La implacable y lúcida poesía de Flóbert Zapata - Razón Pública
Inicio TemasArte y Cultura La implacable y lúcida poesía de Flóbert Zapata

La implacable y lúcida poesía de Flóbert Zapata

Escrito por Darío Rodríguez

Vista nocturna del municipio de Filadelfia, lugar de nacimiento del poeta Flóbert Zapata.

Dario_RodriguezEste autor colombiano escribe una poesía descarnada que no por eso deja de mostrar belleza. Una poesía que ayuda a afrontar la realidad, no a escapar de ella, y que puede ser un gran aliado de la memoria y la reconciliación en el camino que nos espera.

Darío Rodríguez*

Poesía de la realidad

Flóbert Zapata es un poeta incómodo. Nombra asuntos molestos. Daña todas las escapatorias que nos inventamos para huir durante breves momentos de los temas fundamentales: la cargante existencia, los tiempos áridos del amor, el rigor, la casi responsabilidad de morir.

La suya es una poesía rara en un país de poetas siempre al borde de la declamación, del sentimentalismo disfrazado de erudición o intelectualidad. La poesía de Zapata es dura de acatar y de roer en nuestros ámbitos literarios, engolados y solemnes. Si es un golpe de mazo a las mejillas leer sus versos en silencio, no debe ser muy agradable oír en público, y sin ganas de aplaudir, textos como este:

Cada cinco mil años
parpadearás vertiginosamente.
Cada cinco millones de años es posible
que se active en tu rostro
una sonrisa apenas insinuada.
No despertarás nunca.

Desde luego, el optimismo fácil y los impulsos para afrontar el combate de la vida con entusiasmo brillan por su ausencia en esta obra. Más bien puede percibirse en ella la experiencia de la mortalidad con todo su peso sensorial. Los olores que no logran ocultarse, los tedios irresolubles manifestados en el hambre, nuestro paso por este mundo como una anécdota que se va olvidando, entre penurias y dolores físicos.

Poca melancolía lírica, poca metafísica impostada. Mejor, la angustia materializada al estilo colombiano: interminables filas bancarias, sepelios de víctimas del conflicto, nostalgia del aguardiente tras el deceso, amarga trova antioqueña para escribir un réquiem, villancicos con hongos.

La muerte cotidiana

El poeta caldense Flóbert Zapata.
El poeta caldense Flóbert Zapata.
Foto: Flóbert Zapata Blogspot

La idiosincrasia y las manías del país reciben gran parte del crédito en sus líneas. Flóbert Zapata les da un giro de elegía, de respetable –y sagrado– canto funeral a lo rutinario, al moho y a los gestos ocultos de la “colombianidad” hasta concederles el sello literario adecuado, el de unas imágenes que el lector no olvida porque lo lastran y lo avergüenzan.

Escenas típicas se vuelven, de pronto, hallazgos. Como en el poema donde dos niños cuchichean delante de un cadáver.

-¿Por qué guarda silencio?
– No ves que está tratando de recordar su nombre.

El esfuerzo de la evocación y de la permanencia es realizado por el difunto, no por sus deudos, ante la mirada segura de dos pequeños, dos inmortales. Una certera y breve alegoría de la impunidad. El poema también habla del ejercicio de memoria delante de quienes sobreviven al desaparecido, observadores responsables de preservar las huellas de los que han vivido, y es un cuadro muy propio de la provincia colombiana, donde los niños no están alejados de la muerte como fenómeno corporal.

El recurso a lo cotidiano ha sido tratado con nobleza en nuestra literatura y viene ya desde la graciosa aldea pueblerina del cartagenero Luis Carlos López, pasa por el refinado Rogelio Echavarría, el poroso Mario Rivero –poetas del eterno desorden urbano– hasta enmarcarse en autores cercanos en edad a Zapata, como Rubén Darío Lotero, Helí Ramírez o Rubén Vélez. Casi podría hablarse de una pequeña tradición poética colombiana que se ha servido de lo espurio y del óxido de la vida diaria.

Y es por ahí, por el confuso tratado del día a día, por donde deberían empezar a leerse los textos de Flóbert Zapata, quien pertenece por derecho propio a esta tradición. Ante todo desde lo que callamos por pudor, entre el magma de obligaciones y momentos desangelados. Eso que repugna a la conversación de la mal llamada “gente decente” y que es, en realidad, la poesía: la descomposición corporal y del espíritu, la inmensa necedad de nuestras pretensiones cuando se enfrentan al ocaso y a la caducidad.

Porque por lo menos desde Baudelaire hasta esta parte, las búsquedas de la poesía no están centradas exclusivamente en parámetros clásicos de belleza. Más aún, encuentra luces y  esplendores entre los horrores o las simplezas. Por esto un poeta como Zapata le hace a la vez dos favores al lector ocasional: devela una riqueza agazapada entre lo mórbido de funerales, féretros y aflicciones por la muerte, y ayuda a observar a la misma muerte con cierta aspereza preparadora de la valentía, sin aprensiones, cara a cara:

    Para salvaguardarla de ladrones,
    a la costosa lápida, importada,
    la han protegido con una reja de hierro.
    Más parece, al final, que se tratara
    de un sangriento asesino y el ciego cautiverio
    de cemento y ladrillos no fuera suficiente.

El aporte de la literatura

El poeta antioqueño Mario Rivero.
El poeta antioqueño Mario Rivero.
Foto: Biblioteca Luis Ángel Arango

Aunque parece paradójico, esta es la lectura precisa para las situaciones que Colombia está viviendo. Entre cátedras de paz escolares, movilizaciones de la sociedad civil para apoyar los diálogos de paz del gobierno con las FARC, meditaciones sobre el posconflicto (lo que quiera que signifique realmente esta palabra) y a la espera de un plebiscito donde se sabrá si la ciudadanía aprueba o no los acuerdos, es poco lo que se ha dicho acerca del papel de las artes en temas específicos como la reconciliación, el perdón y la protección de la memoria.

La nuestra no es una guerra susceptible de ser reducida a modestos guiños históricos. Hablamos de un conflicto de cinco décadas con daños irreparables en casi todos los órdenes y un escalofriante saldo de seis millones de víctimas. Las heridas son vastas y muchas siguen abiertas.

No sería muy recomendable acometer la reflexión nacional a propósito de este nuevo comienzo acudiendo a las abstracciones de siempre, a eufemismos o a lemas sonoros pero vacuos. La agudeza de la guerra y la contundencia de sus secuelas exigen gestos poderosos que exorcicen, ayuden a comprender y purifiquen los efectos del desastre.

La literatura es una herramienta eficaz a la hora de dar testimonio y de no permitir el olvido. Pero no cualquier literatura. Fenómenos complejos como la paz y el perdón suelen ser capturados e instrumentalizados por un periodismo aleve que goza exhibiendo atrocidades (y que es presentado equivocadamente como literatura por su cercanía con la crónica) o presentando relatos pueriles que reducen la infamia bélica a un conflicto entre buenos y malos.

Si de encarar la barbaridad se trata, nada mejor que una literatura a ras de suelo, temeraria, sin contemplaciones. Por ejemplo, la literatura despojada de adornos que escribe Flóbert Zapata, una cura de espanto, un rudo y severo alivio de luto. Gracias a la procacidad y al desparpajo de estos versos es posible que un lector asuma mejor, de una manera más directa y sin paños de agua tibia, cuánto debe recordar y en qué medida tiene que enfrentarse al tema de la redención hacia los victimarios.

El poeta incómodo

Flóbert Zapata nació en Filadelfia (Caldas) en 1958. Fue profesor de instituciones educativas por muchos años. Se hizo célebre entre lectores universitarios hace dos décadas (cuando aún se leía poesía y literatura en las universidades colombianas) por culpa de un libro descaradamente adolescente, festivo y por supuesto cercano a la cotidianidad, titulado Después del colegio. Los textos aquí citados forman parte del que quizás sea su libro emblemático, Ataúd tallado a mano, publicado en Caracas por el Fondo Editorial Fundarte en 2015.

Al igual que su poesía, es un hombre adusto y directo en sus opiniones. Tal vez por eso no ha querido pertenecer a esas logias especializadas o de floritura que distinguen a muchos poetas colombianos. Sigue escribiendo una obra que se ubica sin problema entre lo más valioso de la literatura nacional de la actualidad. Sin alardes de ninguna clase. Sin hacer ruido. Como debería ser todo poeta que tomara con seriedad su oficio.

Se dijo al principio que Zapata es incómodo. No obstante, la incomodidad no excluye el hecho de que algunos de sus poemas sean una medicina. Incluso por descarnados se vuelven necesarios. La conjunción entre la vida, el amor y la muerte, que asedian a toda su producción, puede verse en el siguiente texto que sirve como puerta de salida para esta nota:

    La vida siempre se negó a decirme
    las cosas que sabía.
    Debió habérmelas dicho
    con claridad,
    una a una y despacio.
    Pero no, me las dijo
    todas juntas la tarde
    en que murió mi padre.

*  Escritor y editor, columnista de www.cartelurbano.co 

twitter1-1@etinEspartaego

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies