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La ablación entre los Embera

Escrito por William Duica
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Wiliam_DuicaLa bebé hospitalizada de urgencia obliga a preguntarse si el conflicto entre civilización e identidad cultural no tiene solución. La respuesta pasa por asegurar la autodeterminación de las mujeres embera, en un espacio de interculturalidad.

William Duica * 

 

El único país en América

El pasado 30 de octubre se registró la lamentable noticia de que había sido internada una bebé de cuatro días de nacida con un cuadro infeccioso y gran pérdida de sangre en el Hospital San Jorge de Pereira: su grave estado clínico era resultado de una ablación practicada por su abuela o clitoridectomía, nombre técnico que recibe el procedimiento de resección total o parcial del clítoris.

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Para algunas mujeres embera, la práctica de la ablación se concibe como una “cura” que tiene un fin benéfico para las niñas.
Foto: feminismoenlateoriapolitica.blogspot.com
 

La niña — procedente de Pueblo Rico, Risaralda, y perteneciente a la comunidad Embera–Chamí — ha sobrevivido, pero ¿cuántas más no habrán tenido la misma suerte? [1]. Esta noticia se asocia con otros casos de adolescentes — entre 14 y 16 años de edad — que han fallecido como consecuencia de las infecciones o la pérdida de sangre resultantes del procedimiento.

El caso volvió a provocar las mismas reacciones de rechazo que se han dado desde cuando en 2007 se descubrió que Colombia es el único país del continente donde la ablación es una práctica ancestral.

A pesar de haberse descubierto esta realidad en las comunidades Embera-Katío y Embera-Chamí, las autoridades sanitarias no tienen cómo establecer el número de mujeres sometidas a esa práctica.

Identidad cultural versus integridad personal

Más allá de las dificultades para establecer esas cifras, lo que resulta frustrante para muchos es no poder intervenir en la erradicación de tal práctica a pesar de que se esgrimen argumentos médicos que señalan la necesidad de cuidar la salud física y psicológica de las niñas.

A pesar de los argumentos socio–políticos que reclaman la defensa de los derechos de las niñas y denuncian la ablación como un caso extremo de discriminación y de violencia de género. A pesar de los argumentos jurídicos que, a la luz de la Constitución, señalan los límites de los fueros especiales.

A pesar de todo ello, hay un argumento, unas veces tácito, otras explicito, que apela a la identidad cultural y a la defensa de las prácticas ancestrales que la definen. Además, para algunas mujeres embera, la práctica de la ablación se concibe como una “cura” que tiene un fin benéfico para las niñas.

El argumento del derecho a la identidad cultural nos enfrenta a la pregunta acerca de si efectivamente nuestros criterios de racionalidad científica, jurídica y moral deben ser aplicados universalmente o si deben ser entendidos como criterios locales, propios de la así llamada cultura occidental.

  A propósito de otro caso de ablación en el que la niña sí falleció, la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) declaró:

La Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) por su parte, anunció que las autoridades del Consejo Regional Indígena de Risaralda (CRIR) han dispuesto una investigación para establecer si en realidad la adolescente murió a consecuencia de la ablación.

La ONIC explicó que "la práctica de la clitoridectomía de una niña, de la reserva indígena Gito Docabu, del pueblo emberá chamí y que originó presuntamente su deceso, nos remite a casos análogos anteriores que tienen que ver con nuestras prácticas ancestrales y autonomía".

No obstante, indicó que era "conveniente aclarar que esta conducta corresponde a una práctica cultural ancestral del pueblo emberá chamí, dentro de su cosmovisión propia". "Nos llama mucho la atención, cómo un hecho como estos genera convulsiones en la opinión publica nacional ocasionando rechazos contundentes a nuestras prácticas", señaló la ONIC.

¿Cómo plantear el problema?

Al parecer, es preciso enfrentar un dilema entre:

  • reconocer los límites de nuestros propios estándares culturales y ser tolerantes con una práctica que nos parece aberrante;
  • o exigir su eliminación, asumiendo etnocéntricamente que el respeto a la diversidad cultural tiene un límite, que fijamos nosotros mismos.

El análisis que propongo en esta ocasión no está encaminado a formular un argumento que respalde una de estas dos posturas. De hecho, tengo la impresión de que parte de lo que ha hecho que la situación no se resuelva tiene que ver menos con la profundidad de las razones aducidas de ambos lados y mucho más con cierta actitud dogmática al exponerlas.

Entre más arraigadas e inamovibles consideremos nuestras razones, más riesgo hay de que empecemos a pensar que quien se niegue a aceptarlas es un estúpido o un bárbaro. Pero la pretensión de resolver las diferencias apelando a la descalificación del interlocutor puede degenerar rápidamente en alguna forma de violencia.

Por ello me quiero concentrar, más bien, en señalar un par de rasgos que permiten comprender la naturaleza misma del problema, esperando con ello plantear las condiciones en las cuales puede tener una solución efectiva.

Entre autonomía y heteronomía

Creo que la situación se ha planteado de manera que ocasiona un conflicto entre autonomía y heteronomía en la defensa de ciertos derechos. Mientras que la defensa (legítima) del derecho a la identidad cultural se plantea como un ejercicio de autonomía de las comunidades indígenas, la defensa (legítima) de los derechos de las niñas y las mujeres por parte de las organizaciones nacionales e internacionales se ve como una acción heterónoma que se ejerce sobre la comunidad (una norma aplicada “desde afuera”).

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Las niñas y las mujeres embera: un sujeto sin voz propia en el debate.
Podría ocurrir que sean víctimas de una sociedad que no logra entender cómo proteger sus derechos.

Foto: colombianosinpalabras.blogspot.com
 

La dificultad, entonces, se manifiesta en ambos sentidos. De un lado, como un cuestionamiento de la legitimidad de invocar la autonomía para defender una práctica intolerable. Del otro lado, como el cuestionamiento de la legitimidad de invocar desde una cultura particular una presunta “universalidad” desde la cual se juzga qué es tolerable y qué intolerable. Esta es parte de la naturaleza del problema.

Pero hay una complicación adicional: no podemos perder de vista que la práctica de la ablación en estas comunidades nos enfrenta como sociedad al problema de ofrecerle una respuesta a una población muy concreta: las niñas y las mujeres embera.

El problema es que ellas son un sujeto sin voz propia en el debate. Por ellas hablan interlocutores, o bien, con el discurso de la tradición — los hombres de la comunidad y las mujeres parteras que son quienes realizan la ablación—; o bien, con el discurso de las organizaciones defensoras de sus derechos (humanos, de género, legales, de la salud, etc.).

En esas condiciones la respuesta que ofrezca la sociedad a esas mujeres y niñas tiene que garantizar que esos discursos expresen sus intereses. Porque podría estar ocurriendo que ellas acaben siendo víctimas de una sociedad que no logra entender de qué manera se pueden proteger sus derechos, sin asumirlas siempre como un sujeto pasivo.

En síntesis, tenemos una población — las niñas y mujeres embera — cuyos derechos, al ser reclamados desde ámbitos culturales diferentes, producen un conflicto entre autonomía y heteronomía sin saber siquiera en qué medida tales defensas representan sus propios intereses.

Así planteadas las cosas, lo que parece que estamos necesitando, lo que la sociedad debería ofrecerles a estas niñas y mujeres, es un ámbito institucional de interculturalidad, en el contexto del cual se confronten los diversos discursos con el propósito de inducir modificaciones en las culturas como resultado de una mutua educación.

¿Es posible la autodeterminación?

La investigadora Juanita Henao — en un documento titulado El Proyecto Embera Wera [2] — da buena cuenta de las actividades desarrolladas en colaboración con la Defensoría del Pueblo de Risaralda, las organizaciones indígenas y otras organizaciones nacionales e internacionales que son un ejemplo del tipo de institucionalización del diálogo intercultural del que estoy hablando.

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La niña Embera–Chamí ha sobrevivido, pero ¿cuántas más no habrán tenido la misma suerte?
Foto: alubinda.wordpress.com
 

Lo que me parece que debe destacarse es que en ese ejercicio la comunidad misma ha logrado introducir una reflexión acerca de si el abandono de la práctica de la ablación afecta o no su identidad cultural y cuáles derechos constituyen su prioridad como comunidad.

El resultado de esta discusión pública, a la cual han sido convocadas las mujeres, es la emergencia de los intereses propios de las mujeres y niñas embera y la apertura de un camino de decisiones personales.

El debate suscitado por los medios acerca de la práctica de la ablación ha generado una imagen escindida de las mujeres embera. Una imagen donde se las “defiende” patriarcalmente, o bien, por ser objeto de un abuso inadmisible, o bien, por ser el sujeto de una tradición cultural que merece respeto.

Pero en el marco de estas instituciones de dialogo intercultural, las personas reales que toman partido en las discusiones y reflexiones no están escindidas. Estas personas no se enfrentan a ellas mismas bajo la disyuntiva de pensarse o bien como indígenas, o bien como seres humanos. Por eso el abandono de la ablación no debe pensarse como el resultado de la presión civilizadora sobre la barbarie.

Por el contrario, como sociedad debemos proponernos un dialogo edificante a partir del cual sea posible pensar en el abandono de esa práctica como un acto de autodeterminación, compatible con la afirmación de una identidad cultural propia que reconozca la prioridad de los derechos de la niña y de la mujer.

 *Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia en el Departamento de Filosofía. Investigador en el grupo Relativismo y Racionalidad.

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