La búsqueda de la paz con el arte: tan lejos y tan cerca - Razón Pública
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La búsqueda de la paz con el arte: tan lejos y tan cerca

Escrito por Darío Rodríguez
Grafiti del humorista y periodista Jaime Garzón Forero en la calle 26 de Bogotá.

Grafiti del humorista y periodista Jaime Garzón Forero en la calle 26 de Bogotá.

Dario Rodriguez¿Puede el arte contribuir a la construcción de la paz? ¿Es la obra de arte por definición una producción destinada a crear conflictos y preguntas o puede servir para ayudar a impulsar consensos? Reflexión aguda sobre estas preguntas.

Darío Rodríguez*

Ejemplos de arte y paz

El papel de las artes en la construcción de la paz, en la ausencia de conflictos bélicos o en lo que entiendan por ‘paz’ quienes están encargados de fomentarla, es un ambiguo claroscuro. Puede resultar incómodo decir esto. Pero basta cotejar la historia de este violento planeta para corroborarlo.

Existen los entusiastas estéticos, gente como el escritor mexicano José Vasconcelos, quien ideó una memorable campaña editorial en su país una vez triunfó la Revolución Mexicana para que cada familia tuviese una biblioteca personal en la cual la educación y la lectura fueran el pan diario. Así, pensaba Vasconcelos, se promovería la tolerancia y el debate pacífico.

Otros, más febriles, han fundado escuelas artísticas en sectores marginales o han emprendido proyectos que unen a pueblos en pugna. El caso del director de orquesta Daniel Baremboim es representativo de esta actitud con su coordinación de una agrupación musical en la que israelíes y palestinos interpretan melodías sobre un mismo escenario.

¿Una obra de arte debe gestar climas de acuerdo o más bien quitar velos, desinstalar y provocar?

¿Qué queda de estos esfuerzos? Los aplausos de multitudes que brindan grandes elogios y muestras de agradecimiento. Sin embargo, en el plano de las decisiones políticas y económicas el impacto de este tipo de iniciativas o no es bien visto o simplemente se mira como un dechado de romanticismo.

Existen, también, quienes sospechan de los roles artísticos dentro del juego político. George Orwell dejó entrever en su célebre ensayo ‘La política y la lengua inglesa’ que solo un hábil dominador del idioma, una persona con altas capacidades de creación lingüística, podría modificar las vidas de miles de individuos, para bien o para mal.

Walter Benjamin, quizás uno de los primeros intelectuales en denunciar el nefasto poder que ejerció el Nacional Socialismo alemán, reveló la inmensa destreza histriónica y teatral de Adolf Hitler a la hora de manipular masas. Algunas artes, según estos analistas, son la nutrición de las guerras, su sustento.

El escritor, poeta y periodista Gonzalo Arango.
El escritor, poeta y periodista Gonzalo Arango.
Foto: Banco de la República

Arte y conflicto

Desde luego, un conglomerado que eduque su sensibilidad será menos propenso a los horrores de la guerra. Pero es necesario asumir los empeños en pro de estas sensibilizaciones con mucho cuidado, porque a veces las acciones artísticas terminan contribuyendo, de modo desgraciado y sobre todo involuntario, a la promoción de radicalismos, rencillas y dolores.

Es suficiente con someter a interpretaciones baladíes o impulsivas, propias de comentaristas en Twitter o en cualquier otra red social, una propuesta artística polémica o tendiente a la polémica (no olvidar que la polémica es una cara no sangrienta de los conflictos), para ver cuán dañinos resultan los efectos.

Esto se puede ver con un discurso del escritor Fernando Vallejo, ese eterno y brillante descreído, satanizado o glorificado de acuerdo a la simpatía que genera el autor, o con la olvidada ‘Elegía a Desquite’ del imposible profeta nadaísta Gonzalo Arango, donde se sojuzga a una sociedad que termina pariendo bandoleros, los mata y los resucita, texto por el cual algunos sectores pensaron que Arango estaba realizando una apología del delito y lo estaba justificando.

Por supuesto que estas expresiones artísticas no contribuyen a construir un ambiente de sosiego ni de tranquilidad. Al contrario, desestabilizan, problematizan. La pregunta sería: ¿una obra de arte debe gestar climas de acuerdo o más bien quitar velos, desinstalar y provocar?

Es muy difícil responder esta clase de interrogantes sin caer en apasionamientos, pues si no molesta, si no agita, el producto artístico en ocasiones se reduce a conmover, a empujar exclusivamente los matices acaramelados de sus espectadores. Y el arte queda cojo si no cumple sus funciones beligerantes.

El ejemplo de Garzón

En medio de las dudas y de las perplejidades que producen estas discusiones hay algo digno de ser subrayado. Cuando lo aterrador llega a topes insospechados y se convierte en la cotidianidad de un país, como en el caso colombiano, ciertas reacciones artísticas sorprenden por su potencial si no de cambio al menos de convocatoria.

El combativo periodista Jaime Garzón Forero sigue siendo un gestor de paz, de hecho más vigente y recio hoy que hace quince años cuando lo asesinaron, y sobre todo entre públicos jóvenes que de seguro jamás vieron sus presentaciones televisivas. Los videos donde entrevista a funcionarios públicos con la franqueza y el desparpajo que lo caracterizaban, las grabaciones de sus conferencias universitarias, cátedras bufas pobladas de propuestas en busca del anhelado proyecto de nación para nuestro país, así como el trabajo de difusión llevado a cabo en particular por su hermana Marisol Garzón, tienen al cómico instaurado como un ícono no solo del humor sino de la crítica política.

Con el paso de los años ya pueden deducirse algunas de las claves del influjo ejercido por Garzón: además de su olfato para entender las zarandajas políticas, su talento y perspicacia estaban en haber logrado traducir una gran versatilidad teatral y de pensamiento  (impecable imitación de personajes, creación de conceptos que pudiesen provocar conversaciones y análisis) al idioma del ciudadano del común, a su propia medida y condición. Siempre con una temática entre líneas a través de cada chiste: la búsqueda de un acuerdo nacional en medio de un país diverso y lleno de contrastes.

Si la práctica artística pretende algún fruto en el tiempo y entre la población, el ejemplo de Jaime Garzón es cimero e imprescindible. 

Si la práctica artística pretende algún fruto en el tiempo y entre la población, el ejemplo de Jaime Garzón es cimero e imprescindible. Por un lado, sus objetivos políticos eran muy claros (la denuncia, la lucha por una nación responsable, incluso el recurso a un poderoso medio de masas como la televisión), y por otro, esta solidez en los objetivos no hacía mella en su calidad como artista, la hacía plena y le daba consistencia.

De ahí que personajes de su invención tengan el poder no solo de condensar una idiosincrasia sino además de resumir una época y explicar al país entero. No es casual que el cenit de su carrera esté en la caracterización del embolador Heriberto de La Calle, ese colombiano que opina bien, que condena o felicita desde el suelo, desde la marginalidad y la exclusión, bajo estelas de un lenguaje sórdido y sarcástico. Lo demás impresiona debido a que ha pasado más de una década: frases de Garzón forman parte del vocabulario de muchos jóvenes y su legado empieza a crecer entre otros humoristas y periodistas.

Garzón es la prueba de que el artista comprometido con una causa política o de trabajo social debe aprender sobre la marcha a conjugar lenguajes, a convertir su desempeño artístico en un artefacto de entretenimiento y de reflexión. Al pensar en términos de paz, de negociaciones y de conflicto armado, no es exagerado afirmar que la pluralidad aún por construir en nuestra patria tiene en el humorista de ‘Quac, El Noticero’ uno de sus faros más indiscutibles.

El pianista y director de orquesta Daniel Barenboim.
El pianista y director de orquesta Daniel Barenboim.
Foto: Sebaso

El arte y la paz cotidianos

Así pues, el arte y la motivación hacia causas sociales no siempre se llevan bien. Pero cuando consiguen hablar desde códigos comunes pueden producir la aceptación de muchas personas. Estas expresiones quizás, a largo plazo, produzcan atmósferas de concordia o cuando menos de no agresión.

Pero el trabajo en este sentido es más largo de lo que solemos pensar o esperar. La palabra ‘posconflicto’ suena cercana a oídos de muchos académicos y expertos. Empero, desde la trastienda, desde el país que no vive cerca de la capital, esta es una realidad aún muy lejana que empieza hasta ahora a edificarse. Y quizás las artes no jueguen un papel preponderante en esos procesos. Los artistas estarán, pero de pronto no como protagonistas.

Se ha dado un gran paso paralelo a los esfuerzos representados en los diálogos de paz de La Habana con actividades coordinadas por el gobierno o con otras espontáneas a cargo de artistas que se movilizan inscritos dentro de las múltiples marchas dirigidas por una u otra organización.

Esta participación y colaboración de quienes hacen arte es, sin que las cámaras de televisión ni la gran prensa les dé la visibilidad necesaria, también un aporte importante para la elaboración ciudadana de lo que quizás algún día sea la paz. Porque se supera de esta manera una antigua costumbre propia de cierta visión misántropa del artista, alguien tan “libre”, tan “exquisito”, que no hacía parte de lo que acontecía en el mundo de las calles y de los sucesos de todos los días.

Esta es una gran contribución de las gentes de teatro, los escritores, los pintores y demás creadores a la búsqueda de espacios para la paz: que hayan logrado salir de concepciones en algunos casos dignas del siglo diecinueve, que hayan abandonado cierto dandismo, e independientemente de la clase de arte que ejecutan, o de la menor o mayor calidad de lo que hacen, caminen, conversen y vayan al lado de la gente. Emanuel Kant, que no era artista sino filósofo, ya lo había dicho: la conversación es una de las bellas artes. Y así también se construye esa quimera que llamamos paz.

twitter1-1@etinEspartaego 

 

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