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La Alianza del Pacífico: mucho ruido y pocas nueces

Escrito por Germán Prieto
German-Prieto

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El gobierno alardea del acuerdo con Chile, Perú y México, pero no es para tanto: la desgravación ya estaba hecha y la inserción a Asia-Pacífico aún no ha comenzado. 

Germán Camilo Prieto*

 

Mucho ruido

El gobierno colombiano ha elevado el volumen para dar a conocer los avances en el proceso de consolidación de la Alianza del Pacífico (ALP), desde su creación en abril de 2011.

Estos anuncios han alcanzado su tope — que bien podría calificarse de bulla — durante las últimas semanas, especialmente en vísperas de la VII Cumbre de la ALP en Cali — 20 al 24 de mayo — cuando el presidente Santos respaldó con orgullo las palabras altisonantes de Luis Alberto Moreno, presidente del BID: “la propuesta de integración más ambiciosa que se haya visto en décadas”.

Y recientemente la canciller María Angela Holguín afirmó satisfecha: “Hemos avanzando tan rápido que los derroteros que nos habíamos puesto hace dos años, cuando la Alianza empezó, están casi todos cumplidos”.  Pero ¿cuáles son esos logros y por qué tanto aspaviento? 


Foto: Presidencia de la República Mexicana

 Dos objetivos

La ALP se perfiló como un “bloque de integración profunda” para crear un mercado común entre sus actuales miembros — Chile, Colombia, México y Perú — y servir como plataforma de inserción de estas economías en la región Asia–Pacífico.  Ya en un análisis anterior en Razón Pública critiqué la viabilidad del primer objetivo,  pero consideré más realista el segundo.

Un mercado común — entendido como un espacio de libre movilidad de factores de producción y de personas — requiere de políticas macroeconómicas estrechamente  coordinadas entre sus miembros.  La probabilidad de que se logre este objetivo entre los cuatro países de la ALP es muy baja.

Como siguen adheridos al modelo neoliberal — desde su adopción a fines de los años 80 — estos cuatro países son altamente vulnerables a los choques económicos externos: resulta muy difícil coordinar sus políticas cambiarias, el único instrumento del que aún disponen para hacer frente a los síntomas de “enfermedad holandesa”,  hoy tan evidentes en Colombia, por ejemplo.

Sus “platos de espagueti” comerciales (spaghetti bowls),[1] formados por la gran cantidad de TLCs que cada uno tiene con una variedad de socios comerciales en condiciones diferentes, hacen que resulte también poco probable coordinar las políticas comerciales —  y en particular las arancelarias—   otro instrumento clave para un mercado común.

Una mejor inserción conjunta en Asia–Pacífico parece un objetivo más razonable, en la medida en que abrir espacios de negociación y hacer que sus embajadas trabajen de manera concertada es algo técnicamente menos complejo, aunque no menos ambicioso.           

Pocas nueces

En dos años, la ALP ha logrado unificar las bolsas de Bogotá, Lima y Santiago dentro del Mercado Integrado Latinoamericano (MILA), que permite hacer transacciones en las otras dos bolsas, desde cualquiera de ellas.

El gran logro anunciado recientemente consiste en la desgravación del 92 por ciento del universo arancelario de los cuatro países; el 8 por ciento restante quedara desgravado en los próximos meses.

Estos dos logros, dicho sea de paso, nada tienen que ver con un mercado común o con una plataforma de inserción conjunta en Asia–Pacífico. Se anuncian con rimbombancia, pero un análisis objetivo no avala tanto optimismo:

· Para empezar, el MILA es fundamentalmente un logro tecnológico: una plataforma para hacer transacciones entre las tres bolsas participantes  — la de Ciudad de México aún se ha integrado — lo cual básicamente ahorra tiempo. Pero si las transacciones entre los tres mercados de valores aumentan, será porque mejore el comportamiento de las economías, no porque las bolsas estén integradas.  

· El anuncio de desgravación comercial es una maniobra de distracción: desde hace años los cuatro países ya habían liberalizado prácticamente todo su comercio.

– Colombia con Perú desde 2002 (cuando Perú completó su incorporación a la Zona Andina de Libre Comercio);

– Colombia con México desde el G-3 (1992);

– Colombia con Chile;

– Chile con los demás, mediante Acuerdos de Complementación Económica que se vienen profundizando desde los años 80 (igual que entre México y Perú), más los TLC que ha firmado con cada uno de los otros tres países. 

Desgravar el 92 por ciento del universo arancelario y buscar la desgravación del 8 por ciento restante es llover sobre mojado: el comercio en América Latina ya está liberalizado en materia de aranceles. Lo que queda por hacer es desmontar barreras no comerciales. En este frente la ALP no ha avanzado nada. De hecho, la CAN ha avanzado muchísimo más. 

· Se han eliminado las visas de turismo entre los cuatro países, pero el logro es relativo: México era el único que se la exigía a Colombia y a Perú. Y sobre todo, no se han desmontado los permisos de trabajo, condición de una verdadera movilidad de este factor.

· Otro gran logro de la ALP señalado por Holguín y subrayado por El Tiempo: Turquía, Corea del Sur, China y Estados Unidos han solicitado su admisión como observadores. España es observador de la CAN, Panamá y México de la UNASUR, y Nueva Zelanda y México del Mercosur, pero su participación como observadores no influye en absoluto en el avance de estos proyectos.    


Foto: Comunidad Andina

Haciendo méritos                                                                    

En cambio, el trabajo conjunto para la inserción de estas economías en el Asia–Pacífico, el verdadero motor de la ALP, está en veremos: se sigue hablando de embajadas conjuntas en esa región, pero no se ha constituido la primera (apenas Colombia y Perú van a compartir delegación diplomática en Ghana, pero este país no queda en Asia–Pacífico), ni se han programado negociaciones conjuntas, ni se anuncian acciones diplomáticas concretas.

¿Por qué entonces tanto ruido por parte del gobierno colombiano?  Dos hipótesis:

· La primera, un interés compartido por los gobiernos de Santos, Piñera, Humala y Peña Nieto en hacer contrapeso a  la Alternativa Bolivariana para las Américas – ALBA– y al Mercosur, considerados, sobre todo, como bastiones opuestos al libre comercio y a la ortodoxia neoliberal. 

· La segunda,  un afán del gobierno de Santos de marcar un contraste con su predecesor en materia de política exterior, exhibiendo sus esfuerzos en cooperación regional y dando un nuevo impulso al regionalismo venido a menos con el decaimiento de la CAN. 

El contraste con el gobierno Uribe sí es visible: en particular, la forma como se dialogó con el presidente Ortega tras el fallo de La Haya, el manejo de las relaciones con el gobierno venezolano y el momentáneo interés por relanzar la Comunidad Andina (anunciado en noviembre de 2011). 

Si bien la ALP es algo inédito, exhibirla como “el proyecto de integración más ambicioso” y alardear de sus “rapidísimos logros” pueden interpretarse como intentos de hacer méritos para la reelección.

El regionalismo — sobre todo en el plano retórico — a menudo es usado por los gobiernos latinoamericanos para mostrar su “proactividad internacional”, anunciando grandes acuerdos y complejos objetivos que se quedan en el aire.  

La CAN: más logros y menos música

En fin, conviene recordar que la Zona Andina de Libre Comercio y el Arancel Externo Común Andino — creados desde comienzos de los 90 — permitieron el crecimiento de las exportaciones manufactureras de Colombia, Ecuador y Venezuela, y fueron los únicos instrumentos de resistencia frente al proceso de desindustrialización que se desencadenaría tras las reformas de entonces llamado “ajuste estructural”.

El boom manufacturero duró hasta finales de los 90, cuando el mercado andino se quedó pequeño y el crecimiento del comercio intra–industrial se estancó — aunque todavía no ha decrecido—  pero las diferencias ideológicas entre sus miembros durante la primera mitad de los 2000 acabaron con las posibilidades de consolidar el AEC y alcanzar un mercado común, ese sí de verdad.

La CAN — o lo que queda de ella — lleva a cabo muchos más proyectos e interviene en muchas más áreas de política regional y doméstica que la ALP.  Bastaría con dar una mirada semanal al sitio web de la CAN… solo por curiosidad. 

Sin embargo, El Tiempo prefiere destacar un nuevo proyecto regional que, como dice la  emblemática banda de rock chilena Los Prisioneros, “va sumando banderitas”[2], pero en donde suena mucho platillo y poco bombo, porque el piso del proyecto, para lo que debe servir, está ausente.
http://www.youtube.com/watch?v=JD7qa2J7REw

Ojalá la ALP concrete esfuerzos para mejorar efectivamente la inserción en Asia–Pacífico que genere valor agregado y empleo. Tanta música en torno a la integración regional solo retumba en las cajas de resonancia de los egos presidenciales de turno. Y sobre todo,  la ALP debería ser un instrumento para mejorar las condiciones de vida de la abandonada población del Pacífico colombiano, de la cual a duras penas conocemos su música, pero de la que el país se ha preocupado tan poco o incluso menos que de los países de Asia-Pacífico.  

* Candidato a Ph.D. en Ciencia Política de la University of Manchester, magíster en Economía Política Internacional de la University of Warwick, profesor e investigador en Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

[1] La expresión “spaghetti bowl” (plato de espagueti) fue introducida por el economista indio Jagdish Bhagwati para referirse a las complicaciones de política comercial (en particular a lo relacionado con las reglas de origen) que genera la proliferación de TLCs entre los países. Ver Bhagwati (1995) U.S. Trade Policy: The Infatuation with Free Trade Agreements. Columbia University, Discussion Paper Series No. 726. 

[2] Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos (1984): “Nadie en el resto del planeta toma en serio a este inmenso pueblo lleno de tristeza / Se sonríen cuando ven que tiene veintitantas banderitas, cada cual más orgullosa de su soberanía / ¡qué tontería! dividir es debilitar” (fragmento). 

 

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