Listas electorales cerradas: una potencial revolución democrática

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Voto.

Felipe BoteroAunque esta idea revivida por la Misión Electoral despierta serias resistencias, sería el modo más sencillo de abaratar las elecciones, aumentar la representatividad de las listas y lograr que tengamos partidos de verdad. Estas son las razones.  

Felipe Botero*

Una medida temporal

Suele decirse que en Colombia no hay nada tan permanente como lo temporal. Un buen ejemplo de esto es el voto preferente, que ha sido como el impuesto del 4 por mil (inicialmente 2 por mil), esa medida “temporal” que nos acompaña desde 1998.

El Congreso colombiano fue muy audaz cuando aprobó la reforma política de 2003. Bajo el eslogan de “cambiamos o nos cambian”, los congresistas hicieron lo impensable: modificar las reglas de juego que los habían beneficiado y adoptar un sistema electoral que reducía la atomización partidista. Este avance se dio principalmente mediante un instrumento: la lista única por partido, que por supuesto ponía freno a la multiplicación de los avales por parte de un mismo directorio.

Pero los congresistas no fueron incautos, y adoptaron el voto preferente dentro de esa lista única, como un auténtico salvavidas para seguir haciendo las campañas electorales de manera individual. Si antes de 2003 la lógica de las campañas era “vote por mí”, después de la reforma esto se cambió por “vote por mí que soy del partido X”.

Aunque el voto preferente debilitaba el sentido de la lista única, hay que admitir que la reforma del 2003 no fue un cambio menor: por primera vez en muchos años los logos de los partidos cobraron alguna relevancia.

Y además los propios autores de la reforma advirtieron que el voto preferente era una medida de transición hasta que los partidos se consolidaran internamente y pudiesen presentarse con una lista única y cerrada. Por eso desde el año 2003 se ha venido señalando la necesidad de adoptar las listas cerradas como un mecanismo para fortalecer los partidos e incentivar su disciplina interna.

También por eso resulta sorprendente que haya tanta resistencia a la propuesta de cerrar las listas que formuló la Misión Especial Electoral (MEE), más aún si se recuerda que los partidos y movimientos políticos se reunieron con la Misión y apenas unos pocos de sus voceros se mostraron en desacuerdo con la medida.

El derroche de dinero 

Campañas electorales.
Campañas electorales.  
Foto: Secretaría Distrital de Ambiente

La práctica política en Colombia presenta patologías obvias que no pueden seguir siendo ignoradas.

La más obvia de esas patologías es el costo prohibitivo de las campañas electorales. Hoy por hoy el tope legal de gasto de una campaña para el Senado está cerca de 600 millones de pesos, pero es un secreto a voces que una campaña promedio puede costar cinco veces esa cifra. Incluso hay aspirantes al Congreso que han dicho haberse gastado hasta 11.000 millones.

Una de las causas principales de estos costos exorbitantes es la combinación de listas abiertas con circunscripciones plurinominales (una gran cantidad de candidatos que compiten dentro de cada departamento o – en el caso del Senado- del país como un todo), lo cual hace que cada candidato busque votos dispersos y que sus gastos tiendan a ser elevados.  Más aun, las campañas no son hechas por los partidos sino por los candidatos individuales, de modo que la competencia no es apenas contra los aspirantes de otros partidos sino contra los propios copartidarios.

Incluso hay aspirantes al Congreso que han dicho haberse gastado hasta 11.000 millones. 

Estas campañas personalizadas implican que cada candidato compre espacios publicitarios, organice mítines y movilice a sus propios electores. Y este exceso de gastos invita a la financiación ilegal —no necesariamente con dineros criminales, aunque estos también llegan con frecuencia a las arcas de las campañas—.

Casi ningún candidato reporta gastos superiores al tope legal de financiación, aunque es un hecho sabido que esta no es la realidad. Además, el alto costo de las campañas es excluyente y se presta a que los políticos elegidos queden atados a los intereses de sus financiadores, en desmedro de su independencia y su capacidad de gobernar pensando en el interés general.

La lista cerrada tendría un efecto inmediato y notorio sobre el costo de las campañas electorales. Por ejemplo, en la elección a la Cámara de Representantes de 2014 se presentaron 1.437 candidatos que compitieron por las 161 curules disponibles (sin incluir las circunscripciones especiales). Esto implica un promedio de casi nueve candidatos por curul.  La Gráfica siguiente muestra el número de candidatos por escaño en cada uno de los departamentos:

Candidatos por escaño

Como se puede apreciar, la sobrepoblación de candidatos se da tanto en las circunscripciones pequeñas como en las grandes. Por ejemplo, en Casanare se eligen dos representantes; en Sucre, tres; mientras que en Antioquia se eligen diecisiete y en Bogotá dieciocho. Como se aprecia, estos departamentos están en la parte alta de la gráfica.

Esta proliferación de candidatos se traduce en una proliferación de campañas, un 90 por ciento de las cuales no fueron exitosas (el candidato no resultó elegido): un verdadero festival del derroche. Adicionalmente, aun suponiendo que la autoridad electoral es eficiente (cuando en verdad no lo es, y por eso la MEE también propuso ajustar la arquitectura institucional) es muy difícil controlar y auditar los gastos de las 1.437 campañas.

Con la introducción de la lista cerrada, estas campañas se reducirían a tan solo diecisiete, que es el número de partidos que participó en esas elecciones a escala nacional. Esto es una reducción impresionante.

Diversificar la representación

Una segunda patología de nuestro régimen electoral es la falta de diversidad de las listas y la menor representatividad que este hecho implica para el sistema político.

En efecto hay que decir que la política en Colombia es un ejercicio reservado principalmente para hombres blancos. La Ley 1145 de 2007 exige que al menos el 30 por ciento de los integrantes de la lista sean mujeres. Este se ha convertido en un límite máximo en lugar de un punto mínimo y, en la práctica, debido a la ausencia de un mandato sobre ubicación en la lista (consecuencia del voto preferente), las mujeres tienen dificultad para ser elegidas. Y la situación de otras minorías es aún más dramática.

En este punto es bueno mencionar que la MEE también propone que la lista cerrada sea del tipo llamado “cremallera” es decir, donde se alternen hombres y mujeres, de manera que unos y otros tengan igual probabilidad de ser elegidos. De este modo transitaríamos  hacia la participación de las mujeres sobre la base de los principios de paridad, alternancia y universalidad.

En el pasado, los partidos han aducido falazmente que es difícil cumplir las cuotas porque supuestamente no hay mujeres interesadas. La experiencia argentina demuestra contundentemente lo contrario. Actualmente, el Congreso federal de ese país cuenta con un 40 por ciento de mujeres y se ubica en el puesto 15 en el mundo en términos de inclusión femenina. Colombia ocupa un muy deshonroso puesto 105, con cerca del 20 por ciento.

Partidos en lugar de individuos

Misión Especial Electoral.
Misión Especial Electoral.  
Foto: Ministerio de Interior

Pero la patología más honda del sistema político colombiano es la gran debilidad de los partidos. En efecto, el personalismo de las campañas hace que las reputaciones de los partidos pasen a un segundo plano; los proyectos colectivos basados en ideologías definidas o en propuestas programáticas concretas son prácticamente inexistentes. Por esta razón los partidos no parecen representar intereses definidos y están al vaivén de las coyunturas.

La política en Colombia es un ejercicio reservado principalmente para hombres blancos. 

Bajo estas circunstancias vale decir que el mayor beneficio de las listas cerradas consistiría en que  las elecciones se vuelvan más democráticas. Las campañas ya no serían de los individuos sino de los partidos. De esta manera podrían participar en política personas que hagan carrera en un partido sin necesidad de estar atados a los intereses de las grandes corporaciones y contratistas, que hoy por hoy son los principales financiadores de la política.

La lista cerrada supone un reto grande para los partidos: definir el orden de los candidatos. Sin embargo, al mismo tiempo presenta una gran oportunidad para que los partidos construyan mecanismos de democracia interna.

Algunos políticos han criticado la propuesta de la MEE por no definir con precisión estos mecanismos. Sin embargo, parte del reto consiste justamente en que los partidos empiecen a definir por sí mismos el tipo de proyecto que quieren ser. Esto no solamente implica afinar su organización interna, sino elaborar una plataforma política definida y adoptar una agenda programática atractiva para sus votantes.

Para concluir, es importante tener en cuenta la perspectiva de los ciudadanos. La lista cerrada implicaría un cambio muy profundo en la forma como las personas se relacionan con la política. Históricamente, a partir del Frente Nacional (1958-1974), la relación de las personas con la política se ha hecho a través de individuos, no de partidos. La representación política se gestiona uno a uno, en el mejor de los casos como “voto de opinión”; pero en general a través de redes clientelistas.

Las listas cerradas obligarían a que el énfasis recaiga sobre los partidos. La política dejaría de ser sobre proyectos de los representantes como individuos y empezaría a ser sobre los proyectos de sociedad de cada uno de los partidos.

Esta sería una verdadera revolución democrática.

 

* Profesor asociado de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y asesor de la Misión Especial Electoral.

 

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Comentarios  

raul aldana
0 # bolígraforaul aldana 02-05-2017 14:12
La filosofía de las listas cerradas en el papel suena muy bonita ya que acabaría la relación individualista existente en nuestra política y, por ende, disminuiría los costos de las campañas y la corrupción que genera. Pero no obstante a ello, creo que sobrevendrían otros tipos de problemas nada democráticos como sería la imposición del bolígrafo para escoger el lugar en la lista de los candidatos. A esto le temen muchos congresistas, de ahí su resistencia y probable negación.
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