
La cumbre de la CELAC y el papel de Colombia
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Colombia asumió la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). ¿Cuál es la historia de esta organización, cuál fue el alcance de su IX cumbre y cuál será el papel del gobierno Petro?
Un proyecto de integración
2010 fue un año emblemático para el discurso integrador de América Latina.
Uno de los elementos simbólicos de este discurso fue la celebración, para varias naciones, del bicentenario de sus procesos de independencia y, el otro, la creación de un espacio dedicado a la concertación política que reunía a los 33 países latinoamericanos y del Caribe, es decir, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
La apuesta en ese momento era abogar por la “unidad de/en la diversidad”, excluyendo la presencia de Estados Unidos y Canadá, y dando cabida a todos los regímenes políticos sin importar su orientación o naturaleza.
Se retomaba entonces el sueño de la anfictionía y de la patria grande bolivariana, apelando y reforzando el compromiso y la preferencia de la región por los mecanismos multilaterales de carácter informal y de diálogo político. Si bien los intentos de unión del siglo XIX respondían a diferentes objetivos, la fuerza simbólica tanto del libertador como de la búsqueda de autonomía e independencia en la toma de decisiones reforzaron la proyección de la CELAC.
Vientos adversos
No obstante, su nacimiento se dio en un proceso de transición mundial y regional que, en conjunto, representaron desafíos debido a la creciente fragmentación política que, directa e indirectamente, debilitó el potencial de la Comunidad dentro del proceso de agenda setting para el que originalmente fue creada. Por lo tanto, vale la pena señalar que CELAC, a pesar de posicionamientos personales, no nació con la consigna de sustituir a la OEA, a pesar de que la credibilidad de esta no sea homogénea en todos los países de la región.
La pandemia, entre sus muchos efectos negativos, también alcanzó a la Comunidad, aunque el golpe de gracia vino de la indiferencia generalizada y el cambio de prioridades en las políticas exteriores de los países latinoamericanos. Se produjo un vaciamiento latinoamericano. El dinamismo que habían adquirido los espacios de diálogo con actores extraregionales que se mostraron interesados en ese mecanismo, como China y la Unión Europea, se fue diluyendo paulatinamente. Y hasta el momento no han sido explotados estratégicamente.
La IX cumbre
Entonces vale la pena preguntar: ¿cuál es el factor que ha animado la celebración de la IX Cumbre de la CELAC en Honduras? Y, ¿qué se conserva o qué ha cambiado en la dinámica de ese espacio de concertación desde 2010?
La respuesta a la primera pregunta es clara. El principal factor es la actual política exterior estadounidense y la postura ríspida —en términos narrativos y políticos— del actual mandatario estadounidense. Y, en ese mismo sentido, la respuesta a la segunda pregunta es que hay pocos elementos que se rescatan de ese primer impulso, no solo por la visible bilateralización de las políticas exteriores latinoamericanas, sino por los problemas apremiantes que cada uno presenta.
La dirección de la política exterior de Estados Unidos condiciona las posibilidades de las estrategias latinoamericanas, que en diferentes etapas de la historia han ido de la aquiescencia, el alineamiento y la búsqueda de autonomía. Actualmente, las presiones arancelarias y migratorias, dos temas fundamentales de la reciente cumbre de la CELAC, representan desafíos no solo para las economías y políticas internas de cada Estado afectado, sino para las relaciones exteriores de los países que ven restringidas sus decisiones autónomas. Adicionalmente, los intereses particulares imponen restricciones a una mayor proyección de la CELAC como un espacio efectivo para la toma de decisiones coordinadas.
El entorno actual no es halagüeño. A la IX cumbre, de los 33 miembros solo asistieron 11 mandatarios y los otros países estuvieron representados por sus cancilleres y embajadores. Las palabras de la presidenta de Honduras, Xiomara Castro, en el sentido de que la región no podía seguir caminando por rumbos separados cuando el mundo se reorganiza sin América Latina, señalan una de las grandes debilidades de la proyección conjunta de la región. Latinoamérica, como lo señala Bernabé Malacalza, está en el menú, pero no en la mesa.
Y seguirá sin estar en la mesa cuando la fragmentación de estrategias de involucramiento internacional, específicamente con Estados Unidos, siga priorizando la bilateralización de las agendas de política exterior, a pesar de existir perspectivas likeminded entre los mandatarios con más proyección, es decir, Lula, Petro y Sheinbaum. Lo anterior tiene, sobre todo, una implicación fundamental: que la cooperación y la concertación repetidamente han respondido a la coyuntura y la emergencia. No existe todavía una hoja de ruta regional que condense principios y valores conjuntos de actuación exterior (a pesar de que, discursiva y simbólicamente, ya existen), lo que condena a la pérdida de dinamismo y visibilidad a cualquier espacio de concertación.

La tarea pendiente
¿Cuál podrá ser el papel de un espacio como la CELAC que impulsa la necesidad del multilateralismo ante un descrédito creciente del mismo a nivel internacional (con el embate de las derechas neopatriotas) y, sobre todo, en Estados Unidos?
Los que se perciben como perdedores de la globalización han anunciado la muerte del multilateralismo, pero los países que han tenido en este instrumento una fuente de poder e influencia pugnan por un fortalecimiento del mismo.
Sin embargo, la ausencia de una estrategia conjunta y los intereses disímiles (Sheinbaum concentrada en su estrategia de seguridad, en el mantenimiento de sus vínculos comerciales con el vecino del norte y la profundización de los programas sociales; Petro buscando ser el vocero del Sur Global, del cambio climático y la resolución del conflicto palestino-israelí; Lula pensando en consolidar a Brasil como global player). Cada mandatario rema hacia direcciones distintas sin encontrar puntos de encuentro concretos.
Colombia ha recibido la estafeta el próximo año, pero debido a la urgencia de la reunión poco se vislumbra la agenda que se seguirá, aunque si la dinámica se mantiene como hasta ahora con el presidente estadounidense o empeora, se prevé que la reunión verse sobre los mismos temas; es decir, los económico-comerciales y los migratorios.
Sin embargo, hay otros problemas que necesitan ser atendidos para poder construir un proyecto común de política exterior en la región. El embargo a Cuba y la naturaleza de su gobierno, los regímenes autoritarios de Maduro y Ortega, la situación neocolonial de Puerto Rico, la amenaza contra la autonomía panameña sobre el Canal, la cada vez más grave situación en Haití, el conflicto diplomático entre México y Ecuador, la presencia y extensión de la delincuencia organizada trasnacional, el discurso incendiario del presidente argentino, entre otros. Todo esto no formó parte de la agenda de discusión en la cumbre y tiene un impacto directo en la fragmentación de posiciones y la falta de un diálogo fructífero.
La propuesta de la presidenta mexicana de tener una Cumbre por el Bienestar Económico de América Latina y el Caribe solo toca la punta del iceberg. ¿Se necesitan buenos deseos o pragmatismo? Los límites del idealismo están en la oprobiosa realidad. América Latina no solo es una de las regiones más desiguales del mundo, sino una que concentra a varios Estados con los niveles de violencia más altos. Por otro lado, también hay que preguntarnos: ¿cuáles son los límites del pragmatismo? ¿Cuáles son las capacidades reales con las que cuenta la región para negociar en conjunto? La estrategia estadounidense ha sido la de dividir y vencer, y la aquiescencia de los latinoamericanos no lo ha desmentido. La urgencia de la reunión no refuerza la idea de la colaboración, sino la falta de una estrategia, ya no común, sino concertada.
La historia no provee argumentos esperanzadores para vislumbrar una mayor colaboración o la formación de un bloque regional que funcione bajo el paraguas de una estrategia de inserción y proyección internacional común. La informalidad o la no institucionalidad de espacios políticos y multilaterales como la CELAC pueden contribuir a pensar en los andamiajes que la región latinoamericana precisa para resolver problemas compartidos. La corresponsabilidad, el compromiso, la cooperación y el diálogo se hacen indispensables en un entorno cada vez más incierto, volátil y ambiguo.
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Acerca del autor

Paola A. Hernández
*Maestra en Estudios en Relaciones Internacionales y candidata a doctora en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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