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¿Y el discurso PARA qué?

Escrito por Jaime Wilches

jaime wilchesEl ganador en el cierre de la campaña electoral es el gobierno saliente. Los candidatos temen contradecir tesis que cuentan con un 70% de popularidad y omiten problemas gruesos en los espacios para el debate. El paramilitarismo es uno de los temas que no salieron en la balota de preguntas.

Jaime Wilches*

El retórico uso de la palabra EXPRESIÓN

Finalizado el debate del pasado martes 18 de abril, los candidatos que aspiran a la Presidencia de Colombia añoraban el debate de las ideas por encima del paso arrollador de las encuestas. Pero pasada una hora de preguntas y respuestas, se dedicaron a reproducir sus consignas de campaña y a reproducir el libreto de los asesores… tienes que sonreír más, no le metas filosofía a las respuestas, no mires tanto a la cámara, no grites a la gente, si te atacan no respondas…

Aunque no signifique más democracia o pluralidad, estas elecciones han tenido un cubrimiento amplio, hasta el punto de ser hostigante. Cientos de medios de comunicación, blogs y redes sociales (incluso, a nivel internacional) publican a diario las actividades de los candidatos, qué piensan de la economía, la política, el medio ambiente, la religión, los deportes, y todo eso sumado a las llamadas "notas de color", donde muestran al niño que abrazaron, al grupo artístico con el que bailaron, o al sancocho que degustaron en un pueblo.

El problema radica en la ingenuidad (no sé si aparente o real) de los candidatos, quienes consideran que el debate de las ideas debe darse en los medios de comunicación, cuando en Estados Unidos ni en Francia o Chile (que se precian de ser democracias sólidas) las ideas logran ganarle la guerra al impacto y seducción que implica un gesto oportuno o una palabra emotiva.

Imposible negar las virtudes políticas de Obama, las cuales habrían sido insuficientes si la campaña en internet no hubiera involucrado el sentimentalismo de ciudadanos del mundo que no tenían derecho a votar, pero se afiliaron a la causa de la esperanza (Hope for a change). El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, ha sorteado los bajonazos de su gobierno con intervenciones mediáticas que conectan la mano dura y clientelista de sus políticas gubernamentales con la fascinación que a la sociedad francesa le produce tener una primera dama que es artista, además de atrevida y díscola. Y en Chile, el recién elegido Sebastián Piñera gana las elecciones porque la gente le agradece la sinceridad de haber declarado públicamente su inmensa fortuna, así no se haya demostrado con claridad la influencia del nuevo cargo en el crecimiento de sus negocios.

Podemos seguir invocando la lucha de las ideas, pero la verdad es que muy pocas elecciones se ganan con este recurso, y por eso la queja de los candidatos cuando no entran a los medios, porque entienden que en cualquier momento la balota de la emotividad puede jugar a su favor. Es obvio que los perdedores se quejan no tanto por las encuestas, sino porque su mensaje no ha tenido el instante de euforia que les depare un buen porcentaje en las mismas.

A partir de 1990 la elecciones presidenciales en Colombia han estado mediadas por el espectáculo de último momento, dejando el debate de las ideas como un buen archivo para registrar a los que pudieron ser y no fueron. Por eso Las banderas del liberalismo recogidas por Gaviria, el sobredimensionamiento de Samper víctima de la violencia, el encuentro de Pastrana-Tirofijo y el Antifarc de Uribe I y II han hecho parte de la colección de instantes claves para llegar a la Casa de Nariño.

Hoy, el candidato revelación de estas elecciones está en una buena posición porque comprendió los errores cometidos hace cuatro años y se preparó para dar el golpe de emotividad en el momento justo. Muchos sectores sociales y políticos le recriminan la simpleza de sus ideas (y no faltan a la verdad, pues era más consistente lo que proponía cuatro años atrás), pero ninguno de sus contrincantes se atreve a decir que lamentan no haber tenido esa misma oportunidad y otros, más reflexivos, estarán pensando cómo dar ese mismo golpe en el 2014. La historia de la emotividad se seguirá escribiendo, así se presenten treinta debates televisados por día, pues como lo afirma Lipovetsky:

…cada uno quiere decir algo a partir de su experiencia íntima, todos podemos hacer de locutor y ser oídos… cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie en el fondo está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el emisor o el propio creador. Esto es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado…[1]

La coherencia y la retórica

Aunque mi tesis nada novedosa llame a salir de la ingenuidad y a pensar que sin emotividad no se ganan elecciones, el planteamiento de este artículo se enfoca a la preocupación que me genera (y seguro le genera a muchos sectores sociales) la forma como temas gruesos pasan de agache y volvemos a la rutina de creer que es un gobernante (diferente) quien vendrá a solucionar los problemas que nosotros mismos hemos legitimado o criticado durante tantos años.

Ya la semana pasada en Razón Pública, Darío Fajardo, Rocío Londoño y Medófilo Medina llamaban la atención sobre un problema que es tal vez uno de los más complejos del país: El problema del país rural y el país urbano, que los candidatos han enfrentado con propuestas poco novedosas, si de juzgar la respuesta se trata…Necesitamos una política integral, Se requiere reformular la política, Vamos a trabajar intensamente en este tema (bis). Respuestas vacías que no tienen la excusa de no haber sido escuchadas, pues los debates de televisión han permitido a los candidatos licencias de tiempo que malgastan en pulir respuestas que suelen confundir coherencia con retórica. Así, el gran ganador es el gobierno saliente, quien aportó los temas, los escándalos y las peleas internacionales para poner a los candidatos en un margen de error estrecho, pues quien quiera salirse de la continuidad está condenado a marcar menos de 10 puntos en las encuestas. Los candidatos, incautos, han caído en las preguntas realizadas por la habilidad de los periodistas y han terminado en una espiral de respaldo a políticas gubernamentales y apoyos diplomáticos.

Paramilitarismo, ¿el que calla otorga?

Uno de los temas que el gobierno logró neutralizar en el debate fue el tema del paramilitarismo, presentando como un éxito la desmovilización de 31.000 combatientes y la extradición de los jefes de las autodefensas.

Con la oportuna reacción de sectores académicos y sociales frente a ese "éxito", el tema ha tenido cierta vigencia en los últimos dos años, con informes e investigaciones que denuncian la continuidad de las acciones armadas por parte de grupos paramilitares, la continuidad en el manejo de los negocios del narcotráfico y la ausencia de verdad en el proceso de extradición.

Sin embargo, el gobierno ha sabido neutralizar estas críticas con una estrategia semántica en la cual atina a decir que hoy ya no hay paramilitarismo sino bandas delincuenciales, emergentes o rearmadas, que el narcotráfico es un problema de mafias y que la verdad se puede compensar con reparación a las víctimas por la vía administrativa. La Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) publicó un documento que intenta diferenciar los objetivos del paramilitarismo de otras manifestaciones delincuenciales, porque, a su juicio, si antes se decía que los "paras" tenían la connivencia del Estado, en la actualidad es claro que el aparato estatal repudia las expresiones criminales que han surgido a través de la actividad de miembros de las autodefensas, inconformes o reticentes frente a un proceso de desmovilización[2]. Bajo esta óptica, la Comisión presenta un cuadro comparativo entre los grupos ilegales que han surgido luego de la desmovilización:

  • Disidentes
  • Rearmados
  • Emergentes
  1. Grupos que pertenecieron a las AUC y que no se desmovilizaron por no entrar en el proceso de negociación. 
  2. Grupos que entraron al proceso y finalmente no se desmovilizaron. 
  3. Reductos de bloques desmovilizados que no se desmovilizaron.

Personas y grupos de personas desmovilizadas que reincidieron en actividades relacionadas con el crimen organizado, narcotráfico y delincuencia común, bien a través de grupos ya existentes o mediante la conformación de otros.

1. Grupos que existían y su visibilidad era mínima por la existencia de las AUC.

2. Grupos que se han constituido luego de la desmovilización de las AUC.

Estos núcleos aprovecharon los vacíos de poder territorial dejados por las AUC luego de su desmovilización.

La CNRR puede jugarle una buena pasada a la semántica con cuadros comparativos que dan cuenta sobre las diferencias entre un paramilitar, un desmovilizado, un emergente, un disidente o un rearmado, para justificar así la idea de que un paramilitar ya no es paramilitar sino un delincuente común. La visión unilateral y caprichosa de esta perspectiva, conduce no sólo a neutralizar cualquier pregunta o propuesta en el debate electoral, sino también a parafrasear la siguiente reflexión:

 "¿Se trata de lograr la superación del paramilitarismo como fenómeno histórico y estructural o, más bien, sólo la desmovilización y reinserción de las AUC, una de sus expresiones militares específicas? Sin duda, lograr el desarme de cualquier grupo es positivo. Pero, como se dijo al inicio, el asunto de fondo no es la desmovilización de las AUC, sino el desmonte del paramilitarismo como fenómeno recurrente y entroncado en nuestro sistema político" [4]

Pasando de agache

Los candidatos no hablan del tema y lo confunden con otras problemáticas, que a pesar de estar articuladas, le quitan peso y complejidad a las implicaciones de una política que ha pasado por exitosa, y que, conforme demuestran los hechos, va camino a convertirse en un dolor de cabeza durante los próximos años. 

  • El candidato del oficialismo propone la Prosperidad democrática como una forma de consolidar la seguridad militar, pero con una omisión elocuente de las formas de violencia diferentes a las combatidas en la Política de seguridad democrática.
  • El candidato del Partido Verde avanza en identificar el problema como una ausencia de la cultura del cumplimiento de normas, pero su propuesta se queda corta al no comprender que lo que ha hecho precisamente el paramilitarismo (junto al narcotráfico) es articularse al mundo legal, como lo ha demostrado Convergencia Ciudadana, hoy convertido en el Partido de Integración Nacional (PIN).
  • El candidato del Polo Democrático también da un paso cualitativo en reconocer que el problema de la tierra monopolizada por las mafias (y apoyadas por los paras) ha significado inequidad e injusticia social, pero su propuesta ignora o pone a la sociedad como víctima, sin tener en cuenta los sectores sociales (sin distinción de clase) que han aceptado y legitimado el paramilitarismo como forma de construcción y/o imposición del orden social.
  • El candidato del Liberalismo propone reparar a las víctimas, pero pasa por alto el poder social y militar que todavía tienen las fuerzas paramilitares en muchas regiones del país.
  • La candidata del Partido Conservador y el candidato de Cambio Radical en sintonía (lógica) con el candidato del oficialismo, reducen el problema a un incremento del pie de fuerza y a poner a la subversión como la única expresión de violencia en Colombia.
  • En suma, ninguno de los candidatos ha propuesto, ni siquiera en forma retórica, un re-direccionamiento de la política de desmovilización paramilitar, lo que conduce a una mirada pesimista del tratamiento de este tema en los próximos cuatro -u ocho- años. Este escrito, pretende ser un llamado para que se discuta el tema, con la esperanza de que se ponga sobre el tapete en la segura segunda vuelta de la elección presidencial.

    Propuestas para una reflexión

    Sin caminos de esperanza en la solución del problema paramilitar en Colombia, esta reflexión invita a cuestionar sus actos violentos, pero también a reconocer sus prácticas comunicativas, las cuales mantienen vigencia en buena parte de las dinámicas culturales de la sociedad colombiana. El planteamiento central que quiero poner a discusión de los lectores es el siguiente:

    El gobierno saliente ha insistido en la desmovilización de los combatientes, lo cual no ha significado la desmovilización de las prácticas sociales y políticas que han alimentado el fenómeno paramilitar en Colombia, y, por el contrario, han inmovilizado procesos de verdad, justicia y reparación, y debates de fondo en las campañas de los candidatos a la Presidencia. Por esa razón se hace necesario proponer una política en la que participen los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y lo que investigadores sociales han dado en llamar sociedad civil.

    Aunque parezca obvio, es pertinente anotar que el paramilitarismo no empieza con la visibilización de sus estructuras organizativas ni terminará con su proceso de desmovilización y reinserción a la sociedad civil[5]. En el momento en que se iniciaron las negociaciones, el fenómeno paramilitar ya iba muy adelante, y sus dinámicas se encontraban enraizadas en los ámbitos locales de amplias regiones del país, en sus concepciones ideológicas y en sus comportamientos cotidianos, con complejas trayectorias históricas, que muchas veces desafiaron la causalidad de los hechos y más bien fortalecieron la historia de un conflicto armado complejo y de orígenes no suficientemente bien argumentados.

    Algunos analistas (basados muchas veces en las justificaciones de los líderes paramilitares) han coincidido en señalar la ausencia total o parcial del aparato estatal o la presión de los grupos guerrilleros como aristas del problema y causa para que grupos de civiles se alzaran en armas y decidieran impartir justicia por su cuenta.

    Otros, por su parte (basados muchas veces en las moralizaciones de y hacia los líderes paramilitares) han hablado de la "Paramilitarización de la Sociedad" o la instauración de una "Cultura Mafiosa" como parte del proceso de descomposición social y de alteración en la escala de valores del ciudadano promedio.

    Sin embargo, hasta el momento, ni las causas ni las consecuencias han sido suficientes para explicar y comprender la continuidad en el tiempo y en el espacio de este fenómeno armado porque:

    1. Las justificaciones no son sólidas, dado que la estructura estatal no estuvo ausente en todas las regiones del país, al menos físicamente, pues estaciones de policía, alcaldías y demás instituciones no eran invisibles en el conjunto social, y en muchos casos se ha comprobado la complicidad entre agentes del Estado y fuerzas de autodefensa.
    2. La aparición de la guerrilla no es una razón suficiente, pues gran parte de las víctimas hacen parte de la sociedad civil y los enfrentamientos directos entre Farc y Auc no dejaron un ganador, sino sólo la repartición del país, en el norte los paramilitares, y en el sur la guerrilla.
    3. De igual manera, hablar de la "Paramilitarización de la sociedad o de cultura traqueta, o mafiosa", implica afirmar que el paramilitarismo es un virus que proviene de un actor excepcional que ha contaminado a la sociedad, y de prácticas ilegales preexistentes (droga, acumulación de tierra y represión armada). 

    No deja de causar impacto la carta de agradecimiento de un grupo de autodefensas:

    El MOVIMIENTO NACIONAL DE PRESOS POLITICOS Y DESMOVILIZADOS DE LAS AUTODEFENSAS CAMPESINAS, ante la gran encuesta publicada por la Revista Semana[6], se permite hacer algunas reflexiones de este sondeo nacional de opinión.

  • Las incisivas críticas de algunos sectores de opinión contra el proceso de paz con la organización de Autodefensas Campesinas, quedaron aisladas de la mayoritaria aceptación y apoyo del pueblo colombiano, que nos acompaña con sus voces de aliento en la búsqueda de la verdad, la rectificación del camino y la reconciliación nacional.
  • Los resultados de la encuesta revelan la reacción efusiva del pueblo colombiano, que guarda buena memoria y estima en su justo valor nuestro papel, tanto en la guerra, como en los procesos de desarme y desmovilización, cuya magnitud y trascendencia no tienen antecedentes en los fastos de la historia.
  • En este panorama, que tiene mucho y poco de coyuntural, los candidatos omiten referirse a las simplificaciones a las que se dirige el llamado fin del paramilitarismo en Colombia y se reducen a proponer:
  • Que se desmovilice a los paramilitares, lo cual tiene la ventaja de acabar con los brazos armados. Este paso es necesario pero precario, pues se desmovilizan los cuerpos, pero no se desmovilizan los espíritus.
  • Que se criminalice a los contradictores de los paramilitares, con un discurso que se dirige a señalar personas y no a analizar las posibilidades de abrir espacios a otras formas de concebir el orden social.
  • Que se juzgue a los líderes paramilitares, una solución lógica desde el punto de vista jurídico, pero insuficiente para una transformación social, pues se limita a condenar a algunos individuos que pronto serán reemplazados por otros que continuarán capturando las dinámicas aceptadas, omitidas o silenciadas desde el sistema social.
  • Que se prefiera el mal menor al mal mayor, lo cual constituye la corresponsabilidad de una sociedad que, con o sin voluntad, ha elegido un enemigo como el causante de los males del país, pero a su vez no ha tenido problemas para convivir con las acciones legales o ilegales, represivas o violentas que mejor se acomoden a sus formar de ser y de pensar.
  • Que se marche contra las expresiones de las autodefensas o de la subversión, lo cual ayuda a la reivindicación de la protesta social pero no se ha convertido en una reflexión social que transforme prácticas comunicativas, válidas en un nicho social que sufre la acción armada, pero que también convive con la violencia simbólica y estructural de un país que plantea a la ligera los puntos más gruesos de su problemática.
  • ¿Y el discurso PARA… qué?

    Ante los cortos circuitos de la campaña presidencial, los procesos sociales sufren daños irreparables y poco se puede hacer para mantener los ojos abiertos sobre la reproducción de los grupos paramilitares en ámbitos sociales, políticos y económicos, en la que tanto actores armados como bases sociales no necesitan de la semántica gubernamental ni de la técnica jurídica para construir vida cotidiana. Este artículo tiene la intención de abrir preguntas sobre la necesidad de pensar a los grupos paramilitares como actores protagónicos en la historia de Colombia, y como parte del problema que debe asumir el próximo presidente con apoyo de la ciudadanía. En momentos de euforia se ignorará la existencia de estos actores, pero luego de las bombas y de las serpentinas, el equipo de gobierno se verá enfrentado a superar las explicaciones que las presentan como un problema de legalidad, seguridad, mafias, equidad social o subversión.

    Si se insiste en excluir o callar este tema por miedo a la represalia electoral, se contribuye a ignorar el carácter camaleónico, persuasivo, intimidante y seductor del discurso paramilitar, el cual ha engranado con las dinámicas de una sociedad que sustenta su proyecto de nación en símbolos frágiles y emotivos, y en líderes que aprovechan su cuarto de hora según la sugerencia de Andy Warhol.

    Una propuesta para encontrar otras pistas consiste en el hecho de superar la concepción de los paramilitares como monstruos o figuras excepcionales del sistema político colombiano. Por el contrario, los paramilitares, son colombianos de carne y hueso que hacen parte de la interacción social y que, en interrelación con sus prácticas cotidianas, centraron sus intereses alrededor de las necesidades y temores de la sociedad civil, tanto para protegerlos, como para chantajearlos.

    Dos procesos, una estrategia

    Lo que subyace entonces con relación a las prácticas sociales son dos procesos:

    El primero, la capacidad de adaptación de los paramilitares, con gran ventaja frente a las instituciones estatales o grupos guerrilleros a la hora de comprender las situaciones coyunturales del país e interpretar sus mecanismos de gestión y organización, lo que implica un gran poder de coerción a través de la represión y la comunicación.

    Segundo, la conexión con las necesidades sociales, generando autoridad, reputación y liderazgo, capacidad de adaptación, protagonismo constante en la construcción de la realidad y definición de los criterios para denominar lo bueno y lo malo, que, en la perspectiva de Luis Jorge Garay, ha permitido que:

    "Solamente cuando las organizaciones aumentan la efectividad de sus prácticas, a partir de la acumulación de aprendizaje, alcanzan cierto nivel de éxito en sus objetivos (De León-Beltrán y Salcedo-Albarán, 2007) y, al parecer, este ha sido el caso de organizaciones delictivas en Colombia… Por esto, en muchos casos es necesario referirse a prácticas ilegítimas que no son necesariamente ilegales. La participación de organizaciones ilegítimas o ilegales y el recurso a distintos procedimientos para lograr el poder de cooptación, como es el caso de acuerdos poco transparentes pero legales, permite suponer una capacidad de aprendizaje en los actores captores, que puede redundar en una mejora de los mecanismos para disminuir la exposición penal con mayor efectividad[7].

    Lo que se pretende problematizar -más allá de llegar a una demostración- es la caracterización del paramilitarismo como un actor social que construye estrategias comunicativas que le permiten ir ganando legitimidad social, no siempre reflejada en una aceptación explícita de su expresión armada, sino muchas veces manifestada con el silencio y la aprobación tácita a su forma de interpretar los conflictos socio-políticos del país.

    Líderes y procesos

    Los candidatos tienen la responsabilidad política, pero los ciudadanos tenemos el reto social de construir una reflexión seria, crítica y propositiva que supere la visión del paramilitarismo como un asunto que se soluciona con la neutralización de cuerpos.

    Lamentablemente no hablamos de este asunto porque los medios y candidatos confunden cubrimiento con repetición de enfoques temáticos. Afortunadamente existen grupos sociales y académicos que no han dejado escapar el tema en la nave de la indolencia.

    Independiente del ganador de las elecciones presidenciales, el paramilitarismo seguirá latente, pues ha sabido sortear toda suerte de estilos gubernamentales. El paso fundamental no se dará el 30 de mayo o el 20 de junio. El paso fundamental se dará cuando nuestra sociedad entienda que los problemas no se solucionan con líderes que sumen resultados, sino con procesos sociales que se multipliquen. Soñar en estos momentos cuesta, y mucho. Por eso no quisiera en cuatro años descubrir que fue verdad el cuento de Augusto Monterroso:

    Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí.

    * Magíster en Estudios Políticos, comunicador social y politólogo, docente e investigador de la Universidad de La Salle y del Instituto de Paz (Ipazud) de la Universidad Distrital.

    ** Este artículo hace parte del proceso de investigación de la Tesis de Maestría Desmovilizar los cuerpos, inmovilizar la responsabilidad social: influencia de las dinámicas sociales en la consolidación y degradación del fenómeno paramilitar en Colombia 1997-2009

    Notas de pie de página


    [1] Lipovetsky, Gilles. La Era del Vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama, 1997. p. 14.

    [2] Área de Desmovilización, Desarme y Reintegración Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Disidentes, rearmados y emergentes: ¿bandas criminales o tercera generación paramilitar? Bogotá: CNRR, 2007. p.9

    [3] CNRR, Ibíd. P.34

    [4] GARCÍA – PEÑA, Daniel. La relación del Estado colombiano con el fenómeno paramilitar: por el esclarecimiento histórico. En Revista Análisis Político, N. 53. Bogotá: Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales – IEPRI. p. 59

    [5] En los últimos años, el paramilitarismo ha adquirido inusitada relevancia, pues es un caso inédito el hecho de que un grupo de derecha entre a un proceso de desmovilización y reinserción a la vida civil en un país que históricamente había llevado a cabo negociaciones de paz con grupos de izquierda. Al respecto se recomienda leer: OROZCO, Iván. Reflexiones impertinentes sobre la memoria y el olvido, sobre el castigo y la violencia. En: RETTBERG, Angélica (Comp.). Entre el perdón y el paredón. Preguntas y dilemas de la justicia transicional. Bogotá: Universidad de los Andes, 2005.

    [6] Gran Encuesta sobre parapolítica en Revista Semana, Ed. 1305, 2007. Semana opina sobre la encuesta "Los resultados son sorprendentes. Ni el paramilitarismo ni la para-política han generado una gran preocupación entre los ciudadanos de las ciudades investigadas. Se aprecia también un grupo, cercano al 25 por ciento, que tiene una evidente inclinación pro-paramilitar, o que, al menos, tiene una sorprendente tolerancia frente a ese fenómeno delictivo, como si se considerara que frente a las atrocidades de la guerrilla no hay que ser muy riguroso con los desmanes que cometieron quienes la atacaron, o como si se quisiera evitar a toda costa que el destape de la para-política dañe el buen curso que lleva el país o la popularidad del presidente Álvaro Uribe". El comunicado de las autodefensas fue publicado en distintos medios el día 28 de mayo de 2007.

    [7] GARAY, Luis Jorge (Dirección Académica). La reconfiguración cooptada del Estado: Más allá de la concepción tradicional de captura económica del Estado. Fundación Avina – Transparencia por Colombia, 2008. p. 63

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