“Con la comida sí se juega”. | Razón Pública 2022
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“Con la comida sí se juega”

Escrito por Luisa Naranjo

Lanzar comida a las obras de arte para hacer activismo climático se ha vuelto tendencia últimamente en el mundo. ¿Qué tan efectiva o coherente es esta forma de protesta?

Luisa Naranjo*

Activistas y arte

A los niños pequeños siempre se les dice que con la comida no se juega, que es un acto de mala educación y que es condenable, ya que muchas personas sufren por la escasez de alimentos en el mundo. Sin embargo, los activistas ecologistas se han valido de un gesto similar para protestar contra el uso de combustibles fósiles y contra la indiferencia frente al cambio climático.

En este año ya van por lo menos cinco manifestaciones similares en museos donde se han vuelto tendencia los nombres de Da Vinci, Picasso, Van Gogh, Monet y Vermeer.

Todas siguen el mismo modus operandi; arrojan comida a obras que son consideradas íconos de la historia del arte y después se adhieren a estas o a la pared con el fin de tener tiempo para expresar sus demandas, antes de que los guardias de seguridad los retiren del recinto.

El común denominador de este tipo de manifestaciones en los museos es la mediatización del acto a través del escándalo, mecanismo que también fue usado por los movimientos vanguardistas de la posguerra. Los manifiestos vanguardistas del S.XX criticaron la moral, la religión, la guerra, la burguesía y el lugar del arte y del artista en la sociedad.

Los dadaístas llegaron a afirmar en su manifiesto de 1918: “toda obra pictórica o plástica es inútil; que sea un monstruo que asuste a los espíritus serviles, y no dulzona para adornar los refectorios de animales con hábitos humanos, ilustraciones de esta triste fábula de la humanidad”.

El lugar del arte

Las vanguardias artísticas cuestionaron el statu quo y el oficio del artista en su momento. Sin embargo, hoy esa producción artística es objetos de culto, venerada y valorizada por miles de millones, contrario a lo proclamado.

Como suele ocurrir en los momentos álgidos de la historia, la producción simbólica (las imágenes, la música y las expresiones culturales) es objeto de censura, porque, aunque aparentemente sea un elemento fútil, representa la sociedad del momento con todo lo que esto quiera decir.

Cuando los activistas deciden irrumpir en los museos para manifestarse contra el calentamiento global atacando obras de arte reconocidas como iconos del arte universal, recuerdan la iconoclasia, que fue la censura a la adoración de imágenes religiosas de Jesús, la Virgen María y José durante el periodo Bizantino, y que significó la ruptura o eliminación de ciertas imágenes, iconos y estatuas religiosas alusivas.

Atentar contra las obras expuestas podría verse como una crítica a la existencia de los museos y al culto fervoroso a las imágenes, que, aunque no sean religiosas, se protegen, se visitan y se conservan como si lo fueran.

Las protestas recientes dentro de los museos dejan claro que no se trata de la falsa dualidad de si la belleza o las manifestaciones artísticas son necesarias en el mundo. Ese asunto no les compete resolverlo a los artistas.

Foto: Twitter

Por otro lado, al valerse del ataque a las obras de arte, reafirman, reconocen y refuerzan el valor simbólico que conservan las pinturas que hacen parte de la colección o que se consideran objetos preciados, dignos de ser custodiados y conservados en los museos.

Imágenes que se vuelven virales

Los activistas de Extinction Rebellion que se pegaron a la superficie de la pintura expuesta en el Museo National Gallery of Victoria, en Australia, junto a un pendón que decía: “caos climático = guerra y hambruna”, parecen respetar la obra de arte, e irónicamente, nos dejan con la curiosidad de volver a detenernos más en la pintura de Picasso, “Masacre en Corea”, que en el alegato de los activistas.

Lo mismo que sucedió con el ataque a “Los girasoles” de Van Gogh, los activistas de Just Stop Oil llevan a cabo una acción que resulta tímida y poco contundente. La protesta se asemeja más bien a una escena que remite al juego de un niño tirándole las crispetas a otro en la mesa.

Son unas acciones que se vuelven tan anecdóticas, que, en unos años, podrían ser usadas por un publicista para promocionar las sopas de tomate Heinz, pues los implicados en la acción sostienen la lata como si estuvieran promocionando el producto. Es una acción que no alcanza a ser perturbadora para nadie.

Una pregunta de reinado de belleza

Si, por el contrario, nos enfocáramos en el contenido de la pregunta que formularon después de tirar la sopa de tomate a la pintura; ¿qué vale más; el arte o la vida? ¿vale más que la comida? ¿vale más que la justicia?, ¿qué nos preocupa más: la protección de una pintura o la protección de nuestro planeta y de la gente? Estas son preguntas fáciles de responder porque de antemano se sabe lo que la gente querría oír, tienen una respuesta de sentido común y es muy obvia, por lo menos desde el punto de vista moral.

Preguntas tan parecidas y predecibles a la típica pregunta de los reinados de belleza: ¿en un incendio en un museo, usted salvaría a los cuadros o al perro guardián? Al final no importa lo que cada uno quiera responder a estas preguntas, que resultan muy parecidas en el trasfondo, lo importante aquí es que el arte no tiene necesariamente porque definirse a través de lo político, ni muchos menos asumir una militancia.

Pueden existir artistas a los que les interesa producir objetos decorativos, a otros les interesa asumir una actitud crítica frente a diferentes temas, otros producen arte que no entraría en cánones estéticos ni de belleza, incluso algunos crean obras perecederas, no comerciales e invendibles, de forma intencional. Ni el arte ni los artistas tienen que ser comprometidos por el simple hecho de ser artistas, ni hacer arte tiene esa finalidad.

Una foto coleccionable

La época en la que vivimos nos permite consumir imágenes en segundos con solo deslizar el dedo en la pantalla del celular. De allí que acciones como esta sean de fácil consumo, por la curiosidad que despierta la imagen y por la simpleza de su contenido.

No es extraño que el ataque a la “Mona Lisa”, el pasado mes de mayo, haya sido objeto de múltiples fotos, como la foto coleccionable, esa que no puede perderse porque es prueba de un hecho insólito. Ni siquiera importa de qué se trata, lo importante es haber estado presente justo en el instante en que le tiraron un pastel a la obra.

Es un acto mediático que se suma a los múltiples ataques inofensivos en los que lo único que pervive es el culto a la obra de arte y la foto testimonio del ataque ocurrido.

¿A quién incomoda?

Las protestas recientes dentro de los museos dejan claro que no se trata de la falsa dualidad de si la belleza o las manifestaciones artísticas son necesarias en el mundo. Ese asunto no les compete resolverlo a los artistas.

A quienes realmente habría que interpelar e incomodar es a los gobiernos y a los dueños de los grandes capitales, que son los causantes de la explotación desmedida y del daño a la naturaleza.

Por eso, resulta más contundente y sugestiva la imagen de la protesta de los activistas franceses Les Amis De La Terre (Los Amigos de la Tierra) en el Palais Brongniart, ubicada en la que era la Bolsa de Valores de París. Esta acción no fue un simple remedo de las protestas en otros museos del mundo; los activistas recrearon con pintura negra y humo un paisaje apocalíptico, causado por un derrame de petróleo. A pesar de ser una escenificación, es una imagen más veraz y fustiga a los causantes por el uso de los combustibles fósiles.

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