La criminalidad en las ciudades de América Latina: sus cifras y sus causas - Razón Pública

La criminalidad en las ciudades de América Latina: sus cifras y sus causas

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Cali y Caracas son las ciudades que más han subido en el ranking de criminalidad, mientras que San Pedro de Sula, en Honduras, es la ciudad más violenta del mundo. Y sin embargo seguimos sin saber por qué son tan violentas nuestras urbes.

Juan Carlos Ruiz V.*

Colombia, peor de lo que se creía

La gran mayoría de ciudades más violentas del mundo están en América, y aunque Colombia ha dejado de ser el país campeón, todavía tiene el deshonroso récord de haber tenido la ciudad con más homicidios sin que existiese una guerra civil urbana declarada.

En efecto: en 1991 Medellín tuvo una tasa de 430 homicidios por cada 100 mil habitantes, según los cálculos más dramáticos, y de 230 según los más optimistas. En uno u otro caso, esas cifras están muy por encima de las de San Pedro de Sula, en Honduras, hoy en día la ciudad más violenta del orbe con 187 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Tiene el deshonroso récord de haber tenido la ciudad con más homicidios sin que existiese una guerra civil urbana declarada.

Bogotá, por su parte, conoció su pico en 1993, y Cali en 1995. Pese a que las autoridades locales y nacionales han intentado echarle tierra al asunto y discutir la confiabilidad de las cifras de los años 1990, es bien posible que las ciudades colombianas tuviesen tasas aún más elevadas de las que entonces fueron reportadas.

En efecto: las proyecciones del censo ajustado de 1993 que sirvieron para calcular esas tasas exageraron el tamaño de la población, como vendría a comprobarlo el censo de 2005. La regla de tres no engaña: a menos habitantes de los esperados por aquellas proyecciones, las tasas de homicidios deberían ser mayores. Y a esto hay que sumarle unos 15 mil desaparecidos entre 1997 y 2002, atribuidos en parte a los grupos paramilitares.


Vista panorámica de Caracas, Venezuela.
Foto:  Wikimedia Commons

Los datos son poco fiables

Las cifras de criminalidad son poco fiables. Las autoridades cambian con frecuencia el método de recolección o el método de cálculo, a veces para esconder el aumento inesperado e indeseado de la inseguridad llegando, en ocasiones, a falsificar los datos que reportan.

También el cambio constante en los códigos penales y las tipologías del delito hacen difícil comparar cifras a lo largo del tiempo o entre distintos países o ciudades. Por ejemplo, la definición de “robos menores” y “lesiones personales” cambia al tenor de la legislación y del capricho de los funcionarios de turno. Lo que es “asesinato” en un país, no resulta serlo en  otro. Es igual para el homicidio doloso, el culposo o el término muy vago de “muertes violentas”.

Hay países que tienen un registro muy pobre de la criminalidad, como Paraguay o Bolivia, y hay unos como Colombia que tienen inconsistencias entre agencias, como sucede con las cifras que compilan Medicina Legal y la Policía Nacional.

Hay otros, como Cuba o Venezuela, que han decidido esconder las estadísticas de criminalidad para salvar la cara del régimen o para ocultar un deterioro agudo de la seguridad.

Además, hay muertos que nunca entran en estas estadísticas, pues no se sabe a ciencia cierta la causa de su muerte: suicidio, accidente u homicidio. El muy publicitado caso Colmenares en Bogotá muestra esta dificultad para determinar las causas en términos estadísticos. Si se estableciera la causa definitiva de las muertes, el total de homicidios podría aumentar en cerca de un 8 por ciento.

Si esto sucede para los datos de homicidios, considerados como los más cercanos a la realidad porque es difícil esconder un asesinato, para todos los demás delitos la sub-denuncia o las llamadas “cifras negras” hacen realmente difícil determinar la amplitud del fenómeno criminal.

Las encuestas de victimización y de sentimientos de inseguridad han intentado remediar  este vacío, pero también sufren de inconsistencias porque no se basan en evidencia directa  sino en percepciones subjetivas de los individuos a preguntas que en diferentes países se repiten de manera similar: “¿se siente seguro cuando camina por las calles de su barrio a las 11 de la noche?” o “¿usted o una persona que conoce ha sido víctima de algún delito en el último año?”.


Panorámica nocturna de la ciudad de Cali en
Colombia.
Foto:Wikimedia Commons

¿Qué tan mal es mal?

Parafraseando el adagio francés, “cuando me miro me conmisero, cuando me comparo encuentro amparo”, es claro que el panorama de ciudades violentas colombianas no es nada alentador pero no es tan aterrador cuando se compara con el crecimiento exponencial del crimen en ciudades como Caracas o las ciudades de Brasil, país que ya completa 16 entre las 50 más violentas del mundo.

Según el estudio juicioso y bastante creíble que ha realizado de manera consistente en los últimos años la fundación mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, de las 50 ciudades más violentas del mundo, 16 están en Brasil, 9 en México, 6 en Colombia y 5 en Venezuela.

Año tras años Cali gana puestos para llegar a ser la ciudad más violenta del mundo, pero San Pedro y Caracas hacen “méritos” suficientes para no perder sus primeros lugares.

Entre el listado de 2012 y el de 2013, Cali pasó del puesto 11 al 4, mientras que Palmira ingresó al listado de las más violentas en el puesto 11. Por fortuna, en este mismo recuento anual, Barranquilla salió de la lista, y para Medellín, Cúcuta y Pereira la situación mejoró pues cayeron al tener por delante ciudades aún más violentas.

En el mismo listado, los casos preocupantes son: Caracas, que pasó a ser la segunda ciudad más violenta del mundo cuando en años anteriores se situaba en la sexta posición, y San Pedro de Sula, que de 125 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2010 pasó a 187 en 2013.

Con Acapulco, estas dos ciudades superan la barrera de los 100 muertos por cada 100 mil habitantes, y hay que recordar que para la Organización Panamericana de la Salud más de 5 homicidios por 100 mil habitantes pueden considerarse una pandemia.

 

Muchas explicaciones y pocas respuestas

Si las cifras de criminalidad no son del todo fiables, las explicaciones sobre las causas de la violencia urbana son igualmente especulativas.

A finales de los noventa, se dieron en Colombia muchas reflexiones importantes que intentaban determinar si la pobreza era una de las raíces principales de la violencia urbana. Comparando niveles de pobreza y de desigualdad,  se afirmaba que países más pobres y desiguales que Colombia eran más pacíficos y tranquilos, con lo cual se descartó, de manera quizás fácil y apresurada, la incidencia de la pobreza sobre la inseguridad.

Eran los tiempos cuando la guerrilla había tomado inusitada importancia militar y había que descartar las llamadas condiciones objetivas del conflicto para quitarle piso a su discurso reivindicativo.

Los pocos investigadores académicos sobre el tema se trenzaron en un debate para determinar las causas reales de la violencia urbana. Algunos señalaron que el homicidio en ciudades como Bogotá, Medellín y Cali se daba por la mezcla explosiva del consumo de alcohol y el porte de armas, adobada por la irracionalidad de los individuos y su incapacidad para dirimir sus disputas de manera pacífica.

Las autoridades cambian con frecuencia el método de recolección o el método de cálculo, a veces para esconder el aumento inesperado e indeseado de la inseguridad llegando, en ocasiones, a falsificar los datos que reportan.​

Unos señalaban las reyertas personales entre ciudadanos del común como la causa principal de los homicidios, y otros afirmaron que la violencia era instrumental, es decir, una violencia de las bandas criminales para alcanzar sus objetivos.

Con niveles de impunidad que se han calculado entre el 75 y el 95 por ciento, no es claro cómo se pueda dirimir el debate en Colombia. Cuando los organismos de investigación determinan las causas de un homicidio lanzan hipótesis que, dados los niveles tan bajo de dilucidación de los crímenes, resultan explicaciones meramente especulativas. Sin conocer al victimario es difícil establecer si un homicidio fue fruto de un acto pasional o de un atraco que salió mal.

Intuitivamente, parece que los altos índices de violencia están ligados con el consumo y tráfico de drogas. Pero, ¿en qué grado? Ni siquiera en Estados Unidos se ha logrado ver el impacto de las drogas en todas sus facetas sobre la seguridad.

No se ha determinado, por ejemplo, cuál es el porcentaje de homicidios donde el perpetrador o su víctima están bajo la influencia de drogas, cuándo la motivación del crimen ha sido una vendetta entre traficantes, cuándo un asalto es cometido por un toxicómano que quiere dinero para su dosis, o si el consumo regular de drogas causa estragos mentales que le impiden al adicto medir las consecuencias de sus actos.

Mientras tanto, solo podemos constatar que este hemisferio es el más violento del mundo. Aunque quizás ni siquiera sea así ya que África y la región subsahariana son posiblemente más violentas pero, dado que no hay cifras disponibles, solo podemos especular en la materia.

 

* Profesor asociado y director de la Maestría en Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario, Ph.D. en Ciencia Política de la Universidad de Oxford, máster en Administración Pública de la ENA (Francia), máster en Administración de Empresas de la Universidad Laval (Canadá), máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

 

Acerca del autor

Juan Carlos Ruiz
juancruiz@razonpublica.org.co | + posts

*Profesor titular de la Universidad del Rosario. PhD. en Ciencia Política de la Universidad de Oxford, máster en Administración Pública de la ENA (Francia), máster en administración de empresas de la Universidad Laval (Canadá), máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

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Juan Carlos Ruiz

*Profesor titular de la Universidad del Rosario. PhD. en Ciencia Política de la Universidad de Oxford, máster en Administración Pública de la ENA (Francia), máster en administración de empresas de la Universidad Laval (Canadá), máster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

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