
La campaña presidencial en Estados Unidos: una batalla por el alma de la nación
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Las presidenciales de 2024 intensifican la polarización al transformarse en una batalla entre visiones irreconciliables. Mientras Harris y Trump intentan atraer votantes independientes, el futuro de la democracia y el alma de la nación están en juego en una carrera incierta y volátil.
Diana Marcela Rojas*
Intensificación de la polarización
Una vez asentado el polvo del remezón producido por la renuncia de Biden a la candidatura demócrata en favor de Kamala Harris, la contienda retoma su curso y refleja las tensiones del actual escenario político. Una de ellas es la intensificación de la polarización que arriesga valores democráticos sustanciales.
A la anterior problemática se suma un sistema electoral desajustado que obliga a centrar el foco de atención en unos cuantos votantes y pocos estados. Por último, la disputa por la renovación plantea importantes desafíos en ambos campos en lo que resta de la carrera para llegar a la Casa Blanca. Tales tensiones se retroalimentan y dan lugar a una campaña caracterizada por la volatilidad y la incertidumbre.
La campaña presidencial de 2024 no solo refleja la polarización en la sociedad estadounidense, sino que la intensifica al hacer de la política un campo de batalla en el que se confrontan no únicamente propuestas y programas, sino identidades y visiones opuestas sobre el futuro del país.
Ambos partidos han adoptado una retórica que no solo enfatiza sus diferencias políticas, sino que busca movilizar a sus bases apelando a emociones como el miedo, la indignación y la lealtad. Donald Trump, por ejemplo, ha intensificado su discurso de “Make America Great Again” (MAGA), presentándose como el defensor de los valores tradicionales y el salvador de un país que, según él, está siendo destruido por la “izquierda radical” y las élites liberales. Esta retórica moviliza a su base y refuerza la narrativa de una lucha existencial entre dos opciones irreconciliables.
Por otro lado, los demócratas, ahora con Kamala Harris a la cabeza, han adoptado un enfoque que enfatiza la inclusión, la justicia social y la necesidad de enfrentar desafíos globales como el cambio climático. Su mensaje, sin embargo, también se articula en términos de resistencia contra lo que perciben como la amenaza autoritaria y regresiva representada por Trump y sus seguidores. La batalla por el alma de la nación se plantea entonces como una disyuntiva entre democracia y dictadura.
En un entorno en el que el centro del espectro político se diluye, la campaña se ha centrado en temas altamente divisivos como el aborto, los derechos LGBTQ+, la inmigración, la justicia racial y la economía. Dichas temáticas no solo reflejan las diferencias políticas, sino que son símbolos de las identidades y valores más profundos que dividen al país. Las posiciones sobre estos temas se presentan en términos absolutos, sin espacio para el compromiso, lo que refuerza la polarización.
El uso de los medios de comunicación y las redes sociales reflejan y amplifican dicha problemática. Las redes sociales permiten la difusión rápida de mensajes extremistas y desinformación, lo que contribuye a crear cámaras de eco donde los votantes solo escuchan aquello que refuerza sus creencias preexistentes. Este fenómeno hace que las campañas sean menos sobre la persuasión y más sobre la reafirmación de identidades políticas ya establecidas.

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A la caza de los independientes
Otra de las tensiones en la actual campaña surge de la conjunción entre la intensa polarización y la lógica del propio sistema electoral. En Estados Unidos la elección presidencial es indirecta, es decir, que los ciudadanos, al emitir su voto, en realidad eligen a un número establecido de electores que se distribuyen entre los estados que conforman la Unión, de acuerdo con el tamaño de sus respectivas poblaciones. Estos electores conforman a su vez el colegio electoral; el candidato que obtiene el mayor número de votos en esta instancia es el ganador.
En total, hay 538 electores y se necesita una mayoría de 270 votos electorales para ganar la presidencia. En este sistema es posible que un candidato gane el voto popular nacional, pero pierda en el Colegio Electoral si no gana en los estados clave, lo cual, hace menos democrático el proceso. Este fue el caso de los comicios en los que resultaron victoriosos los candidatos republicanos: en el 2000, George W. Bush vs. Al Gore; y, en el 2016, Donald Trump vs. Hillary Clinton.
Con un electorado fuertemente dividido entre dos campos políticos polarizados, la mayoría de los estados están claramente alineados. Sin embargo, aquellos que no son firmemente demócratas o republicanos se convierten en los principales campos de disputa. Los llamados swing states o “estados indecisos” son los únicos lugares donde los candidatos tienen una oportunidad real de influir en la preferencia de los votantes.
Por esta razón, cada voto es crucial para determinar el resultado final en el Colegio Electoral y explica por qué las campañas concentran sus esfuerzos en atraer los votantes independientes en Arizona, Michigan, Pennsylvania, Wisconsin, Georgia y Nevada.
Los llamados swing states o “estados indecisos” son los únicos lugares donde los candidatos tienen una oportunidad real de influir en la preferencia de los votantes.

La anterior dinámica marca la pauta de la contienda en las semanas restantes hasta la elección en noviembre. De su lado, la campaña de Harris está tratando de equilibrar su mensaje para atraer tanto a la base progresista como a los votantes independientes más centristas. Por este motivo, enfatiza en la importancia de la estabilidad económica, la protección de los derechos civiles y abordar cuestiones como el acceso a la atención médica, que resuenan con una amplia gama de electores. En pocas palabras, se trata de evitar que los independientes perciban al partido como demasiado radical o alejado de sus intereses, y, por el contrario, presentarlo como una plataforma de unidad nacional.
Mientras tanto, los republicanos están concentrados en atraer a los votantes independientes a través de un enfoque económico y de seguridad. Trump ha promovido su historial de crecimiento económico y ha argumentado que su liderazgo es necesario para restaurar la estabilidad y proteger a los estadounidenses de amenazas tanto internas como externas. La promesa de proteger los intereses económicos de la clase trabajadora es clave en su estrategia.
Trump ha insistido en posicionarse como la alternativa al “establishment” político, apelando a los votantes que sienten que el sistema no los representa. Este enfoque populista, que resuena especialmente entre los independientes insatisfechos con ambos partidos, busca capitalizar el descontento generalizado y el deseo de un cambio en Washington. Al cuestionar la legitimidad de las elecciones pasadas y criticar la administración actual por temas como la gestión de la pandemia o la inflación, el partido espera atraer a aquellos que sienten que el sistema está fallando.
¿Quién representa la renovación?
Otro elemento que caracteriza la actual campaña es la tensión entre el cambio y la continuidad. Paradójicamente, las narrativas de ambos campos trastocan su sentido inicial. Los republicanos habían planteado esta contienda como una elección entre el cambio representado por Trump y la continuidad de Biden. Con la llegada de Harris, la bandera de la renovación es ahora reclamada por el bando demócrata. Es importante señalar que los republicanos tienen dificultades para posicionar un discurso que identifique a la oponente con los fallos de la actual administración.
Los republicanos habían planteado esta contienda como una elección entre el cambio representado por Trump y la continuidad de Biden. Con la llegada de Harris, la bandera de la renovación es ahora reclamada por el bando demócrata.
La campaña de Harris ha planteado la idea de continuar y profundizar los avances logrados durante la administración de Biden, con un enfoque en la renovación del liderazgo político. Ella representa un cambio generacional al ser la primera mujer afroamericana y asiático-americana en ocupar la vicepresidencia y ahora la candidatura presidencial.
En estas pocas semanas, la candidata ha logrado revivir el entusiasmo de la base demócrata, generando un nuevo aire a la competición; un aire que recuerda el dinamismo y la ilusión suscitada por la campaña de Obama en 2008. Harris no solamente ha recuperado el espacio perdido por Biden en las encuestas, sino que empieza a ganar ventaja frente a Trump. Sin embargo, el efecto puede disiparse más temprano que tarde y no ser suficiente para mantenerla hasta noviembre en la delantera.
En la campaña de Trump, el cambio se presenta como un retorno a los valores tradicionales y una renovación basada en la restauración de lo que él considera la “grandeza” original de Estados Unidos. Su enfoque sigue siendo la crítica al “establishment” y la promoción de un cambio que implica la reversión de las políticas demócratas recientes, que considera perjudiciales para el país.
No obstante, frente a la transformación del panorama con la llegada de Harris, el candidato republicano no logra aún recomponer su estrategia. Se comienzan a percibir signos de fatiga en el electorado dada la repetición de la narrativa y el estilo de su liderazgo.
Trump ha mantenido un mensaje similar al de sus campañas de 2016 y 2020; pero, tras dos campañas presidenciales, se arriesga a que su punto de vista sea menos atractivo para los votantes indecisos que buscan soluciones a los problemas actuales. Además, su estilo divisivo y confrontacional, efectivo en su primera campaña, podría ser menos atractivo para una ciudadanía que, después de años de polarización, podría estar buscando un enfoque más unificador.
Además, los votantes más jóvenes y de diversas minorías, que constituyen un segmento creciente del electorado, tienden a ser menos receptivos al mensaje conservador, lo cual limita la capacidad republicana de expandir su base de apoyo. Así, las tensiones aquí examinadas hacen que la actual campaña sea una carrera muy cerrada, agresiva y extremadamente sensible, donde no solo está en riesgo el futuro de la democracia estadounidense, sino el alma de la nación.
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Acerca del autor
Diana Marcela Rojas
*Docente e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales IEPRI, de la Universidad Nacional de Colombia.
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