“América primero”: ¿promesa o amenaza?

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Posesión del nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Diana Rojas¿A qué se debe la fuerza del discurso nacionalista de Trump? ¿Cómo podría resurgir la idea de una sola nación unificada en una sociedad pluralista y globalizada? Aunque por ahora todo es incertidumbre, aquí se intenta responder estas preguntas.  

Diana Marcela Rojas*

Una transición atípica

La llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca ha sido recibida por algunos con grandes expectativas, por otros con reticencia y desconfianza y, por otros más, como un augurio de tiempos turbulentos e incluso apocalípticos.

¿Qué hay en la presidencia de Trump que suscita tanto revuelo en todo el mundo? ¿Por qué algunos han llegado incluso a vaticinar que se trata del comienzo de una “nueva era” que transformará no solo a la gran potencia sino también al orden mundial?

Más allá de la consabida tendencia de los medios de comunicación a magnificar los acontecimientos, el inicio de la inesperada presidencia de Donald Trump estuvo revestido de una carga simbólica y emocional pocas veces vista.

La ceremonia de posesión del cuadragésimo quinto presidente hizo gala de toda la pompa y el rigor propio de estas ocasiones. La forma predominó sobre el fondo y quedó la impresión de una transición del poder completamente pacífica y hasta inocua. Una vez cumplidas las formalidades prestablecidas, la democracia estadounidense pareció quedar al abrigo de todo riesgo. Pero nada es más falso.

En realidad se trató de una de las transiciones del poder más anómalas en la historia de ese país. Para empezar, en las escalinatas del Capitolio fue ungido un presidente que no representa a su partido ni proviene del seno de la dirigencia política. A ello se agrega que la legitimidad del mandato no es del todo sólida: aunque Trump ganó la mayoría de los votos del colegio electoral, perdió el voto popular por casi tres millones de diferencia con respecto a Hillary Clinton.

Además, al acto inaugural no solo no asistieron las multitudes que otrora se apretujaban en la explanada nacional en Washington, sino que en él predominó un ambiente de resistencia y polarización que avivó el antagonismo entre adeptos y detractores. En las calles de la capital, así como en otras ciudades del país y en algunas capitales extranjeras, se dieron manifestaciones de rechazo al nuevo gobierno.

Igualmente, en lugar de los reglamentarios saludos de bienvenida y felicitaciones, los gobiernos de muchos países expresaron abiertamente su preocupación ante la incertidumbre que produce el nuevo gobierno. En contraste, los mercados bursátiles reaccionaron con euforia ante la perspectiva de que el gobierno republicano flexibilice las regulaciones al sector financiero que adoptó la administración anterior.

El nuevo desorden mundial

Manifestaciones en contra de las políticas de Donald Trump.
Manifestaciones en contra de las políticas de Donald Trump. 
Foto: Wikimedia Commons

¿Qué explica estas irregularidades? ¿Qué representa Trump en los imaginarios nacional y global? ¿Qué miedos, expectativas, sueños e inquietudes encarna la administración entrante? ¿Qué indica esto sobre cómo el ciudadano común piensa y siente la política?

Pese a la avalancha de información y a los esfuerzos de expertos y analistas, aún no tenemos las respuestas a estas preguntas. Muchos no salen todavía de su estupor al ver al magnate y estrella de televisión ocupando el solio de Lincoln, Roosevelt y Kennedy.

Aunque la bruma tarde en disiparse y todavía falten algunos años para dilucidar por completo el asunto, vista de cerca la llegada de Trump a la Casa Blanca demuestra el desbarajuste del orden político liberal y democrático imperante en los países occidentales. Esta presidencia es igualmente una manifestación de la crisis de identidad que, impulsada por la globalización, está dando lugar a una transformación profunda del sentido general de la política en las sociedades contemporáneas.

Muchos no salen todavía de su estupor al ver al magnate y estrella de televisión ocupando el solio de Lincoln, Roosevelt y Kennedy.

En su discurso de posesión Trump estableció el tono de su mandato: el lugar del poder ya no estará en Washington ni en manos de la clase dirigente tradicional. Sin embargo, tampoco regresará a manos del pueblo, aunque así lo recalcara retóricamente en su alocución. Se trata más bien de un relevo entre élites, donde los líderes económicos dejan de estar tras bambalinas y pasan al primer plano ante el hastío popular y el desprestigio de la clase política.

Así lo confirmaría el hecho de que los miembros designados del nuevo gabinete provengan, en su mayoría, del mundo empresarial y financiero, y de que entre ellos la falta de experiencia en la administración pública se muestre casi como una virtud. Como el propio Trump, estos recién llegados, exitosos, millonarios, enérgicos y decididos (además de hombres blancos, mayores y enojados) serían la antítesis de los políticos corruptos, puestos al servicio del mejor postor y envueltos en disputas partidistas interminables que han llevado a la parálisis del gobierno.

Trump representa el rechazo a la política en general, percibida por el ciudadano común como mera “politiquería” que no da soluciones concretas ni eficaces a las necesidades de la gente. Así, al orden liberal y democrático resquebrajado se le contrapondría una propuesta antipolítica, que no vendría a ser una alternativa a ese orden sino la negación de la política misma.

Con esto se pretende eliminar la tensión entre intereses diversos y muchas veces contrapuestos, se rechaza el pluralismo y se busca erradicar la controversia, sustrato mismo de la idea de la democracia. Por eso se hace un llamado al patriotismo y a la unidad que es una proclama de uniformidad: “Todos somos iguales porque corre por nuestra venas la misma sangre roja patriota”. En adelante todos quieren (o deben querer) lo mismo: ¡América primero!

Patriotismo y globalidad

La multiculturalidad, es uno de los puntos en duda en los el nuevo gobierno de Los Estados Unidos.
La multiculturalidad, es uno de los puntos en duda en los el nuevo gobierno de Los Estados Unidos. 
Foto: Emiliano Fernández Peña

Las diferencias, las visiones discrepantes, los valores antagónicos, incluso la diversidad étnica se consideran ajenos a esta comunidad política idealizada, inmune a cualquier disidencia y resistente a cualquier cambio. Por eso el enemigo es “antiamericano”. En su esencia la proclama de Trump parece clara y contundente, excepto por el hecho de que el debate fundamental radica precisamente en establecer qué significa hoy ser estadounidense.

Hoy no solo se reivindica el lugar de los afroamericanos en la polis como en los movimientos por los derechos civiles de los años sesenta sino también el de los latinos, los asiáticos, los musulmanes, los inmigrantes, las mujeres y los homosexuales. La sociedad estadounidense actual es exponencialmente más diversa, compleja, multiétnica, esquizofrénica, divergente y contradictoria que nunca.

El fenómeno Trump es una, entre otras posibles respuestas, a esta crisis de identidad y no tan solo una reacción al desajuste del sistema político. Quienes lo eligieron son aquellos que más temen el vértigo de los cambios, no solamente por razones económicas sino por la la disolución de las bases sobre las cuales se había erigido la identidad estadounidense.

En buena medida esto se explica por el influjo de la globalización, que afecta no solo a Estados Unidos sino al mundo entero. La creciente interdependencia ha transformado de manera vertiginosa tanto los límites como el tamaño, la composición, la estructura y el sentido de la comunidad política.

Trump representa el rechazo a la política en general-

No solo somos más sobre el planeta, sino que vivimos de maneras más diversas y complejas que en cualquier otra época de la historia humana. El flujo incontenible de bienes y servicios es también de personas, ideas, valores, modos de ser y de hacer muy variados. Esto es muy difícil de encasillar en la idea de comunidad política nacional, homogénea, con fronteras fijas y bien resguardadas, con un proyecto de nación único y definitivo. No obstante, esto es justamente lo que Trump le ofrece al pueblo estadounidense.

El nuevo mandatario encarna una reacción de rechazo al tipo de sociedad que emerge de las fuerzas globalizadoras y a la cual opone la idílica visión de  “la ciudad brillante en la cima de una colina”. Es decir el regreso a un Estados Unidos grande, poderoso, impecable, uniforme e  idealizado, que en realidad jamás existió.

La promesa de la presidencia de Trump es “hacer a Estados Unidos grande de nuevo”, pero esto parece más una amenaza, no solo para para el resto del planeta sino para la propia democracia estadounidense.

 

* Filósofa, politóloga, docente e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional.

 

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