La crisis de la Iglesia católica - Razón Pública
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La crisis de la Iglesia católica

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Mauricio Beltran IglesiaEl declive de la otrora más poderosa institución de Occidente se debe a su actitud frente a la modernidad. Sus resultados son la deserción masiva y la emergecia de otras expresiones del cristianismo. En medio de los escándalos, ¿será la Iglesia capaz de renovarse tras la valiente renuncia del Papa? 

William Mauricio Beltrán*

Contra la modernidad, siempre

La Iglesia católica, en particular, la Iglesia institucional y jerárquica, vive una profunda crisis. Las causas de esta crisis son estructurales y se relacionan en buena medida con la actitud ambivalente de la Iglesia frente a la modernidad.

A mediados del siglo XIX, el Papa Pío IX optó por rechazar al mundo moderno, incluidos el racionalismo y las libertades individuales (de prensa, de conciencia y de culto). Se opuso, además, a la separación entre la Iglesia y el Estado y a la posibilidad de una moral laica. Es celebre su Syllabus de errores modernos (1864), donde declara que el Sumo Pontífice no tiene el deber de “reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización”.

Las causas de esta crisis son estructurales y se relacionan en buena medida con la actitud problemática y ambivalente de la Iglesia frente a la modernidad.

Un siglo después Juan XXIII, por medio del Concilio Vaticano II, optaba por el aggiornamento, anhelaba que la Iglesia se actualizara para responder mejor a las demandas y retos de la modernidad. El Vaticano II no resolvió estas tensiones, probablemente las agudizó.

Hasta hoy ciertos sectores del clero (ahora los llaman “neoconservadores”) consideran que la modernidad es el origen de todos los males de nuestro tiempo. Prefieren la misa en latín y añoran la sociedad tradicional, que giraba alrededor de la Iglesia y de los valores católicos.

Sin embargo, aunque de manera cada vez más tímida, se oyen aún en el clero voces “progresistas”, que ven con buenos ojos las reformas del Vaticano II y que celebran el ecumenismo y las libertades laicas. Los más liberales se inclinan por aceptar la participación de la mujer en el sacerdocio, la abolición del celibato y la revisión de las posiciones de la Iglesia sobre la sexualidad, la reproducción y la familia.

Sin embargo, estas voces se han visto opacadas y en ocasiones han sido silenciadas bajo   Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes optaron por la posición conservadora. El primero emprendió una cruzada contra la Teología de la Liberación (con el apoyo del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger) y dio su apoyo a movimientos de tipo conservador, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y el Camino Neocatecumenal.

Durante el pontificado de Juan Pablo II fue beatificado y finalmente canonizado José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Benedicto XVI fue menos condescendiente: expulsó al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, sobre quien pesan acusaciones por pederastia.

Secularización y retroceso del catolicismo

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Mientras tanto, el avance de la modernidad se tradujo en el ascenso de una cultura secular que tal vez constituye la mayor amenaza para la Iglesia:

  • La ciencia desplazó a la teología en cuanto forma de conocimiento dominante.
  • Los medios masivos de comunicación arrebataron a los púlpitos el monopolio en la divulgación de las ideas y de las creencias.
  • La globalización nos puso en contacto con una diversidad de culturas que relativizan los dogmas católicos.

Si bien una parte de los católicos sigue fiel a las orientaciones de las jerarquías eclesiales, es creciente el número de católicos nominales, es decir, católicos pasivos y no practicantes, que no orientan sus vidas según las pautas que indica la Iglesia oficial.

Esto es especialmente notorio en los asuntos relacionados con la sexualidad y la familia. Las relaciones sexuales prematrimoniales, el uso de métodos anticonceptivos, el concubinato e, incluso, el aborto, son hoy prácticas frecuentes entre los católicos. Asimismo, aumentan las familias católicas monoparentales y los divorcios.

Muchos católicos ya ni siquiera van a misa, o lo hacen solo para formalizar determinados ritos de pasaje (bautismos, matrimonios y primeras comuniones). En este contexto se entiende el llamado urgente de los últimos pontífices (Juan Pablo II y Benedicto XVI) a una nueva evangelización.

La secularización agudizó también la crisis de las vocaciones sacerdotales. Otros campos profesionales son más atractivos para los jóvenes católicos y ofrecen mayor prestigio. Ya las familias prestantes no quieren tener un hijo sacerdote. Los jóvenes que sienten el llamado a “servir en sus comunidades” prefieren otras profesiones, como la medicina, la psicología o el trabajo social.

Así, frente a la escasez de postulantes, las comunidades católicas no tienen margen de selección. Esto explica en parte los numerosos escándalos de pederastia y acoso sexual que desprestigian al clero. Es evidente que algunos sacerdotes carecen de las virtudes propias de la vocación religiosa. Al mismo tiempo, muchos jóvenes católicos con vocación y virtudes no pueden acceder al sacerdocio: los asusta el celibato o simplemente son mujeres.

Catolicismo popular y otros movimientos cristianos

Pero no debemos confundirnos: la crisis de la Iglesia católica, de la Iglesia institucional y jerárquica, no es necesariamente la crisis del catolicismo. Mientras la credibilidad y la confianza en las jerarquías católicas disminuyen, la fe católica popular y, sobre todo, la fe cristiana, persisten y se renuevan.

En América Latina, millones celebran con fervor las fiestas católicas, acuden a los lugares de peregrinación y buscan los favores de vírgenes y santos por medio de rituales que no necesariamente demandan la mediación de un sacerdote.

El Vaticano estima que hay más de mil millones de católicos en el mundo, una sexta parte de la población mundial. Es incierto, sin embargo, cuantos de estos católicos practican la doctrina oficial.

Muchos de ellos son católicos populares, es decir, practican un catolicismo híbrido y mágico donde se mezcla la doctrina oficial con creencias tradicionales y autóctonas. Asimismo, crece el número de católicos que conservan la fe, pero no se sienten parte de la Iglesia: “creen sin pertenecer”, según la expresión de la socióloga Grace Davie. En las encuestas sobre filiación religiosa definen su fe con frases como “soy católico, pero a mi manera”, “creo en Dios, pero no en la Iglesia”, “creo en Dios, pero no en los curas”.

Mientras tanto, el avance de la modernidad se tradujo en el ascenso triunfal de una cultura secular que tal vez constituye la mayor amenaza para la Iglesia.

Sin negar la vitalidad del catolicismo popular, las últimas décadas se han caracterizado también por la deserción masiva de católicos, fenómeno especialmente visible en África y en América Latina, donde se encuentra hoy la mayor parte de católicos del mundo. La mayoría de los desertores no opta por la increencia, ni busca escapar del cristianismo.

Por el contrario, muchos integran comunidades emotivas y dinámicas, donde se practica un cristianismo simple y espontáneo, basado en la “conversión” y en la “experiencia personal con Jesucristo”.  Se hacen llamar “cristianos” (a secas), por lo general pertenecen a alguna vertiente evangélica de corte pentecostal.

Quienes lideran estas comunidades sobresalen por su carisma: ofrecen milagros (especialmente de salud y prosperidad) y no necesitan un diploma en teología. Frenar la deserción de fieles: otro reto (no menor) para la Iglesia católica.

Los secretos salen a la luz

A lo anterior se suman los recientes escándalos que han sido las delicias de la prensa: lavado de dinero por parte del Banco Vaticano — cuyo verdadero nombre es Instituto para las Obras de Religión (IOR) — y rumores de que el Papa dimite por su incapacidad de gobernar una Iglesia sacudida por luchas de poder que enfrentan ferozmente a diversas facciones. El mismo Benedicto XVI en sus últimos días de pontificado habló de una “Iglesia dividida”.

Luchas de poder, corrupción, chantaje y traiciones, no son hechos nuevos en el Vaticano. Basta recordar que hablamos también de un Estado y que los males mencionados han aquejado desde siempre a toda institución política. Curiosamente, lo novedoso es que estas prácticas sean noticia.

En otras palabras, la verdadera noticia es que el Vaticano ya no logra mantener sus secretos. Los Vatileaks constituyen una nueva evidencia de que los tiempos han cambiado y la Iglesia no. Es indudable que los rumores y filtraciones contribuyen a debilitar la imagen de la Iglesia y hacen más difícil su gobernabilidad. Sin duda, estos problemas exigieron del saliente Papa habilidades políticas que no tenía y energías que le eran cada vez más escasas.

No deja de ser valiente la renuncia del Papa: expresa su humanidad y humaniza el papado. Coincido con aquellos que piensan que por este acto Benedicto XVI pasará a la historia. Que esta es su gran reforma o su pequeña revolución. Incluso es posible que su decisión marque un punto de inflexión: que en adelante los Papas prefieran dimitir a agonizar en el trono.

Emile Poulat, el gran historiador y sociólogo del catolicismo, afirmaba que “la Iglesia católica ha encontrado siempre la manera de adaptarse y sobrevivir a los cambios sociales”. ¿Lo logrará esta vez? ¿Emprenderá el nuevo Papa el camino del cambio y la renovación?

No lo creo: el estado de las fuerzas en el seno de las jerarquías se inclina hacia la inercia y no hacia la renovación. Es más probable que el nuevo pontificado se ubique en la misma dirección. Que sigamos siendo testigos del lento, pero constante declive de la que fuera la institución más poderosa de Occidente.

Sociólogo y máster en sociología de la Universidad Nacional de Colombia, doctor en Estudios sobre América Latina de la Universidad París III, profesor asociado del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia e investigador del Centro de Estudios Sociales (CES) de la misma Universidad.

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William Duica

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William Duica

*Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia en el Departamento de Filosofía, investigador en el grupo Relativismo y Racionalidad.

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