La agenda de los medios en Colombia: lo que se dice y lo que no se dice - Razón Pública
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La agenda de los medios en Colombia: lo que se dice y lo que no se dice

Escrito por Ángel Becassino
Angel-Beccassino

Angel BeccassinoDecidir de qué se habla y de qué no se habla en público es la primera expresión del poder. Las prioridades que el gobierno propone y los medios divulgan son escogidas para evitar que cambien las cosas que sí importan –y por eso en Colombia no se habla de las cosas importantes.

Ángel Beccassino*

La opinión se diseña

0182La agenda, dicho sencillamente, son las prioridades. Aquello que debe atenderse de inmediato. Lo urgente, cuando el tema nos supera, como en el caso de un terremoto, de una inundación o de un tsunami. Lo importante, cuando la decisión es nuestra.

Una clave del éxito de una agenda pública —es decir, de la conexión entre sus argumentos y la creencia de la “opinión pública”— radica en si se ha sabido difundir el mensaje. Algo que ocurre solo cuando este mensaje es difundido en una síntesis compacta y en un lenguaje que permite la comprensión inmediata de su significado.

Hablar de la agenda en medios del gobierno es hablar de sus intenciones, de la necesidad de sintonía con la ciudadanía. Y es hablar de la arquitectura mediante la cual se intentan construir percepciones.

Es hablar de la construcción del efecto, de cómo se diseña esa "opinión pública" que responde a "razones emocionales". Es hablar de la forma como se instala la agenda, de los ritmos en el suministro de la información, de la fragmentación con que esa información va siendo instalada en la mente del público, del entorno donde eso ocurre.

En tiempos de simultaneidad planetaria en el acceso a la información, la "emoción pública" ha sustituido a la "opinión pública", como dice Virilio. Cuanto más rápido difundas tu punto, mayor será su impacto emocional.

Y ahí interviene la noción de virus: la importancia de su diseño, de su potencia en el momento de ser inoculado, de su dosificación, del trabajo táctico de sostener activo el virus mientras sea necesario.

Pero el tema de fondo es, ¿de qué agenda hablamos?

Detrás de las decisiones, lo importante es, evidentemente, quién decide lo importante. Quién escoge, por ejemplo, que el tema prioritario sea el tabaco, sustentándose en los derechos del fumador pasivo, mientras se relega hacia un futuro indefinido la cuestión del aire contaminado por miles de vehículos atascados en medio de la carencia de calles, el diesel de mala calidad y las industrias que emiten al aire los residuos gaseosos de sus procesos.

Colombia sin agenda

¿Hay agenda pública en los medios de Colombia? Difícil afirmarlo. En este país, la “agenda de gobierno” no es más que una suma de grandes enunciados puestos ahí para descuartizar y maquillar: "Reformas" a la política, o a la justicia, o al sistema de salud o al Código Penal, que al capturar su atención, impiden a la ciudadanía ver temas de mayor importancia. Como la conveniencia o no de las concesiones mineras en los términos que se están otorgando, o el significado profundo de la educación superior, tal como el gobierno la está proponiendo.

Lo normal entre nosotros es que, durante unas cuantas horas o días, los medios reptan alrededor de un tema que puso sobre el tapete el “poder”, algún interés de lo que solemos llamar “el poder”. Luego el carrusel del espectáculo gira y ya muy rara vez se vuelve sobre el tema anterior.

Eso resulta característico en Colombia: no hay permanencia en el foco. Probablemente, porque no se tiene la solución para el problema incorporado a la agenda. Porque la política en Colombia no tiene capacidad para configurar cambios, ni credibilidad para liderarlos.

A lo largo de la mayor parte de su historia, Colombia es la prueba tangible de que se puede realmente vivir sin agenda. Aquí no se habla de lo importante. Por eso, la poca gente que quiere enterarse, se entera pero cuando ya es tarde. Y de ahí la reacción natural de los más conscientes: el desencanto.

Agendas estimulantes

En algunos países serios, la agenda en medios del gobierno sacude efectivamente la atención de la ciudadanía. Por ejemplo, anteponiendo una mejor realidad para las generaciones futuras a la lógica de los intereses inmediatos.

Un ejemplo reciente: este año 2011, el partido Fidesz, que gobierna en Hungría, logró instalar en los medios un debate innovador sobre la posibilidad de alterar el principio democrático de una persona-un voto en beneficio de las madres y de sus hijos menores, cuyo futuro estaría en sus manos hoy, mediante un segundo voto.

Entonces la ciudadanía entera se entusiasma y participa: el tema se planteó al más alto nivel en la Asamblea que negoció la nueva Constitución, aprobada por el parlamento de Budapest el 18 de abril de 2011. Se debatió, por ejemplo, la idea de incluir o no el doble voto para las mujeres embarazadas. O si es el padre quien debería ejercer el doble voto.

Pero en Colombia la mayoría de la población vive al margen de las realidades que la impactan o podrían hacerlo, modificando de raíz sus vidas. Y surge entonces la pregunta cínica sobre la pasividad del ciudadano… y de la ciudadana.

La rumba, nuevo opio del pueblo

Una respuesta realista: la mayoría vive inmersa en la fatiga de la sobrevivencia, del rebusque ante la realidad del desempleo crónico, del salario insuficiente, del recorte constante de oportunidades. La ciudadanía colombiana llega al final del día o al fin de semana con un profundo deseo de “entretenerse”, de escaparse y de pasar de largo frente a cualquier posibilidad de pensar y cuestionar o cuestionarse.

 

Esto explica que queden por fuera de la agenda pública todas las grandes decisiones que por acción u omisión nos afectan o nos han afectado:

  • las políticas enfocadas a atraer inversión extranjera sacrificando salarios o recaudo fiscal;
  • el uso de las bases militares colombianas por las tropas norteamericanas;
  • la minería a cielo abierto;
  • la destrucción física de bosques para instalar cultivos industriales de palma africana;
  • la contaminación de ríos hasta su desembocadura en el mar…

No hay debate público a nivel del “constituyente primario” —la ciudadanía, el pueblo mismo— sobre ningún tema clave. Más allá del territorio de los shows radiales de la mañana y de algunas columnas en los diarios, no se habla de temas claves, como si resulta sensato relegar la inversión necesaria para la educación y la salud de millones, priorizando la inversión directa e indirecta en una guerra inútil contra quince mil campesinos armados.

O si, frente a la pobreza que sufre la mitad de los colombianos (mídase como se mida), el tema prioritario debe seguir siendo la concentración de recursos para la inútil guerra contra el narcotráfico en beneficio de Estados Unidos, principal consumidor de esos productos, cuyo gobierno en realidad protege a sus millones de adictos.

El poder está en la agenda

Nuestra capacidad de reflexión ha ido cediendo el paso al consumo de información de último instante, lo que conduce a un estilo de vida ligeramente esquizofrénico: vivir la realidad como un espectáculo que pasa a nuestro lado. Que no tiene que ver con nosotros.

Inmersos en ese consumo de la realidad como espectáculo, hemos dejado de pensar, de reflexionar sobre lo que vivimos, sobre lo realmente importante en nuestras vidas. Y así hemos dejado de participar, cediendo las decisiones a otros, limitándonos, como mucho, a criticar de lejos la calidad de esas decisiones que se toman por nosotros.

Si nos presionan para que expliquemos esta actitud, nos arropamos de razones: negamos la posibilidad de participación, porque no queremos contaminarnos con "la política". Sustentamos el rechazo a los políticos, aferrándonos a las creencias circulantes: son corruptos, son ineptos.

Se formula así una justificación para no involucrarnos, para no actuar. No queremos saber nada de lo público. La democracia es una mentira, es la mediocridad vuelta sistema, es un asco. Negamos todo, como si no fuéramos responsables.

Y como mucho, ponemos en escena gestos críticos de ópera callejera, protestamos adoptando solemnes rótulos con pretensiones de categorías de impacto, como la hoy ya célebre de "indignados". No proponemos nada realizable: solo trazamos líneas de deseos inaplicables en lo inmediato.

En el espacio global, ante la nulidad de la clase política, hoy la agenda pública es impuesta por los cables de Wikileaks, por los anuncios de Anonymous, por la información filtrada por grupos de "hacktivistas", por las acciones de redes de ciudadanos, por los estudiantes chilenos, por los obreros griegos, por los “Indignados”, bajo cuya presión caen gobiernos en el norte de África, y en su versión más edulcorada paralizaron la Puerta del Sol durante el verano madrileño y la avenida Rothschild en Tel Aviv.

En fin, cuando hablamos de agenda, de debate público, hablamos también de la necesidad de pensar el largo plazo, el futuro. Y el territorio de la esperanza se ha ido convirtiendo en la arena de la incertidumbre absoluta, despojando al discurso de los políticos de su ingrediente central: la promesa. La promesa del cambio.

La agenda de gobierno en los medios tiene que ver con la posibilidad del cambio. Ese es el tema.

Argentino radicado en Colombia desde 1986, asesor de campañas políticas en Colombia, México, Venezuela y otros países, trabaja también en marketing de gestión de gobierno. Aguilar, Random House, Planeta y otras editoriales han publicado libros suyos, entre ellos El Precio del PoderLa Nueva PolíticaCómo Ganar Cuando Todos Pierden.

 

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