La bancada central está cambiando en el mundo: ¿y en Colombia qué?
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La banca central está cambiando en el mundo: ¿y en Colombia qué?

Escrito por Cristian Frasser
banca central está cambiando en el mundo

El cambio climático, la pandemia y los movimientos sociales están cambiando el papel de los bancos centrales del mundo. En Colombia también está cambiando ese papel: ¿pero en cuál dirección?

Cristian Frasser*

Los nuevos bancos centrales

Los bancos centrales, en su forma actual, fueron creados para que el sistema monetario fuera operado por una entidad técnica e independiente, de manera que el valor de la moneda o el nivel de los precios fuera estable.

Desde su creación, estas instituciones han enfrentado serios desafíos que se han agudizado por la pandemia. Estos nuevos desafíos, así como las respuestas de los banqueros centrales, están redibujando las fronteras de la banca central:

  • Se les han asignado nuevas funciones;
  • Se acepta su intromisión en la política fiscal;
  • Sus decisiones empiezan a tener en cuenta las consecuencias distributivas, y
  • Cada vez se exige mayor diversidad en su composición.

Hoy, la figura del banco central independiente enfocado únicamente en la estabilidad de los precios es un mito. Pero muchos comentaristas colombianos siguen repitiendo los mantras de los noventa, como si nada hubiera pasado.

Colombia no es la excepción: la naturaleza del Banco de la República también está transformándose y es hora de empezar a prestarles atención a los hechos.

El comienzo del camino

Los bancos centrales no fueron solo un triunfo institucional, sino uno cultural. Se trataba de que una institución autónoma escogiera objetivamente la tasa de interés de corto plazo y así alcanzar un propósito democrático: la estabilidad de los precios. Esa combinación entre autonomía operativa y mandato democrático elevó a los banqueros centrales a la figura de guardianes de nuestro futuro, en contraste con la desfigurada incapacidad y mezquindad de los políticos.

Generaciones de economistas en Colombia han sido entrenadas en el mismo marco mental y la ciudadanía a quien se le vendieron las ventajas de este tipo de arreglo institucional adoptó estas ideas sin mayor resistencia.

El problema empezó cuando los viejos marcos mentales se enfrentaron a las nuevas realidades. La crisis financiera de 2008 forzó a los bancos centrales de las economías avanzadas a redescubrir una de sus antiguas funciones: la estabilidad financiera. Esta nueva realidad los obligó a recuperar, crear o aumentar sus poderes de regulación y supervisión sobre el sistema financiero.

Con ello, quedó claro que la estabilidad de los precios no era la única ni la más importante función de los bancos centrales, al menos en las economías avanzadas.

Un agente fiscal del Estado

Una vez que la tasa de interés de corto plazo se acercó a cero durante la poscrisis de 2008, los bancos centrales de las economías avanzadas lanzaron un programa de compra de activos con reservas recién creadas en su hoja de balance. La idea era que estas inyecciones de liquidez contribuyeran a la recuperación económica a pesar de que la tasa de interés estuviera en su límite inferior.

El programa se anunció como una medida temporal, pero después se volvió permanente. Con la llegada de la pandemia, la compra de activos se convirtió además en la herramienta predilecta para estabilizar la economía.

Los bancos centrales se convirtieron en un agente fiscal del Estado que hacía más barato su endeudamiento y contribuía indirectamente a su financiación.

Y entonces ocurrió algo nuevo: dado que la pandemia causó una crisis en todos los países, los bancos centrales de la periferia se estrenaron en el uso del programa que hasta entonces parecía reducido a las economías avanzadas.

En Colombia, por ejemplo, durante los primeros meses de la pandemia, el Banco de la República realizó compras de títulos de deuda pública (TES) por 2,8 billones de pesos. La operación redujo rápidamente las presiones iniciales sobre el mercado de deuda, y la tasa de interés de los TES —que había subido hasta casi 9 % en marzo de 2020— se redujo a cerca del 4 % en junio de 2020, un nivel inferior al observado antes de la pandemia.

Una consecuencia inmediata de este tipo de programas es diluir la frontera entre  la política fiscal y la política monetaria. En Europa, después de múltiples rondas de intervención, el 30 % de la deuda pública terminó en la hoja de balance del Banco Central.

Es cierto que no se trataba de una financiación directa del gobierno, porque dichos bonos ya estaban en poder de inversionistas privados. Pero sí se trataba de un programa con consecuencias fiscales: la compra de los bonos aumentaba su precio y garantizaba tasas más bajas a lo largo de la curva de rendimientos.

Así, los bancos centrales –incluyendo al menos brevemente al Banco de la República– se convirtieron en un agente fiscal del Estado, que hacía más barato su endeudamiento y contribuía indirectamente a su financiación.

La independencia en entredicho

La transformación de los bancos centrales en agentes fiscales del Estado sembró nuevas dudas sobre su independencia. Pero esta vez la amenaza no venía desde el exterior, sino del mismo banco central. Y los creyentes en la doctrina de la independencia del banco central no tardaron en notarlo.

La decisión de hacer compras masivas de activos había metido la política monetaria en el terreno de la administración de la deuda pública, un terreno donde siempre aparecen los fines políticos. Los bancos centrales quedaban expuestos a presiones desde distintas orillas políticas para que la compra de bonos del gobierno se usara como alternativa indirecta de financiación. Sin embargo, en esta ocasión, eran los mismos bancos centrales los responsables de abrir la puerta por donde se colarían esta clase de presiones.

Escogiendo entre los pobres y los ricos

Pero ese “retorno de la política” no se redujo al papel cuasi fiscal de los bancos centrales. Además de bonos del gobierno, los bancos centrales compraron activos privados, una medida con claras consecuencias distributivas en favor de los propietarios de esa misma clase de activos.

En el caso colombiano, el Banco de la República compró títulos de deuda privada por 8,7 billones de pesos durante la pandemia. Ante los enormes retiros que se registraron en los fondos de inversión colectivos, la intervención del Banco  detuvo la caída en los precios de los certificados de depósito a término (CDT) y, por esa vía, frenó la desvalorización que experimentaron ese tipo de fondos.

La política monetaria siempre había tenido consecuencias distributivas, pero se suponía que eran pequeñas y que afectaban solo la distribución del ingreso. No obstante, los propios bancos centrales se encargaron de desmentir esta premisa. Las consecuencias distributivas podían ser mayores de lo imaginado y, esta vez, podían tener un efecto sobre la distribución de la riqueza.

Un banco que a través de las compras de activos privados elige ganadores y perdedores en la distribución de la riqueza, contradice la idea de un cuerpo tecnocrático ajeno a las cuestiones políticas. En tanto no sepamos en detalle quiénes han sido los beneficiarios de esta compra de activos privados, queda en entredicho la transparencia de los bancos centrales y, con ello, uno de los pilares de su independencia.

banca central está cambiando en el mundo
Foto: Wikimedia Commons - La transformación de los bancos centrales en agentes fiscales del estado creó nuevas dudas sobre su independencia.

Las nuevas presiones

Los bancos centrales también se están viendo presionados a ampliar sus mandatos. El cambio climático, la desigualdad, el desempleo y la discriminación de género y racial se convirtieron en preocupaciones de primer orden y, en consecuencia, la forma como se relacionan los banqueros centrales con el gran público también ha empezado a transformarse.

Así, por ejemplo, las directivas del Banco Central Europeo se han reunido con organizaciones ambientalistas para oír sus preocupaciones y la Federal Reserve System (Fed) de Estados Unidos ha empezado a discutir las ventajas de una mayor diversidad en las posiciones de liderazgo.

En Colombia están brotando estas mismas presiones, justo cuando la opinión desfavorable sobre la Junta Directiva del Banco de la República es del 50 %, la más alta de los últimos veinte años.

Estas demandas de diversidad y conexión con la ciudadanía no pueden ser menospreciadas. Un Banco de la República diverso y dispuesto a dialogar con un público más amplio podría enfrentar de manera más efectiva las nuevas realidades y los cambios que se avecinan.

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