Irene Vallejo: la escritora del amor a los libros | Razón Pública 2024
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Irene Vallejo: la escritora del amor a los libros

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Una escritora volvió a hacer que el mundo se enamore de los libros y la lectura. Un amor cargado de historia, lealtad, misterio y libertad. Conozca a Irene Vallejo y a su fascinante ensayo.

Darío Rodríguez*

El nacimiento de un libro

El infinito en un junco se iba a titular “La misteriosa lealtad”, evocando esta cita de Jorge Luis Borges: “Nos acercamos a los libros con un previo fervor y una misteriosa lealtad”. La editora del manuscrito original, con voluntad de seducir a los posibles lectores, sugirió el título que conocemos. 

Sin embargo, el volumen de la filóloga española resguarda mucho de la mística en el acto de leer, el acto físico de la lectura. Bastante, sobre todo, de la curiosa fidelidad mencionada por Borges, ese extraño gesto que consiste en callar, en auscultar con los ojos y la mente unas hojas de papel y sus “manchas de tinta” – como denominaba el pensador alemán George C. Lichtenberg a las palabras impresas -. 

Se lee El infinito en un junco para comprobar que esa enigmática devoción es algo ya intuido por quienes leen, pero necesitan verlo desglosado, analizado en su dimensión histórica y, antes que nada, bien escrito y bien contado. 

La palabra de Irene Vallejo

A su innegable talento como erudita e investigadora, Vallejo une el de narradora plena de chispa y de frescura. Esta combinación de rigor y simpatía explica el éxito comercial que ha tenido este libro. Traducido a más de treinta idiomas, con versiones gráfica y sonora, y también casi treinta reediciones en español. El fenómeno se halla complementado por la magnética personalidad de su autora, una auténtica hechicera cuando se dirige a públicos de Tokio o del departamento de Chocó. 

en ese espacio etéreo, invisible pero luminoso del pacto autora-lectores, se experimentaba lo que todos los lectores han vivido desde que nació el arte de leer: un quitarse cadenas, la capacidad de viajar sin moverse del sitio donde uno se encuentra.

Su palabra es atractiva. La hablada y la escrita. Conviene subrayar en este sentido la capacidad que tiene para enlazar asuntos de diferentes épocas, con naturalidad propia más de la conversación cotidiana que de una cátedra filológica. 

Así puede el lector enterarse de la existencia de muñecos animados por vapor tres siglos antes de Cristo, en nada distintos de los robots concebidos por las altas tecnologías del siglo XXI. O comparaciones de los héroes bélicos de la Macedonia del emperador Alejandro Magno con los personajes de Quentin Tarantino. 

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La libertad 

La idea de libertad permea la totalidad del libro. Es uno de sus hallazgos más importantes. El acto combativo de la lectura – visto desde una antigüedad pasmosa, por ejemplo, mucho antes del Imperio Romano – es la garantía de que no existe barrera ni cortapisas para una condición humana anhelante de conocimientos y de bienestar interior. 

El ejemplar de la Ilíada que llevaba siempre consigo Alejandro Magno, durante sus campañas por conquistar el mundo entero, es una demostración de la necesidad de un diálogo interior, de una liberación íntima por parte incluso de un individuo todopoderoso. 

La escritura salva a la memoria, y viceversa. Para poder sobrevivir a un régimen opresivo, y escuchar o entender voces lejanas a la hegemonía de Stalin, los amigos de Anna Ajmatova memorizaban sus poemas, los hacían propios, personales. No estaban sometidos interiormente porque leían y se recitaban uno a otros esos textos. 

Ahí, en ese espacio etéreo, invisible pero luminoso del pacto autora-lectores, se experimentaba lo que todos los lectores han vivido desde que nació el arte de leer: un quitarse cadenas, la capacidad de viajar sin moverse del sitio donde uno se encuentra. 

Una historia apasionante

La historia de la elaboración del libro es tan apasionante e inquietante como el ensayo mismo. Tras regresar de Italia, la filóloga debía cuidar a su padre enfermo. Con escaso tiempo disponible, y dentro del ámbito de un hospital, fueron gestándose los apuntes acerca de cómo se creó el papel (el junco egipcio que da título al libro), cómo nació la gran Biblioteca de Alejandría o los caminos que llevaron a una organización alfabética de los libros. 

El tránsito de un trabajo académico (para obtener el doctorado) a la creación de un ensayo enriquecido con sencillos pero potentes momentos narrativos, lleva también la carga de la vida privada de Irene Vallejo, pues su hijo padece una enfermedad severa. En medio de estas dificultades, las peores quizá si la profesión de una madre es la escritura literaria en llave con la investigación bibliográfica, el libro fue adquiriendo cuerpo y vigor.

Con un elemento adicional, cuando la redacción concluyó hacia 2019, los ensayos no eran precisamente el material de lectura más popular en el mercado editorial. La primera edición del libro se lanzó sin la menor esperanza de obtener ni siquiera unas ventas decorosas. Lo que ocurrió después ha sido increíble aunque no inexplicable.

La gracia con la cual Irene Vallejo asume su viaje de divulgación y como vincula a sus lectores con él, fueron causantes de una verdadera ola de celebridad, primero en idioma español, y hoy, cinco años después, en todo el planeta.

Sin proponérselo ha alcanzado uno de los viejos sueños de quienes asumen destinos literarios: ser profunda sin dejar de ser una celebridad muy querida por millones de personas.

Además, La pandemia y los confinamientos contribuyeron a la proliferación de ediciones. Como se sabe, durante 2020 el retorno a los hábitos de lectura y la disposición de miles de personas volvieron a El infinito en un junco lo que ahora puede considerarse, si no como un clásico contemporáneo, por lo menos como una obra literaria de referencia. Irene Vallejo goza de un privilegio raro entre los autores literarios de nuestros días: para cualquier tipo de lector es casi imposible ser indiferente a su libro.    

El mundo del libro

No obstante, hablamos del mundo del libro, que tiene contrastes, pues no han faltado las voces disidentes ni los detractores del ensayo. Uno de los más avezados es el filósofo español Ernesto Castro. 

En su opinión, Irene Vallejo promueve una fetichización del objeto – libro, al convertirlo en algo sagrado, al ser acumulado por sus características físicas, espirituales e ideológicas. Las consecuencias de este endiosamiento – en palabras de Castro – son, entre otras, la exhibición impúdica en redes sociales de internet, de que el libro se posee aunque no se lea, y la concepción de que tener El infinito en un junco brinda una ilusoria estampa de estatus o de supuesta inteligencia a quien se tome fotografías junto a él. 

Por si lo anterior fuera poco, Ernesto Castro denuncia lo que a él como filósofo le parece más dañino: el éxito de ventas del libro muestra una fe en la literatura y en lo libresco como herramientas de salvación y de redención para quien acude a ellos; la lectura, por ende, es entendida no como arte sino como deber cívico o en calidad de mejora del mundo. 

Cotejar estas críticas con las opiniones elogiosas puede ser benéfico para los lectores – quienes desconocen las a veces implacables lógicas de distribución y ventas de algunos productos editoriales –, pues amplían el modo en que se reciben ciertas lecturas y puede, de hecho, optimizar la manera en que se lee a Irene Vallejo o a otros autores bendecidos por la fama y la economía de mercado. 

Pese a estas visiones drásticas o a las superficiales, no puede negarse la alta calidad de Irene Vallejo como escritora. Sin proponérselo ha alcanzado uno de los viejos sueños de quienes asumen destinos literarios: ser profunda sin dejar de ser una celebridad muy querida por millones de personas.

Termina esta nota con una cita. En algún momento de su lúcido ensayo, Irene Vallejo se dirige de modo personal a quien la está leyendo. Palabras afectuosas que manifiestan aprecio a los libros y a los seres humanos. Para no olvidar. 

Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces.

Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto. […]Salvo excepciones, los lectores antiguos no tenían la libertad de la que tú disfrutas para leer a tu gusto las ideas o las fantasías escritas en los textos, para pararte a pensar o a soñar despierto cuando quieras, para elegir y ocultar lo que eliges, para interrumpir o abandonar, para crear tus propios universos. Esta libertad individual, la tuya, es una conquista del pensamiento independiente frente al pensamiento tutelado, y se ha logrado paso a paso a lo largo del tiempo. […]Eres un tipo muy especial de lector y desciendes de una genealogía de innovadores. Este diálogo silencioso entre tú y yo, libre y secreto, es una asombrosa invención. 

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Darío Rodríguez

Escrito por:

Darío Rodríguez

*Escritor y editor, columnista de la revista Cartel Urbano

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