
La Copa América de la vergüenza
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Y pasó lo que de modo indirecto Marcelo Biela predijo. La final de la Copa América estuvo pasada por el escándalo de los ingresos tropezados para la final, el mal estado de los terrenos, y el bochornoso incidente del presidente de la federación Colombiana de Fútbol, Ramón Jesurún, que terminó arrestado. En rueda de prensa, Bielsa había advertido sobre la forma en que las familias de los jugadores de Uruguay se encontraban expuestas y fueron víctimas del hostigamiento por parte de los hinchas colombianos. Todo terminó en una gresca al final de Colombia Uruguay, evitable y donde la ausencia de las autoridades fue notoria.
Bielsa no sólo se quejó por esos incidentes del post partido Colombia Uruguay, sino por la postura complaciente del periodismo respecto de la FIFA y las confederaciones regionales, en este caso la Conmebol. Recordó el FIFA Gate, el escándalo más grande de corrupción en el mundo del fútbol en el último tiempo y que tuvo que ver con sobornos para las designaciones de las sedes del mundial en 2018 y 2022. Bielsa no sólo tenía razón por las acusaciones contra la dirigencia, sino por poner en evidencia la postura complaciente de los medios de comunicación hacia las autoridades.
No había que esperar a que estallara un incidente como el previo a la final el domingo pasado, para indagar y debatir acerca de la legitimidad de realizar el torneo de selecciones más antiguo del mundo en un país en el que se exige visa a la inmensa mayoría de naciones que hacen parte de la Conmebol. ¿Dónde estaba el periodismo (no sólo el deportivo, aunque a éste le corresponde mayor responsabilidad) cuando dos pastores irrumpían en la ceremonia de inauguración? ¿Por qué no fue tema de debate antes del pitazo inicial que se firmara un convenio con la Federación Israelí de Fútbol en pleno genocidio? Con algunas excepciones como la de Alejandro Pino Calad, el periodismo deportivo optó por limitar su labor al registro exclusivo de lo deportivo como si aquello se pudiese desligar de lo político. El silencio de los grandes medios colombianos respecto de la evidente desorganización en las horas previas a la final, da cuenta de una labor que parece destinada a lavarle la imagen a las autoridades de la Concacaf y la Conmebol. Increíble que Jesurún tuviera que ser arrestado en Estados Unidos para que la prensa deportiva acostumbrada a no cuestionarlo, finalmente se animara a poner en duda su autoridad. Triste que ocurra no en defensa de una gestión limpia del fútbol, sino en la reivindicación de la imagen de los colombianos en Miami; vivimos de lo que parecemos y no de lo que somos.
Como si todo lo anterior no hubiese sido suficientemente lamentable, Enzo Fernández de la selección argentina protagoniza una justificada y encendida polémica por cánticos racistas contra jugadores franceses a la salida del partido contra Colombia. La Federación francesa ya emitió un comunicado de repudio y sus compañeros del Chelsea han sido implacables con el mediocampista.
Pagamos caro el precio de pensar que el fútbol es sólo entretenimiento. Esta Copa desastrosa de comienzo a fin, debe servir para preguntarnos si no llegó la hora de una renovación en las formas en que se analiza el deporte y para abrir espacios de discusión sobre el vínculo cada vez más complejo pero evidente entre política y deporte.
Acerca del autor
Mauricio Jaramillo-Jassir
* Profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, autor del libro Anatomía heterodoxa del populismo. Editorial de la U. del Rosario.
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