La educación cívica: ¿un anacronismo? - Razón Pública
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La educación cívica: ¿un anacronismo?

Escrito por William Duica

Antanas Mockus, promotor de la educación ciudadana.

Wiliam_DuicaLa directriz del presidente a su nueva ministra fue muy mal entendida. No se trata de volver a enseñar la urbanidad de Carreño sino de educar para la convivencia y para vivir dentro de las instituciones de un Estado de derecho.  

William Duica*

Educación para la paz

Hace unos días se posesionó Yaneth Giha Tovar como ministra de Educación en reemplazo de Gina Parody. Pero esta no es la noticia; es un detalle que habría podido pasar inadvertido en el registro noticioso de estos días tan congestionados. Y sin embargo el hecho dio lugar a editoriales y a columnas de opinión en varios periódicos del país.

Ese interés inusitado se debió al encargo que el presidente Santos dejó en la cartera (ministerial) de Giha. El discurso de Santos se enfocó en el hecho de que Colombia está pasando por un momento que demanda una particular atención al tema de la educación: “estamos ahora con la paz y necesitamos tener una mejor educación para la paz”. Así de simples – y sensatas- fueron sus palabras.  

El presidente ve con toda claridad que su esfuerzo por lograr una “paz estable y duradera” no puede reducirse al Acuerdo con las FARC y no puede limitarse a planear la compleja inclusión de la insurgencia en la vida política y civil. Santos sabe que la “paz estable y duradera” depende de que haya una sociedad educada para vivir en paz. Sin esa educación no se producirán los cambios culturales que requiere la paz y -dijo el presidente- “(…) dentro de esa educación para la paz yo quisiera que se incluyeran estándares de lo que a mí me enseñaron, creo que eso se ha olvidado en los colegios, educación cívica”.

¿Más cátedras?

Centros de convivencia ciudadana.
Centros de convivencia ciudadana.  
Foto: Ministerio de Justicia y del Derecho

Educar para la paz es una necesidad indiscutible. Pero la idea de que crear una cátedra sea la mejor manera de acercarse a este propósito resulta sumamente debatible. Eso de llenar de cátedras los programas de enseñanza básica y media con la esperanza de producir transformaciones profundas en la mentalidad de los jóvenes ya ha demostrado ser un fracaso.

Por eso las palabras de Santos dieron pie a algunas reacciones críticas. No  por darle relieve a la educación para la paz, y ni siquiera porque esta iniciativa se hubiera concretado mediante un giro nostálgico del presidente acerca de su propia educación. ¡¿Quién podría tener reparos contra la buena educación de Santos?! Todos hemos visto de qué manera soportar a Uribe, a Ordoñez, a Ramírez y Pastrana ha demandado más de sus buenos modales que de sus buenas razones.

La “paz estable y duradera” depende de que haya una sociedad educada para vivir en paz. 

Es más bien esa tendencia mecánica de tratar de resolver problemas de fondo en la educación mediante el simple cambio en contenidos curriculares lo que parece criticable.

Educación cívica y buenos modales

Algunos críticos afirmaron que Santos ha propuesto volver al Manual de urbanidad de Carreño. La verdad es que en su discurso no hay ninguna alusión a ese hito de la cultura latinoamericana del siglo XIX. De lo que habla es de que “tenemos que rescatar esa educación cívica, que es también parte de la educación para la paz”. Así que debe haber una confusión entre quienes leyeron el discurso y entendieron que la educación cívica se reduce a los buenos modales. Aun así podemos preguntarnos si en realidad es tan anacrónico proponer una educación cívica. Incluso podemos preguntarnos si es completamente absurdo pensar que la educación para el posconflicto deba ocuparse de los buenos modales.

Los críticos se apresuran a descalificar la propuesta de la educación cívica porque el presidente la planteó como una cátedra que debe incluirse en las escuelas. Puestas así las cosas, tal vez tengan razón. Pero una cosa es “la clase de cívica en la escuela” y otra “la educación cívica”. La primera puede parecer dispensable, pero la segunda quizá sea necesaria.

Para analizar este punto podemos mencionar a Antanas Mockus, el paradigma de la educación cívica en la Colombia contemporánea. En un sentido muy específico lo que hizo Mockus fue proponer reglas de urbanidad o “convivencia ciudadana”, como prefería llamar a sus recomendaciones acerca de cómo debíamos comportarnos para vivir mejor en comunidad. Es cierto que andar vestido de Supercívico repartiendo pirinolas, zanahorias, garrotes y mimos está lejos de habernos legado un “manual de urbanidad y buenas maneras”. Pero en lo esencial la urbanidad de Mockus llevó a un lenguaje simbólico y masivo la educación cívica.

La educación cívica es, en principio, una educación para una vida civil que no está sujeta a jerarquías (militares o religiosas). Es la educación que nos forma para convivir con nuestros pares ciudadanos reconociéndonos como iguales en los derechos y en los deberes. La mala educación cívica no llega a convertir nuestras acciones en faltas éticas y mucho menos en delitos. De ahí su relación con los buenos modales porque, sin llegar a hacer de nuestras acciones faltas, la ausencia de educación cívica sí hace que nuestras acciones desestabilicen la convivencia.

Los vecinos ruidosos, los ciudadanos infractores de las normas que golpean a la Policía, los funcionarios o personalidades que preguntan “¿usted no sabe quién soy yo?”, son ciudadanos que carecen de la educación de la que estamos hablando. La falta de educación cívica es parte de lo que lleva en la vida diaria a la discriminación de clase, de género, de raza y a las manifestaciones sutiles de segregación. Por eso la educación cívica es indispensable la paz.

La educación necesaria

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Manual de urbanidad y buenos modales, escrito por el venezolano Manuel Antonio Carreño, 1853.  
Foto: Wikimedia Commons

Pero hay otra dimensión de la educación cívica. Se trata de la educación acerca del orden institucional de nuestra sociedad. Gran parte de la manipulación ideológica de la opinión pública acerca de las decisiones políticas está apoyada en la ignorancia sobre este ordenamiento institucional.

Cuando la senadora Vivian Morales declaró a los medios que convocaría un referendo para limitar la adopción a parejas homosexuales, adujo que no se podía aceptar que un grupo de ocho personas tomara una decisión por millones de colombianos. Ese tipo de argumento no es más que una manipulación de la ignorancia que la ciudadanía tiene acerca del ordenamiento jurídico y lo que significa que existan altas Cortes.

Cuando Uribe dice que los acuerdos de La Habana le entregan el país a las FARC, o que el Congreso no es órgano legítimo para tomar una decisión acerca del nuevo Acuerdo con las FARC, está manipulando y engañando para persuadir con éxito a una opinión pública que ignora el ordenamiento institucional.

La educación cívica es, una educación para una vida civil que no está sujeta a jerarquías.

Creo que Santos acierta en pensar que la educación cívica es muy importante para consolidar los cambios culturales que requiere la paz. Pero creo que es necesario pensar esta educación en una dimensión mucho más amplia que la de la cátedra en las escuelas.

Yo no considero anacrónico el valor de la educación cívica. Y creo que hay un sentido en el que debemos cultivar ciertos “modales” y “buenas maneras” de comportamiento en la esfera pública.

Educar para vivir en paz implica producir cambios en la mentalidad de los jóvenes con relación a sus prejuicios, desarrollar la sensibilidad al respeto de los derechos, consolidar sus compromisos con las responsabilidades ciudadanas, con las instituciones, etc. Yo agregaría que educar para la paz implica enseñar a hablar es decir, a pensar, ofreciendo razones. Esas deberían ser reconocidas como “buenas maneras” y como “buenos modales políticos” cultivados por una educación cívica.

Lo que estamos viendo es que en el mundo el ascenso de los políticos de pacotilla se está apoyando en la miseria mental de las sociedades contemporáneas. La pobreza de las razones convertidas en eslóganes publicitarios y la miseria del pensamiento convertido en tuit únicamente pueden florecer en sociedades no solo ignorantes, sino mal educadas. Y hay una mala educación que tiene un alto costo social: aquella que nos deja sin la habilidad de convivir sobre la base de buenas prácticas de convivencia.

 

* Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia en el Departamento de Filosofía, investigador en el grupo Relativismo y Racionalidad.

 

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