La discusión incómoda sobre la natalidad en Colombia
Foto: Hospital Manuel Uribe Angel

La discusión incómoda sobre la natalidad en Colombia

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Las recientes Estadísticas Vitales de DANE ponen la natalidad en el centro del debate público. Pero, más allá de las cifras, el descenso del número de nacimientos esconde realidades sociales complejas que no deberían estar ocurriendo en el país.

Las cifras son claras: la tasa global de fecundidad, que a comienzos del siglo XXI rondaba el nivel de reemplazo (2,1 hijos por mujer), hoy se ubica por debajo de 1,6 hijos por mujer, según investigaciones recientes del Banco de la República. Desde 2018, el número de nacimientos viene descendiendo de manera sostenida y el DANE ha registrado una aceleración del fenómeno a partir de 2022.

¿Es necesariamente un problema el descenso de la natalidad? 

La discusión pública ha tendido a responder que sí. Algunos prevén que el descenso de la tasa de natalidad conllevará al envejecimiento poblacional, lo que amenazaría la sostenibilidad pensional, e incluso prevén que en el futuro habrá escasez de fuerza laboral. 

Estas alertas se basan en la idea de lo que se conoce como el modelo demográfico clásico —el de poblaciones estables, formulado por Lodka—, que muestra cómo una fecundidad por debajo del reemplazo conduce, si se mantiene constante, a una estructura envejecida y eventualmente decreciente. Razonamiento que, desde el punto de vista técnico, es correcto. 

Si bien el modelo de poblaciones estables es una herramienta matemática poderosa, esa formalización convierte la fecundidad en una variable abstracta. Cuenta nacimientos, no distingue si fueron deseados o impuestos. No pregunta por las condiciones sociales bajo las cuales ocurrieron. Y cuando ese modelo se traslada sin mediaciones al debate público, la discusión se desplaza desde los derechos hacia el equilibrio del sistema.

Parte del descenso reciente en la fecundidad colombiana está asociado a transformaciones que, desde cualquier perspectiva de derechos, deberían considerarse avances. La reducción del embarazo adolescente es uno de ellos. Durante décadas, una fracción significativa de nacimientos correspondía a mujeres menores de 19 años. La evidencia internacional y nacional es consistente: la maternidad temprana se asocia a deserción escolar, menores ingresos futuros y mayor vulnerabilidad socioeconómica.

Que actualmente haya menos embarazos adolescentes no es una tragedia demográfica, es un indicador de mayor acceso a educación, información y anticoncepción.

Más contundente aún es el caso del embarazo infantil. En Colombia, todo embarazo en niñas menores de 14 años constituye, jurídicamente, consecuencia de violencia sexual. Durante años, estos nacimientos formaron parte de las estadísticas demográficas sin que se problematizara su origen. Desde la lógica estrictamente numérica, eran “contribuciones” a la tasa de fecundidad. Desde una perspectiva de derechos, eran evidencia de abuso.

Si la caída de los nacimientos incluye una reducción de embarazos forzados llevados a término, ¿deberíamos lamentarlo en nombre del reemplazo generacional? Evitar que cientos de miles de mujeres jóvenes y niñas caigan en ciclos de pobreza por embarazos tempranos y forzados en vez de ser un punto de lamentaciones, debería ser considerado un avance en materia social y de derechos. 

La demografía no es neutra y aún menos cuando entra al debate público. Cuando se habla de “insuficiencia” de nacimientos, el sujeto implícito de la corrección suele ser femenino. Aunque nadie lo diga abiertamente, el mensaje subyacente es claro: las mujeres están teniendo menos hijos de los que el sistema necesita.

Pero la pregunta rara vez se formula en sentido inverso: ¿El sistema está ofreciendo condiciones dignas para que la maternidad sea una opción deseable?

Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE (2023), en Colombia las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y al cuidado no remunerado. Esa desigualdad no es anecdótica: tiene efectos directos sobre ingresos, trayectorias laborales y autonomía económica. La literatura económica ha documentado lo que se conoce como “penalización por maternidad”: las mujeres que tienen hijos experimentan reducciones salariales y mayores probabilidades de informalidad o interrupciones laborales. En contraste, la paternidad no genera el mismo castigo estructural.

Es decir, el mercado laboral fue diseñado sobre la figura del trabajador sin responsabilidades de cuidado permanentes. Históricamente, ese trabajador fue hombre. Las mujeres han conquistado el acceso a la educación superior y al empleo remunerado, pero lo han hecho en instituciones que no redistribuyeron el cuidado.

La decisión de postergar o reducir la maternidad no es una anomalía; es una respuesta racional a incentivos estructurales 

Los estudios del Banco de la República muestran que el descenso de la fecundidad está significativamente asociado a un mayor nivel educativo femenino, una mayor participación laboral y con mejores condiciones socioeconómicas del hogar. La edad al primer hijo ha aumentado y el número promedio de hijos ha disminuido. No se trata de un capricho generacional, es el resultado de transformaciones profundas en la posición social de las mujeres.

Sin embargo, el debate público tiende a presentar la fecundidad como si fuera una variable que debe ajustarse para sostener el equilibrio macroeconómico. Se habla de la “crisis” sin hablar de cuidado. Se habla de envejecimiento sin hablar de brechas salariales. Se habla de sostenibilidad fiscal sin hablar de informalidad estructural.

Foto: Alcaldía de Bogotá

Hablar de natalidad sin hablar de cuidado es un análisis incompleto

La discusión, entonces, se invierte: en lugar de preguntarnos cómo reorganizar el sistema pensional, cómo aumentar la productividad o cómo formalizar el empleo, se sugiere —de manera implícita o explícita— que el problema es que nacen pocos niños.

Este desplazamiento no es inocente. Evalúa la autonomía reproductiva en función de su utilidad económica. Si las mujeres ejercen su derecho a decidir y eso genera una estructura etaria menos favorable para el sistema, la decisión comienza a percibirse como déficit.

Pero el envejecimiento poblacional no se resuelve únicamente con más nacimientos. Existen alternativas: reformas pensionales paramétricas, ampliación de la base de cotizantes mediante formalización laboral, políticas migratorias ordenadas, aumento de la productividad. Todas implican transformaciones institucionales complejas. Señalar la baja natalidad es políticamente más sencillo.

También es importante reconocer que Colombia todavía atraviesa una transición demográfica. El país no ha colapsado demográficamente. La estructura por edades sigue mostrando una proporción importante de población en edad productiva. 

El verdadero desafío no es cuántos nacen, sino qué oportunidades tienen quienes ya están 

Desde una perspectiva de género, la pregunta central no es cómo elevar la tasa de fecundidad, sino cómo garantizar que cada nacimiento sea resultado de una decisión libre, informada y acompañada de condiciones materiales dignas. Eso implica políticas de cuidado universales, licencias parentales corresponsables, infraestructura pública para la primera infancia, servicios de apoyo para personas mayores y cambios culturales que distribuyan el trabajo doméstico.

El modelo de poblaciones estables es útil para entender dinámicas estructurales de largo plazo. Pero cuando se convierte en marco normativo exclusivo, corre el riesgo de despolitizar la reproducción. Cuenta nacimientos, pero no cuenta desigualdades. Proyecta pirámides, pero no examina relaciones de poder.

La caída de la natalidad en Colombia no debe ni puede leerse únicamente como una amenaza, es un fenómeno que se explica como un indicador de mayor autonomía de las mujeres, de una disminución de los embarazos adolescentes, de mayor protección a las niñas y menos tolerancia social frente al abuso sexual, y de decisiones reproductivas más planificadas que intenten mitigar los impactos de la penalización por maternidad.

Si el precio de sostener un sistema económico es cuestionar esa autonomía y todos estos avances en materia de mejora de las condiciones de vida de las mujeres en el país, la discusión no es demográfica, es ética y política. 

Quizás el verdadero problema no sea que nazcan menos niños, sino que seguimos esperando que las mujeres sostengan con su maternidad, sea deseada o forzada, un modelo institucional que nunca fue diseñado pensando en ellas.

Le recomendamos: El fin de los niños, o sobre la “coreanización” de la natalidad en Colombia

Acerca del autor

Karen Sánchez Hidalgo
ksanchez@razonpublica.org | + posts

*Socióloga de la Universidad del Valle, especialista en Gobierno y Políticas Públicas, especialista en Métodos de Análisis Demográfico y Maestrante en Demografía en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

14 comentarios

Karen Sánchez Hidalgo

Escrito por:

Karen Sánchez Hidalgo

*Socióloga de la Universidad del Valle, especialista en Gobierno y Políticas Públicas, especialista en Métodos de Análisis Demográfico y Maestrante en Demografía en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

14 comentarios de “La discusión incómoda sobre la natalidad en Colombia”

  1. Es patético que un artículo que pretende «elevar el debate» tropiece con una ignorancia científica tan básica: confundir fecundidad con fertilidad. Desde la biología y la demografía rigurosa, la fecundidad es la capacidad potencial de concebir; la fertilidad es el resultado real.

    Al decir que la «fecundidad desciende», la autora sugiere una patología colectiva o una esterilidad masiva en la población colombiana, lo cual es una aberración científica. Las mujeres no han perdido su función orgánica; simplemente han decidido no ejercerla. Ignorar esta distinción no es un error de semántica, es negligencia intelectual.

    Lo mínimo que se le debe pedir a quien escribe un artículo es que entienda las definiciones de lo que escribe.

    1. Estimado lector o lectora, creo que quien no tiene claros los conceptos es usted. Las definiciones de fecundidad y fertilidad son, precisamente, las opuestas.

      Entrados en suposiciones, me permito elaborar dos posibles escenarios mentales:
      1. Usted sí estudia rigurosamente la biología y la demografía, pero en otro idioma (inglés, donde su definición de “fertility” y “fecundity” sería “accurate”). Eso sí, traducir no es su fuerte.

      2. Usted es el negligente intelectual. Creativo, eso sí, para plantear una falla ovárica nacional. No más ver El cuento de la criada, por favor.

      Explicado claramente, para que entienda las definiciones que corrige erróneamente:
      https://apuntesdedemografia.com/2010/07/04/fecundidad-y-fertilidad/

  2. Este artículo no es un estudio demográfico; es un panfleto de autoayuda ideológica. Intenta convencernos de que el suicidio demográfico de una nación es, en realidad, una fiesta de liberación. Es una narrativa diseñada para que el Estado se lave las manos ante su incapacidad de crear condiciones donde la vida sea, simplemente, deseable.

  3. Me parece que la autora se centra en elementos poco sustanciales, relacionados con posiciones (respetables y discutibles) feministas, pero deja de lado lo esencial: el envejecimiento de la población, fenómeno mundial, creará un problema mucho más grave que las pensiones o la igualdad de salarios: Mucho más grave y amenazante. Pero uno solo ve lo que quiere ver…

  4. Excelente que se exponga un poco la realidad de la alta natalidad a costa de infancias y adolescencias violentadas y sin acceso a educación o protección del estado o también a costa de mujeres trabajando en casa como cuidadoras sin independencia económica.
    No se puede medir la tasa de natalidad como éxito a futuro sin evaluar el costo social y las garantías de esta.

  5. La paternidad y la maternidad nunca esta cuantificada en ningún estudio, no cuenta como una labor remunerada, ahora es evidente la desigualdad salarial y social frente a la mujer que ejerce la maternidad, tambien la inversión biológica, el cambio corporal, hormonal etc… El artículo es bastante claro y contundente: las mujeres no tienen garantías para parir por ende eso genera disminución poblacional, eso le duele al estado patriarcal que necesita más gente para cumplir con una agenda neoliberal y de sobrepoblación.

  6. El estado solo admite lo que falta, no lo que se necesita para que no falte, vivir dignamente, en temas como educación para dar un ejemplo, un colegio público normalmente por salón tiene 30 a 40 estudiantes, solo un docente se enfrenta a ese número, ahora que ha ido bajando la tasa de natalidad, dicen en Min educación que estamos en crisis educativa por que hay menos niños (Salones de 15-20 en primaria, actualmente) y que es un desperdicio tener un docente para esa poca cantidad… Es coherente este argumento?? aún cuando los colegios privados con nuevas pedagogías solo admiten máximo 15 estudiantes por curso… El estado nos ve como personas amontonadas que cumplen una función dentro de una sociedad de masas, no nos ve como seres que necesitamos, que vivimos, que soñamos, la calidad de vida es individual y no grupal, el estado no mejora la calidad de vida, solo infla y encarece habitar un terruño que obedece al alquiler que otros llaman impuesto predial.

  7. Wow! No pensé que los lectores de razón pública fueran tan agresivos como en otras redes. Efectivamente la fecundidad es la realización efectiva de la fertilidad y está condicionado por muchas razones que en contextos de bienestar podrían apoyar o inhibir la natalidad en países como Colombia. Dando un paso al lado de la precisión conceptual que no niego es fundamental, resalto la mirada de la autora que efectivamente nos muestra una cara plausible del decenso en la natalidad del país, que aunque preocupante para atender ciertos sistemas como el pensional, si significa que menos niñas y adolescentes resultan en embarazos tempranos y dudosamente deseados, es un avance en el derecho y bienestar para la infancia.

    1. De acuerdo y qué respiro leer a alguien que apunta hacia lo que sucede. En este portal pocos artículos generan tantas respuestas y es justo porque es un tema delicado. Concuerdo, como madre «añosa» que en este país no hay garantías para que la maternidad sea deseada y sí, también agradezco al feminismo poner sobre la mesa que la maternidad deba ser deseada, no una obligación, y que para ello hay que plantearse una sociedad que la sostenga y la valore. El artículo, no hace una fiesta de la baja en natalidad, apunta a que hay cosas que por fortuna han disminuido -no que hayan desaparecido- y a la vez señala las brechas educativas, laborales y los problemas económicos que hay que resolver, pero por supuesto es apenas un enunciado de cuestiones muy profundas, como lo muestra la violencia de los comentarios, que es urgente abordar con el rigor que merece el síntoma de un fenómeno que funciona como la vaca en la sala que no se quiere ver.

  8. No deja de ser escalofriante ver tanto macho o mujer machista diciendo que el artículo encarna el «sucidio poblacional» o que son argumentos flojos, cuando evidentemente las mujeres que deciden ser madres hemos pagado todas esas fallas estructurales que nos han empobrecido por criar a un hijo/a en este sistema. Qué poca empatía y qué falta de entendimiento. Concuerdo con alguien que dice que se sorprende al ver posturas tan ignorantes -miserables diría yo- en los comentarios.

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