino para decir que son efectivos, tratamientos ancestrales u otros, es largo y la doctora debería saberlo. Irse por las ramas y poner en mi primer plano los sesgos -mujer, afrocolombiana, provincia-, es desviar este debate importante para la ciencia colombiana y la confianza en el naciente ministerio.

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Jesús Tobar Sánchez enero 28, 2020 - 4:06 pm

Muy bonita la defensa que hace el profesor de las actividades de la ministra Torres, aunque a mí no me convence pues me parece que relativiza los hechos y desprecia el artículo de El Espectador que para mí gusto es bastante riguroso.
Por otra parte, las declaraciones de Torres en televisión no fueron en “Cuatro caminos” (RCN) sino en “Los Informantes” (Caracol). ¿Siquiera vio el profesor esas declaraciones completas?

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Mauricio Rincón F enero 28, 2020 - 8:18 pm

Desde los Nazis hasta hoy la ciencia tiene avances importantes en la ética para la “experimentación” en humanos. Lo remito al código de Nüremberg y a la declaración de Helsinki para establecer unos parámetros mínimos en la discusión del tema. La ministra parece que no los conoce.

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Aleida Jaramillo enero 29, 2020 - 1:03 am

Asumo que en un segundo artículo hará referencia al ámbito ético. Seria interesante ver su abordaje respecto a las criticas en este ámbito, que usted señala en el articulo pero que ignora en el resto del artículo.

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Andrés Páez enero 29, 2020 - 10:01 pm

No puedo estar más en desacuerdo con el artículo de mi colega y amigo William Duica. En primer lugar, la ministra no fue enjuiciada por un grupo de periodistas. Todas las academias científicas y de medicina del país han rechazado su nombramiento. Reducir el caso a un episodio mediático y hablar de «los errores de los periodistas» es ignorar que un gran número de científicos han formulado esas mismas críticas en múltiples escenarios. En segundo lugar, el problema en este caso no es que no haya «evidencia concluyente». Es que no hay evidencia. Punto. Para que algo sea evidencia, debe cumplir estándares fijados por la comunidad científica y las «pruebas» anecdóticas reunidas por la ministra no cumplen esos estándares. Así que afirmar que la evidencia no es concluyente, implicando que esa evidencia existe, es falso. En tercer lugar, Duica afirma que en este caso «se observó que existe una correlación considerable pero no concluyente». Para poder hablar de «correlaciones» debe haber control de variables, y aquí no hubo ninguno. Así que no se puede hablar de correlaciones ni fuertes ni débiles ni de ningún tipo. El resto del artículo trata de borronear el término «conocimiento» para acomodar los «saberes ocultos». Las discusiones sobre los saberes tradicionales tienen tanto de largo como de ancho y este no es el lugar para plantear el asunto. Lo que sí es un problema es que incluso si aceptáramos como conocimiento los «saberes ocultos», a la ministra la nombraron para que interactúe y coopere con la comunidad científica y dirija el gasto en investigación en ciencia tradicional. Si ésta no la considera una interlocutora competente, no puede llevar a cabo su función. Finalmente, me parece claro que esto no es un caso de injusticia testimonial. Plantear el asunto en esos términos es instrumentalizar la historia de racismo y sexismo de este país.

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Claudia enero 30, 2020 - 2:49 am

Si hay distintos tipos de conocimiento. El conocimiento ancestral no es suficientemente validado ni reconocido. Sin embargo, tal vez por tratarse de la primera ministerio de CyT, la comunidad científica se vio sorprendida por dicho reconocimiento mas teniendo en cuenta que a los investigadores en el área de las ciencias se les exige cumplir con los valores y los principios de la ciencia que en el contexto internacional es simultaneamente asimétrico, competitivo y de derechos de propiedad intelectual. Esas son las reglas que se nos impusieron con el acuerdo OMC-ADPIC y en este caso se nos olvida que en otro escenario el CDB, es allí donde se reconocen el conocimiento ancestral. Claro que este es menos poderoso. Solo se nos olvida quienes somos porque estamos obligados a jugar con las normas impuestas y asimétricas que son desde luego valiosas e inescapables.

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Andrés Páez enero 30, 2020 - 3:57 am

No puedo estar más en desacuerdo con el artículo de mi colega y amigo William Duica. En primer lugar, la ministra no fue enjuiciada por un grupo de periodistas. Todas las academias científicas y de medicina del país han rechazado su nombramiento. Reducir el caso a un episodio mediático y hablar de «los errores de los periodistas» es ignorar que un gran número de científicos han formulado esas mismas críticas en múltiples escenarios. En segundo lugar, el problema en este caso no es que no haya «evidencia concluyente». Es que no hay evidencia. Punto. Para que algo sea evidencia, debe cumplir estándares fijados por la comunidad científica y las «pruebas» anecdóticas reunidas por la ministra no cumplen esos estándares. Así que afirmar que la evidencia no es concluyente, implicando que esa evidencia existe, es falso. En tercer lugar, Duica afirma que en este caso «se observó que existe una correlación considerable pero no concluyente». Para poder hablar de «correlaciones» debe haber control de variables, y aquí no hubo ninguno. Así que no se puede hablar de correlaciones ni fuertes ni débiles ni de ningún tipo. El resto del artículo trata de borronear el término «conocimiento» para acomodar los «saberes ocultos». Las discusiones sobre los saberes tradicionales tienen tanto de largo como de ancho y este no es el lugar para plantear el asunto. Lo que sí es un problema es que incluso si aceptáramos como conocimiento los «saberes ocultos», a la ministra la nombraron para que interactúe y coopere con la comunidad científica y dirija el gasto en investigación en ciencia tradicional. Si ésta no la considera una interlocutora competente, no puede llevar a cabo su función. Finalmente, me parece claro que esto no es un caso de injusticia epistémica. Plantear el asunto en esos términos es instrumentalizar la historia de racismo y sexismo de este país.

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Ramón Castaño enero 30, 2020 - 1:00 pm

Excelente reflexión. Pero aunque el saber ancestral puede ser una valiosa fuente de hipótesis («conjeturas, diría Popper»), lo paradójico es que, para demostrar eficacia y seguridad, la mejor manera de hacerlo minimizando sesgos es observando con rigor el método científico. No en vano, y a pesar de lo que el autor llama prejuicio epistémico, el avance más rápido en la historia del conocimiento ocurre precisamente en la época de la ciencia y el método científico, como él mismo lo señala en este interesante artículo

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José correa enero 30, 2020 - 3:59 pm

Genial, una discusión que hacía falta dar. Supongo que es por la idoneidad de quienes ocupan los cargos. En este caso al ser una experta otros expertos la juzgan. Es curioso que cuando es alguien que no se dedica ni conoce el quehacer del ministerio pero administra, existen silencios sepulcrales. Interesantes puntos de vista. Muestra que lo ancestral debe estudiarse y no renegarse.

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Juan Manuel Jaramillo enero 30, 2020 - 4:32 pm

COMENTARIO AL ARTÍCULO “LA INQUISICIÓN CIENTÍFICA” DE W. DUICA PUBLICADO EN RAZÓN PÚBLICA EL 22 de enero de 2020

Juan Manuel Jaramillo U.
PhD en Filosofía
Profesor Jubilado U. del Valle

La recién nombrada Ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación, Dra. Mabel Torres, ha suscitado toda suerte de críticas al suministrar una bebida con ganoderma a pacientes afectados con algunos tumores malignos, sin seguir los protocolos aceptados en estos casos por la comunidad científica, en especial, por la comunidad médica. La Ministra argumentó como justificación de su práctica el saber ancestral, lo que originó un agitado debate entre este tipo de conocimiento tradicional y el conocimiento científico que ella como Ministra de la Ciencia, la tecnología y la Innovación debe impulsar.
El profesor William Duica de la U. Nacional de Colombia en su escrito “La inquisición científica” (Razón Pública, 22-01-2020) celebra que este tipo de discusiones tengan lugar , pues constituyen un pretexto para que -según sus palabras- “por primera vez en este país los medios masivos se ocuparan de un debate filosófico sobre la ciencia”, algo que es preciso destacar.
Pero para Duica -como se desprende del título de su artículo- lo que se ha hecho es montar un tribunal inquisitorio, de “inquisición científica”, para condenar a la Ministra, por afirmar, basada en el saber ancestral y sin ninguna evidencia concluyente, que la ganoderma lucidum es un medicamento antitumoral, algo que hasta el momento no ha sido científicamente comprobado.
En su artículo, el profesor Duica cuestiona los cuestionamientos a la Ministra que se han venido dando en medios periodísticos, desconociendo que muchas de ellos han sido realizados por personas de probada experiencia en la investigación científica, como es el caso del ex-rector Moisés Wasermann, o por asociaciones profesionales como la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina, ASCOFAME, alegando que se trata de “razonamientos periodísticos” en los que no es que la Ministra no crea en el método científico, sino “en lo que los periodistas creen que es el método científico”.
Para él, estos “razonamiento periodístico” solo apelan a la evidencia concluyente de las pruebas experimentales, desconociendo aquella otra evidencia que -según Duica- corresponde a las primeras etapas de la investigación científica y que, para él, tiene que ver con el “contexto de descubrimiento”, vale decir, con aquella fase de la de la investigación científica en la que se formulan las hipótesis, , pero de la que en ese momento no se dispone de una evidencia concluyente para la comunidad científica, como sí ocurriría en el “contexto de justificación”. El problema, sin embargo, es que esta evidencia, aunque hace parte del proceso investigativo, no constituye aún un fundamento verdaderamente científico como la que ofrece la evidencia concluyente cuando se han realizado las pruebas con protocolos científico exigidos y cuando sus resultados todavía han sido avalados y reconocidos por la comunidad científica, es decir, cuando ha habido un auténtico descubrimiento científico, pues no toda hipótesis que a alguien se le ocurra es un descubrimiento científico. Para que éste se de, es menester que esté lo suficientemente justificado con resultados experimentales, así no tenga una certeza y justificación apodíctica, , pues como se sabe, la ciencia -a diferencia de los dogmas- es siempre conjetural y revisable. Suministrar a las personas una bebida que supuestamente sería para la cura para algunos tipos de cáncer, sin tener una evidencia concluyente, no sólo es éticamente irresponsable, sino temerario, y no se puede justificar alegando -como lo hace el profesor Duica- que se trata “apenas [de] un procedimiento para crear las condiciones iniciales de observación” y que, como tal, es un procedimiento científico. Como bien lo expresa Harol Brown: “El contexto de justificación es parte del contexto de descubrimiento y no puede trazarse ninguna línea tajante entre descubrimiento y justificación”. Una propuesta científica [una hipótesis] sólo constituye un descubrimiento, cuando “cuando haya pasado suficientes pruebas como para llegar a ser, al menos durante algún tiempo, una parte del cuerpo aceptado de la ciencia”, como lo expresa este mismo autor.
Pero lo más preocupante del artículo del profesor Duica y que el mismo reconoce como el punto central de su escrito “es que la doctora Torres basa su decisión en que hay un saber ancestral al respecto” y que esa evidencia es “válida para suministrar la bebida a los pacientes como un paso previo al desarrollo de la investigación”. No se trata de pensar que el saber ancestral no constituya una forma de conocimiento valiosa y respetable, pero en modo alguno se puede decir es una forma de conocimiento científico, al menos como éste lo entendemos hoy. El conocimiento que nos proporciona la ciencia es un conocimiento susceptible de contrastación empírica (en el caso de las ciencias empíricas) o de demostración (en el caso de las ciencias formales).
El hecho de que la ciencia en su sentido moderno sea algo relativamente reciente y no tenga la longevidad de los saberes ancestrales, no constituye un argumento para su descalificación como parece Duica. A pesar de su juventud de la ciencia moderna (cuyos nacimiento tiene lugar en los siglos XVI y XVII de nuestra era) es, sin lugar a dudas, el mejor instrumento de que disponemos los seres humanos para resolver muchos de los problemas que nos aquejan y que nos preocupan. Sin ser la panacea, ella ha permitido resolver un espectro amplio de problemas que sin ella no hubiese sido posible.
El saber ancestral ciertamente es una forma de saber o de conocimiento que aunque valioso, es distinto del saber y del conocimiento científico, de suerte que no se puede afirmar sin más que este último sea simplemente una continuación de aquel. El hecho de que el saber ancestral y muchas de las formas de conocimiento tradicionales no se ajusten al los estándares y cánones de la ciencia, no les niega su carácter de saber como pretende afirmarlo Duica cuando habla del “prejuicio epistémico” de quienes defenden los procedimientos científicos. Tampoco se puede afirmar que todo saber, por el hecho de serlo, es válido, como parece desprenderse del texto de Duica: “[n]o es cierto que tengamos que escoger entre saberes, pues parte de lo que es fascinante del conocimiento es que la unidad común de conmensuración es la humanidad”. La anterior afirmación, además de ser enigmática e incomprensible, lo que sugiere es una forma de relativismo al mejor estilo de la metodología “anarquista” del “todo vale” fayerabendiano. En el conocimiento y, particularmente en el conocimiento científico pace Duica no todo vale, menos aún cuando lo que está en juego es la vida y la salud de las personas.
Nadie niega el carácter “oculto” del saber ancestral y en eso tiene razón Duica, pero para la verdadera comprensión de este carácter “oculto” se exige echar mano de la ciencia. Algunas plantas medicinales propias del saber ancestral -como podría ser el caso del ganoderma lucidum- pueden mostrar resultados prometedores en la cura de enfermedades, pero su uso generalizado exige realizar pruebas clínicas que demuestren su eficacia y. sobretodo, un conocimiento de sus componentes, algo que solo se podría hacer haciendo uso de teorías científicas como la bioquímica. Ciertamente la comprensión de ese componente “oculto” en el saber ancestral es algo que toma tiempo”, pero no constituye algo misterioso e inescrutable para la racionalidad científica. Por el contrario, es algo que ella puede develar y hacer comprensible. Gracias a la ciencia se han podido identificar y aislar aquellos componentes que nos dan la respuesta. No obstante, aunque la relación entre los componentes y la cura no se puede afirmar con absoluta certidumbre como parece sugerirlo Duica, en ella sí se puede establecer, gracias a la rigurosa experimentación científica, que determinada relación entre los componentes y la cura es, al menos hasta el momento, la relación más óptima y confiable. Como bien lo expresara el profesor Wasermann en su artículo sobre las sabidurías ancestrales a propósito del caso de la Ministra: “La llamada sabiduría ancestral nos puede sugerir donde buscar, pero sin la ciencia moderna es ir tras una aguja en un pajar”.
En suma, no se trata de colocar en el banquillo de la “inquisición científica” a la doctora Torres como lo sugiere Duica, y menos aún de negar el valor cultural y social que tienen ciertas prácticas en tanto saberes ancestrales valiosos. Lo que resulta preocupante es que quien ha sido nombrada para dirigir la nueva cartera de Ciencia, Tecnología e Innovación en nuestro país, apele, como única justificación del uso de la ganoderma, a los saberes ancestrales. Si esto lo hace respecto de su propia práctica científica, qué podemos esperar respecto de la promoción de la ciencia, la tecnología y la innovación, objetivo central de la cartera a su cargo.
Se hace necesario diferenciar claramente el saber científico de los demás tipos de saberes y desarrollar una auténtica política orientada a la promoción, uso, generación y divulgación de la investigación científica en nuestro medio como un objetivo central, sin que esto implique satanizar los saberes ancestrales, pero también sin hacer el debido reconocimiento al esfuerzo y dedicación de quienes, en condiciones las más de las veces precarias por falta de apoyo del Estado, han seguido disciplinadamente los protocolos establecidos y han producido significativos avances en los distintos campos del saber científico, algunos de ellos en la frontera del conocimiento.

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Mauricio Palacios Gómez enero 30, 2020 - 10:42 pm

La apreciación epistemológica de la «injusticia epistémica» no está bien aplicada en este caso. Se aplicaría si con base en que no se aplico un método de aceptación de hipótesis (puede ser el método científico), se concluya una falsedad sobre un conocimiento logrado de otra forma. En contexto, si los científicos colombianos condenan y consideran malas practicas las concepciones terapéuticas de un pueblo ancestral. Sería desconocer completamente una identidad cultural y de conocimiento. Sin embargo, la Dra Mabel no pertenece a el pueblo que origino ese conocimiento, fue formada con los principios de la investigación científica, y dejando a un lado el método científico, si debe apegarse a los principios éticos de investigación. El principio de autonomía es darle toda la información disponible (se dice información y no evidencia, porque la evidencia es certeza y en ciencia no la hay) sobre el tratamiento que va a recibir y que esa información es suficiente para que el investigador o un examinador concluya que el riesgo al cual esta sujeto el participante puede ser menor o igual al beneficio. si es mayor no es aceptable. Las pruebas de toxicidad realizadas son de características preliminares, utilizan sistemas vivos simples, y no permiten extrapolar directamente los resultados a mamiferos, ni a humanos. La pregunta a resolver, esa información es suficiente para establecer que no tiene riesgo? esa información es suficiente para que el participante tome la decisión? La respuesta es NO. La toxicidad a ese nivel solamente evaluara la toxicidad celular; pero no la toxicidad sobre muchos procesos bioquimicos que si pueden generar un efecto adverso o secuela. Por eso se requiere pruebas de toxicidad adicionales en mamíferos, y que una de las especias no sea roedor. Todo esto, afecta el otro principio, «no maleficiencia», porque no se contaba con el respaldo de conocimiento y un aspecto adicional. La dra Mabel incurría en impericia. No es médica, y eso le genera unas limitaciones importantes para establecer el riesgo propio del individuo hacia un tratamiento experimental, poder cuidarlo para detectar más que un logro positivo, que no se complique o enferme mas. La formación de la Dra. Mabel le permite conocer estos aspectos críticos de los experimentos con humanos; en el mismo sentido, no tiene el conocimiento ni la pericia de los chamanes, y médicos ancestrales para suministrar sin todo el conocimiento ancestral, el cuidado y la observación del participante. En pocas palabras, su proceder expuso de forma arriesgada a los participantes, no valoró el conocimiento ancestral porque lo manejo como una receta lograda en un costurero, sin reconocimiento de los autores, sin su permiso y su conocimiento. Igual que lo hizo con la profesión médica, que le parece innecesaria en estas situaciones. La injusticia eistemica es de la Dra Mabel hacia los dos campos de conocimiento que enfrento, no los acercó

Postdata. No puedo terminar sin un comentario que no disculpa pero que espero reconozcamos la viga en nuestros ojos antes de la astilla en el de los demás. Toda esta polémica contra la Dra Mabel pierde mucho valor cuando no es proporcionada. Cuando Postobón realizó experimentos con consecuencias graves con «cientificos» en niños en la Guajira, no se hizo ningún despliegue de todas las sociedades cientificas y no tenemos comunicados. Posiblemente tampoco culpables
https://www.elespectador.com/noticias/nacional/la-polemica-estrategia-de-postobon-en-la-guajira-articulo-739183
https://www.vice.com/es_co/article/vbpb8m/postobon-pruebas-laboratorio-ninos-guajira-nutricion-bebidas-liga-contra-silencio
https://www.infobae.com/america/colombia/2018/02/16/polemica-por-una-empresa-de-bebidas-que-experimento-con-mas-de-3-000-ninos-vulnerables-de-la-guajira/

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Doris Bohórquez enero 31, 2020 - 2:50 am

Mis respetos a la doctora Torres, ella tiene el conocimiento, y respeto los conocimientos ancestrales.
En la naturaleza están todos los elementos químicos que los organismos vivos requieren en su ciclo de vida.
Pero ciertamente hay que enfrentar la ignorancia de los casa-noticias, la mafia del sistema farmacéutico y de los que sólo opinan porque sí.
Yo sí creo en los métodos alternos a los existentes en tratamientos del cáncer. Entre ellos una alimentación balanceada, sin chatarra industrializada.
Y mantener el cuerpo con un PH alcalino, lo cual se consigue comiendo natural no industrializado.
El ganoderma tiene excelentes propiedades. Tienen que investigar.
Estudien, lean, investiguen.
Vuelvo y manifiesto mi apoyo a la doctora Torres.

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Roberto Ávila febrero 9, 2020 - 10:50 pm

Es decepcionante la argumentación de Duica: un intento de revivir al peor Kuhn y a Feyerabend. Es triste que en nuestro país la filosofía se haga cómplice de esas formas del irracionalismo con la muy endeble disculpa de que son aceptables las múltiples formas de conocimiento. Todo saber puede ser valioso, en efecto, pero no se puede desconocer que la ciencia es muy superior a cualquier otra forma de conocimiento, es decir, es la fuente de las mejores explicaciones que tenemos sobre la realidad.

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