La debacle de Trump en contexto

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Guillermo Calvo MahéEntre el drama y la opereta, entre hechos y rumores, entre valores genuinos y cálculos mezquinos, este recuento de una semana de infarto en la historia política de Estados Unidos*.   

Guillermo Calvo Mahé**

Universidad Manizales

El nombramiento y la destitución  

Cediendo a las exigencias crecientes del Partido Demócrata y de los principales medios de comunicación, el miércoles pasado (17 de mayo), el Fiscal General Adjunto de Estados Unidos (equivalente a nuestro viceministro de Justicia), Rod Rosenstein, designó a Robert Mueller (ex Director del FIB bajo los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama) como Fiscal Especial para investigar la intervención rusa en las elecciones presidenciales del 2016 y la supuesta complicidad de la campaña Trump con esta injerencia.  

La decisión de Rosentein fue el resultado directo de un escándalo que se agravó cuando el 9 de mayo anterior el presidente Trump despidió abruptamente al director del FIB (Oficina Federal de Investigaciones), James Comey.  Trump pareció suponer que nadie se sentiría ofendido, ya que durante muchos meses tanto los opositores políticos del presidente como sus partidarios habían insistido en que este funcionario fuera destituido (de hecho, Hillary Clinton responsabiliza públicamente a Comey por su derrota, a raíz del anuncio de reapertura de la investigación contra ella cuando faltaban 11 días para las elecciones).    

El presidente Trump sin duda tenía el derecho de despedir al director de la FBI quien, aunque es designado por un período de diez años, lo hace a voluntad del presidente en funciones (sin embargo -e irónicamente- la única destitución anterior se había producido bajo el gobierno de Bill Clinton). Pero una cosa son las normas jurídicas y otra distinta es la prudencia política, de modo que al despedir al director del organismo que estaba investigando la supuesta complicidad  de su campaña con los rusos, el presidente Trump entró en una tormenta. 

Inicialmente la Casa Blanca atribuyó el despido a la recomendación explícita del recién Fiscal Adjunto Rod Rosenstein, en un memorando muy crítico de Comey, que recibió el apoyo de varios exfiscales o ex fiscales adjuntos. Pero en una entrevista televisiva del día siguiente el propio Trump indicó que había decidido destituir a Comey antes de recibir el memorándum, que al decidir había tenido en mente la “cosa rusa” y que entre las numerosas razones para su decisión se incluía el hecho de que  Comey no hubiera detenido las filtraciones ilegales de información por parte de funcionarios del FBI acerca de este asunto.

La dirección del partido Demócrata y sus aliados en los principales medios de comunicación  convirtieron ese comentario en una supuesta admisión que el presidente había despedido a Comey para obstruir las investigaciones en su contra.

Atizando la hoguera

James Comey, ex director del FBI.
James Comey, ex director del FBI. 
Foto: FBI 

Y como de costumbre, el presidente Trump parece deleitarse haciendo más fácil el trabajo de sus opositores.

Trump afirmó que Comey le había pedido una reunión buscando retener su puesto como director del FBI, pero Comey hizo saber que esa cena no había sido propuesta por él y que en cambio el presidente la había utilizado para exigir una promesa de lealtad que él había rechazado.  El presidente respondió con un tuit donde insinuaba que podrían existir grabaciones de la conversación, y sus opositores pasaron de inmediato a recordar las famosas grabaciones que tumbaron a Richard Nixon, de manera que Trump merecía la destitución inmediata por parte del Congreso.

El presidente empeoró las cosas al criticar a Comey en varias entrevistas y a través de su ahora legendaria cuenta en Twitter. Y el destituido director del FBI “dejó saber” al New York Times que en su momento había escrito un “memo para el archivo” dando cuenta de su dialogo con Trump del 16 de febrero (un día después de que el presidente despidiera a su Asesor Nacional de Seguridad, el general en retiro Michael Flynn, quien habría ocultado información al Vicepresidente acerca de sus conversaciones con el embajador ruso). Según el “memo” en cuestión, el presidente le habría dicho a Comey que “ojalá considerara no seguir con la investigación del señor Flynn ya que era una muy buena persona”.  Y de inmediato se armó otro escándalo porque ese comentario sería otro intento de obstruir la justicia e interferir en la investigación sobre “el caso Rusia”.    

Esta semana también se armó escándalo sobre una supuesta violación de las normas sobre secretos de seguridad nacional, cuando el presidente compartió información derivada de fuentes israelitas con el canciller y el embajador de Rusia en una reunión en la Casa Blanca.  La información tenía que ver con un supuesto plan de Estado Islámico para utilizar computadores portátiles como bombas explosivas en vuelos comerciales. La reunión con los rusos tenía entre otros  propósitos el de coordinar estrategias antiterroristas, de modo que el presidente habría actuado de manera razonable, pero esto no fue óbice para que los principales medios de comunicación lo acusaran incluso de “traición a la patria” (y aunque según la ley el presidente es precisamente quien decide qué información es “secreta”)   

Como de costumbre, el presidente Trump parece deleitarse haciendo más fácil el trabajo de sus opositores. 

Los demócratas aprovecharon esa secuencia de escándalos para renovar su exigencia de nombrar  un Fiscal Especial.  Y ya lograda su exigencias,  algunos siguen diciendo que esto no es suficiente y que además se requiere una comisión independiente que investigue el asunto y proponga las medidas necesarias para evitar futuras intervenciones de Rusia en las elecciones de Estados Unidos. 

Aunque varios republicanos se han sumado a esta exigencia, la mayoría de ellos considera que las varias investigaciones en marcha (en comisiones bipartidistas del Senado y de la Cámara de Representantes, la del FBI y la del Fiscal Especial) son más que suficientes y que esa propuesta es, por ahora, imprudente.

Cálculos y más cálculos

Nuevo Fiscal Especial estadounidense, Robert Mueller.
Nuevo Fiscal Especial estadounidense, Robert Mueller.  
Foto: Wikimedia Commons

Al anunciar la escogencia de Mueller como Fiscal Especial (una persona muy respetada y que goza de apoyo bipartidista), el Fiscal General Adjunto precisó que este hecho no debía entenderse como evidencia de que se hubiera producido algún delito o violación de normas legales, sino como una medida necesaria para restablecer la confianza de los ciudadanos en medio de la polarización y la confusión que venían en aumento.

Y sin embargo es de esperar que -como ocurrió con los fiscales especiales en los casos de Nixon y de Bill Clinton-, la investigación se extienda a áreas o asuntos inesperados, incluso tocando     temas que los mismos demócratas encontrarán incomodos. Algunos congresistas republicanos (que en su gran mayoría se habían opuesto a la designación del fiscal especial), ya lo están considerando como una bendición oculta para poder concentrase en la aprobación de su ambiciosa agenda legislativa, de la cual a su vez dependerá su futuro electoral.   Primero porque la Casa Blanca (y en todo caso estos congresistas) podrán decir que no tienen nada que decir sobre las nuevas revelaciones (“este asunto está siendo investigado”), y segundo porque algunos demócratas podrán tener sus propios “rabos de paja” que los lleven a suavizar su oposición.

Del otro lado las estrategias agresivas del Partido Demócrata y de los medios de comunicación ya parecen haber afectado la opinión popular, y (aunque no necesariamente confiables) las encuestas  publicadas en los últimos días indican que el 48 por ciento de los ciudadanos cree que la destitución del presidente Trump está justificada.  Ya se ha nombrado el Fiscal Especial que muchos exigían.

Y sin embargo a los demócratas no les conviene que ese fiscal especial calme las convulsiones actuales, que han resultado tan sumamente útiles para desviar o demorar la implementación del plan de gobierno del presidente Trump y del Partido Republicano (tampoco les convendría que  el fiscal especial toque el tema delicado de un supuesto fraude en las elecciones primarias contra Sanders y en favor de Hillary). Tal vez por eso – y aunque el fiscal Mueller es de toda su confianza- ahora los demócratas exigen la comisión  independiente. 

Para ellos sería beneficioso que el desarrollo del programa republicano siguiera demorándose lo cual, sumado a los escándalos, esperan utilizar para reconquistar el Congreso en las elecciones del 2018, con el añadido de que si alcanzan suficientes escaños, podrían destituir al presidente. Pero otra vez sucede que de tumbar a Trump sería reemplazado por el vicepresidente Mike Pence,  quien podría quedarse en el puesto durante una década (si asume el cargo más allá del punto medio del mandato de Trump). El Vicepresidente Pence es más pulido y simpático que el presidente Trump pero mucho más conservador en materia cultural y más neoliberal en materia económica.

Después de tantas vueltas  y revueltas, los demócratas podrían acabar ganando la batalla del 2018 pero perdiendo la guerra de largo plazo es decir, las elecciones de los diez años siguientes. Para entonces la Corte Suprema y el poder judicial habrían sido rehechos a la imagen de los Republicanos. Y esto es algo de lo cual son conscientes los muchos republicanos que se opusieron y se oponen a Trump: algo de importancia suficiente para apostarle al reemplazo de Trump por Pence aún a costa de  una derrota “táctica” en el 2018.

Como dice una famosa aunque tal vez apócrifa maldición china, “bien podemos estar viviendo en tiempos interesantes”.

 

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad Autónoma de Manizales. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor. 

** Politólogo, doctor en Jurisprudencia, LL.M. en Estudios Jurídicos Internacionales y tiene un posgrado en traducción, todos en universidades de Estados Unidos. Fue coordinador del programa de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Manizales hasta 2016 y hace parte del Departamento de Ciencias Políticas y Jurídicas de la misma universidad.

 

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