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La educación rural: el problema no es apenas la conectividad

Escrito por Jairo Arias
Educación rural

Urge pensar en programas de educación rural que se acojan a las experiencias colectivas de los campesinos, los afros y los indígenas.

Jairo Arias Gaviria*

Problemas de conexión

La crisis que vivimos ha obligado al sector educativo a replantear sus prácticas y adaptarse a la virtualidad en poco tiempo para mantener la continuidad de los programas académicos.

Pero el panorama de las ciudades principales dista de la realidad rural, donde el acceso a internet, a computadores y a capacitaciones sobre el uso de plataformas digitales es bastante limitado.

El primer factor importante es la mediación de la tecnología en el proceso educativo y las limitaciones de conectividad en sectores rurales. El DANE encontró que para 2019 el 74% de la población rural carecía de acceso al internet. Si hablamos de conectividad, el país tiene una gran deuda con el sector rural.

Pensar esta cifra en términos de población escolar rural implica dilemas profundos para el sector educativo. El panorama se complica al reconocer la importancia de la virtualidad para la educación en estos tiempos. Quizás exista la conexión en cabeceras municipales, pero no es allí donde se encuentra la gran mayoría de las escuelas rurales.

En los países de la OCDE, la velocidad de carga y descarga está en un promedio de 17 Mbps. En Colombia según los reportes del MinTIC para el 2020, producto de la emergencia causada por la COVID-19, es de 3,6 Mbps.

Sin una mejoría drástica en la velocidad del internet y en las condiciones físicas para el acceso, será imposible hablar, no ya de conectividad, sino de tecnología 5G, como quisiera el MinTIC que tuviéramos los colombianos.

Por otro lado, en marzo del 2020, el DANE reveló que cerca del 56% de los docentes no tienen plataformas digitales en su entorno educativos, y esto por supuesto dificulta su labor en tiempos de pandemia.

La brecha digital es entonces la diferencia entre aquellas personas y grupos que tienen acceso a recursos tecnológicos de telecomunicaciones e internet, y aquellos que no. La distancia se mantiene en recursos no materiales, como conocimiento, capacitación y manejo de programas, aplicaciones y plataformas. El reto es cerrar un poco la brecha.

Programa e educación rural

Foto: Alcaldía de Tuluá
¿Vale la pena un programa de educación rural?

Puede leer: Los retos de la educación virtual en la era del COVID-19

El agro y la educación rural

El segundo aspecto corresponde al protagonismo que la educación rural da al agro y que resulta, en varios casos, confuso y poco pertinente.

Hoy el agro se caracteriza por las pérdidas en productos que tienen baja rentabilidad, por sus altos costos de producción y el escaso mercado dentro del país, pues debe competir con las importaciones de alimentos que aumentan día a día. Siendo así, ¿para qué enseñar el funcionamiento del agro en las escuelas rurales?

Urge buscar maneras de vincular adecuadamente el agro con los proyectos educativos y dejar de lado aquellas propuestas que favorecen más a la industria y al mercado que a los estudiantes. Esto implicaría un cambio drástico en el currículo en las escuelas rurales, así como una inversión de recursos económicos que permita la reforma.

La pobreza y marginalidad de la población campesina, así como las precarias condiciones de las escuelas rurales, aceleran la migración de jóvenes a la ciudad, en búsqueda de oportunidades para mejorar sus condiciones de vida.

Este problema se ve reforzado por el horizonte urbano de la educación en general. Los contenidos, las metodologías y la formación de los maestros se dirigen a un proyecto de urbanización que, en contextos rurales, abre la brecha entre escuela y comunidad.

Si la política agraria mejorara sus condiciones sociales y de inversión, los jóvenes campesinos tendrían una motivación más sólida para dedicarse al agro. Además, verían en sus escuelas un proyecto de vida con sentido, contrariamente a lo que hoy se vive en las escuelas rurales.

Esto nos lleva al siguiente reto: evaluar detenidamente la pertinencia de los programas de cobertura para educación rural que desde mitad del siglo pasado aparecieron como fórmula para garantizar la educación a lo largo y ancho del país. Más allá del aporte que lograron en su momento, no se recurre a ellos como un apoyo o solución a los problemas actuales.

Si bien estos programas siguen siendo la bandera dentro del Programa de Educación Rural (PER), parecen no ser el grueso de lo que se imparte en las escuelas rurales. Aunque tales programas han hecho su parte, no podemos esperar que sean la única apuesta del Ministerio de Educación para enfrentar las actuales dificultades. Así queda en evidencia la falta de una verdadera política educativa rural.

Escuela rural, ¿economía o pedagogía?

No menos importante es la asignación presupuestal para el sector rural. Como la agricultura no es considerada como prioritaria, el sector no recibe los recursos que le permitan actuar frente al desempleo, la informalidad laboral o, yendo más lejos, contemplar la creación de una universidad rural. Se sigue promoviendo la idea de la ciudad como el modelo de desarrollo ideal.

educación en el campo

Foto: Colombia aprende
Existe una gran deuda con la ruralidad del país en conectividad

Cuando se da a conocer el crecimiento del PIB en el sector rural, se mencionan la exportación de carne y de productos como el azúcar y el aceite de palma, que pertenecen a las mega industrias nacionales. ¿Esa es la economía que vincula a los pobladores rurales? ¿Cuál es el lugar que ocupan los campesinos, los afros, los indígenas y los pescadores?

Cuando la inversión para el sector y la educación rural se inspire en una concepción distinta del desarrollo nacional, quizás podríamos hablar de un programa serio de educación rural.

Se desprende de aquí el último reto, que consiste en construir una pedagogía rural como opción para las mallas curriculares de las escuelas rurales. Esta pedagogía debe enunciar con mayor claridad la vida cotidiana en los campos de Colombia, sus saberes y sus prácticas, así como sus experiencias colectivas.

Asimismo, debe tomar distancia del horizonte urbano de la educación, orientado a la producción, al mercado del conocimiento y a la competitividad. Este modelo urbano deja de lado la realidad colectiva de las comunidades y se enfoca en crear esclavos modernos.

Esto no quiere decir que lo rural no tenga una estrecha relación con lo urbano, todo lo contario. De hecho, la evolución de la escuela rural ha dependido del manejo urbano de la economía.

Lea en Razón Pública: La educación en el gobierno Duque

Ahora debemos asumir el reto de repensar la escuela rural dentro de su contexto y con sus propias necesidades. Reto que también les incumbe a la política educativa y a todos los actores del proceso de enseñanza – aprendizaje. En el caso de los docentes, esta reflexión es casi obligatoria para tener programas dirigidos a los distintos sectores de la población.

Se necesitan programas educación propia en los resguardos indígenas, donde el abandono es el pan de cada día. En las poblaciones campesinas, para que los miembros de la comunidad sean reconocidos como sujetos de derechos y puedan llevar a cabo sus propuestas de fortalecimiento y expansión de la economía campesina. Programas para que las poblaciones afro se libren de los agravios racistas que todavía existen en Colombia.

*Docente Universidad Pedagógica Nacional, Magíster en Educación. Lingüista vinculado a procesos de investigación social, movimientos sociales y procesos educativos en la ruralidad.

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