
La docencia universitaria: confusión y desencanto
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Los profesores universitarios están sujetos más y más a condiciones que les impiden ejercer el oficio que antes fuera el más bonito del mundo. Este es un testimonio en carne propia.
Mónica Uribe Gómez*
Una pregunta seria
Desde hace unos años cada tanto se publica una columna cuyo autor o autora se preguntan implícita o explícitamente si vale la pena ser profesor en estos tiempos.
Los estudios cada vez más y más numerosos muestran que después de la pandemia del Covid-19 la docencia ha entrado en crisis en todas partes del mundo, y que los profesores están abandonando las aulas. Generalmente leo estas reflexiones con interés, pero por estos días la pregunta pasó de ser un tema más para tocar los cimientos de lo que he elegido como profesión y vocación.
En la crisis actual de la educación superior intervienen muchas variables más o menos conocidas, pero sin duda una de ellas involucra a quienes nos dedicamos a esta labor. Asuntos como los escándalos por acoso sexual, la competencia nociva por el éxito académico, los escándalos por corrupción dentro de las universidades, la agotadora cadena de burocracias en la que se han convertido las instituciones, y el acomodo de muchos profesores que suelen asociar la estabilidad laboral con cumplir hacer el mínimo esfuerzo, no han ayudado a mejorar la devaluada imagen de la profesión docente.
Y sin embargo sé —por mi experiencia como profesora universitaria durante casi quince años— que son muy pocos los colegas que piensan solamente en sus propios intereses.
la figura del docente ha pasado de ser respetada y relevante para la sociedad a la categoría de un oficio desvalorizado porque “el contrato” en el aula está cada vez menos mediado por la argumentación y la reflexión sobre el sentido de lo que hacemos.
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Un golpe de realidad
Aunque he tratado de mantener estas ideas y prácticas como la brújula que da sentido a lo que hago, ciertos acontecimientos golpean en la cara y me hacen preguntarme seriamente por el sentido de educar.
Qué hacer cuando aumentan los desencuentros con los alumnos, cuando muchos no están dispuestos a aceptar argumentos o perspectivas distintas de las propias y son cada vez más escépticos sobre las posibilidades que les puede ofrecer la formación profesional.
Pero a pesar de su “desinterés” en la vida académica, van en aumento las expectativas o las demandas estudiantiles para que la universidad se ocupe de sus necesidades laborales, familiares, de alimentación o de salud mental —además, claro, de sus necesidades educativas —.
Parece que la figura del docente ha pasado de ser respetada y relevante para la sociedad a la categoría de un oficio desvalorizado porque “el contrato” en el aula está cada vez menos mediado por la argumentación y la reflexión sobre el sentido de lo que hacemos.
En este contexto acabé envuelta en un desgastante proceso disciplinario donde mis idealizaciones sobre la universidad se han venido cayendo poco a poco. Ante estas situaciones “te sientas indefensa en clase” y sin ningún respaldo institucional. Con más frecuencia las diferencias y conflictos se tramitan en prolongados procesos jurídicos que desgastan a quien debe asumirlos…y poco ayudan a resolver las diferencias.
Docentes desmotivados
Todo esto acaba por crear gran confusión entre quienes ejercemos la docencia universitaria.
Nada más contrario a la idea de educar que limitar la posibilidad de sentirse responsable de las decisiones tomadas en el aula, o que desestimar la legitimidad de los acuerdos sobre lo que se debe (o no se debe) permitir en estos procesos de formación.

Ante estas situaciones “te sientas indefensa en clase” y sin ningún respaldo institucional. Con más frecuencia las diferencias y conflictos se tramitan en prolongados procesos jurídicos que desgastan a quien debe asumirlos…y poco ayudan a resolver las diferencias.
Según datos publicados en 2019 por el observatorio sobre el futuro de la educación del Instituto Tecnológico de Monterrey, de los 8.600 docentes entrevistados por el departamento de educación del Reino Unido, un 40% respondió que no se veía trabajando como maestro en el corto plazo, “la mayoría culparon la carga excesiva de trabajo, la responsabilidad abrumadora y el desencanto con la educación como el principal motivo de su retiro”.
Como decía Jorge Mantilla en una columna reciente, “aunque los académicos invierten cada vez más tiempo de su vida en su oficio, el reconocimiento social y económico que reciben a cambio es cada vez menor”.
El rumbo que muchas universidades han tomado para gestionar los conflictos acaba por pasar facturas elevadas cuando te ves involucrada, y quieras o no te hace poner en duda el sentido de ser profesor en estos tiempos.
Estos eventos te hacen sentir en cuerpo propio lo que significan el desgaste profesional y la poca valoración de un trabajo que estás convencida que debes hacer a la luz de la razón y con mucho corazón.
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Acerca del autor
Mónica Uribe
*Profesora de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, departamento de Ciencia Política, Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
3 comentarios






Estimada Monica. En Alemania el título con mayor predti6es el de profesor doctor.
Quien te escribe solo lleva 44 años como docente en universidades públicas y privadas.
A pesar de toso sigue siendo una hermosa escuela. Todos los días hay algo nuevo. A pesar del canibalismo académico.
Un Saludo
Muchas gracias profesora por compartir tu artículo . Será que en realidad estamos pasando por una transición de sociedad que pone en cuestión todo aquello institucionalizado, incluso la educación y que está llamando a realizar una transformación desde adentro del sistema educativo…
Fui profesor a nivel universitario por más de 20 años en distintas entidades públicas y privadas, y mi balance es negativo. El exceso de prerrogativas y ventajas para los estudiantes, al final hacen que llevar un curso universitario se vuelva lo mismo que estar pisando todo el tiempo un piso hecho de cáscaras de huevo, por cualquier tontería te pueden empapelar y generarte insoportables y caprichosos procesos. En mis últimos años en esa labor, me sorprendía la gran cantidad de colegas que en voz baja aceptaban que ya no exigían nada de los estudiantes, pues simplemente los alumnos llevaban las de ganar en cualquier proceso; también en voz baja aceptaban que ya dictaban los cursos sólo por cumplir y que aprobaban estudiantes casi sin mirar trabajos pues si te ponías a revisar juicioso, tenías que reprobar a muchos y ello significaba un aluvión de procesos administrativos y hasta legales que volvían el hecho un martirio. Una vez una docente me dijo: «Los únicos profesores universitarios que hoy en día disfrutan este oficio, son los que trabajan por hobby, es decir, los que no viven de esto y pueden darse el lujo de abandonarlo cuando se les dé la gana». Sí, tal vez para ser docente universitario primero hay que ser rico y de este modo si asumes el asunto como un pasatiempo entretenido.