Julio Mario Santo Domingo: herencia acrecentada al amparo de privilegios estatales - Razón Pública
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Julio Mario Santo Domingo: herencia acrecentada al amparo de privilegios estatales

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Julio SilvaLa larga saga de esta familia acompañó un siglo de industrialización en Colombia, caracterizada por monopolios protegidos por el Estado. Más que talento empresarial, fue algo de suerte, sentido de la oportunidad y mucho poder. Paz en su tumba…

Julio Silva Colmenares *

Fortuna tropical

En el momento de su muerte Julio Mario Santo Domingo Pumarejo —Don Julio Mario, para miles de sus servidores— era una entre las cien y doscientas personas más ricas del mundo, dueño de una fortuna valorada en más de 8.600 millones de dólares, aunque en estos casos resulta difícil hacer el cálculo.

Esa fortuna había recorrido una extraña parábola: comenzó en la segunda década del siglo XX con la representación de los chicles Wrigley, obtenida por su padre, Don Mario, hasta la primera década del siglo XXI, cuando el corazón de su negocio, las cervecerías en Colombia y en países vecinos, fueron «canjeadas» por el 15 por ciento del «holding» mundial cervecero SAB Miller, en una operación que se calcula representó cerca de 7.500 millones de dólares — aunque la cifra verdadera nunca se conoció — convirtiéndose Santo Domingo en su principal accionista individual.

La cerveza, como espuma

A principios de los años treinta, el capital acumulado con los « chicles» sirvió para adquirir acciones de la que sería luego la Cervecería Águila, pero inicialmente llamada Cervecería de Barranquilla S.A, creada por los industriales Alberto Osorio, Jacob y Ernesto Cortissoz, Ricardo Correa, y la firma Lascano & Co., quienes habían montado una fábrica con una capacidad inicial de 6.000 litros diarios, que el 10 de abril de 1913 envasó la primera botella de cerveza Águila. En 1917, para paliar los efectos desastrosos de la Primera Guerra Mundial, la Cervecería de Barranquilla S.A. había resuelto unir esfuerzos con su competencia, la Cervecería Bolívar, fundada en 1905, también en Barranquilla, por cartageneros con el respaldo de la firma extranjera The Walters Brewing and Ice Making: organizaron una Agencia Central de Ventas, que en la práctica constituyó la primera fusión de muchas, en esta larga saga.

A raíz de las dificultades suscitadas por la Segunda Guerra Mundial, ambas compañías cerveceras estuvieron a punto de desaparecer hacia finales de los años treinta. Para entonces los propietarios de la Cervecería de Barranquilla eran Alberto R. Osorio, Delia de Correa, Tirso Shemell, Ricardo Pocaterra y Diofante de la Peña.

Este último resolvió ofrecer en venta la empresa a Luis Felipe y a Mario Santo Domingo, quien amplió su participación en Águila con el apoyo de parientes llegados a altos cargos gubernamentales, operación que cubrió a Scadta (el origen de Avianca) y a los Astilleros UNIAL, también con sede en Barraquilla, cuyos propietarios alemanes fueron «forzados» a vender, en medio de los desmanes del segundo gobierno de López Pumarejo.

Crecimiento exponencial

Sobre esta base se fue creando un conglomerado de empresas, que luego se convertiría en un poderoso grupo financiero:  

  • Hacia los 1970s, tenía participaciones en más de 110 empresas, con activos por más de 2.200 millones de dólares, de los cuales el grupo poseía cerca de 600 millones de dólares. 
  • Ya para mediados de los noventa, el grupo poseía una amplia constelación de más de 170 empresas de muy diversas actividades domiciliadas en Colombia, Estados Unidos, Ecuador, Venezuela, Chile, Panamá, Bahamas, España, Portugal y Francia. 
  • Durante la segunda mitad de los noventa, esas cifras se habían más que cuadruplicado y a principios del siglo XXI — sin incluir el holding Valores Bavaria, para evitar la doble contabilización — los activos ascendían a 11.500 millones de dólares, casi 8.000 millones de los cuales eran la participación directa del grupo[1]

Suerte y compadres

En una entrevista concedida en 2003 para un libro-reportaje escrito por Luis Zalamea, Julio Mario Santo Domingo reconoció con honestidad que su fortuna dependía de haber heredado unos negocios exitosos, que le deben mucho al crecimiento económico de Colombia.

Ante la pregunta sobre su “filosofía de los negocios” respondió: “No sé contestar una pregunta así porque soy el producto de la herencia de un hombre que tuvo mucho éxito en los negocios. Yo simplemente seguí su tradición. Si no hubiera sido por él, posiblemente hoy yo no tendría ningún negocio”.

Sobre la pregunta acerca de la causa de su crecimiento, diversificación e internacionalización, respondió: “Pasó la feliz coincidencia, lo que en inglés llaman timing, de haber heredado esas empresas en el momento en que Colombia empezaba a crecer. De todas maneras esos negocios se hubieran ampliado porque en los últimos 40 años el país ha dado un salto vertiginoso dentro de un proceso de desarrollo económico realmente fabuloso”.

Y a otra pregunta sobre las cualidades para ser líder en los negocios, respondió de manera tajante: “En mi caso personal, tan sólo SUERTE. (…) tuve la buena suerte de heredar unos negocios sólidos en el momento preciso (…) (mayúsculas en el original)”[2].

Lo cual es una verdad parcial, pues en la expansión del grupo han sido fundamentales ciertas jugadas financieras, no siempre transparentes, realizadas también en el momento oportuno, y bajo el «paraguas protector» de un Estado que reparte privilegios en un «capitalismo de compadrazgo».

La vaca lechera

Aunque la fortuna de la familia Santo Domingo no se inicia con el negocio cervecero, sí es su «punta de lanza» desde los 1970s para alcanzar una de las mayores diversificaciones y la acumulación de capital más espectacular realizada en Colombia (con excepción claro está, de los «capos» del narcotráfico).

Al principio, con el poder y los recursos generados por Cervecería Águila en la costa atlántica y luego por Bavaria, que a partir de los 1930s —pero sobre todo durante los cuarenta, a raíz de la prohibición de la chicha— adquiere una posición dominante en el mercado nacional.

Como escribí hace tres décadas, la “familia Santo Domingo, una de cuyas empresas-madre es la Cervecería Águila, poco a poco fue comprando acciones de Bavaria, hasta que logró imponer en 1966 un acuerdo de cártel entre Águila y Bavaria para repartirse el mercado nacional, que llegaba al extremo que cada empresa envasaría productos de la otra para evitar costos de transporte y mantener la «competencia». En 1971 se hizo público el control de los Santo Domingo sobre Bavaria”[3].

En resumen, entregaron el 80 por ciento de Águila y recibieron un poco más del 10 por ciento de Bavaria, pero como dijo Santo Domingo en la entrevista mencionada, el pez chico terminó comiéndose al grande.

Tiene razón el economista Luis Bernardo Naranjo Ochoa cuando afirmó que, sin duda, Bavaria es la mejor vaca lechera que «produjo» la industria colombiana durante el siglo XX, pues suministró la liquidez necesaria para que el grupo invirtiera en otros sectores[4].

Una anécdota que describe el carácter del capitalismo colombiano. Para competirle a Santo Domingo, el grupo Ardila Lülle, cuya posición dominante en el negocio de las bebidas gaseosas era indiscutible, montó en 1994 en Tocancipá la Cervecería Leona, la planta más moderna en América Latina en su momento. Como nunca trabajó a más del 50 por ciento de su capacidad, en mayo de 2000 Ardila Lülle acordó con Santo Domingo vendérsela, lo que llevó a que éste cerrase la factoría de Bogotá.

El reacomodo

En varias publicaciones he mostrado cómo el grupo Santo Domingo, igual que otros grandes grupos colombianos, utilizó las ganancias de monopolio, en especial los excedentes líquidos generados por el negocio de la cerveza, para alcanzar una diversificación desordenada, que no obedecía tanto a una estrategia racional y orientada a su crecimiento y consolidación, sino a la táctica de comprar lo que fuese comprable.

Pero ya la experiencia de los países capitalistas más avanzados había mostrado que este proceso no siempre da buenos resultados a largo plazo. Hacia finales de los noventa, el grupo empezó a percibir que estaba llegando a esa situación. En 1997 comenzó un fuerte «reacomodo» con la idea de que a mediano plazo en Bavaria S.A. quedara el negocio de las bebidas, incluida la cerveza, y en una nueva empresa, como «holding» inversionista, las demás actividades.

Ese «reacomodo» se convirtió en un par de años en un proceso de «adelgazamiento» del grupo, con la venta de la mayoría de las empresas que llegó a controlar, recursos que, en su parte fundamental, fueron transferidos al exterior.

El gran poder

En 1997 la revista Semana decía que el grupo “es hoy tan grande, que en una u otra forma prácticamente todo el mundo depende de él. Los medios de comunicación por la pauta, las agencias de publicidad por las cuentas, los corredores de bolsa por las comisiones, los políticos por el cheque y por el micrófono, los pasajeros aéreos por Avianca, la Selección Colombia por el patrocinio, los televidentes por las telenovelas y hasta Shakira por sus conciertos. Esto, para no mencionar al presidente [se refieren al presidente de la República], que prácticamente le debe su permanencia en el cargo al Grupo”.

Para completar esta idea remataba: “En la práctica, en Colombia siempre ha habido tres poderes reales: el económico, el político y el de la información. El Grupo Santo Domingo proviene del primero, se consolidó con el segundo y se está adueñando del tercero. (…)”[5].  

Poco queda en Colombia

Hoy, como indique al comienzo de esta nota, Bavaria forma parte del «gigante» SAB Miller, con toda la integración vertical que había logrado, y el grupo Santo Domingo mantiene, en la práctica, su presencia en Colombia a través de Valorem y otros «holdings» inversionistas, quizá con la excepción bien conocida del canal de televisión Caracol.

Lo que no niega que estas empresas representen inversiones cuantiosas, que siguen produciendo jugosas utilidades a una familia que hace décadas no reside en Colombia, aunque varios de sus miembros vengan con frecuencia a supervisar los negocios, a pasar días de descanso reconfortante entre la costa atlántica y la sabana bogotana, o a entregar donaciones, que son briznas frente al excedente extraído del consumo de los colombianos a lo largo de casi un siglo.

* Doctor en ciencias económicas de la Universidad de Rostock (Alemania); miembro de número y vicepresidente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas; miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España; profesor-investigador y director del Observatorio sobre Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Colombia. obdehumano@fuac.edu.co 

Para ver las notas de pie de página, pose el mouse sobre el número.

 

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