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La educación que tenemos según el informe de la OCDE

Escrito por Francisco Cajiao

Colegio en el municipio de San José, Caldas.

Francisco CajiaoEl más reciente informe internacional sobre la educación en Colombia reconoce varios avances en los programas educativos. Pero el rezago es tan grande que habríamos de triplicar los esfuerzos para llegar a algún lado.

Francisco Cajiao*

Bien pero mal

Según el más reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre la educación en Colombia, hay una noticia buena y una mala. La buena es que Colombia ha mejorado mucho en la última década. La mala es que seguimos  muy atrás en relación con los países más desarrollados o con los similares de América Latina.

El estudio tiene cinco capítulos:

  1. Características generales del sistema educativo colombiano,
  2. La educación inicial y la atención a la primera infancia,
  3. La educación primaria y básica secundaria,
  4. La educación media,
  5. La educación superior.

Cada una de estas partes es extensa y detallada, de manera que no resulta sencillo profundizar en todos los capítulos. Conviene si aludir a algunos de los problemas más agudos y a las recomendaciones particulares que resultan del diagnóstico del cual parte el informe. Para empezar cito el comienzo del resumen ejecutivo del texto:

“En las últimas dos décadas, el sistema educativo colombiano ha experimentado una transformación fundamental. El acceso a la educación ha sido una prioridad, con políticas ambiciosas que buscan incrementar el número de estudiantes matriculados en todos los niveles y llevar los servicios educativos a todos los rincones del país. En solo una década, la esperanza de vida escolar ha aumentado dos años, y la participación en la Atención Integral y Educación de la Primera Infancia (EIAIPI) y la educación superior se ha incrementado en más del doble; hasta el 40% y 50% respectivamente.

Un mayor enfoque en los resultados del aprendizaje ha conducido a grandes reformas de la profesión docente y al establecimiento de un sistema de evaluación sólido. Una mejor gestión y distribución de los fondos han sentado las bases para tener un sistema más eficaz y satisfacer las necesidades de un país tan diverso. Las consultas nacionales sobre la reforma educativa han despertado un fuerte compromiso de la sociedad para mejorar el sistema. En conjunto, estas políticas han llevado al sistema educativo colombiano a un punto de inflexión, justo antes del posconflicto”.

El más quedado del salón

Colegio San José en el Corregimiento Carraipia, La Guajira.
Colegio San José en el Corregimiento Carraipia, La Guajira.
Foto:  Gobernación de la Guajira

El problema consiste en que venimos de muy atrás, y el ritmo al cual venimos progresando es demasiado lento para llegar al menos al nivel de países como Chile y México. Si se tratara de una carrera de ciclismo, es como si hubiéramos partido dos horas más tarde que los otros, con un equipo mediocre y con bicicletas obsoletas.

Lo menos importante es si podemos ingresar o no a la OCDE. 

Eso se aprecia en datos como el siguiente: entre 2000 y 2012-2013, la proporción de niños matriculados en educación preescolar (los programas para niños menores de la edad de ingreso a primaria, pero con un componente educativo) aumentó del 36 al 45 por ciento, una cifra aún muy inferior al promedio de la OCDE (84 por ciento).

Esta cifra es la mitad de la que suele encontrarse en países desarrollados. Pero es mucho más grave si se tiene en cuenta que semejante atraso es el fruto de decisiones de Estado que negaron a los niños el derecho a una buena educación inicial.

En efecto, la Ley 115 de 1994 estableció que en Colombia se debían ofrecer tres grados de preescolar, iniciando el primer nivel a los tres años de edad. El gobierno de Andrés Pastrana hizo una reforma constitucional que modificó el sistema de financiación de la educación y se expidió la Ley 715 de 2001, mediante la cual este derecho quedó confiscado. Se necesitó más de una década para volver a entender que la profunda inequidad que marca toda nuestra estructura social se inicia en ese momento.

Sobre este punto el informe de la OCDE es muy tajante, al señalar que el 61 por ciento de los niños de familias privilegiadas (en el quintil superior) asisten a educación privada en la primera infancia (jardín preescolar) en comparación con el 2 por ciento de los niños de las familias menos favorecidas, y que “un estudiante del nivel socioeconómico más bajo (estrato 1) tiene una esperanza de vida escolar de 6 años, es decir, la mitad en comparación con un niño del nivel más alto (estrato 6) y es mucho más probable que esté fuera del sistema escolar”.

También afirma que el origen socioeconómico y el nivel educativo de los padres de familia tiene un efecto decisivo sobre los logros de los estudiantes en Colombia, pues solo el 9 por ciento de los jóvenes más pobres entre los 17 y los 21 años está matriculado en la educación superior, en comparación con el 62 por ciento de los más privilegiados.

En relación con la educación inicial, lo menos importante es si podemos ingresar o no a la OCDE. El problema es si Colombia tiene alguna posibilidad de vivir en paz con semejante caldo de cultivo para la inequidad y la violencia.

Otro dato importante del informe: entre 2002 y 2012-2013, las tasas netas de matriculados aumentaron del 59 al 70 por ciento en básica secundaria y del 30 al 41 por ciento en educación media.

Ese incremento es bueno, pero el 70 por ciento de niños de primaria que están en el grado que les corresponde por edad no es para nada satisfactorio, como tampoco lo es que apenas el 41 por ciento de los chicos de básica secundaria cumplan esta condición.

En otra parte se indica que aunque la tasa de deserción en este tramo se ha reducido a más de la mitad entre 2002 y 2013, la proporción de niños que no están estudiando ha aumentado del 4 por ciento en 2000 a 9 por ciento en 2010 y uno de cada cinco estudiantes no continúa estudiando después de la primaria.

La principal razón para tener un indicador tan mediocre en la cobertura neta es la altísima tasa de repetición, pues Colombia tiene la mayor proporción de repitentes entre todos los países que participan en la prueba Pisa.

Esto, sin embargo, no representa ninguna mejora en los niveles de calidad, como han sostenido algunos líderes del magisterio. Por el contrario, los jóvenes que a sus quince años se mantienen en el sistema muestran un desempeño de tres años por debajo de los jóvenes de los países de la OCDE.

El informe señala que hay demasiados estudiantes que no progresan adecuadamente, repiten curso o abandonan la escuela y que un 41 por ciento de los jóvenes de 15 años han repetido algún curso, una práctica que se ha demostrado en la mayoría de los países como “ineficaz y costosa”.

A esto se añade que el nivel de preparación de los docentes en todos los niveles es muy preocupante, se detecta la ausencia de un currículo único operante y un sistema desarticulado y con una descentralización a medio camino.

Las recomendaciones

Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá.
Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá.
Foto: nicolasgalindo

Queda muy claro que el mayor desafío que tiene Colombia es avanzar en un sistema educativo capaz de propiciar mayores niveles de equidad. Es indispensable romper los determinismos que condenan a millones de colombianos a la pobreza por deficiencias educativas, tanto en el ingreso como en la calidad que se les ofrece a lo largo de la vida, especialmente en la educación pública.

El nivel de preparación de los docentes en todos los niveles es muy preocupante.

Para los analistas que desarrollaron el informe, “la inminente renovación del plan decenal de educación del país es una oportunidad para que Colombia diseñe una agenda para la reforma a largo plazo del sector”.

Esta recomendación seguramente responde a la necesidad de involucrar nuevos sectores de la sociedad en la discusión sobre la educación, pues mientras esto no ocurra será muy difícil superar las tensiones entre las propuestas del gobierno y una dirección sindical cada vez más anquilosada en planteamientos que, lejos de contribuir a superar las grandes brechas sociales, ahondan la desigualdad.

Es evidente que los más altos grados de repetición y deserción se concentran en la educación pública. Pero hay una gran resistencia a discutir de forma positiva nuevas condiciones laborales para el establecimiento de la jornada única y hay una fuerte resistencia hacia los mecanismos de evaluación institucional y profesional.

Bajo estas premisas se hace muy difícil adelantar un diálogo permanente y constructivo en el cual la voz de los maestros experimentados y mejor preparados sea escuchada.

Adicionalmente, se recomienda avanzar decididamente en la descentralización, pues “el potencial del gobierno descentralizado de Colombia solo será alcanzado si los gobiernos locales tienen la capacidad para mejorar el aprendizaje en las escuelas y colegios, y si los múltiples actores involucrados en la educación trabajan juntos hacia las mismas metas”.

Desde luego, Colombia necesita invertir mucho más en educación, pues la brecha educativa no se puede cerrar sin un gran esfuerzo financiero. Sin embargo, ninguna inversión, por cuantiosa que sea, tiene oportunidad de crear progreso si no hay condiciones políticas e institucionales adecuadas.

Es necesario tener mejores profesionales en jardines, colegios y universidades y para ello debe mejorarse la remuneración, pero condicionada a un desempeño y a unos resultados que deben ser verificados. Lo mismo debe decirse de la inversión en educación superior o en cualquier otro aspecto como la alimentación, el equipamiento o la infraestructura. Peor que un bajo presupuesto es una mala e ineficaz inversión de cuantiosos recursos públicos.

 

* Filósofo, magister en Economía. Consultor en educación, ex Secretario de Educación de Bogotá y columnista de El Tiempo.

 

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