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José Eustasio Rivera: la novela de la realidad colombiana

Escrito por Andrea Vergara

A 90 años de la publicación de La vorágine, una de las novelas canónicas de la literatura colombiana, recordamos cómo realidad y ficción se entrelazaron de modo indisoluble en los escritos de José Eustasio Rivera.

Andrea Vergara G.*

El escritor-editor

El 1 de diciembre de 1928, José Eustasio Rivera moría en el Polyclinic Hospital, de Nueva York. El invierno, un frío insólito para su espíritu y cuerpo aventureros, aceleró el punto final anunciado (y ya jugado un sinnúmero de veces) por una extraña e indeterminada dolencia que padeció desde su juventud.

Días antes, el 20 de noviembre, había conocido al aviador Benjamín Méndez en la  celebración del primer vuelo Nueva York-Bogotá. El 23, hacia las cuatro de la mañana, Rivera, demacrado, le entregó al piloto tres ejemplares de lujo de la quinta edición de La vorágine, uno para el presidente de la República (Miguel Abadía Méndez), otro para la Biblioteca Nacional, y otro para él.

De ese modo su novela, publicada por editorial Andes, se convirtió en la prueba física del encuentro entre los dos propósitos que Rivera se había trazado en este insólito capítulo neoyorkino: crear una editorial que fuese plataforma y vitrina de lo que se escribía en tierras poco recorridas por los lectores del mundo; e imprimir una nueva edición de su novela, con todos los cuidados y observancias propias del papel, ya protagónico, que siempre había querido representar: el de editor-escritor.


Hospital Policlínico de Nueva York.
Foto: Wikimedia Commons

Vida y  obra

Este hecho, que Rivera concebía como el inicio de un nuevo capítulo para su novela, se convirtió, con su deceso, en el fracaso del proyecto personal en búsqueda del “texto perfecto”. Más no por eso dejó de revelar lo que para Rivera debía ser la razón esencial de la obra literaria: ser la declaración de que el escritor, y por ende el artista, es un compendio formado por dos partes indisociables, la ética y la estética.

Esta resistencia a la disgregación ilumina todas las pesquisas y los acercamientos a Rivera: en todo escritor debe habitar un editor, y todo editor debe asumirse como escritor. Así como en el poeta no cabe la esquizofrenia o el desdoblamiento entre un sujeto histórico-social y un sujeto creador.

En concordancia con aquella simbiosis entre vida y obra, que señaló Rafael Maya en su momento, están anidadas, por un lado, la ecuación lógica de que la vida de José Eustasio Rivera fue una gran novela, y La vorágine fue su vida; y, por el otro, la explicación acerca de por qué referirse a Rivera es adoptar un tono y una intención narrativos.

Ejemplos de ello son Horizonte humano. Vida de José Eustasio Rivera, de Eduardo Neale-Silva, pionero de los estudios sobre el poeta (que lamentablemente no se ha vuelto a publicar desde finales de 1980); o José Eustasio Rivera, de Isaías Peña Gutiérrez, libro inscrito en aquella colección de clásicos colombianos, ya rarezas, que en algún momento editó Procultura.

Sobre esta primera ecuación entre vida y obra, y a modo de in[d]icio, son varios los hechos que comprueban el gesto riveriano de asumir el texto como la manera de fijar un manifiesto sobre la ética y la estética del artista; a la vez que una oferta transparente y contundente de las conexiones que se trazan entre las fuentes de la creación y el objeto creado.

Realidad y ficción

Rivera, en su lugar, juega con los imaginarios de lo que se asume como realidad o como ficción, y propone la categoría de lo “real”, como clave del artilugio artístico, avalado y validado en el espacio físico del objeto literario, léase libro.

Uno de estos hechos es el interés del propio Rivera en borrar el mohín de discordia entre lo que conocemos como “la realidad” y como “la ficción”.

Rivera, en su lugar, juega con los imaginarios de lo que se asume como realidad o como ficción, y propone la categoría de lo “real”, como clave del artilugio artístico, avalado y validado en el espacio físico del objeto literario, léase libro.

Bajo la forma de una “no interrupción” en el hilo que dirige la experiencia de la lectura de novelas, el autor hace uso de fotografías (“Un cauchero”, “El cauchero Clemente Silva”) (“Arturo Cova en las Barracas del Guaracú); de mapas (“Croquis de Colombia”, “Ruta de Arturo Cova y sus compañeros”, “Ruta de Barrera y los enganchados”, “Odisea de Dn. Clemente Silva”); de un “Prólogo” (firmado por él mismo y dirigido al Sr. Ministro, en el cual le manifiesta que “[…] he arreglado para la publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese Ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos.”); de un “Fragmento de la carta de Arturo Cova”; de un “Epílogo”; de un “Vocabulario”; y de “Algunos conceptos sobre ‘La Vorágine’”.

Otro indicio consiste en el modo como Rivera teje y revela, dentro del texto, la experiencia personal del escritor. Varias cartas, crónicas, y escritos de diferente corte, contienen el germen de lo que años después serán pasajes de la novela en cuestión.

En 1991, Hilda Soledad Pachón-Farías publicó su libro José Eustasio Rivera intelectual. Textos y documentos (1912-1928), que reúne los textos “no literarios” de Rivera. Dividido en cinco capítulos, este libro incluye documentos que permiten apreciar, a la par del universo literario de Rivera, su dimensión como escritor crítico. He aquí algunos ejemplos.

El 11 de septiembre de 1912, Rivera, en carta dirigida a Matías Silva H., y luego publicada en la revista Huila, de Neiva, en 1962, anota: “Te envidio esa vida que pasas en plena selva virgen, oliendo savias, contemplando bellezas del monte, en contacto con ese espíritu rústico, melancólico y solemne a la vez, que tienen los árboles añosos, las marañas tupidas, las soledades a media luz, las quebradas espumosas, las hojarascas húmedas y acolchadas que dan un vaho tibio bajo la pisada de quien las oprime. Quisiera vivir contigo apreciando paisajes y traduciéndolos al verso, observando tus impresiones sobre todas las cosas, dialogando bajo los grandes ramajes acerca de la vida, del amor, del arte y de la muerte […]”.

Este texto, gracias a las argucias y bondades del género epistolar, sirve de prólogo para vaticinar hacia qué lado se inclinan la sensibilidad del poeta y la cuidada caligrafía.


El escritor José Eustacio Rivera.
Foto:  Wikimedia Commons

Recordemos que el manuscrito de la novela, que reposa en los archivos de la Biblioteca Nacional y puede consultarse como archivo digital, fue escrito por Rivera en dos cuadernos contables, y que de ahí pasó a ser levantado en la caja de tipos de la editorial de Luis Tamayo.

El 20 de febrero de 1916, Rivera publica la crónica “Impresiones de los Llanos: cacería de zaínos”, en La Patria, de Bogotá. Este texto, con tono y estilo de las novelas de aventura, fue escrito tras el primer viaje del autor a los Llanos, cuando aún era estudiante de Derecho. El viaje confirmará al escritor lo que años antes le había anunciado su intuición.

El 22 de febrero de 1916, Rivera escribe a Elías Quijano y Guillermo Arana una carta donde revela la impresión que le causó el viaje a los Llanos. Esta carta fue publicada por la revista Huila, en 1985. A continuación un fragmento, que corrobora la simbiosis entre las experiencias de vida y su experiencia de la escritura:

“Ese mismo día [29 de enero] me dieron gusto en quemar una sabana y le prendimos fuego como a las 11 a. m. Qué cosa tan colosal, tan imponente y medrosa. El fuego en un llano de esos evoca el incendio de Roma, el de Numancia y todos los incendios más célebres de la tierra. Ya leerán la descripción que publicaré pronto.

El fuego lo inunda todo y dura dos y tres meses quemando las sabanas intérminas, hasta que llega a la orilla de un río que lo detiene. […] A las 10 de la noche sentimos una tronamenta extraña y un resplandor rojizo entraba hasta nuestra hamacas [sic] […] Veíamos un reflejo de sangre sobre el horizonte, y en menos de media hora pasó el fuego por el frente de los corrales, prendiendo cuanto abarcaba la vista y con una rapidez tan vertiginosa que, aunque estábamos listos para no dejar prender las ramadas, el calor y el humo solos nos sacaron corriendo”.

Y aquí encaja este fragmento de La Vorágine, cuando Franco prende fuego a su casa hacia el final de la primera parte:

“La calurosa devastación campeaba en los pajonales de ambas orillas, culebreando en los bejuqueros, trepándose a los moriches y reventándolos con retumbos de pirotecnia. Saltaban cohetes llameantes a grandes trechos, hurtándole combustible a la línea de retaguardia, que tendía hacia atrás sus melenas de humo, ávida de abarcar los límites de la tierra y batir sus confalones flamígeros en las nubes. La devoradora falange iba dejando fogatas en los llanos ennegrecidos, sobre cuerpos de animales achicharrados, y en toda la curva del horizonte los troncos de las palmeras ardían como cirios enormes”.

Novela de la realidad

El manuscrito de la novela, que reposa en los archivos de la Biblioteca Nacional y puede consultarse como archivo digital, fue escrito por Rivera en dos cuadernos contables.

Y así sucesivamente. Son numerosas las afinidades entre documentos o textos no literarios y el texto de La Vorágine. No solo bajo la forma de correspondencia entre personas y personajes (Custodio Morales, o el Mosíu que no es otro que el explorador francés Eugenio Robuchon, Barrera, Franco, Zoraida Ayram, entre muchos); sino también bajo la forma de trasvases o de “injertos” de documentos probatorios de las atrocidades cometidas por los caucheros (por ejemplo, las denuncias hechas por el periodista peruano Benjamín Saldaña Roca, en los periódicos La Felpa y La Sanción, de Iquitos; y en La Prensa, de Lima, sobre los crímenes perpetrados en el Putumayo, en 1907) a lo largo de las tres partes del texto de la novela.

Bien como sea leída o estudiada la novela de José Eustasio Rivera, más allá de las conclusiones o de las interpretaciones de las que se haga o no partícipe, no hay duda de que,  en un ejercicio por fijar la voluntad del autor, aquello que atraviesa las más de tres mil correcciones hechas por Rivera mientras “la vida le dio licencia” es que la única salida para su concepción del hombre y de la vida era y fue la literatura, y con ella, y, sobre todo, la escritura.

 

*Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional, candidata a Magíster en Literatura de la Universidad de los Andes, docente del pregrado de Creación Literaria de  la Universidad Central.

 

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