La ceguera y los insultos | Tatiana Andia | Razón Pública

La ceguera y los insultos

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Atul Gawande, el médico estadounidense y escritor del libro Ser Mortal, sugiere que una de las preguntas que se debería hacer uno cuando está cerca de la muerte, o cuando la enfermedad aqueja fuertemente es ¿cómo se ve, para uno, un buen día?

Esa pregunta me ha rondado la cabeza entumorada desde hace días y a medida que he perdido el que creía el sentido más valioso: la vista. El maldito tumor instalado en mi occipital derecho debe estar causando estragos. Primero me atacó un dolor de cabeza infame, ahora tengo una especie devisión de túnel o una franca ceguera del ojo izquierdo.

Maldito cáncer le dije a mi padre mientras me aliviaba con sus inyecciones mágicas el primer dolor de cabeza. Me dijo, “¡eso! pelear e insultar es bueno”. Es cierto. Reírme del absurdo, personificar e insultar a los tumores y al cáncer también. Todo eso me hace bien.

Lo cierto es que desde que comencé a experimentar esta ceguera me he acercado cada día más a la pregunta de Gawande. Esa pregunta es también una que no nos hacemos con frecuencia. A veces vivimos porque toca, porque abrimos los ojos y ahí estamos. Qué otra cosa podemos hacer sino levantarnos y “echar pa’lante” como nuestra madre colombiana interna indicaría?

Pero, ¿cuánto estamos dispuestos a perder antes de que levantarse no tenga sentido?

Escribo esto como he escrito muchas de las columnas no-columnas para este espacio. En las notas del celular, sentada en la cama al amanecer, con los tres gatos, como la loca de los gatos que nunca pensé que sería, y con un café en la bandeja que Andrés Elias compró para poder traerme el café con queso todas las mañanas. La ceguera parcial no obstaculiza esta rutina, o no la obstaculiza lo suficiente como para volverla inane.

Un gato ha descubierto que soy vulnerable por el flanco izquierdo y ha procedido a robarme el queso repetidamente por ese lado. Él se adaptó a mi ceguera, como yo me he ido adaptando con algo de ayuda del dictado y del autocorrector, como una humanoide de la era de la inteligencia artificial.

Andres Elías ha ido evolucionando en su nuevo rol de lazarillo. Los amigos me graban las lecturas pendientes en audios apacibles, en lugar de enviármelas a través de links y textos que me frustran por no poder leer. Yo hago chistes cotidianos acerca de los tropezones que me he dado con paredes y bolardos. Además de insultar al cáncer he insultado a los alcaldes históricos de Bogotá. Ciudad infame para niños, viejos y discapacitados como yo.

A la pregunta de Gawande respondo entonces con: “exactamente así”. Un buen día para mi nuevo ser cegado se ve “exactamente así”. Con el café, el queso robado, Andrés Elias, los gatos y alguna idea en la cabeza que valga más o menos la pena escribir mientras insulto al autocorrector por bruto y atortolado. Por ejemplo, qué tan difícil puede ser completar la palabra “atortolado” y por qué se empeña en escribir shortolq?

Atrás quedaron los días en que me lamentaba por no poder jugar tenis y leía con nostalgia el chat en el que se planean partidos y torneos. Hoy, con suerte, identifico la pelota en los partidos de Wimbledon en la televisión. Me cuesta también la pelota mucho más grande de la copa América o la Eurocopa.

Pero aún puedo conversar por horas con un vinito. Puedo comer de todo sin que me caiga mal.

Elementos indispensables para un buen día. Sin embargo, con frecuencia estallo en ira y frustración. Quiero romperlo todo, gritar, patalear. En esos momentos, el insulto es absolutamente insuficiente.

La vida es simple y a la vez compleja, pero vivirla no debería ser una obligación sino una consciente elección. Solo así puede ser una vida digna.

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De ahora en adelante, estas columnas serán más cortas y pueden contener errores. Los invito a insultarme y/o felicitarme en audios de Twitter y WhatsApp; pero no por escrito.

Acerca del autor

5 comentarios

Tatiana Andia

Escrito por:

Tatiana Andia

Profesora de sociología de la Universidad de los Andes.

5 comentarios de “La ceguera y los insultos

  1. Así es. Muy sabio:. La vida no puede ser interpretada como una obligación. La vida es un instante y un privilegio infinitamente improbable. Es entonces lo justo hacer todo lo que sea necesario para merecer ese privilegio irrepetible.

  2. Tatis, te he seguido desde la distancia, con una profunda admiración, por observar la mujer valiente en que se convirtió aquella niña que ví jugar en el centro médico, no podía ser diferente con los padres que tuviste.

    Cada uno de tus escritos, me dejan una profunda reflexión y lección.

    Solo me queda enviarte un abrazo grande desde la distancia, espero que el gato te deje algo de queso.

  3. En el artículo reciente sobre la muerte de tu madre entré esperando encontrar un análisis técnico y me encontré con una soberbia pieza literaria. Éste es también una brillante sorpresa. Ojalá haya tiempo para culminar esta vertiente. A la espera de más.

  4. En el artículo reciente sobre la muerte de tu madre, entré esperando encontrar un análisis técnico y fui sorprendido por una soberbia pieza literaria. Éste ha sido también una brillante sorpresa. Ojalá el tiempo alcance para desarrollar esta vertiente. Quedo a la espera de más.

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