La crisis llega a Siria: ¿Quo vadis en el Camino de Damasco? - Razón Pública
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La crisis llega a Siria: ¿Quo vadis en el Camino de Damasco?

Escrito por Massimo Di Ricco
Massimo Di Ricco

Massimo Di RiccoLas protestas que sacuden al Medio Oriente tocan ahora a la puerta del régimen de Bashar al-Assad. Un régimen donde el clan y la familia del presidente controlan la riqueza y el ejército y están dispuestos a todo para impedir el cambio en un país clave dentro de la política internacional.

Massimo Di Ricco*

Ilusión de cambio 

En los souqs de Damasco es común encontrar a la venta fotos y afiches del Presidente Bashar al-Assad en diferentes escenas cotidianas: con su primer hijo en brazos, jugando en el piso con toda la familia o pedaleando en bicicleta con su esposa Asma bajo un fondo postizo de montañas verdes y cielo azul. 

En los alrededores de la plaza Omawiyeen, donde se reunieron miles de sus partidarios a la espera del discurso a propósito de las protestas recientes, hay un corazón iluminado en lo alto de un edificio con la efigie del padre de Bashar, Hafez al-Assad, el arquetipo del clan Assad que reina en Siria desde 1970.

Las fotos del presidente son la representación emblemática de la popularidad que se ha ganado Bashar al-Assad desde su llegada al poder en el año 2000. Un rais que actúa con circunspección y mide cada una de sus salidas, no encarna planes e ideologías inconcebibles como Gadafi y tampoco representa la cara más evidente de la corrupción del régimen, como Mubarak en Egipto o Ben Ali en Túnez. 

El "joven" Bashar además habla un buen inglés y su emprendedora compañera tiene la nacionalidad británica; su ascenso al poder heredado de su padre le implicó "sacrificar" una prometedora carrera de oftalmólogo en la capital londinense. Tras la muerte accidental de su hermano, el predestinado para la sucesión, tuvo que volver a Siria en 1994 y empezar la carrera militar para seguir las huellas del padre, pero sobre todo para fabricar su propia asabiya, su entorno fiel. 

La llegada de Bashar al poder hizo nacer la esperanza de grandes reformas. Se presentó como el salvador de la patria, el modernizador, quien llevaría a los sirios al siglo XXI. De hecho, los primeros cajeros automáticos en los bancos aparecieron justo por esa época. 

La esperanza duró pocos meses, pues pronto volvió la conocida represión. El nuevo régimen aplastó al viejo estilo el movimiento de la Primavera de Damasco en 2001, que pedía diplomáticamente al nuevo presidente impulsar importantes reformas políticas. La respuesta del régimen de Bashar al-Assad fue la cárcel para muchos intelectuales y activistas. El inicio de una década nefasta. 

Ya hace diez años corría el rumor de que la vieja guardia ha bloqueado la voluntad de hacer las reformas de Bashar al-Assad. Tras la reciente respuesta del régimen frente a las protestas, esta excusa solo ayuda a mantener vivo el mito de la benevolencia del régimen y de su presidente. 

La carrera de Bashar al-Assad 

Siria requiere una lectura en términos de clan, de familia y de comunidad, lo que contrasta en forma sustancial con los casos de Egipto y Túnez. El primer paso del nuevo presidente fue eliminar casi por completo la vieja guardia fiel al padre y neutralizar a los halcones dentro del régimen que pudieran aspirar al poder de la Republica. El antiguo vice-presidente Abdul Halim Kassam, figura clave del régimen anterior, fue una de las primeras víctimas de la purga, obligado a exilarse. 

Conformó su fuerza de seguridad personal a su imagen y semejanza, característica común a todos los regímenes de la región. Al igual que el padre, repartió el poder primero entre los miembros más cercanos de su familia extendida, y luego dentro del círculo de su propia comunidad confesional, la alawi, una secta chií que no alcanza el 15 por ciento de la población siria. A estos últimos les fueron asignados los puestos de mando dentro del ejército. 

Tanto la poderosa guardia presidencial como los oficiales de más alta graduación del ejército tienen pues un vínculo familiar-comunitario indisoluble con el clan de Assad. Así resulta muy difícil que el ejército pueda siquiera concebir cambiar de bando, uniéndose a los manifestantes, como ocurrió en Egipto y Túnez, y parcialmente en Libia y Yemen. 

De no menor importancia fue la repartición del poder económico, mediante apetitosos contratos, tanto entre los miembros más cercanos del clan familiar como entre una élite económica de la que hacen parte principalmente la burguesía urbana suní y cristiana. 

Tal distribución, inmensamente lucrativa, fue parte de una política de apertura económica y la consiguiente instauración de un sistema de libre mercado, que implantó el rais a su llegada a la presidencia, y que arrastra una inevitable estela de escándalos y corrupción. 

Una forma agresiva de neoliberalismo de carácter familiar que sigue facilitando los negocios a una minoría que representa apenas un 5 o 6 por ciento de la población siria, señalados como los nouveaux riches del régimen y que se pueden cruzar en los centros urbanos de Siria conduciendo grandes SUV y sentados a manteles en los nuevos restaurantes gourmet de la capital. 

La liberalización económica ha provocado una creciente brecha en la distribución de la riqueza, ha llevado al aumento del costo de vida y de los bienes de primera necesidad, y ha debilitado al Estado asistencial. 

No es casualidad que los manifestantes de Daraa, la ciudad donde se iniciaron las protestas en la deprimida región de Hawran al sur de la Siria, hayan asaltado primero y luego quemado el edificio de Syriatel, empresa de telefonía en manos del primo del Presidente, Rami Makhlouf, figura simbólica de estos nuevos ricos y de la cara más corrupta del régimen y del clan Assad. 

Razones de la protesta 

La situación en Siria no es directamente comparable con la de Egipto ni con la de Túnez. Entre las similitudes se encuentra el efecto detonante de las protestas, que estallaron en la ciudad sureña de Deraa, y en las que jugó un papel fundamental una cuestión de dignidad humana: la condena a prisión impuesta a 15 niños entre los 8 y los 14 años, acusados de escribir grafitis anti-gubernamentales en los muros de la escuela. 

De la región del Hawran, la protesta se ha ido trasladando a las grandes ciudades, donde ha debido enfrentar una represión feroz. Los manifestantes pedían al comienzo reformas políticas y acceder a más derechos; ahora cambiaron sus arengas: exigen la renuncia del rais y la salida de su clan del poder. La escalada en las demandas fue provocada por la acción violenta de las fuerzas de seguridad, que ocasionó la muerte de por lo menos 60 personas. 

Otro elemento en común con Egipto, Túnez y los otros regímenes de Medio Oriente que han lidiado con los primeros síntomas de una revuelta: la respuesta ciega e inconsciente del régimen frente a las protestas. El tono desafiante del primer discurso de Bashar al-Assad ha recordado a muchos la postura de los otrora poderosos Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y Saleh en Yemen. 

Al igual que el sirio ahora, todos los regímenes han hecho una lectura "conspirativa" de las protestas, con la supuesta presencia de agentes infiltrados, invocando la pesadilla de Al-Qaeda y acusando a los medios occidentales y árabes de alimentar las protestas. 

Lo que piden los manifestantes sirios, aparte de mecanismos de participación política y de mayor libertad de expresión, es acabar con la ley de emergencia en vigor desde 1963, que permite incriminar a ciudadanos por delitos tan poco específicos como el de "debilitar los sentimientos nacionales", "atentar contra la seguridad del Estado" o "instigar la división sectaria". 

Assad ha prometido reformas e invocado el fantasma del choque sectario. La población está presa del miedo y bastante controlada bajo la sólida estructura de poder del régimen. Sabe que la fuerza suní más poderosa, los ilegalizados Hermanos Musulmanes -aplastados brutalmente en Hama en 1982 por su padre Hafez, dejando entre cinco y diez mil muertos- no dispone en este momento de un aparato fuerte que pueda constituir una amenaza creíble, aunque no le faltan seguidores. 

Implicaciones internacionales 

Una diferencia notoria frente a los regímenes ya caídos en otros países de Medio Oriente: Siria no cuenta con el visto bueno de Estados Unidos, pues ha sido el interlocutor privilegiado en la región de grupos armados como el Hezbollah libanés y la palestina Hamas. Damasco se ha consolidado como una base de representación internacional para estos grupos. De hecho es allí donde reside y da órdenes uno de los jefes más poderosos de Hamas, Khaled Meshal. 

Irán tampoco parece felicitarse ante la posibilidad de ver debilitado su aliado estratégico en la región. Israel tendría razones para preocuparse por un posible cambio de régimen en Siria. A pesar de un estado de guerra continuo entre ambos países por la cuestión de los altos del Golán, lo cierto es que desde 1967, en esta frontera no ha habido casi tensión y se han registrado intentos ocasionales por reactivar el proceso de paz. La eventual caída del régimen de Assad puede provocar un efecto dominó en países de Medio Oriente que parecían hasta ahora más firmes y que comparten una clara postura anti-israelí. 

Durante más de una década de ejercicio ininterrumpido del poder, el régimen de Bashar al-Assad ha demostrado su eficacia frente a muchos retos externos que ha tenido que enfrentar. 

Durante la administración Bush, Siria consiguió ganarse un cupo en el club de los malos del mundo, el tristemente famoso "Eje del Mal". La invasión de Irak puso a dura prueba el régimen de Assad, acusado por los estadounidenses de alimentar la resistencia. 

Los aparatos de seguridad sirios fueron por años los principales acusados de ser los autores intelectuales del asesinato del antiguo primer ministro libanés Rafik Hariri, en 2005. Como consecuencia directa, las tropas sirias decidieron salir del país de los cedros tras 29 años de ocupación. 

Se reforma o se cae 

La postura del régimen no ha cambiado frente a las protestas que se siguen extendiendo. Las manifestaciones no tienen precedentes en un país donde hay tolerancia cero frente a permitir reuniones en la calle y donde las condiciones de vida de la población difieren poco de las otras de la región. 

Hasta hace solo unos meses, cada vez que alguien preguntaba si Siria no avanzaba en materializar las reformas prometidas desde hace más de una década, Assad respondía que las reformas requieren tiempo y no se pueden forzar por hechos circunstanciales o impulsadas por una ola de reformas en la región. Cada una a su ritmo: Shwey shwey, dirían los sirios y los árabes, poco a poco. 

El régimen sirio y sus fuerzas de seguridad parecen seguir los pasos de otros que ya tomaron por el camino equivocado. Assad todavía tiene la posibilidad de decidir si pone en marcha reformas claras y contundentes, ganando hábilmente tiempo en el poder, o si simplemente se concentra en ejercer la represión. 

En este caso, el botón de pause no aguantará mucho, lo que también vale para las otras sublevaciones inconclusas de la región, como en Yemen y Bahréin. Algunos grupos cargados con más indignación aún hundirán el botón de play. Esperamos seguir escuchando el dulce ruido que hacen las dictaduras al caer. 

* Profesor visitante en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Doctorado en Estudios Culturales Mediterráneos por la Universidad de Tarragona, ha sido investigador en la Universidad Americana de Beirut (Líbano) y en la organización Egyptian Initiative for Personal Rights (EIPR). Corresponsal de varios medios italianos y españoles desde Beirut y El Cairo. 

 

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