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La dictadura del derecho

Escrito por Diana Isabel Molina

Tribunal del Consejo de Estado.

Diana Isabel Molina¿Cómo se ha convertido el derecho en el orden moral más importante de las sociedades occidentales? ¿Qué peligros implica otorgarle a este discurso la última palabra sobre el bienestar y la justicia?

Diana Molina*

Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del derecho
Alain Supiot
Casa del Libro
2007

Tres historias

Sergio Urrego fue acosado por su identidad sexual por docentes y directivos del colegio Gimnasio Castillo Campestre, hasta el punto de provocar en él un estado depresivo que lo llevó al suicido. Su madre acudió ante un juez constitucional para que le diera la razón sobre los hechos con una sentencia que sancionara el daño causado y condenara esta historia de agresión, rechazo y persecución sistemática y silenciosa.

Amalia es una mujer sin nombre que, siendo muy niña, fue “prestada” por su madre a una familia que prometió educarla y que acabó por esconderla, separándola de su madre para siempre y borrando de su memoria su nombre original. Ahora no tiene por dónde empezar a construir un relato que re-signifique su existencia en el mundo. Por eso acudió a un juez para que conmine a los agresores a devolverle su historia original. 

Los humanos pueden ser libres en tanto acepten la sujeción.

Blanca Ligia Muñoz es la madre de un “falso positivo”, en un país que se niega a reconocer el homicidio sistemático de jóvenes inocentes para cumplir las metas cuantitativas de una guerra que se medía en bajas mensuales. El dolor adicional de esta madre viene de que a su  hijo lo presentaran como una legítima baja militar y que su historia fue manipulada para esconder su retención ilegal y su posterior homicidio doloso. 

Estos tres casos tienen en común que sus víctimas acudieron a un juez para que los relate, los defina y los reconcilie con el mundo del que han sido expulsados.

Homo juridicus     

Palacio de Justicia en el centro de Bogotá.

Palacio de Justicia en el centro de Bogotá.
Foto: Jhon Buitrago

¿Cuál es la naturaleza de un Estado que merece el monopolio y el control del dolor y el sufrimiento de los hombres? ¿Cuál es la capacidad del lenguaje jurídico para responder a este tipo de necesidades humanas? 

Estos son algunos de los interrogantes del libro Homo juridicus. Ensayo sobre la función antropológica del Derecho, escrito por el francés Alain Supiot, quien trata de establecer algunas conclusiones que emergen de la dialéctica entre Derecho y Antropología. 
 
Alain Supiot es abogado y sociólogo, doctor honoris causa de la Universidad de Lovaina (2003) y doctor en Derecho de la Universidad de Bordeaux, quien se ha preocupado por abordar el problema antropológico del derecho, sus alcances y su papel en las sociedades y en los Estados. 

En su texto presenta el lenguaje como ley fundamental y límite a partir del cual el hombre puede ser libre “sin que deba enfrentar los peligros a que su desbordada imaginación pudiera conducirlo”. Desde esta postura analiza a “un derecho que convierte a los hombres en entidades soberanas y autónomas sujetas a ordenanzas y a pactos sociales”.
 
El libro está dividido en dos partes: 

1.    La primera trata sobre la significación del ser humano, el imperio de las leyes y la fuerza obligatoria de la palabra. 
2.    La segunda aborda la técnica jurídica y sus recursos de interpretación, las técnicas de la prohibición, así como la crítica del discurso de los derechos humanos. 

El autor desenmascara las radicalizaciones jurídico-procesales del derecho moderno, que vienen de un tecnicismo ciego que desconoce la pluralidad cultural y las realidades humanas y que se apoya en una suerte de dogmatismo místico y político.
 
“El hombre, como ser biológico”, manifestará el autor, “aborda el mundo a través de sus órganos sensoriales, pero su vida, no solo se despliega en el universo de las cosas sino en el universo de los signos”. Supiot tratará de mostrar cómo el ser humano, frente a la finitud de su vida orgánica, acude a un mundo simbólico que es el de sus representaciones mentales. Mientras los otros seres de la naturaleza tienen normas incluidas en su biología, los seres humanos, que carecen de ellas, las crean en esferas exteriores a su propia naturaleza, y que pueden ser sociales, culturales y simbólicas. 

El derecho moderno es justamente un lugar de significaciones al cual se suscriben los seres humanos. Esto, en teoría, les garantizaría la libertad social en condiciones de soberanía individual. Dicho de otro modo, los humanos pueden ser libres en tanto acepten la sujeción. 
 
Esta aceptación le otorga al Derecho una de sus funciones antropológicas: inscribir al hombre en una significación que lo supere. El autor muestra claramente cómo este montaje antropológico no podría estar fundado en la demostración sino en la fe. Por eso para Supiot, la adaptación de los seres humanos a una suerte de personalidad jurídica, la cual les garantiza derechos y les impone deberes, es de carácter dogmático (basado en la fe) y proviene de una concepción de Estado como cuerpo místico característica de Occidente. 
 
Para Supiot “los Estados siguen siendo impulsados por certidumbres indemostrables; verdades, creencias, que no provienen de una libre elección porque forman parte de su identidad”. El Derecho, entonces, también cumple la función de sostener creencias instituidas y ficciones jurídicas que restauran la fe y legitiman el Estado.

Los peligros del derecho

Doris Tejada, una de las Madres de Soacha.
Doris Tejada, una de las Madres de Soacha.
Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica

El libro nos muestra cómo el Derecho, igual que la ciencia, crea verdades emanadas de los consensos, que aspiran a ser reconocidas como certezas esencialistas, generalizadas y de vocación universal. 

Pero esto se presta para legitimar malestares, injusticias y exclusiones y podría llevar a un sistema deshumanizado que se encapsule en sus propios lenguajes jurídicos, en sus tecnicismos y en sus metas de justicia abstracta y esencialista.

El Derecho, igual que la ciencia, crea verdades emanadas de los consensos.

En el libro se muestra cómo el proyecto universal del Derecho, que quiere moralizarlo todo y que cree que todos los malestares de la realidad pueden ser tasados en delitos, crímenes o incumplimientos, se propone acusar y juzgar al resto de la humanidad, con las instituciones occidentales como una especie de redentoras. Sin embargo la universalización que se ha venido garantizando a través de sistemas y de instituciones casi sacralizadas contradice un verdadero sistema de libertad para los seres humanos, pues se basa en la negación y condena de los diferentes y de los culpables, con argumentos sobre el bien y el mal que impiden el diálogo y la reconciliación. 

Para Supiot la idea de un Derecho implacable y universal, lejos de garantizar el progreso hacia la libertad, impone la servidumbre totalitaria de los seres humanos a una identidad exclusiva y violenta. 

Revisar este libro lleva a pensar en la posibilidad de un discurso judicial que sea transformador de mentalidades y ayude al reconocimiento y especial protección de las minorías. Uno que renuncie a la persecución de enemigos y que propenda por el perdón y la reconciliación antes que por la criminalización y la guerra.

 

* Abogada, docente e investigadora. Magíster en Filosofía de la Universidad del Valle. Miembro del grupo de investigación La Minga. 

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