La diferencia como oportunidad: discutamos menos y dialoguemos más
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La diferencia como oportunidad: discutamos menos y dialoguemos más

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Comprender los mecanismos de la polarización es el primer paso para recuperar la confianza y volver a imaginar un futuro compartido. Estos son los resultados de una encuesta sobre la polarización entre los colombianos.

“El diálogo es el hilo invisible que mantiene unido el tejido del mundo.”
— Hannah Arendt

La polarización como problema 

En Valiente es Dialogar nos convoca una pregunta difícil y urgente: ¿Podremos salir de la polarización en Colombia? O dicho de otra manera, ¿podremos hacer de la diferencia una oportunidad para imaginar un futuro común?

Durante los últimos años hemos escuchado, en todos los tonos posibles, que el país está dividido. Y esto no es bueno, porque la polarización no es apenas una línea que separa opiniones, sino un clima emocional que erosiona los vínculos, que nos hace mirar al otro con sospecha y nos encierra en burbujas donde la empatía se marchita. 

Hablar de polarización no es hablar de “ellos y nosotros”, sino de los mecanismos —sociales, culturales y psicológicos— que dificultan la convivencia democrática.

Nuestra polarización creciente

Nuestra más reciente Encuesta Nacional sobre Polarización en Colombia (2025), elaborada con el Centro Nacional de Consultoría, confirma una tendencia inquietante: Colombia se ha polarizado más rápidamente que el resto del mundo y de la región, alcanzando niveles particularmente altos. El 84 % de las personas encuestadas considera que el país está polarizado, y tres de cada cuatro perciben esa división en su entorno cercano. Cuatro de cada diez afirman que la polarización ha llegado incluso a su familia.

Lo que antes era un desacuerdo político hoy es una forma de relación cotidiana. Discutimos más, pero escuchamos menos. Y cuando la conversación se convierte en una trinchera, la palabra deja de ser un puente para convertirse en muro.

Radiografía de un país que se distancia

La encuesta realizada este año abarcó a más de mil personas en 119 municipios. Quisimos mirar la polarización no como un fenómeno abstracto, sino como una experiencia que se vive en las calles, en los hogares, en las redes y en las instituciones. Medimos niveles de autoritarismo, apertura al cambio, percepciones sobre los otros, temas que dividen o que unen, y la manera en que el lenguaje moldea nuestra relación con la diferencia.

Los resultados son elocuentes. La mayoría de la gente percibe la política como un espacio roto, habitado por élites incapaces de llegar a acuerdos sobre los grandes retos nacionales. Más que como un ámbito de soluciones, la política se ve como una fuente de conflicto que deteriora la vida colectiva y mina la confianza.

Aun así, la paradoja es clara: el 93 % se declara optimista frente a su vida personal, mientras que la mitad cree que el país va por mal camino. Somos una sociedad esperanzada en lo individual y desesperanzada en lo colectivo. Es como tener un corazón que late con fuerza en un cuerpo social debilitado.

La mayoría se reconoce como alguien que actúa por motivos nobles —la familia, la estabilidad, la seguridad—, pero cree que los demás lo hacen movidos por intereses egoístas o políticos. Esa brecha entre cómo nos vemos y cómo vemos al otro alimenta la desconfianza, y la desconfianza es el combustible de la polarización. Como advierte Axel Honneth, cuando el reconocimiento mutuo se quiebra, las sociedades pierden su “pegamento moral”.

Autoritarismo, inflexibilidad y desconfianza

La encuesta también revela una inclinación marcada hacia valores de orden y disciplina por encima de la autonomía. 

El 66 % considera más importante que un niño respete a los adultos que sea independiente, y el 63 % apoya la militarización de las ciudades como respuesta a la inseguridad. Estos datos sugieren una preferencia por soluciones de fuerza frente a la incertidumbre, lo cual abre espacio a discursos autoritarios que prometen control donde hace falta confianza.

El fenómeno no es exclusivo de Colombia. Jennifer McCoy ha mostrado que la polarización extrema genera “equilibrios negativos” donde el miedo reemplaza la deliberación y las identidades políticas pesan más que los problemas reales. En nuestro caso, esta dinámica ha convertido el desacuerdo en una identidad. Ser “de un lado” u “otro” pesa más que las razones que nos llevaron allí.

A esto se suma una baja disposición a cambiar de opinión: solo una de cada cuatro personas afirma que estaría dispuesta a modificar su postura ante nuevos argumentos. El 73 % mantiene la misma posición política desde hace tres años. Discutimos más, pero aprendemos menos. Y cuando nadie escucha, el diálogo se vuelve imposible.

El espejo del lenguaje

El lenguaje es el espejo más nítido de la polarización. El 84 % cree que los líderes políticos dividen más de lo que unen; el 74 % considera que los medios contribuyen al problema; y el 81 % señala que las redes intensifican el lenguaje agresivo.

La palabra, que debería servir para comprender, se ha transformado en marcador de identidad. Lo que antes era un argumento ahora es consigna. Lo que antes era una diferencia, hoy es estigma. Etiquetas como petrista o uribista se usan de forma despectiva por la mitad de la población, y el 63 % reconoce haber compartido afirmaciones generalizadoras sobre políticos o empresarios.

Estamos ante una normalización de la hostilidad. Como advierte James Druckman, la polarización se profundiza cuando las palabras dejan de explicar y pasan a atacar; cuando el lenguaje deja de ser una herramienta para entendernos y se convierte en un arma simbólica que divide.

Pero el lenguaje también puede ser salida. El 95 % apoya la educación en comunicación no violenta, y el 76 % cree que es posible reducir la polarización cambiando la forma de conversar. La ciudadanía reconoce el problema y quiere ser parte de la solución.

Una crisis de reconocimiento

En Colombia, la polarización no es solo política: es relacional. Las personas no están divididas solo por lo que piensan, sino por la desconfianza hacia quienes piensan distinto. 

Las tensiones ideológicas se entrelazan con fracturas sociales, territoriales y culturales, creando un entramado donde el otro deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo.

Lo que está en juego, como han mostrado Honneth, Taylor y Fraser, es una crisis de reconocimiento: la dificultad de mirar al otro sin prejuicio. Esa falta de reconocimiento erosiona la convivencia y transforma el desacuerdo en negación.

Desde Valiente es Dialogar hemos visto que esta crisis se expresa en todos los niveles: en la política, en las conversaciones familiares, en los medios, en los trabajos y en los entornos digitales. La polarización se cuela en donde se construye la vida diaria. No solo discute la nación: discuten las parejas, los amigos, los colegas. Y cuando el conflicto se vuelve personal, la democracia se debilita.

El costo de la fractura

El 86 % considera que la polarización ha debilitado la confianza entre los ciudadanos, y el 70 % cree que ha reducido la capacidad del Gobierno para tomar decisiones. 

Ocho de cada diez persona la asocian con un efecto negativo sobre la seguridad y la construcción de paz, y más de la mitad percibe un aumento de la discriminación social y económica.

La polarización no es un fenómeno retórico: tiene consecuencias reales. Deteriora la cooperación, paraliza la acción pública, destruye la empatía y socava la gobernabilidad.

Delia Baldassarri señala que las sociedades no se despolarizan eliminando las diferencias, sino aprendiendo a tramitarlas de forma constructiva. Esa es la tarea: transformar el conflicto en oportunidad.

La esperanza como punto de partida

A pesar del diagnóstico, hay señales alentadoras. La sociedad colombiana conserva un capital emocional enorme. Ese 93 % que sigue creyendo en su vida y en su futuro es una reserva de esperanza. 

Como recuerda Jennifer McCoy, incluso en contextos profundamente divididos, las sociedades pueden salir del “equilibrio negativo” si encuentran formas de cooperación que reduzcan la amenaza.

Ese es el punto de partida: fortalecer los vínculos locales, recuperar la confianza interpersonal y reconstruir narrativas de pertenencia compartida.

La polarización se gesta en las relaciones, y en las relaciones puede comenzar a revertirse.

En Valiente es Dialogar hemos visto que cuando se crean espacios seguros y sostenidos, donde las personas pueden hablar sin miedo al juicio, emerge algo poderoso: la posibilidad de reconocerse en el otro.

Hemos visto campesinos conversar con empresarios; líderes religiosos con defensores de derechos humanos; jóvenes con excombatientes. En esos encuentros, la diferencia deja de ser amenaza y se convierte en aprendizaje.

Del antagonismo al encuentro

La polarización no es un estado: es un proceso. 

Nace de emociones —miedo, rabia, desconfianza—, pero puede transformarse a través de nuevas experiencias de relación. Por eso insistimos en que el diálogo no es una técnica, sino una ética.

Una ética que recuerda, como dice Druckman, que la democracia no se mide solo por la fortaleza de sus instituciones, sino por la calidad de sus conversaciones.

Volver a conversar no significa buscar unanimidad ni diluir diferencias. Significa aprender a disentir sin romper el vínculo. Como plantea John Paul Lederach, se trata de recuperar la “imaginación moral” que permite ver al otro como parte de un mundo compartido, incluso cuando no comparte nuestras ideas.

Desde esa perspectiva, dialogar es una forma de cuidar la democracia.

Una sociedad que no conversa se fragmenta. Y una sociedad fragmentada pierde su capacidad de construir futuro.

Una tarea colectiva

Salir de la polarización no depende solo del Estado ni de los liderazgos políticos. Depende de todos. Empieza en los barrios, en las escuelas, en las universidades, en las empresas, en las comunidades religiosas, en los medios, en las familias.

Comienza cuando decidimos escuchar antes que etiquetar; cuando preguntamos antes que juzgar; cuando reconocemos que ninguna democracia puede sostenerse sobre el desprecio mutuo.

En Valiente es Dialogar creemos que la cultura del diálogo debe entenderse como un bien público, una infraestructura cívica tan esencial como la educación o la salud.

Promoverla no es ingenuidad: es realismo democrático. Y en ese camino, hacer de la diferencia una oportunidad es quizá la tarea más urgente y valiente de nuestro tiempo.

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Acerca del autor

Myriam Mendez Montalvo
mmendez@razonpublica.org | + posts

*Fundadora de Valiente es Dialogar. Máster en Administración Pública y becaria Edward Mason de la Universidad de Harvard.

1 comentarios

Myriam Mendez Montalvo

Escrito por:

Myriam Mendez Montalvo

*Fundadora de Valiente es Dialogar. Máster en Administración Pública y becaria Edward Mason de la Universidad de Harvard.

Comentarios de “La diferencia como oportunidad: discutamos menos y dialoguemos más”

  1. Es loable la intención y el análisis de la señora Mendez, no obstante el contenido pone muchos nombres de referencia que tienen un sonido académico, faltando identificar claramente la situación colombiana y dejando de lado el impacto o dejándolo marginal de los medios de información formales que parecen mas promotores de política que informadores en sentido estricto. Lo que digo no es nada nuevo y ya ha suido tratado en esta revista.

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