La ambigua carga explosiva de Elmo Valencia - Razón Pública
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La ambigua carga explosiva de Elmo Valencia

Escrito por Darío Rodríguez
Elmo Valencia, poeta nadaísta.

Elmo Valencia, poeta nadaísta.

Dario RodriguezComo su propia vida, la obra del fallecido autor caleño se ubica en un territorio incierto, entre la calidad y la payasada, la leyenda y la caricatura. Un vistazo sobre sus textos permite apreciar la herencia y la relevancia del nadaísmo en la actualidad.  

Darío Rodríguez*

Un fuera de lugar ha muerto

Elmo Valencia, poeta, narrador y nadaísta de primera línea, murió en un asilo de Cali, quizás en su ley o por lo menos de acuerdo con su concepción de la dignidad, es decir, no como una abstracción, sino como un obstinado libreto para la vida.

Podrá denostarse su literatura, en ocasiones desigual o poblada de caída estrepitosas, pero hay en él algo que es indiscutible: trató de ser un fuera de lugar y un rebelde casi desde la pubertad y esto lo condujo al escarnio, al rechazo social y, por supuesto, a la pobreza.

Su estampa es difícil de olvidar. Se dejaba ver en las ferias del libro de Bogotá en un inefable rincón dedicado al nadaísmo. Allí no se vendían libros y el vacío y el silencio acompañaban al octogenario de pausado hablar y ademanes lentos, quien durante días enteros, bebiendo café y aguardiente, podía contar sus anécdotas acerca de Gonzalo Arango a quien quisiera oírlas.

Lejos de exhibir una imagen miserable o mendicante, el despojo y las carencias que padeció durante sus últimos años expresaban una socarronería y un fino cinismo, más cerca de Diógenes de Sinope que de un melodramático adulto mayor en busca de ayuda. Este detalle podría definirlo bien si Valencia no tuviera a la espalda el denso pasado que lo convirtió en escritor y en un eterno proscrito.

Vida y leyenda del “monje loco”

Elmo Valencia tenía cerca de noventa años cuando falleció. Aunque esta información no es segura. Casi todas los datos biográficos sobre el autor de Culo de botella rozan lo inverosímil. Entre los nadaístas, era uno de los más veteranos y se unió al movimiento en Cali, a principios de los años sesenta, de la mano del poeta Jotamario Arbeláez.

Las versiones acerca de su vida resultan contradictorias. Sus amigos aseguran que Valencia estudió física y, al mismo tiempo, hablan de su título de ingeniero electrónico o eléctrico. Es evidente que sus primeros pasos literarios estuvieron ligados a una formación universitaria superior a la del resto de los nadaístas.

Elmo Valencia, murió de acuerdo con su concepción de la dignidad, es decir, no como una abstracción, sino como un obstinado libreto para la vida. 

Se sabe que vivió en Estados Unidos donde (posiblemente) cursó sus estudios superiores. Fue jurado del Premio Casa de las Américas (Cuba) y ofreció lecturas públicas con el poeta beatnik Allen Gingsberg. Este dato puede ser parcialmente corroborado, pues Valencia es considerado (incluso por sus contradictores) como el puente entre las tendencias “prehippies” y los comienzos del nadaísmo.

No obstante, si había alguien interesado en convertir su vida en una ambigua leyenda era el propio Valencia. Nunca dejó una sola nota clara sobre lo que fue antes del nadaísmo y, luego, cuando la fama cubrió y malogró al grupo, se fue replegando en difusos empleos de todo tipo, sin abandonar la literatura ni a los demás miembros del movimiento.

Apóstol del nadaísmo

Literatos nadaístas: Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Eduardo Escobar y Elmo Valencia.
Literatos nadaístas: Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Eduardo Escobar y Elmo Valencia. 
Foto: Ciudad Viva 

Entre la publicación de un libro y otro Valencia vivía en Bogotá o Cali. Desde los años noventa hasta el final de sus días solía asistir a cuanta actividad “pronadaísta” se organizaba, sin importar quién la promoviera ni cómo. Se embarcó en una suerte de apostolado que lo condujo a dirigir selecciones de textos para las más disímiles editoriales.

Entre todos esos materiales vale la pena mencionar el volumen Cuentos nadaístas, publicado en el 2001 por Panamericana Editorial en su colección El pozo y el péndulo. Además de recopilar trabajos escritos por el nunca célebre Rafael Vega Jácome o por el siempre modesto Jan Arb, la antología resalta un aspecto crucial en la configuración literaria del grupo que sirve, de paso, para comprenderlo sin apasionamientos: la tendencia al panfleto, al pastiche y al libelo de urgencia.

Esta afectación escandalosa a la hora de escribir podría ser considerada como el verdadero común denominador de los nadaístas -incluso más que el humor, recurso señalado con unanimidad por la crítica cuando se ha ocupado del valor literario del movimiento-.

Entre la genialidad y el ridículo

La obra de Elmo Valencia, también vociferante, es un conjunto sinuoso de escrituras, en algunas ocasiones tan radicalmente heterogéneo que logra suscitar vergüenza ajena y, a la vez, sorpresa (por su depuración y alta calidad).

Por ejemplo, El libro rojo de Rojas (Useche Impresor, 1970), escrito a cuatro manos con Arbeláez, era un mamotreto impresentable, realizado como apoyo para quienes votaron por Gustavo Rojas Pinilla para la Presidencia. Como se sabe, las elecciones de 1970 fueron polémicas. Los autores pretendían redactar la versión colombiana del Libro rojo de Mao Tse-Tung. No lo consiguieron. Además de carecer del mínimo decoro gramatical, este libelo adolece de una lamentable ingenuidad política y literaria.

Al lado de este desatino literario, Elmo Valencia concibió uno de los libros de relatos más importantes en la historia literaria colombiana, El universo humano (Xajamaia Ediciones, 1993). A medio camino entre las parábolas, los cuentos jasídicos y una absorción del realismo entendido como suma de paradojas o accidentes, cada una de las narraciones en ese volumen da cuenta de un autor que entendía a la perfección la situación colombiana y occidental. Las metáforas que emplea, prestadas o francamente rapadas a la poesía, son de una solidez indudable.

El cuento que da título al libro, donde se narra la historia de un hijo que crece dentro del vientre materno y se hace hombre sin salir de ese aparente refugio hasta pulverizarse, es, sin duda, una pieza maestra que interpreta zonas poco estudiadas de nuestros comportamientos colectivos, siempre deseosos de buscar en todo más a una madre que a un padre, dependientes de una muleta o de una seguridad fetal para sobrevivir.

Los poemas de Valencia no se apartan del anhelo efectista ni de la pirotecnia verbal que distinguen -y dañan- al nadaísmo. El afán de gustar, de impactar al lector (o al oyente) prima sobre la solidez de los textos, hasta bordear la hilaridad gratuita. Elmo Valencia fue, en el campo de la lectura o recitación de poemas ante públicos masivos, un auténtico hombre-espectáculo pero un mal poeta.

En su caso el aliento panfletario se resuelve en simples juegos de palabras graciosos o en ripios que mueven a la risa, aunque sin prosodia ni una mínima factura literaria. La mayoría de la producción poética del nadaísmo a lo largo de seis décadas es decepcionante (con excepción de los libros de Jaime Jaramillo Escobar, que son una literatura autónoma y poderosa). Ni el gregarismo ni las causas comunes logran quitarle a esta poesía su vestimenta de pilatuna infantil que no apunta a ningún lugar específico.

De la iconoclasia a la parodia rebelde

Durante el lanzamiento de la antología conmemorativa Bodas sin oro, Elmo Valencia intentó definir el nadaísmo y no pudo evitar la habitual recurrencia al anecdotario y la nostalgia de los “locos años sesenta”. La cartilla nadaísta, quemas de libros, ataques al catolicismo, estadías en cárceles, una inocente idea de la revolución que acabó por entregarlos al establecimiento y la legendaria o melancólica muerte del profeta Gonzalo Arango.

La obra de Elmo Valencia, es un conjunto sinuoso de escrituras, que logra suscitar vergüenza ajena y, a la vez, sorpresa.

Los poemas, cuentos y manifiestos no lograron defenderse por sí mismos. Requirieron el apunte gracioso para tomar fuerza. Esta situación, dentro de una exigua tradición literaria como la nuestra, representa un dislate. Como no hay unas obras consolidadas que respalden a una supuesta filosofía o ideología, se echa mano de lo poco que queda, manojos de anécdotas, de divertidas narraciones orales que se repiten sin cesar ante cualquier auditorio.

La rebeldía de Elmo Valencia y sus cargas explosivas se fueron difuminando hasta convertirse en una especie de comedia nostálgica. Quedan los libros y el hecho de haber contribuido a que sus sucesores literarios buscaran nuevos caminos. Sin embargo, se mantiene la sospecha de que todo aquel desorden no fue sino un acto pueril, una travesura que redundó en colaboraciones para sospechosos Gobiernos y en un arte mediano.

La actualidad del nadaísmo

Pese a lo que ahora es el nadaísmo, tendrá que llegar un tiempo de redescubrimiento literario para los libros de Elmo Valencia y de sus compañeros. Es deseable que esta evaluación no quede en manos de sobrevivientes ni de fieles devotos, cuyas opiniones nunca serán imparciales.

La partida del “monje loco”, como lo llamaba Gonzalo Arango, tendría que servir como pretexto para abordar, desde los estudios literarios e historiográficos, unos textos muy celebrados aunque poco examinados. Ese será el día cuando el trigo sea separado de la paja o cuando se descubra que, ojalá no, solo había paja.

*Escritor y editor. Columnista de www.cartelurbano.com

@etinEspartaego

 

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