Edición del lunes 21 de enero de 2019

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Los cabos sueltos del ataque terrorista en Bogotá

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Escuela General Santander luego del atentado.

Jorge Mantilla¿Fue un ataque suicida, cortina de humo o culpa del proceso de paz? Es poco lo que se sabe y muchas las preguntas sobre el atentado en la Escuela de Cadetes de la Policía. Pero el gobierno comienza a dar pasos que podrían resultar equivocados.

Jorge Mantilla*

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¿Regular o no regular las redes sociales?

(Tiempo estimado: 4 - 8 minutos)

¿Se deben regular las redes sociales?

Victor SolanoUn proyecto de ley y una polémica declaración reabrieron el debate. ¿Está en peligro la libertad de expresión?

 Víctor Solano*

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La corrupción de la justicia y los organismos de control

(Tiempo estimado: 4 - 8 minutos)

Felipe JimenezEl caso del fiscal es la punta del iceberg. La falta de resultados, la politización y la corrupción en los organismos de control y el aparato de justicia son alarmantes. Estas son las cifras.

Felipe Jiménez Ángel*

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Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Manifestaciones en contra del feminicidio de Yuliana

Catalina Ruíz NavarroEn el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género.  

Catalina Ruiz-Navarro*

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen.  

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

Yuliana Samboní vivía en un barrio de invasión en una capital a donde llegan a diario  cientos de familias como la suya, desplazadas por la violencia. Por su parte el nombre de Francisco Uribe Noguera, hermano de Rafael Uribe Noguera y posible cómplice en el encubrimiento del asesinato, ya había llegado a los medios hace unos años, cuando lo señalaron de ser el cerebro detrás de la creación de 27 empresas de papel para comprarles terrenos baldíos a campesinos del Vichada y transferirlos a la empresa multinacional Riopaila. Es decir que el mayor de los hermanos ya había mostrado un bajísimo talante ético y una vocación para el despojo de los más pobres, aunque al menos sus acciones se mantuvieron dentro de la legalidad. Pero, ¿cuántas familias desplazadas llegaron a las capitales colombianas como resultado de esta “maniobra legal”?

Aquí importa señalar que la educación no basta para prevenir el delito. Si algo ha tenido el presunto agresor es la mejor educación que el dinero puede comprar en Colombia. Sin embargo, la educación liberal poco tiene que ver con una formación en comportamientos éticos. Para ser una persona ética no se necesita educación académica sino moral, por eso no hace falta una maestría para entender que robar, violar, secuestrar o matar está mal.

Los Uribe Noguera encarnan todos los privilegios posibles, privilegios tan potentes que hacen creer a sus titulares que ellos pueden hacer cualquier cosa sin que haya consecuencias. Y la mayoría de las veces es así. Tal vez si hubiese sido otra la víctima este crimen quedaría en la impunidad. Si hubiese sido una mujer adulta o una adolescente quizás hoy estaríamos preguntando qué traía puesto ella y estaríamos lamentando que se arruinara el futuro promisorio de él.

No olvidemos que en Colombia es práctica común que los hombres y niños ricos “consuman” sexualmente a mujeres de clases populares. El señorito pierde la virginidad con la empleada doméstica o se va con el carro elegante de los padres a un barrio popular a “levantar”, sin que nadie se pregunte por la desigualdad de poder que se hace evidente en esos comportamientos, y mucho menos si estos encuentros sexuales tienen en cuenta el consentimiento de las partes. Esto lo sabe la sociedad colombiana y en general se tolera con disimulo o se descarta como “aventuras de juventud”.

Sociedad machista y violenta

Pronunciamiento de la Policía Nacional frente al arresto de Uribe Noguera por crimen contra Yuliana Samboní.
Pronunciamiento de la Policía Nacional frente al arresto de Uribe Noguera por crimen contra Yuliana Samboní.  
Foto: Policía Nacional de los Colombianos

El caso de Yuliana Samboní escandaliza por la edad de la niña. Pero se puede decir que los crímenes contra Yuliana fueron la profundización de comportamientos que toleramos en la vida diaria. Las condiciones están dadas, solo hace falta que alguien tenga suficiente poder para aprovecharlas.

A nuestra sociedad le cuesta mucho solidarizarse con las mujeres víctimas de la violencia, pero Yuliana era una niña indígena y desplazada, y la empatía que sentimos por ella está por encima de nuestra tendencia a aliarnos con los hombres ricos y poderosos. Aunque en Colombia violan a 21 niñas (que sepamos) a diario, el caso de Yuliana generó una empatía casi unilateral porque es una víctima intachable, una “víctima buena”.

No en vano el discurso público hoy habla de Yuliana como “un angelito”. Pero este discurso es problemático porque muestra que si la víctima no es “un angelito” la sociedad corre a re-victimizarla. Como resultado, cuando las mujeres no son “ángeles” (según unos parámetros muy específicos del patriarcado) entonces merecen la violencia que reciben. Por ejemplo hace unas pocas semanas el país discutía que Carolina Sanín merecía las amenazas que recibió de algunos que prometían ponerle un ojo morado porque su discurso era “ofensivo e incendiario” (una forma de discurso que no está permitida a las mujeres) y que argumentaban que esa violencia estaba “provocada”.

En Colombia es práctica común que los hombres y niños ricos “consuman” sexualmente a mujeres de clases populares. 

Nuestra sociedad necesita empatizar con todas las mujeres y repudiar la violencia hacia todas las mujeres sin hacer juicios morales sobre sus vidas. Si no se rechaza la violencia contra las niñas y mujeres (hay una agresión cada 13 minutos en Colombia) en todos los casos y en todos los espacios, están dadas las condiciones para que cada vez que la ocasión y la desigualdad lo permitan ocurra un crimen como el de Yuliana.

¿Qué hacer?

Palabras del presidente Juan Manuel Santos, frente al crímen contra Yuliana Samboní.
Palabras del presidente Juan Manuel Santos, frente al crímen contra Yuliana Samboní.  
Foto: Presidencia de la República

De poco sirve encerrar a los agresores si las condiciones sociales para que haya nuevos agresores se siguen dando. La solución de la cadena perpetua individualiza la culpabilidad del crimen y nos hace olvidar que todos y todas somos parte de una estructura social que propició las condiciones del delito. Es más fácil decir que los agresores son monstruos o enfermos y patologizar el problema (estigmatizando de paso a las personas con trastornos mentales), pero esta no es más que una forma de desmarcarse y de desentendernos.

Por otro lado, la vía punitiva no sirve si la impunidad es casi absoluta. De acuerdo con Profamilia, la violencia de género afecta al 74 por ciento de las colombianas. Y según el Instituto Nacional de Medicina Legal (sin contar el subregistro) cada cuatro días una mujer es asesinada a manos de su pareja, y más de 51 mujeres son víctimas de violencia sexual cada día. Según la Mesa de Seguimiento a los Autos de la Corte Constitucional sobre Violencia Sexual, la impunidad en este tipo de conductas supera el 97 por ciento, y según   la Fiscalía General la impunidad en casos de feminicidio llega al 90 por ciento.

Las cifras de impunidad son importantes porque los mismos prejuicios machistas que llevan a la violencia permiten que las instancias de justicia (policías, jueces, investigadores, medios de comunicación) no vean cómo opera la violencia y no la castiguen o detengan a tiempo.

También es importante entender que casi la mitad de los agresores en casos de violencia de género son conocidos o cercanos a las víctimas (en eso el caso de Yuliana Samboní es atípico) y es mucho más difícil denunciar a los agresores que son parte de la familia o a aquellos con quienes se tienen vínculos afectivos.

Nuestra sociedad necesita empatizar con todas las mujeres y repudiar la violencia hacia todas las mujeres sin hacer juicios morales sobre sus vidas. 

Si es difícil reconocer y denunciar la violencia con las penas como están, imagínense si lo que está en juego es una cadena perpetua. Por eso, en vez de desincentivar la violencia de los agresores, la cadena perpetua desincentiva la denuncia de las víctimas, las cuales ni siquiera pueden contar con un sistema de justicia eficiente que las proteja después de denunciar.

La justicia en Colombia suele ser más dura con los más pobres y mucho más laxa con los privilegiados. Ciertos niveles de privilegio son una garantía de impunidad. Cuando alguien suelta la conocida amenaza “usted no sabe quién soy yo” lo que está diciendo es “yo soy alguien para quien no aplican las reglas y la justicia”. Y para cometer un crimen tan horrendo como el de Yuliana es necesario ser capaz de creer que uno puede salirse con la suya.

Está probado que las personas se portan peor cuando pueden eludir el escrutinio y la rendición de cuentas, y mejor cuando se sienten personalmente responsables o son vistos como individuos diferenciados de la masa sin rostro. Por eso deben maximizarse la responsabilidad personal y la percepción de los otros como seres plenamente humanos e individuales, pues la deshumanización (que es el fin último de todas las formas de discriminación) permite la violencia, hace imposible la empatía y es el primer requisito para la explotación.

Los hombres como Rafael Uribe Noguera han crecido en un mundo donde todos les dicen a diario que “son alguien” y que niñas como Yuliana “no son nadie”. Esta deshumanización es el comienzo de este horrible crimen, y de toda la violencia de explotación por género, raza y clase social.

 

Twitter*@Catalinapordios

 

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Comentarios  

Wolfang perez
+1 # DesocupadoWolfang perez 13-12-2016 22:29
En Colombia siempre ha habido discriminacion, racismo, servilismo y esclavitud. Los ricos, que lo son no por el trabajo honrado, sino a base de negociados, narcotrafico, explotación ilegal, contratación mafiosa, mermeladas y otros cochinos métodos, odian, persiguen y tratan al pobre como a un animal, lo explotan, lo exprimen, lo engañan y traicionan. El pobre siempre es acosado y le aplican la ley que no la usan con otros, puesto que no tienen el dinero suficiente para comprar la justicia, ya que los fallos judiciales se negocian como un bulto de cebolla, por eso a veces les toca ojo por ojo y diente por diente!!!!
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Efraín
0 # UniversitarioEfraín 14-12-2016 22:17
Muy buena columna, debo agregar que me sorprende mucho lo escrito, algunos compañeros hablaron "de esta feminazi" después de un debate en Semana en vivo y por poco me quedo con esa imagen.
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Diana
0 # SiDiana 16-12-2016 18:52
Totalmente de acuerdo... el ser niño aún no está regulado... pero cuando las niñas crecen todos los dispositivos que las ignoraron empiezan a vigilarlas
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Carlos Gomez Adarme
0 # Educación vs InstrucciónCarlos Gomez Adarme 19-12-2016 20:30
La familia, no solo es el núcleo de la sociedad por el componente numérico; lo es por la función educativa, por la capacidad de transmisión, junto con el desarrollo de la lengua materna, de los valores de la convivencia, la ética y la moral. La escuela es un centro instruccional; la credibilidad de sus acciones depende del respaldo y reconocimiento que la familia hace sobre la función social del aula y del maestro. La resultante de las acciones de la familia y la escuela sobre el individuo se refleja en la estética social. El estado, el gobierno, la administración pública, el sistema de justicia, los legisladores deben ser ejemplo y garantía de un código de valores que se muestren en el equilibrio de la sociedad.
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Berta
0 # ProgramadoraBerta 04-12-2017 22:34
De acuerdo con el artículo, hace falta mucha educación porque este problema se está viendo en todas las clases sociales, padres que violan a sus hijas es a diario y no reciben ningún castigo, muy triste oir lo que narran las exguerrilleras violadas por sus jefes y compañeros sin que sean reparadas así sea con el castigo a sus agresores.
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