
Integridad de la información en tiempos de emergencia climática
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Preservar la integridad de la información tiene que ver también con la concentración y la fragilidad de las estructuras por donde circula y con los actores involucrados y el tamaño del megáfono con el que cuentan para que una idea o una mentira se vuelva viral.
La desinformación climática es una amenaza directa para un abordaje serio y efectivo de la emergencia climática global. Ya en 2022, el Panel Intergubernamental de la ONU para el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) advirtió que la desinformación climática contribuye a reforzar y profundizar malentendidos y desconfianza sobre el consenso científico existente en la materia; a crear incertidumbre donde la evidencia no deja lugar a dudas, y a generar visiones distorsionadas, erróneas y hasta peligrosas sobre los impactos del cambio climático.
Qué es y cómo opera la desinformación climática
La desinformación climática afecta la integridad de la información: su precisión o veracidad, consistencia, fiabilidad y transparencia, tanto en línea como fuera de ella. A este problema contribuyen, de manera deliberada o no, actores de los sectores público y privado. Sus consecuencias pueden llegar a repercutir en otros fenómenos graves en nuestra región, ya de por sí en extremo violenta para el trabajo que desempeñan las personas defensoras del medio ambiente.
La pregunta sobre cómo preservar la integridad de la información va más allá de la preocupación por su calidad. Tiene que ver también con la concentración y la fragilidad de las estructuras por donde circula: medios tradicionales en crisis económica, redes sociales con reglas de moderación opacas y desiguales, plataformas con un enorme poder para amplificar o silenciar mensajes. Y tiene que ver, además, con los actores involucrados y el tamaño del megáfono con el que cuentan para que una idea o una mentira se vuelva viral.
Quiénes desinforman y cómo lo hacen
Este año, el Panel Internacional sobre Información Ambiental publicó un reporte revelador sobre el alcance y las estrategias de las operaciones de desinformación climática. Analizó más de trescientos artículos científicos publicados entre 2015 y 2025 y concluyó que las estrategias más comunes se centran hoy en desacreditar las soluciones propuestas para contrarrestar el cambio climático o en desviar, en medio del debate público, la atención hacia sus verdaderos responsables y causas. A ello se suman tácticas más antiguas, como el negacionismo simple y las teorías de la conspiración.
Entre los principales promotores de la desinformación climática, según el informe, se destacan las industrias de combustibles fósiles, que niegan, ocultan o dilatan la adopción de verdaderas acciones para enfrentar la crisis y se valen de estrategias como el greenwashing para presentarse como ambientalmente sostenibles. El reporte menciona incluso casos donde empresas asociadas al sector promueven la publicación de información falsa, engañosa o infundada para aceitar la maquinaria de la desinformación a su favor.
Otra industria que sigue una lógica similar, amparada además en el secreto y la opacidad, es la de la inteligencia artificial. Empresas tecnológicas como OpenAI, Microsoft, Google y Anthropic, entre otras, insisten en presentarse como aliadas del medio ambiente, aunque informes recientes lo cuestionan. La Relatoría de la ONU sobre agua potable, por ejemplo, señaló a la IA como una de las industrias con mayor peso en la crisis climática actual, debido a la instalación masiva de centros de datos: grandes bodegas de servidores “sedientos” de agua y electricidad, que muchas veces se localizan en entornos ya asfixiados por la escasez de estos recursos o que están próximos a estarlo.
Multilateralismo en marcha, ecos débiles a nivel local
La atención internacional sobre la desinformación climática es relativamente reciente. Distintos procesos acordados en 2024 en el marco de la ONU —como el Pacto del Futuro y el Pacto Global Digital— han delineado, en un lenguaje amplio y generalista, acciones para contrarrestar la desinformación en general y otras tipologías críticas, incluida la vinculada al clima.
También en 2024, en el G20 celebrado en Brasil, y con el liderazgo de ese país y el apoyo de UNESCO y la ONU, se lanzó la Iniciativa Global de Integridad de la Información sobre Cambio Climático, para alentar la acción multilateral destinada a financiar e investigar los impactos de la desinformación climática. Se trata de un fenómeno en el que el conocimiento sigue concentrado en la experiencia de los países del Norte Global y en ciertas industrias.
Más recientemente, en el marco de la COP30 realizada en Brasil, la Iniciativa Global presentó la Declaración sobre la Integridad de la Información sobre Cambio Climático. En el proceso de su construcción participó la sociedad civil, que tuvo un protagonismo relevante, aun cuando las propuestas de un lenguaje más explícito sobre las obligaciones de las empresas y del sector privado se vieran moderadas en el texto final.
La Declaración visibiliza asuntos esenciales para la discusión sobre la integridad de la información, como la necesidad de una mayor transparencia por parte de las plataformas digitales sobre cómo la arquitectura de los entornos que intermedian el debate público contribuye al agravamiento y a la perpetuación de la desinformación climática.
También subraya la importancia de facilitar a los investigadores el acceso a datos para estudiar, por ejemplo, la viralidad de ciertos mensajes o las estrategias de desinformación en línea. Esto es clave, especialmente en el contexto del progresivo “apagón de datos” con el que las plataformas mantienen a oscuras a quienes buscan entender su papel en el deterioro de la integridad de la información a escala global.
Por ahora, el texto de la Declaración ha sido respaldado solo por doce países. Aunque llama la atención sobre la urgencia de contrarrestar la desinformación en un contexto crítico para la toma de decisiones climáticas, carece de mecanismos de seguimiento y de acciones concretas que permitan revisar y asegurar su implementación. El riesgo es que se convierta en un gesto correcto pero inocuo.

Más allá de las declaraciones: obligaciones concretas para los Estados
Los esfuerzos por visibilizar el papel de la desinformación climática no provienen únicamente de la esfera multilateral. En la región, la Opinión Consultiva sobre Cambio Climático (OC32), emitida este año por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, reconoce la desinformación climática como un problema que los Estados deben abordar para enfrentar la emergencia climática. Es, quizá, el instrumento vinculante que, a diferencia de la Declaración de la COP30, puede servir para exigir acciones concretas a los Estados de la región en esta materia.
Si bien la OC32 evita profundizar en el papel de las empresas del sector privado y sus obligaciones, sí reconoce la importancia de que las plataformas fortalezcan las acciones de alfabetización digital e informativa y que robustezcan sus políticas de gobernanza y transparencia, especialmente en lo relacionado con la moderación de contenidos y el funcionamiento de sus sistemas internos.
Es cierto que en su abordaje la OC32 no puntualiza en problemas asociados a la integridad de la información como un todo, pues no se refiere a la importancia de financiar, diversificar y desmonopolizar los ecosistemas mediáticos digitales y analógicos, esenciales en el problema. O en acentuar las obligaciones que deberían de manera diferenciada tener quienes se aprovechan y explotan la desinformación climática a su favor.
A los Estados, la Corte IDH les impuso obligaciones específicas: garantizar la integridad de la información pública, defender la libertad de expresión y evitar la censura, emplear la debida diligencia en la difusión de información veraz y adoptar medidas progresivas para contrarrestar los efectos de la desinformación climática, promoviendo un “debate público plural, abierto y robusto”. En un contexto de enflaquecimiento de la financiación para la verificación independiente de noticias, la Corte subrayó su relevancia como pieza clave para enfrentar este fenómeno y llamó a los Estados a apoyarla y fortalecerla.
El desafío, ahora, es que estos mandatos no queden relegados al papel. Enfrentar la emergencia climática exige mucho más que compromisos de reducción de emisiones: requiere también proteger la integridad del debate público frente a quienes lucran con la duda, la confusión y la mentira. Sin información confiable, accesible y plural, no hay políticas climáticas legítimas ni ciudadanía capaz de defenderlas. Y en una región donde quienes defienden el ambiente pagan con demasiada frecuencia el precio más alto, combatir la desinformación climática ya no es solo una cuestión de calidad democrática: también es una cuestión de vida o muerte.
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Acerca del autor

Olga Lucía Camacho
*Abogada, máster en derechos humanos, Coordinadora de Políticas Públicas en la ONG Derechos Digitales.
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